El vizconde que no tenía radiador
Dos días, 645 kilómetros y una noche de nobleza prestada en el Douro
Prólogo: la llamada del Duque
Este viaje no existía. El viernes por la noche nuestro plan de fin de semana era tan aventurero como una partida de dominó en el hogar del jubilado: el lunes teníamos invitados, y el sábado tocaba ir a la cetárea a por unos lubrigantes y dejarlos preparados para rematar la comanda el lunes. Era un sábado de mandil, no de casco.
Entonces llamó el Duque.
José Peña no tiene título, pero no le hace falta. Tiene el porte, la pausa al hablar y esa forma de proponer las cosas que no deja margen para negarse, como si la duda fuera una descortesía. Hay hombres que nacen dos siglos tarde, y él es uno de ellos: le sobra el traje y le falta el castillo. Llevaba más de un año sin coger la moto, por motivos variados que no vienen al caso. Cuando un amigo así decide volver a la carretera y te llama a ti para estrenar el regreso, no se le dice que no. Hay invitaciones que son de obligado cumplimiento, como las citaciones judiciales, pero con mejor tono.
Los lubrigantes se compraron igualmente, a matacaballo, y quedaron en casa precocinados y listos para el lunes, como reos ya ajusticiados a la espera de que alguien firme el acta. El equipaje fue el mínimo: una muda, el cepillo de dientes, la cámara de fotos y ya. Lo demás sobra. La improvisación tiene una virtud que la planificación nunca tendrá: no te da tiempo a arrepentirte.
El Duque fue más lejos en eso de viajar ligero. Con las prisas de la salida, y huérfano de servicio doméstico, subió a casa a por sus pastillas, que es lo único que un hombre de cierta edad no puede olvidar, y bajó con ellas, satisfecho del deber cumplido. El equipaje se quedó arriba. Un noble del XVII viajaba con baúles, criados y una mula de carga. El nuestro se fue al Douro con el botiquín y lo puesto. Hay una lógica aplastante en esa jerarquía de prioridades: la ropa se improvisa y la medicación no. Pero no deja de tener gracia que el más aristocrático de los tres fuera el único que se sentó a la mesa de una vizcondesa inadecuadamente vestido. Ni pajarita tenía.
El GPS de la moto, ese perito sin alma, no recoge nada de esto. No opina, no adjetiva y no perdona. Su informe, frío y técnico, empieza el sábado 10 de octubre a las 12:32 en la Rúa Río Tambre y termina el domingo a las 19:40: 645,39 kilómetros, nueve horas y cincuenta y tres minutos de rodaje, una media de 65 km/h y una máxima de 142, registrada ya en Galicia, en una carretera de nombre innominado. Sobre ese último dato este cronista se acoge a su derecho a no declarar contra sí mismo. Todo lo demás, el GPS no lo sabe: ni la llamada del Duque, ni el bacalao, ni el olor a bagazo, ni el crujido de la madera a las tres de la madrugada, ni el pato. Mide el trayecto y se le escapa lo único que convierte un simple desplazamiento en un viaje que se recuerda.
Fase I. La huida hacia el sur: de la autopista al Portugal que no sale en los folletos
Los primeros 58 kilómetros fueron de puro trámite: autovía hasta Valença y la sensación de que todavía no habíamos salido de casa. Portugal empieza de verdad cuando se abandona la autoestrada.
Hay que decir algo del Duque al manillar. Volvía a la moto después de un año y con un ojo que ya no ve como antes, lo que en cualquier otro habría sido motivo de inquietud. En él no lo fue. Rodó correcto, sin sobresaltos, con la dignidad de quien no necesita demostrar nada. La nobleza se nota en lo ordinario, y también en la manera de tomar una curva.
Nosotros abríamos ruta, y eso convirtió a Eva en jefa de retaguardia. Su misión era que no perdiera de vista la moto de Pepe. Cada vez que en un tramo de curvas me estiraba un poco más de la cuenta, me llegaba la reprimenda por el intercomunicador, con ese tono que no admite recurso. Yo iba atento a la goma, ese juego invisible que Pepe y yo nos traemos desde hace años: el de delante se estira, el de detrás recupera, la distancia se abre y se cierra, pero nunca se rompe. Eva no cree en la goma. Cree en el retrovisor. Y en materia de retrovisores, como en casi todo, el que va de copiloto tiene la última palabra.
Desde Valença bajamos por nacionales, por el interior, escapando de la saturada ruta costera, hasta Ponte de Lima.
Ponte de Lima es la villa más antigua del país, con su puente medieval sobre un río que los legionarios romanos creyeron que era el Leteo, el río del olvido. Se negaron a cruzarlo hasta que su general lo atravesó y los llamó uno a uno por su nombre desde la otra orilla, para demostrarles que no habían perdido la memoria. Nosotros lo cruzamos sin esa ceremonia y al rato, con una Super Bock en la mano, olvidamos por un momento las preocupaciones de la vida. El Lima, al final, cumplió su leyenda.

Después vino la Serra da Labruja por la N306, curvas sin tráfico y asfalto de los que se agradecen, hasta Outeiro Maior, en Vila do Conde. Viajábamos con la prisa justa del hambriento, buscando un lugar que, según los portugueses, es el mejor restaurante del mundo en cuestión de bacalhau. La Tasquinha do Paradela está en lo alto de la aldea, a pie de monte. Se llega por corredoiras adoquinadas, estrechas y con una pendiente que parece excesiva, de esas que se trazaron para carros de bueyes cuando nadie imaginaba que por allí subirían motos buscando bacalao. Es el Entre-Douro-e-Minho de siempre: muros de piedra, parras sobre los caminos y casas que miran al valle desde arriba, como si la buena mesa tuviera que ganarse con altura.
Decir que su bacalhau es el mejor del mundo, en un país que tiene mil recetas para prepararlo y una para cada día del año, es una afirmación temeraria. Nosotros no tenemos datos para refutarla y sí motivos para sostenerla.
Después del café la ruta viró a levante: Trofa, el Alto da Lixa y Amarante. En algún tramo el navegador, empeñado en evitar autopistas con un celo ideológico, casi sectario, decidió que la carretera era opcional y nos metió por pistas de tierra batida, estrechas y rotas. Para nuestra moto fue solo una anécdota. Para la BMW del Duque, seis cilindros, 1.600 centímetros cúbicos y el peso de un pequeño ministerio, fue como ver un Rolls-Royce en una feria de ganado, intentando conservar la dignidad entre las bostas de vacas.
Eva, desde atrás, reía sin necesidad de mirar: le bastaba con imaginar cómo lo estaría pasando el Duque. «¡Joder, las va a pasar putas!», comentó por lo bajini. No hizo falta imaginarlo mucho. Por el intercomunicador llegó la sentencia del Duque, la de siempre, la que reserva para las grandes ocasiones: «¡Me cago en su puta calavera!». A la calavera de quién iba dirigida nunca quedó claro. Siguió algún exabrupto más que, por respeto al rango, no reproduciremos aquí.
Pero seamos sinceros. Ver una seis cilindros de gran turismo bailando sobre la tierra y saltando pedruscos, con su dueño intentando mantener la compostura aristocrática, es uno de los grandes espectáculos del motociclismo.
La escena tuvo testigo. A mitad de la trocha, un paisano manejaba una miniexcavadora y la usaba para destrozarla todavía más, y a conciencia, justo por donde teníamos que pasar. Al vernos aparecer, primero una moto con dos y luego una BMW de ministro dando tumbos por la tierra que él mismo estaba removiendo, se le cambió la cara. Perplejidad pura, la de quien ve llegar a la nobleza por el camino del servicio. Debió de pensar que el mundo se había vuelto loco o que los españoles siempre lo estuvieron. Probablemente las dos cosas.
Llegamos a Britiande ya de noche cerrada, que en octubre llega antes de lo que uno calcula. Entramos a oscuras en una casa del siglo XVII, como los forasteros de antes buscando refugio, aunque con faro LED y sin carta de presentación.
Que fuera precisamente el Duque quien nos llevara a dormir a casa de una vizcondesa no fue casualidad. Fue protocolo. La nobleza, aunque sea de porte y no de registro, se reconoce entre sí. A nosotros, simples plebeyos, nos dejaron pasar como séquito.

II. La Casa dos Viscondes da Várzea: historia de una reconquista
La mansión tiene historia. Historia rica en detalles. Hay casas que se heredan y casas que se pelean. Esta es de las segundas.
La casa solariega es del XVII y conserva una capilla con altar barroco y bodegas centenarias. La familia la tuvo durante generaciones. La tradición de la casa, más generosa que los archivos, habla de ocho siglos en el lugar. Tanto tiempo da para leyendas. Dicen que durante la invasión francesa de 1808, una de las habitaciones, la «del General», escondió a un oficial gracias a una escalera oculta que baja desde el pasillo. Napoleón, que conquistó media Europa, no conquistó un pasillo de Lamego. Hay que reconocerle a la casa este mérito.
Lo que no lograron los franceses lo consiguió la Revolución de los Claveles. Tras 1974, el Estado, rojo clavel, expropió la finca a la familia, rica, francopantana, salazarista y además de tradición militar, y la vendió después a Seagram/Sandeman, el del señor de capa y sombrero en silueta negra, que como noble tiene la ventaja de no necesitar cara.
Los nuevos dueños aprovecharon las viñas y dejaron que la casa se viniera abajo, cosa muy coherente: al capital le interesa la uva y no el linaje. Maria Manuel Cyrne, la vizcondesa, que había nacido y se había criado allí, acabó de profesora en Lisboa con su marido. Para completar el sueldo montó tiendas de decoración.
En 1994 la recompraron. La casa seguía en pie pero sin tejado, y les costó nueve años devolverle la dignidad. En 2003 abrió como hotel rural, rodeada de 180 hectáreas de viña, frutales y olivo. Y hasta hoy.
La revolución le quitó la casa a una vizcondesa y el mercado se la devolvió a una tendera. La historia tiene más ironía que justicia. Lo segundo suele llegar tarde y con el tejado caído
III. La nobleza incómoda: elogio y burla del lujo antiguo
La casa sigue siendo lo que fue: una exhibición de la grandeza decadente. Tiene puertas de madera maciza que pesan lo mismo que una moto descargada y ventanales de vidrio antiguo con su ondulación de origen. Los cortinones, de terciopelo pesado, guardan el polvo de varias legislaturas. La decoración es exuberante y excesiva, sin miedo al vacío: cada pared tiene un cuadro, cada cuadro un marco dorado, cada rincón un objeto. Muchos llevan una etiqueta con el precio por debajo, herencia de la faceta de tendera de la dueña. Es un palacio-almacén. Uno no sabe si está en una casa noble o en un anticuario con desayuno incluido.
La tarima cruje a cada paso. No es un crujido discreto, es una sinfonía de madera vieja que delata cualquier paseo con la eficacia de una alarma. En otros tiempos ese ruido era seguridad: en una casa así nadie se movía sin que se enterara toda la familia, el servicio y el capellán.

Esto lleva a una tesis que defiendo sin reservas: los nobles de antes vivían rodeados de lujo y bastante peor que cualquier funcionario de hoy.
Los datos lo confirman. En un salón con techo de cinco metros y chimenea no hay forma de pasar el invierno con calor: los cortinones no eran decoración, eran aislamiento térmico. Los muros de piedra de casi un metro mantenían el frío de enero hasta abril. El agua caliente dependía de un criado con un cubo, y el retrete del orinal, que otro criado vaciaba. Versalles, cumbre del lujo europeo, era famoso por su escasez de letrinas y por los cortesanos que aliviaban sus urgencias en las escaleras. El esplendor se medía en metros cúbicos de espacio imposible de calentar y en número de sirvientes, no en confort.
Norbert Elias lo explicó en La sociedad cortesana: la casa noble no se construía para vivir bien, sino para representar. El edificio era un argumento político en piedra. El confort, palabra que llega tarde al castellano y desde el inglés, es una conquista burguesa. Llegó con la calefacción central, el agua corriente y el colchón de muelles, es decir, con la gente que tenía dinero pero no apellido y se negaba a pasar frío por el honor de la familia.
Séneca ya avisaba a Lucilio de que el lujo esclaviza a quien lo posee, y que el sabio debe poder dormir igual en el suelo que en un lecho de plumas. El vizconde del XVII no había leído a Séneca, o lo había leído y se le había olvidado al cruzar el Lima. Dormía bajo dosel porque el dosel era lo único que le protegía de las corrientes de aire y de lo que se cayera del techo. Sus descendientes del XIX heredaron la casa y el frío, y cenaban con traje de tres piezas de lana de tweed, con corbata o pajarita bien ajustada para cerrar el cuello al frío. Aquella elegancia que hoy admiramos en los retratos no era coquetería, era abrigo. El chaleco no tenía nada de capricho: era la calefacción que la casa no tenía.
El Duque se movía por aquellos salones como por su casa, que es la que habría tenido de haber nacido a tiempo. Nosotros pisábamos la tarima con la cautela del invitado que teme romper algo caro. Él la pisaba con la autoridad de quien sabe que, en una casa así, el que hace crujir el suelo es el dueño. Y lo hacía, conviene recordarlo, sin una muda de recambio. Es una certeza irrebatible: la nobleza auténtica no depende del vestuario, sino del charme.
Y como todo noble que se precie, tuvo reparos con el servicio. El personal no hablaba inglés, pero tampoco portugués. Hablaba filipino, que no es lengua que un noble domine con naturalidad. En una casa solariega del Douro aquello tiene su mérito. El Duque lo señaló por lo bajini, como se hacían antes estas cosas: el reproche aristocrático nunca se grita, se murmura con media sonrisa para que llegue solo a quien debe llegar. La casa de los vizcondes, atendida por gente que no sabe la lengua de los vizcondes, es otra ironía de la historia.
Nosotros tuvimos lo mejor de las dos épocas: la escenografía del vizconde y la ducha caliente del funcionario Así se viaja bien: con una nobleza prestada por una noche y devuelta antes del mediodía, sin tener que mantenerla.
IV. El jardín, el vino y el pato
El jardín estaba cuidado con esmero. Las viñas llegaban hasta la ventana y el valle se extendía hasta el horizonte, de viñedo en viñedo. Era un lugar para disfrutar en silencio, acompañado solo por los sonidos tenues de un mundo rural que aún conserva la aristocracia que lo creó.
La cena puso el broche. Pato a la naranja, plato de otra época también, de los que hoy apenas se ven fuera de las casas que se niegan a modernizarse. Lo acompañó el vino de la propia finca, de las mismas cepas que habíamos visto esa tarde, ya desnudas tras la vendimia. Hay algo profundamente civilizado en beber el paisaje que uno tiene delante. No es una experiencia «kilómetro cero» ni «sostenible». Es como se ha hecho toda la vida, antes de que a alguien se le ocurriera ponerle nombre y cobrarlo como novedad.
El Duque es un gourmet de los de antes, de los que no fotografían el plato y sí lo entienden. Es la única persona a la que he visto criticar un pescado por estar demasiado fresco. Con ese maestro gourmet que lleva dentro dio su veredicto: la cocina estaba a la altura de la casa. Viniendo de quien acababa de afear al servicio, aquello equivalía a una condecoración. La aristocracia es exigente con las personas y con los platos, pero justa en sus valoraciones. Lo emitió, además, vestido de motorista, que era su único traje disponible, pero con la misma solemnidad que si llevara frac. Aunque, bien mirado, algo de frac sí llevaba: en los pies.

Calzaba el Duque sus botas Mototécnica, heredadas de su padre, con cincuenta años a cuestas e impecables. Tienen la protección justa en el cuero para cumplir su función de bota técnica y siguen siendo elegantes aun cuando uno se baja de la moto, que es donde fracasan casi todas las botas modernas.
Hoy se fabrican botas que parecen piezas de un exoesqueleto, llenas de plástico, velcro y refuerzos de colores, y que obligan a caminar como un astronauta en cuanto se pisa tierra firme. Las del Duque son de otra época: cuero, oficio y medida. Perfectas.
Ya no se hacen botas así, como tampoco se hacen casas como la de la vizcondesa. Las dos han sobrevivido por lo mismo: alguien de la familia decidió conservarlas cuando lo fácil era cambiarlas. Las botas eran, además, lo único que el Duque llevaba encima que no estaba improvisado. Una herencia, que es la forma más noble de equipaje.
V. El Douro: la geología domesticada a mano
La bajada desde Lamego hacia el río es de esas que justifican tener moto. La carretera se descuelga por la ladera curva a curva, y el valle se va abriendo como un anfiteatro. El aire de la mañana llega fresco y con un olor que no esperaba: el del bagazo, dulce y agrio a la vez, que se cuela por la visera sin pedir permiso. Es olor de mi niñez. Hay olores que no se recuerdan, se reconocen, y este me devolvió de golpe a otros octubres y a otra edad, sin pasar por la memoria. A mediados de octubre los viñedos tiñen las laderas de óxido y oro, y el valle se anuncia por la nariz antes que por la vista.
Después tocó remontar el río, primero por la margen derecha hasta Régua y luego, al otro lado del puente, por la izquierda, por la N222, hasta volver a cruzar en Pinhão.
Ese día la carretera nos hizo el mejor regalo que puede dar una ruta escénica: no había tráfico. El domingo por la mañana el Douro era nuestro. Y es precioso.

Se recorre la carretera sin prisa y sin tener que esquivar autocaravanas, esas casas con ruedas que en verano convierten cualquier ruta atractiva en una procesión. Solo algún ciclista despistado obligaba, de vez en cuando, a apartar la vista del río, que es lo único que de verdad cuenta en este trazado.
Y ahí están los socalcos, las terrazas de pizarra. No son solo paisaje, son una obra de ingeniería hecha a mano durante siglos. Hombres con un azadón, una espalda y un par de gónadas partieron el esquisto, levantaron muros sin argamasa y subieron la tierra a capazos hasta convertir una ladera estéril en la región vinícola más espectacular de Europa. En 1756 el Marqués de Pombal la demarcó por decreto, y los portugueses sostienen que fue la primera región demarcada del mundo. Los húngaros de Tokaj discrepan, como corresponde.
En 2001 la UNESCO declaró el Alto Douro Patrimonio de la Humanidad, la forma moderna de reconocer el sudor ajeno y quedárselo.
Por ese río bajaban antaño los barcos rabelos cargados de barricas hasta Vila Nova de Gaia, sorteando rápidos que se tragaban tripulaciones enteras. Desde la moto, con el escape cantando y el río plano como un espejo gracias a las presas, cuesta imaginar que esto fuera un infierno de corrientes y remolinos.
En Pinhão, junto a la Rua da Praia, a orillas del río paras a tomar un cafe. Allí está la estación de tren con sus paneles de azulejo que cuentan la vendimia y la vida del valle, un museo al aire libre para el viajero que llega en tren y para el motero que finge no tener prisa. La cámara, que había entrado en la maleta casi de contrabando, justificó allí su billete.

VI. La alheira y la vuelta
De Pinhão subimos por Alijó y Vila Flor hasta Mirandela. Mirandela es la capital de la alheira. Allí la degustamos en compañía de Paulo, amigo del Duque, y de su familia. Cuenta la tradición que la inventaron los judíos conversos en tiempos de la Inquisición. Hacían un embutido de aves y pan con aspecto de chorizo y lo colgaban en la chimenea para que los vecinos creyeran que comían cerdo.
La vuelta, al fin, fue de puro trámite, como la ida: Chaves, la frontera en Verín, la autovía aburrida hasta Ourense y luego la N-541 hacia Forcarei hasta Poio, de vuelta en casa.
Epílogo
Volvimos con la certeza de que el lujo antiguo es una forma de incomodidad elegante, que el Douro es lo más parecido a una catedral que ha construido el campesinado y que una casa que ha resistido a Napoleón, a una revolución y a una multinacional bien merece que uno le perdone el crujido del suelo.
Los vizcondes de antes tenían palacios. Nosotros teníamos una moto, una reserva de una noche, un duque sin título que volvía a la carretera después de un año y unos lubrigantes esperando en casa. El lunes, con los invitados a la mesa, la comanda salió completa. Nadie preguntó por qué los anfitriones tenían cara de haber cruzado el Douro dos veces en un fin de semana que debía ser de cocina.

2 Comments
Juan Vte. Navarro.
Me ha parecido un relato extraordinario, un verso ordenado y relato de un viaje con amigos , después de un mal trago de los que nos da la vida. Adelante José…Un abrazo de los catalanes.
Tu amigo escribe con autoridad literaria, con oficio, pero especialmente con cariño y respeto a tu persona. No perdáis nunca a estos amigos.
Pedro
Grande el cronista, impecable relato referido a personas que conozco y quiero (si, amor de querer), me refiero a mi Hermano (si, con mayúscula siempre esa “ H” de Hermano) mi cuñada y mi querido
D. José Peña, cuasi cuasi Grande de España.
Lo peor del relato, el sufrimiento, dolor de estar en NYC y no haber podido compartir con vosotros esta ruta-experiencia.
Descansad
Besos