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HACIA EL RUIDO.

Hacia el ruido

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Hay una pregunta que divide a la humanidad en dos mitades muy desiguales, y no tiene nada que ver con la renta, el sexo ni el voto. Es esta: cuando suenan disparos, ¿hacia dónde corres?

Casi todo el mundo corre en dirección contraria. Es lo sensato. Es lo que manda la biología, que lleva cientos de miles de años perfeccionando el arte de no morirse. Nada que reprochar: el que huye de un fusil no es un cobarde, es un ser humano, un mamífero.

Y luego está la otra mitad. La pequeña. La que corre hacia el ruido.

Vamos a viajar hasta Polonia. Sábado, siete de noviembre de 2026, tres de la tarde, plaza del Mercado de Cracovia. Un hombre con ropa de camuflaje, chaleco antibalas y un fusil semiautomático tipo AR-15 —la versión civil del fusil militar, con munición de calibre OTAN— entra con el coche en la plaza y dispara a todo lo que se mueve. Seis muertos y más de una docena de heridos. Antes, en casa, había matado a su padre, a su madre y a su hermana. Para ir calentando.

Tres minutos después tiene delante a dos policías de patrulla. No es un grupo de asalto: son dos agentes de calle con la pistola de servicio y un chaleco pensado para pistolas y navajazos de borracho.

Pongamos números, que para eso están. Un 5,56, el calibre del arma del terrorista, sale del cañón a unos 900 metros por segundo y con más de 1.700 julios de energía. Un 9 milímetros, el calibre de la pistola reglamentaria, a unos 360 metros por segundo y con poco más de 500 julios. Más del triple de energía, y un proyectil que el chaleco blando no va a parar. A decenas de metros, la pistola es poco más que una declaración de intenciones. Cualquier perito en balística firmaría que aquello no era un duelo. Era un trámite: el de que te maten sin que puedas evitarlo.

¿Por qué lo hacen?

Hasta 1999 la regla era otra. Llegabas, cerrabas el perímetro y esperabas a los especiales. Ordenado, prudente, razonable. Pero mientras tanto, dentro, alguien seguía disparando. El tiroteo de Columbine le enseñó a medio mundo una aritmética obscena: un tirador entre una multitud mata a un ritmo que no espera a nadie, y el grupo especial tarda lo que tarda. Cada minuto de prudencia fuera se paga con cadáveres dentro. Solo piensa en el dato conocido: tres minutos, seis muertos, una docena de heridos. Un muerto o un herido cada diez segundos. Es una aritmética terrible.

Así que cambiaron la regla. Si hay disparos, se va. Dos, uno, los que haya, con lo que haya. No vas a ganar: vas a interponerte. A que el tirador deje de mirar a la multitud y te mire a ti.

En el manual queda muy bien. La doctrina, sobre el papel, sale gratis. Lo caro es cumplirla.

Piénsalo bien: ese policía va de cebo, a llamar la atención. Va gritando «dispárame a mí», y lo sabe.

Aquí hablo de lo mío, que es la traumatología. Uno de los dos agentes recibió tres impactos de fusil. Sé lo que pasa dentro de un cuerpo así. La sangre se va por donde no debe, el corazón se acelera para compensar lo que pierde, la tensión cae y el cerebro, mal regado, empieza a negociar. Y el cerebro antiguo, el que no lee manuales, da una sola orden, muy clara: «túmbate, suelta eso, hazte pequeño». Es una orden sensata. Es la misma que les dio a todos los demás en la plaza. Es una orden contundente. Una orden que cuesta muchísimo no cumplir.

El vídeo que circula por las redes muestra a un policía herido que se levanta con dificultad del asfalto, tambaleándose, con un brazo que apenas le obedece, recupera el arma y dispara una y otra vez contra el agresor. Solo cuando lo ve neutralizado intenta ponerse un torniquete, y entonces, despacio, se va doblando hasta caer. Primero el deber. Luego el desmayo. Por ese orden.

No tardarán en aparecer los que congelan el vídeo y cuentan los disparos. Los que preguntan si hacía falta tanto, si el agresor ya estaba en el suelo, si hubo proporcionalidad.

Hay que contestarles despacio, para que se entienda. El agresor siguió disparando después de ser alcanzado. En el coche llevaba más armas y munición. La amenaza no termina cuando el tirador cae; termina cuando deja de disparar. Eso no es ensañamiento: es el oficio. Y el que lo haya hecho alguna vez con balas dentro, con un brazo que no responde, la vista nublada y pensando que va a morir, que levante la mano.

Vivimos en una sociedad que tiene un protocolo para todo y ninguna tolerancia para ver un arma desenfundada. Que quiere un perro guardián, pero se escandaliza cuando le ve los dientes. Pues bien: el perro tiene dientes precisamente para esto.

No hace falta ir muy lejos para ver la otra versión. En abril de este mismo año, en Kiev, un tirador mató a seis personas en plena calle. Dos agentes de patrulla que estaban hablando con un niño oyeron los disparos y salieron corriendo. Dejaron al crío solo en la acera. Los suspendieron, les abrieron una causa penal, y el jefe de la policía de patrulla calificó su conducta de vergonzosa y dimitió. El mismo oficio, la misma pistola, casi los mismos muertos. Lo único que cambió fue hacia dónde corrieron.

Alguna vez escribí sobre aquellos hombres que, camino del frente, pedían cartuchos a los que venían huyendo de él. Siempre he admirado al que va en dirección contraria al que huye del peligro.

El sábado, en Cracovia, eran dos. Ninguna ley, ninguna cámara, ningún reglamento colgado en la pared se interpuso entre un fanático armado y cientos de turistas. Se interpusieron dos hombres con sueldo de patrullero y una pistola que no daba para tanto. Y uno de ellos, con el cuerpo pidiéndole a gritos que se rindiera, siguió apretando el gatillo hasta que no quedó nadie a quien disparar.

Era un policía.

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