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Domingo con el reloj del revés

Domingo con el reloj del revés

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Hay domingos que no se planean. Se dejan ocurrir, como se deja correr una conversación que no tiene prisa por llegar a ninguna parte. Este es uno de ellos. Un domingo de un octubre impostor, cálido, con aire de primavera, como si alguien hubiera dado cuerda al calendario al revés. Los días encogen, el sol tarda cada mañana un poco más en asomar, pero el otoño se ha quedado en el umbral, con el abrigo puesto y sin atreverse a llamar. Lo conozco. Cuando entre, lo hará como entra siempre en Galicia: sin pedir permiso, a borrascas encadenadas, una detrás de otra, como un acreedor con prisa. Incansable. Casi eterno.

Pero hoy no. Hoy aún es domingo de sol.

El día empieza como deben empezar los días, tranquilos, sin prisa, con café de verdad, y una tostada con aceite. Nada más. Pan, aceite y café. La santísima trinidad del desayuno. Quien necesite más para empezar un domingo no ha entendido nada.

A mediodía, el mar. Sentados al sol, tan pegados al agua que se podía oler: ese olor a sal y algas que ningún perfumista ha sabido embotellar nunca, porque no se deja. La brisa del norte soplaba suave, cálida, barriendo el cielo hasta dejarlo limpio, estéril de nubes, como un quirófano recién preparado.

Llegaron primero los camarones. De ría, de nasa, de los que se pescan a la vista de tierra. Nerviosos aún en el recuerdo, de los que se comen casi enteros, con la cáscara crujiendo entre los dientes y ese dulzor salino que solo tiene el camarón gallego cuando es de verdad. Un bocado pequeño con un sabor desproporcionado.

Después, los berberechos de la ría de Noia. Primera selección, grandes, apenas abiertos al vapor, que es como hay que tratarlos: con respeto y con poco fuego. Un berberecho pasado es un pecado venial; un berberecho de Noia pasado es directamente materia de excomunión. Estos estaban en su punto, entreabiertos, jugosos, con su agua dentro como quien guarda un secreto.

Y para rematar, una cigala XXL para cada uno. Del Gran Sol. De esas que imponen respeto en el plato y te miran con cierta dignidad aristocrática antes de rendirse. Sabe a océano abierto, a frío, a hombres que se juegan la vida a mil millas de aqui para que yo me la coma en manga corta al sol. Que cobren lo que quieran. Se lo han ganado.

Luego, una vuelta corta en moto. Sin destino, sin kilómetros que contar, sin la épica de las expediciones largas. Solo el placer de la curva bien trazada y el viento en la cara, con el casco abierto: digestión por vía aerodinámica. Un método que no recoge ningún manual de gastroenterología y que, sin embargo, funciona.

Y ahora, el sillón.

Mi sillón de lectura favorito: gastado, vencido, pero digno y sobrio, que conoce mejor que nadie la forma exacta de mi espalda y mis manías. El café de la sobremesa ya tomado. El libro abierto en el regazo, con Jorge Juan colándose en los astilleros ingleses con modales de caballero y alma de espía. La música suena suave y llena el espacio entero, sin invadirlo. De «Fly Me to the Moon» a «The Dark Side of the Moon»: de la luna de Sinatra a la luna oculta de Pink Floyd. Es una buena navegación. Justo estaba pensando que faltaba Orión para completar la singladura, y acaba de entrar: «Orion», Metallica, ocho minutos largos de instrumental que arrancan como un temporal y luego se calman, como si hasta la tormenta supiera que es domingo.

Jorge Juan habría aprobado la travesía.

A mi izquierda reposa un vaso con un excelente Islay que va soltando sus vapores de turba y yodo, a la espera paciente de que me decida a catarlo. El whisky de Islay tiene muchas virtudes, y la mayor es que no tiene prisa. Sabe que ganará.

A mi lado, Eva lee también, con su ron preferido en la mano. No hablamos. No hace falta. Hay silencios que son conversación de alto nivel.

Las guerras del mundo quedan lejos. Las noticias, los informes pendientes, los letrados, los pleitos, las urgencias que no lo son: todo eso es asunto del lunes. Mañana empieza otra vez el combate y habrá que bajar a la arena.

Tom Waits, con su voz rota, canta «I’ll Shoot the Moon».

Pero será mañana.

Hoy el día es perfecto. Y nada, absolutamente nada, molesta en exceso.

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