Crónica de una mañana sin decoro a las puertas del juzgado
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Espero a mi abogada a las puertas de los juzgados de Pontevedra. Hoy toca asistencia pericial en un caso de la mutua. En el orden del día: desmontar a un perito contrario. Trámite menor, de esos que se hacen antes del café.
Es el primer día de otoño: mañana fresca, aunque luce el sol. He bajado en moto, porque Pontevedra lleva años en guerra contra el coche y la está ganando: aparcar aquí es un acto de fe. Y aquí estoy yo, recién afeitado —la cara; el cráneo viene afeitado de serie—, con mis zapatitos limpios, mi chaqueta Ralph Lauren y mi polo azul cielo. De sport, pero digno. Con decoro. Uno va al juzgado, no a la playa.
Un mínimo de respeto.
Justo a mi lado para un BMW gris que debe de tener más de veinte años, con una enorme pegatina en la luna trasera que proclama «TURBO», y calzado con unas llantas macarras un par de pulgadas más anchas de lo debido. Con alerón. Aparca en prohibido, claro: sobre la línea amarilla, a la puerta misma del juzgado.
De él se baja una mujer oronda; obesa, incluso. No debe de tener más de treinta años. Embute su inmenso trasero en un short ceñido, muy corto, que marca sin pudor, por delante y por detrás, hasta el último relieve de su anatomía, protuberancias celulíticas incluidas. Luce en los pies unas chanclas de dedo y cubre el tórax con un top que trabaja agónicamente para contener sus pulmones.
Por la otra puerta desciende un varón, su presunta pareja: delgado, barba recortada, gafas de sol y de negro riguroso de cabeza a tronco, gorra americana con el logotipo plateado de una marca que no conozco incluida. Abajo, un pantalón corto a rayas blancas y negras que no sé si es un bóxer holgado, un bañador o un pijama que ha salido a dar una vuelta. Ambos entran en el juzgado.
Qué penuria de decoro, respeto y gusto estético gasta la peña, pienso sin pensarlo del todo.
Giro la cabeza casi sin querer. Hacia mí camina con paso claudicante una señora de pelo gris; debe de rondar los setenta. Lleva una camiseta que la proclama «meiga», de esas negras con una banda azul que recuerda la bandera gallega y un texto donde destaca aquello de «habelas, hainas». Viste unos calzones que exponen al sol sus varices vernáculas, cada una más rolliza que su vecina.
Miro hacia otro lado: un chaval se acerca a paso rápido, con bermudas, chanclas brasileñas y, desafiando a la meteorología desde ambos extremos, chaqueta abrochada hasta el cuello. Se le cruza otro tipo con pinta de yonqui y pantalón raído, que avanza con esa marcha de base ancha y braceo desordenado tan propia de su tribu urbana.
¡Joder! Estoy rodeado, pienso. Esta vez, pensándolo del todo. ¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo se viste tan mal la gente? ¿No queda decoro alguno?
Pero los dioses son clementes y se acerca la hora de la cita. Me salva mi abogada, que con su estilo elegante y jovial alivia un poco este sofoco estético.
Entramos en el edificio. El juicio se retrasa: el juez llega tarde. ¡Debe de estar cansado, meu pobre! Cuando por fin pasamos a sala, descubro que su señoría togada no lleva toga. Un aro le adorna la oreja derecha. Un amplio tatuaje le ocupa el antebrazo izquierdo. Y viste una camisa de manga corta, estridentemente floreada, como quien viene de un chiringuito en Sanxenxo.
En ese momento me rindo.
Qué ganas de que arda Troya de una vez y contemplarlo sentado, con un buen Islay en la mano.
A tomar por culo todo, coño, ya.

4 Comments
Fran Rojo
La IA no ha dibujado al Juez coño… Me quedo con las ganas
Pako G.
😂😂
Jgv
También vale el meteorito…
Pako G.
Si! Valdría. Pero ese no me dejaría ver como todo se consume.