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Carta a una sobrina de quince años

Carta a una sobrina de quince años

Tienes quince años y la vehemencia y seguridad que otorga la juventud: esa pasión intensa que aún no ha sido filtrada por la vida. Y con ella te asombras de que una amiga de tu instituto acuda a misa todos los domingos sin que nadie la obligue. No entiendes lo que ella cree, y defiendes por fuerza que su idea es equivocada. Poco menos que la consideras tonta, o directamente idiota, por hacer lo que hace.

Y es posible que lo sea. Pero antes de sentenciar, déjame enseñarte el terreno que pisas.

Formas parte de una civilización cuyos valores están íntimamente ligados a esa fe que no entiendes. Todo tu armamento intelectual —incluido el que usas para criticarla— bebe de las fuentes griegas y latinas tamizadas por veinte siglos de cristianismo. 

De ahí nacen ideas que te parecen evidentes, naturales, y que no lo son en absoluto: que toda persona tiene una dignidad inviolable por el mero hecho de serlo; que el esclavo y el emperador valen lo mismo; que existe el libre albedrío, es decir, que eres responsable de tus actos y no un juguete del destino ni de los astros. 

Ninguna de esas ideas es «natural». Roma, que era una civilización espléndida, no las tenía: exponía a los recién nacidos no deseados en los muladares y llenaba el circo de carne para diversión del público. Fue una secta de artesanos y viudas la que empezó a recoger a esos niños y a decir que aquello estaba mal. Esa secta eran los cristianos. Y de aquel «está mal» desciende, por línea directa, la Declaración de Derechos Humanos que tú invocas.

No te pido que creas. Te pido que sepas de dónde vienes.

Me dirás —me lo dijiste— que la Iglesia es represora con las mujeres. Que una mujer no puede ser papisa, y eso, según tu criterio, es represión. Confieso que me sonó a eslogan de profesor woke con la lección aprendida. Mira: los papas son varones no por una norma laboral discutible ante un tribunal, sino por un argumento de continuidad histórica. El papa no es un cargo: es el eslabón vigente de una cadena que empieza en Pedro, la roca (petrus, piedra) sobre la que, según la promesa de Cristo, se construyó la Iglesia. Se sucede lo que se recibió. Puedes discutir la premisa; lo que no puedes es analizarla con las categorías de un convenio colectivo.

Y ahora piensa qué es la represión, porque las palabras importan. Represión es impedir por la fuerza lo que alguien tiene derecho a hacer: estudiar, votar, hablar, salir a la calle. Eso es reprimir, y ha existido y existe, y donde exista hay que combatirlo. Pero que una institución voluntaria —a la que nadie está obligado a pertenecer, de la que cualquiera puede salir sin que le pase nada— reserve una función concreta según sus propias reglas fundacionales no es represión: es la definición misma de cualquier institución. Nadie habla de represión porque tú no puedas ser rabino sin ser judío, ni lama sin ser budista, ni dalái lama sin haber sido reconocido niño en un monasterio del Tíbet. La diferencia de función no es jerarquía de valor: el papa no vale más que un cartujo anónimo a ojos de la propia doctrina que ambos profesan; ejerce otra función. Confundir «distinto papel» con «menor dignidad» es precisamente el error de medirlo todo con la única vara del poder: quien solo ve poder, solo puede ver opresión. Y fíjate en la paradoja final: tu amiga va a misa libremente, y tú, en nombre de su libertad, la consideras oprimida. La estás llamando tonta otra vez, solo que con vocabulario de sociólogo.

Y ya que hablamos de la palabra: tú dijiste, con lógica impecable, que la mujer papa debería llamarse «mama», pues «papa» viene del griego páppas, la voz con que un niño llama a su padre. Etimológicamente tendrías razón. Pero las lenguas no funcionan por lógica sino por uso, y el uso consagró otra vía: el sufijo -issa que ya daba «sacerdotisa», «abadesa» —abadesa— o «profetisa». De ahí «papisa». Tu solución era la más honesta; la tradición eligió la más solemne. Las lenguas, como las instituciones, prefieren la dignidad a la coherencia.

Por cierto, y para que calibres la supuesta represión: esa Iglesia proclamó doctoras a Teresa de Ávila, Catalina de Siena e Hildegarda de Bingen —es decir, reconoció a mujeres como maestras del pensamiento— siglos antes de que ninguna universidad europea les permitiera siquiera matricularse. La historia rara vez cabe en un eslogan.

Me dirás también —porque lo enseñan así— que la Edad Media fueron mil años oscuros en que la Iglesia mantuvo a Europa en la ignorancia hasta que llegó el Renacimiento a encender la luz. Es un cuento. 

Te voy a contar una anécdota que lo desmonta sola.

Invierno de 1417. Un humanista florentino llamado Poggio Bracciolini —cazador de manuscritos y secretario papal en paro — entró en la biblioteca de un monasterio alemán y encontró una copia del De rerum natura del romano Lucrecio: el gran poema materialista de la Antigüedad. Un texto que, fíjate bien en ello, niega la providencia, niega la inmortalidad del alma, afirma que todo es átomos y vacío y que los dioses, si existen, no se ocupan de nosotros. El libro más corrosivo para la fe que produjo el mundo antiguo.

Y bien: ¿dónde había sobrevivido ese libro durante mil años? En los monasterios. 

¿Quién lo había copiado, generación tras generación, a mano, a la luz de una vela, sabiendo perfectamente lo que decía? Los monjes. 

Los mismos que, según la leyenda, quemaban el saber antiguo, fueron quienes lo salvaron. Sin los scriptoria monásticos no tendrías a Lucrecio, ni a Virgilio, ni a Cicerón, ni a Tácito: no tendrías Antigüedad clásica que admirar. Aristoteles y Platon solo serian nombres sin contenido.

El Renacimiento no venció a la Edad Media; abrió los armarios que la Edad Media había conservado.

Esa misma Edad Media «oscura» produjo, en el siglo XIII, a Tomás de Aquino, un fraile que se atrevió a lo que hoy parecería un suicidio intelectual: meter a Aristóteles —un pagano— en el corazón de la teología cristiana. Tomás sostuvo que fe y razón no pueden contradecirse, porque ambas proceden de la misma fuente, y que por tanto se puede razonar sobre Dios sin miedo. Suyo es el argumento del primer motor: todo lo que se mueve es movido por otro; la cadena no puede ser infinita; luego debe existir un primer motor inmóvil que lo inicie todo. Puedes discutirlo —se lleva discutiendo ocho siglos, que es la mejor prueba de que es un argumento serio y no un catecismo—, pero retén la idea de fondo, porque es la que lo cambia todo: si Dios es razón, el mundo es inteligible. El universo deja de ser un misterio caprichoso gobernado por dioses de humor variable y se convierte en un orden que se puede estudiar.

Hasta la ciencia moderna nace en esa matriz: la convicción de que el universo es obra de un Legislador racional es la premisa que hace esperable que existan leyes naturales y que valga la pena buscarlas. Copérnico era canónigo. Mendel, el padre de la genética, abad. Lemaître, el hombre que formuló el Big Bang, sacerdote católico. El conflicto ciencia-fe existe, pero es mucho más pequeño y más tardío de lo que te han contado.

¿Significa todo esto que la fe de tu amiga es verdadera? No. Significa que no es estúpida, que es otra cosa muy distinta.

Porque la pregunta de fondo es otra. Tú criticas a tu amiga porque tu mente analítica no te deja ver lo que ella ve. Pero ¿puedes tú ver lo que ella ve? ¿Puede ella ver lo que tú ves? ¿Es eso exigible a alguien? ¿O lo único exigible es la honestidad al interpretar lo que cada uno tiene delante?

La religión es un hecho transversal a todas las culturas humanas, sin excepción conocida. Y fíjate en este otro detalle: comportamientos protorreligiosos —rituales ante la muerte, gestos ante lo que no se comprende— se han observado en los grandes primates, en elefantes, en cetáceos. Algo tan universal no puede despacharse como simple superstición de tontos: es un rasgo de la inteligencia consciente enfrentada a su propio límite.

Y el límite es este. Vivimos en un planeta minúsculo en un universo inabarcable. Una mota de polvo azul: Carl Sagan hizo girar la Voyager 1, ya más allá de Neptuno, para fotografiar la Tierra desde fuera, y en esa imagen —un píxel pálido suspendido en un rayo de luz— está todo lo que conocemos, todos los que amas y amaras, todas las guerras, toda la historia. Si eres consciente de eso, las preguntas llegan solas: ¿no hay nada más? ¿Cómo empezó todo? ¿Cuál es el primer motor? Son preguntas sin respuesta demostrable. Las religiones intentan responderlas; ninguna ofrece una respuesta irrebatible sin fe. 

Si las religiones no lo contestan, entonces nos queda ciencia, diras.

Pero la ciencia tampoco las responde: te dice cómo funciona el mecanismo, no por qué hay mecanismo en vez de nada. El que te diga que la ciencia ha cerrado esas preguntas, o no ha entendido la ciencia, o no ha entendido las preguntas.

Una cosa más, porque usaste las Escrituras como munición: citaste el Antiguo Testamento, sus guerras y sus crueldades, para condenar el cristianismo. Pero olvidas que el cristianismo lee el Antiguo Testamento a través del Nuevo: es una tradición que interpreta, no un manual que se aplica al pie de la letra. Juzgar la fe de tu amiga por el Levítico es como juzgar el derecho español actual por el Fuero Juzgo. Y hay ahí, además, una pregunta más interesante que la tuya: ¿por qué unos textos entraron en el canon y otros no? ¿Quién decidió, cuándo, con qué criterio? Ese proceso de selección e interpretación, sostenido durante siglos, es exactamente lo contrario del fanatismo literal que le atribuyes.

Termino, y te devuelvo la libertad intacta, que nunca fue mía.

Una religión que ha atravesado veinte siglos, imperios, cismas, pestes y revoluciones no ha demostrado con ello ser verdadera —la duración no prueba la verdad—, pero sí ha demostrado responder a algo real y permanente en la naturaleza humana. Y para el que cree, es fuente de seguridad y anclaje: un lugar donde agarrarse cuando la vida, que a ti aún no te ha zarandeado, empiece a zarandear.

No te pido que creas, yo mismo no creo. Te pido algo más difícil: que entiendas antes de despreciar. Que sepas que esa libertad tuya de no creer —que das por segura y natural, y que casi nadie tuvo en casi ningún tiempo ni lugar— creció, paradójicamente, en el jardín que plantó aquello que ahora quieres arrancar. Y que recuerdes que la incredulidad también puede volverse un dogma, si se repite sin examinarla.

Duda de tu amiga si quieres. Pero duda también de tus certezas. Tienes quince años: es exactamente el momento de aprender que la inteligencia no consiste en tener respuestas, sino en no cerrar las preguntas antes de tiempo.

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