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 Overlord

Normandía, 6 de junio de 1944. El desembarco.

Casi no hay fotos del desembarco. Robert Capa, el afamado fotógrafo de guerra que en la contienda española disparó la foto que lo haría célebre a él y a la guerra misma —la del miliciano abatido, que en realidad, según muchos, fue un montaje—, llegó con la segunda oleada a Omaha. Disparó decenas de fotos bajo el fuego, y solo se salvaron once. Movidas, desenfocadas, oblicuas, borrosas.

Reales.

El resto se estropearon en el laboratorio de Londres, dicen que por un ayudante que forzó el secado y derritió los negativos. O quizá eso solo sea leyenda y una excusa.

Aquí empezó, literalmente, la liberación de Europa. En aquel momento la Alemania nazi controlaba el continente entero. Estaba atacando a Rusia —su aliado inicial, no lo olvides: ambos países se repartieron Polonia en 1939— y Stalin tenía serias dificultades para contener a la Wehrmacht. Hacía falta abrir un frente en el oeste. No bastaba con haber entrado ya por Sicilia y tomado Italia: al fin y al cabo, Italia está separada del resto del continente por los Alpes, es como una isla, solo que en vez del canal de la Mancha tiene unas montañas.

Ya lo habíamos visto en los días pasados, rodando: el fracaso de Dieppe dejó un manual escrito con sangre.

– No ataques un puerto de frente: llévate uno contigo.

– No desembarques donde los tanques patinan.

– No pongas a los veteranos en primera línea: pon a los novatos, que no se enteran, son más osados por desconocimiento y se pierde menos cuando les das matarile.

– Golpea a la vez una zona enorme, para dispersar la respuesta enemiga.

Todo a la vez, con todo lo que tengas, sin medias tintas y sin complejos.

El problema era el Muro del Atlántico, la línea de defensas que cubría toda la costa francesa. Y no olvidemos que Francia, aunque figura entre los aliados, no combatía: se rindió en cuatro días, y la parte que no lo hizo se volvió directamente nazi, con el mariscal Pétain —héroe de la Primera Guerra Mundial— al frente del régimen colaboracionista de Vichy. Se atacaba un territorio enemigo, no a un aliado.

A los alemanes los engañaron como se engañaba antes a los chinos. De eso se encargó Garbo, un español que, a la postre, es el único ser que conozco condecorado por los dos bandos: la Cruz de Hierro que le dio Hitler y la Orden del Imperio Británico que le dio el rey Jorge VI. Se hizo creer a los alemanes que sería Patton quien dirigiría la invasión. Le montaron un ejército hinchable —tanques y camiones de goma— que plantaron en el sureste de Inglaterra, con comunicaciones que los alemanes pudieran interceptar: unas muy militares y otras más mundanas, como que se habían atascado las letrinas y todo olía a mierda, lo habitual en cualquier ejército. Y que todo iría por el Paso de Calais, el punto más cercano al otro lado del canal. Mientras tanto, se formaba un ejército de verdad, el que iría por Normandía. Ese engaño se llamó Operación Fortitude: una fortaleza hecha entera de goma y faroles.

El desembarco propiamente dicho se llamaba Operación Neptuno: más de 150.000 soldados británicos, estadounidenses y canadienses cruzaron el canal de la Mancha para asaltar cinco playas: Utah, Omaha, Gold, Juno y Sword. Utah y Omaha para los yanquis. Gold, Juno y Sword para británicos y canadienses. Iban a liberar Francia. No había franceses, excepto los 177 fusileros del comando Kieffer, que casi iban a título personal. Para salvar la honrilla.

No fue una operación fácil. El desembarco fue el día 6; Caen, a un tiro de piedra de Sword y objetivo del mismo Día D —el que Monty prometió tomar en las primeras horas—, no cayó hasta el día 21. Y Cherburgo, el principal puerto de la zona, no lo hizo hasta el día 26. La iconografía hollywoodiense se encarga de enseñarnos que la gran carnicería fue en Omaha, principalmente, y en Utah. La noche anterior se lanzaron las fuerzas paracaidistas. Lo hicieron con tan poco acierto que se dispersaron por toda la península de Normandía. Un desastre que, por pura chiripa, acabó jugando a favor: los alemanes veían paracaidistas por todos lados y no sabían ni por dónde les venía la cosa.

Nuestro plan es bastante mas básico: recorrer los lugares más emblemáticos de la zona de desembarco, evitando las aglomeraciones y los espectáculos tipo Disney.

Para ello diseñamos un plan estratégico bien coordinado. Se señaló una zona de desembarco que sería designada como Punto Green 1, en la zona del Café Gondrée. La decisión se basaba en logística pura: desde allí controlábamos la mejor zona de bares con cerveza, y la movilidad de la tropa por toda la península quedaba garantizada, con los suministros bien asegurados.

Total, que programamos el GPS con sus puntitos de parada y visita, y el GPS cumplió su trabajo a la perfección: hizo lo que le dio la real gana y nos perdió por toda Normandía. Como los del 101, pero con gadget moderno. Juro que en algún momento el universo entero estuvo a punto de colapsar por mis improperios dentro del casco. El muy ladino, para evitar cruzar una línea continua, te daba un rodeo de veinte kilómetros para visitar un punto que estaba a cien metros.

Si alguno conoce a un programador del algoritmo de rutas de Google Maps, no me lo presentéis: le desearé un picor de upite eterno e irresoluble. ¡Pedazo de incompetentes, coño!

A pesar de ellos y contra ellos conseguimos el objetivo. Omaha te hace ver la grandeza del acto bélico e imaginar la sangrienta jornada que tan bien protagoniza Tom Hanks en el inicio de Salvar al soldado Ryan.

En lo alto de Omaha estaba el WN62, un «nido de resistencia» —Widerstandsnest— con búnkeres y trincheras, el más mortífero de toda la playa. Estás allí y ves claro por qué esa playa fue tan sangrienta: las posiciones de defensa están elevadas, y la línea de tiro hacia la arena, allá abajo, es limpia, sin un obstáculo. Las MG-42 tenían el trabajo hecho. Allí, un artillero llamado Heinrich Severloh estuvo disparando su MG-42 desde primera hora hasta media tarde, mientras un sargento le acercaba munición sin parar desde el búnker de al lado. Según su propio relato, quemó más de doce mil cartuchos, casi media tonelada de plomo. Los americanos lo apodaron «la Bestia de Omaha», y él mismo aseguró, ya viejo, haber abatido a más de mil hombres, puede que dos mil.

No es creíble, aunque él lo diga. Las bajas totales americanas en toda Omaha, a lo largo de sus seis kilómetros y en toda la jornada, se calculan en unas dos mil cuatrocientas, así que un solo hombre no pudo hacer la mitad de todo el trabajo. La memoria, más de medio siglo después y con el estómago revuelto, agranda las cosas. Pero aunque solo fuera una fracción, la imagen basta: un chaval de veinte años, hijo de granjeros, que nunca había disparado a nadie, segando filas enteras de muchachos que salían del agua con el agua por la cintura. Él mismo lo contó antes de morir: pensar en ello le daba ganas de vomitar.

Observo la playa allá abajo. Veo dos bañistas. Es un día caluroso de verano, con la mar en calma, y solo dos bañistas en la playa. Quizá algo psicológico evita que se masifique. No lo sé.

Observo de nuevo: desde mi posición el tiro es perfectamente limpio. No hay escapatoria.

 

El cementerio americano corona el acantilado, justo encima de la playa: es zona de soberana de los Estados Unidos, de entrada libre, donde las cruces blancas se alternan con estrellas de David en campos infinitos. produce, al observar su perfecta alineación, sosiego y respeto por aquellos hombres.

No solo Omaha articula la Operación Overlord. Hay más escenarios, y entre todos dan forma a la épica de la jornada. Hemos visitado los acantilados que escalaron los Rangers en Pointe du Hoc. Dispararon garfios con cohetes para trepar los treinta metros de roca, pero las cuerdas venían tan empapadas del desembarco que pesaban como el plomo y apenas llegaron arriba. Así que subieron a mano, con escalas y cuchillos clavados en la piedra, bajo el fuego alemán, para inutilizar unas defensas que ya estaban inutilizadas: los cañones habían sido retirados días antes. Un heroísmo descomunal al servicio de un objetivo que ya no existía.

Vimos el famoso campo donde el todavía teniente Winters lideró el asalto a una posición atrincherada —el mismo Brécourt del que os hablé, el que aún hoy se enseña en West Point—.

Tuvimos oportunidad de observar los restos de los muelles flotantes, los Mulberry, en la playa de Arromanches, mientras tomábamos ostras en un bar de carretera.

Y pudimos por fin comparar la planicie de Sword, la playa británica cuya topografía llana explica la relativa facilidad de su conquista.

Allí está la estatua de Bill Millin, el gaitero de Lord Lovat, el jefe de los comandos. El reglamento inglés prohibía tocar la gaita en combate desde la Primera Guerra Mundial, porque los gaiteros morían como moscas. Pero cuando Millin se lo recordó, Lovat le contestó que aquello era cosa del Ministerio de Guerra inglés, y que a dos escoceses como ellos no les aplicaba. Así que Millin desembarcó en Sword con el kilt puesto y la gaita al hombro, y se paseó por la playa arriba y abajo, bajo el fuego de morteros y ametralladoras, tocando canciones de las Highlands mientras los hombres caían a su alrededor. Iba desarmado. Sobrevivió, y años después se supo por qué: los francotiradores alemanes que lo tuvieron a tiro no dispararon porque lo tomaron por loco, y a un chalado no se le gasta una bala. La locura como armadura.

La estatua lo representa con su falda escocesa, pero deja sin resolver el enigma de si iba o no iba a huevo colgante.

Yo apuesto que sí. En una ocasión como esa se debe ir como un hombre, con los cojones al aire.

Pero el sitio en el que debes fijarte no es ninguno de estos. Es una iglesia minúscula, tierra adentro, en una aldea que se llama Angoville-au-Plain y que no visita casi nadie porque no hay playa ni acantilado ni foto para Instagram, ni un cartel que la anuncie. Allí, el Día D, dos sanitarios del 101 —Wright y Moore, veinte años cada uno, desarmados— montaron un puesto de socorro y curaron durante tres días a más de ochenta heridos. Americanos y alemanes, sin distinción, según quién controlara el pueblo a cada hora. Su única norma: dentro de la iglesia no entran armas. Y se respetó. Hasta un alemán que irrumpió con la ametralladora por delante, al ver que curaban también a los suyos, bajó el arma, se persignó y se fue.

Los bancos siguen manchados de sangre, no los han limpiado. La cuida una viejecita del pueblo y hay un cepillo para dejar dos euros a cambio de encender una vela por la memoria de esos hombres, si quieres.

Ni torniquete, ni QR, ni cola. En Bastogne, donde otros chavales se dejaron la piel igual que aquí, te cobran por ver un agujero con código de barras; aquí confían en que dejes un par de monedas al salir.

Eso también es el Día D, aunque no salga en las películas.

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