Hemos entrado en Rusia en fin de semana. Eso significa bancos cerrados; menos mal que ayer Dani cazó rublos para estos primeros días. La gasolina, en efecto, escasea: en las gasolineras se agolpan los coches intentando repostar. La demanda es mayor en el centro de las ciudades y para la de 95. Nosotros hemos optado por la de 92, que total nos da igual: la moto no lo nota. La escasez ha obrado el predecible milagro del mercado, ese de la oferta y la demanda: la gasolina, antaño barata en esta región del mundo, tiene ahora precio de París. Y con ella se ha encarecido todo lo demás más de lo deseable. Los hoteles anuncian un precio en la app del Booking ruso, pero el que finalmente pagas es otro. Mayor, claro está.
Al llegar a Oremburgo intentamos conseguir más rublos, pero nos dijeron que niet, que es «nones» en idioma hereje. Y eso tras peregrinar por media ciudad buscando bancos y cambistas. Un banco te aseguraba que solo cambia divisa los lunes de luna llena, entre las 14:00 y las 14:15, y hoy, mira por dónde, es cuarto menguante. Otro te decía que ellos no se dedican a eso, que vayas a aquel de más allá. Y aquel de más allá estaba cerrado, aunque en la puerta un cartel jurase que estaba abierto. Recalamos finalmente en uno de esos antros donde los vividores, oportunistas y supervivientes del sistema cambian fajos enormes de billetes sin valor. La funcionaria pareció decir que sí. Al final fue no. Por el pasaporte, al parecer: país no amistoso, hay que acudir a un banco oficial. Y el banco oficial está cerrado.
Así que, ante la escasez de dinero líquido, hemos tomado una decisión operativa extrema: nos alojamos en el Hilton, como señores. Si hemos de claudicar, que sea cómodamente. Y al diablo con todo. Ah, por cierto: la app rusa esa que hace las veces de Booking tampoco deja pagar con Mastercard, digan lo que digan y prometan lo que prometan. Muy ruso todo.
Seguimos nuestra ruta cruzando Rusia camino del oeste, buscando una frontera que nos meta de lleno en territorio Schengen. Tenemos un hándicap: viajamos supeditados a nuestros pequeños depósitos de moto europea. Somos ahora mismo monjes mendicantes: mendigamos gasolina.
Vamos de gasolinera en gasolinera pidiendo que nos sirvan cuatro o cinco litros. O uno, o dos. Los que puedan. Que somos extranjeros y desconocemos las costumbres locales. Rogando, en fin, por unos kilómetros más de autonomía. Porque la mayoría de las gasolineras están cerradas, otras tienen colas inmensas —de horas— y alguna funciona con horarios de capricho. Todas te exigen que declares de antemano cuántos litros exactos vas a repostar.
En la búsqueda de la gasolinera más servicial hemos elaborado una fina estrategia. Las más eficaces, las que suelen tener gasolina de 92, son las que están en mitad de ninguna parte, viejas y cochambrosas: el surtidor soviético oxidado y su manguera cuarteada son nuestros mejores aliados. Repostamos siempre que podemos y así, de litro en litro, hemos llegado a Samara, a la orilla del Volga.
Se llega a Samara atravesando rectas infinitas sobre un paisaje llano, de horizonte sin fin, cultivado todo él de patatales que abarcan el mundo entero: un verde patata que solo de vez en cuando muda a un arcoíris de verdes variados por culpa de alguna plantación de maíz. Eso, y alguna refinería de Gazprom, son lo único que distrae la vista en tanta monotonía. Las refinerías, enormes, trabajan a todo lo que da su maquinaria, arrojando grandes llamaradas por sus chimeneas a un cielo que tiñen de nubes negras de azufre. Los depósitos de combustible ya refinado están protegidos por redes metálicas y torres inhibidoras, defensas contra los drones que de un tiempo a esta parte les buscan las cosquillas. Algo tendrá que ver ese asedio con la escasez, aunque aquí la versión oficial que corre entre la gente es que todo se debe a una huelga pertinaz de los trabajadores de las refinerías.
Samara, una de las capitales del Volga, luce su paseo ribereño por la orilla este del río y vive con un desparpajo que ya lo quisiera la Riviera francesa. Nada aquí recuerda que el país está, teóricamente, en guerra. Al contrario: los bulevares hierven de parejas endomingadas, terrazas repletas, música, y una procesión de mujeres hermosas —rubias en su mayoría, elegantes aunque de vestir deportivo— que van y vienen junto al agua haciendo la ronda, ofreciendo su hermosura al que quiera admirarla y negándola al que pretenda abordarla, que para eso son las reglas del galanteo. La movilización, por lo visto, es cosa de otra Rusia, no de esta.
Y como conseguimos rublos pese a ser domingo, y había que celebrarlo —somos pudientes de nuevo—, nos dimos un homenaje de solomillo y otras delicatessen, regado con cerveza bien fría, que el calor aprieta aquí de lo lindo. Sentados a la sombra de un olmo mientras el sol se ponía sobre el río. Uno casi olvida, entre bocado y bocado, que a unos cientos de kilómetros esto se llama «operación militar especial».
Tenemos pensado visitar el territorio de los tártaros, en Kazán, y ver su kremlin blanco, para compararlo con el rojo. Para alcanzar la capital de Tartaria remontamos el Volga por su orilla derecha.
Menudo río, el Volga: es inmenso. En algún tramo no se alcanza a ver la otra orilla y parece, más que un río, un mar tendido a lo ancho. Quizá por eso, sabedor de que jamás tocará uno de verdad, pretende imitarlo ya en su curso medio, ensayando de mar mucho antes de morir. Porque el pobre, siendo el río más largo y caudaloso de Europa, tras semejante hazaña no alcanza el mar jamás: desemboca en el Caspio, que de mar solo tiene el nombre, pues es en realidad el lago más grande del planeta. Un río endorreico que entrega toda su cuenca, toda el agua que recoge en su inmenso territorio, absolutamente toda, a una charca gigante sin salida, para que un sol inclemente la evapore.
Tanto correr para no llegar nunca. Una metáfora rusa como pocas.

Kazán
Kazán es ciudad monumental, construida sobre una terraza que domina el Volga. Al atardecer la gente pasea sin pudor, como en cualquier ciudad del centro de Europa, y uno vuelve a preguntarse dónde está la guerra.
Alojarse, en cambio, es una odisea. Las apps no funcionan —muchas están caídas, otras se niegan a cobrarnos— así que vamos de hotel en hotel pidiendo cama como quien pide limosna, que a estas alturas ya es nuestra especialidad. Estuvimos a punto de acabar en un hostal con ducha compartida. Huimos de allí como fugitivos. Y para adornarlo, mi moto empieza a fallar de batería: cada vez que la paro, es una incógnita si volverá a arrancar.
Pero merece la pena. El kremlin blanco es un espectáculo. Murallas de piedra clara sobre el río, torres, catedrales ortodoxas. Y en el centro, ocupando el mejor sitio, una mezquita: la Qol Şärif, con sus minaretes turquesa apuntando al cielo tártaro. Uno, ingenuo, se pregunta qué hace ahí, quién la ha pagado, y por qué precisamente en el corazón de la ortodoxia.
Pues resulta que la ortodoxia es la advenediza. La mezquita estaba ahí antes: era la principal del kanato de Kazán, y en 1552 Iván el Terrible la arrasó, junto con la ciudad, para levantar sobre las ruinas este kremlin blanco . Lo que se ve hoy es una reconstrucción, inaugurada en 2005, financiada por Tatarstán a golpe de donación. Cuatro siglos y medio tardó en volver a levantarse.
Así que no es una mezquita nueva en un lugar extraño. Es una mezquita vieja que ha vuelto a su sitio, y en su sitio hay ahora una catedral ortodoxa a cincuenta metros, mirándola. Conviven. Se toleran. Rusia hace estas cosas mucho mejor de lo que nosotros contamos, y bastante peor de lo que ella misma pregona.

Moscú
Moscú nos recibió enfurecido y con las zarpas afiladas. Entramos por las terroríficas avenidas de la capital bajo un cielo inclemente, donde la definición de «llover a cántaros» se queda absoluta, radicalmente corta. Era Taranis, el dios del trueno, al que aquí llaman Perún, mostrando todo su inmenso poder.
No es posible explicar por escrito aquella forma de llover. Mézclese con ráfagas de viento de fuerza casi huracanada, en mitad de una avenida de cuatro y cinco carriles abarrotada de camiones y de un tráfico con prisa. Una avenida infinita, donde se circula con violencia y los charcos que se forman son casi piscinas. A los camiones eso no les importa: los abordan sin reducir la velocidad, levantando cortinas de agua con sus inmensas ruedas. Pero nosotros… nosotros somos pequeños y frágiles, sin margen para el error.
¡Oh, Señor! ¡El tráfico tan inmenso, el clima tan inclemente, y nuestra moto tan pequeña!
Vamos hacia el sur de la capital rusa, en busca de un taller donde sustituir la batería de mi moto y un neumático de la de Dani. La dirección nos la facilitó Vlad, nuestro amigo militar ruso al que habíamos conocido hacía ya dos largos años en la frontera mongola.
Curiosos, estos negocios por estas latitudes. El taller está dentro de algo parecido a un búnker, con vigilante en la puerta, ilocalizable desde fuera si no lo conoces. El dueño de Beemer Motor, concesionario BMW en la capital moscovita, nos esperaba en la calle para franquearnos la entrada. Los españoles motards amigos de Vlad fuimos atendidos a la perfección.
Pero llegamos empapados y molidos. Molidos de la última etapa, de buscar gasolineras con una espera razonable, de reparar una salida de cadena en la moto de Dani. Con pocas ganas de juerga. Así que, resuelta la mecánica, buscamos un hotelito cerca de la zona.
Os juro que en ese momento lo que más deseaba en el mundo era abandonar Moscú y salir hacia el oeste. El centro de la capital está a solo diecisiete kilómetros. Pero a cuarenta y cinco minutos, lidiando de nuevo con el denso tráfico moscovita. Y sigue lloviendo con fuerza.
Y sin embargo, no puedes venir aquí y no maravillarte con su Plaza Roja. Así que hoy, dejada atrás la noche empapada en aquel hotel de la periferia, decidimos acercarnos al centro y buscar allí un nuevo alojamiento, con un único objetivo: verla.
Pusimos rumbo siguiendo un GPS que ya hemos aprendido a interpretar. Porque aquí la señal se pierde y se desdibuja a medida que te acercas a zonas sensibles. Ya lo vimos ayer, cuando entre el temporal cruzamos las inmediaciones del aeropuerto: el GPS deja de funcionar y, literalmente, te coloca a kilómetros de tu posición real.
Debes estar atento y tener memorizado el próximo desvío para cotejar los kilómetros que faltan con tu odómetro, de modo que, si el aparato falla, calculas a la antigua usanza. Faltaban treinta kilómetros para el desvío, llevo diecisiete, se los resto: así que cuando esto marque 123, por ahí debe andar. Todo ello con la lengua asomando por la comisura de los labios mientras peleas con el tráfico de la capital y meditas sobre la conveniencia de no saltarte las normas de circulación locales.
El caso es que el GPS, ya cerca de la zona central, se pierde. Y si se pierde el nos perdemos nosotros.
Paramos la moto y, justo ahí, sin buscarlo, sin reservarlo, aparece ante nosotros la solución a todos los males: un hotelito fantástico de cuatro estrellas donde, para colmo de fortuna, la rubia elegante de recepción habla inglés, la habitación es enorme, nos guardan la moto —previa confirmación del guardia con recepción a través del chintófono que llevan colgado de la oreja— y, además, nos permiten alojarnos ya, a las once de la mañana, sin esperas del tipo «el check-in es a las tres, etcétera, etcétera».
Y por si fuera poco, justo al lado hay un restaurante italiano que, a la entrada, junto al expositor de vinos, tiene un banco. Eso indica dos cosas: una, que el restaurante será carísimo si necesita un banco dentro del local; y dos, que nos cambian euros por rublos sin pestañear. Ni pasaporte pidieron.
Perdernos, esta vez, había sido una suerte.
La Plaza Roja tendría que esperar a la tarde, porque hacia el mediodía apareció Vlad.
Nos sentamos a tomar unas cervezas en el restaurante italiano —el Pepe Nero—, hablando entre nosotros por medio del traductor del teléfono, esa muleta que convierte una conversación en una ceremonia lenta de frases que rebotan de una pantalla a otra. Es un tipo amable, Vlad, de una humanidad que ya habíamos intuido en Mongolia hacía dos años, en aquella frontera perdida. Pide perdón por no poder invitarnos a su casa —vive en zona militar, y allí un extranjero es un problema burocrático con patas— y para compensar nos trae regalos.
Intentamos animarlo a que un día coja fuerzas, haga las maletas y se venga a España a pasar unos días con nosotros. Sonríe. Uno nunca sabe, con estas cosas, cuánto de promesa y cuánto de deseo hay en un sí dicho a través de un traductor. Pero el gesto queda ahí, sobre la mesa, entre las cervezas.
Se marchó Vlad, y nosotros nos quedamos a comer en el mismo local. Frugal y carísimamente, todo hay que decirlo: un restaurante italiano con un banco junto a la cava de vinos es una declaración de intenciones, y el bolsillo lo entendió enseguida.

Y ya por la tarde, saciados y aligerados de cartera, por fin, la plaza.
La abordamos desde nuestro hotel, el Kadashevskaya, a pie, cruzando los puentes sobre el río Moscova. Los bulevares van llenos de flores perfectamente cuidadas, que cuelgan también de los puentes: un ornato sin mácula. A medida que te acercas, las cúpulas retorcidas de la catedral de San Basilio —esas que parecen helados en un cucurucho, coloradas, naïf, como salidas de un cuento— van llenando tu retina.
Pero antes, casi sin querer, se te impone otra evidencia: ni una colilla, ni una pintada, ni un papel en el suelo. Ni meadas de perro, ni sus heces. Lo que sí se ve son parejas paseando críos.
Y uno se pregunta si ambas cosas no tendrán algo que ver. Más niños, menos mascotas. Y viceversa.
Y entonces desembocas en ella, y la plaza te obliga a callar.

Roja le llaman. Uno cree, ingenuo, que el nombre viene del color de los ladrillos o de la bandera que un día ondeó por aquí, pero no: en ruso antiguo, krásnaya significaba a la vez «roja» y «hermosa», y es lo segundo lo que quisieron decir. La Plaza Hermosa, pues. Desde mucho antes de que a nadie se le ocurriera pintar medio mundo de ese color. Ironías de la lengua y de la vida, que a veces sabe más que la historia.
La cierra, al fondo, el Museo Histórico Estatal, un edificio de ladrillo rojo y torres puntiagudas, macizo y ceñudo como un centinela que llevara siglos vigilando que nadie se lleve un recuerdo indebido. A un costado, las murallas y las torres del Kremlin, con sus estrellas rojas todavía encendidas en lo alto. Ningún régimen se ha atrevido a descolgarlas, y hace bien: son historia, y la historia no se descuelga.
Y enfrente del muro del Kremlin, cerrando el otro costado, el GUM: una fachada larga, señorial, casi francesa, que por dentro se abre en galerías de hierro y cristal como un pasaje parisino, y que a uno le recuerda inevitablemente al Louvre. Fueron los grandes almacenes del Estado soviético, el escaparate del comercio planificado, aquellos donde durante décadas lo que se exhibía sobre todo eran las colas. Hoy venden Dior, Vuitton, Cartier…

Dentro del GUM hay un Bosco Café, a la italiana, con una clase y un charme evidentes. Las camareras parecen modelos en un desfile: se mueven con la espalda recta, avanzando por la sala como si la pasarela siguiera ahí, sabedoras de que son bellas y elegantes. La entrada la controlan, con un cordón de terciopelo, dos madames que deciden si pasas o no.
Nos acercamos. Alzo mi cámara, pongo cara de occidental y pregunto: coffee? Three ristretto? Abren el cordón sin pestañear, mientras otros esperan.
Dos detalles. El primero: el ristretto nos lo sirven sin azúcar, como debe ser. El segundo: al marcharnos, el jefe del local se acerca a despedirnos en un inglés correcto y nos pregunta si volveremos mañana. Se apena cuando le explicamos que no, y nos desea que volvamos a vernos en otra ocasión.
Y lo hacen a cincuenta metros escasos de Lenin, que lleva un siglo tumbado ahí enfrente sin poder decir nada al respecto.
Porque ahí está, discreto, casi pudoroso para lo que representa, el mausoleo: un cubo de granito oscuro donde el hombre que puso el mundo patas arriba lleva un siglo embalsamado, exhibido como una reliquia laica. Estaba cerrado el día de nuestra visita —Vladímir Ilich descansa a puerta cerrada, sometido a sus horarios de museo y a sus periódicos retoques de cera, que hasta las momias revolucionarias necesitan mantenimiento—.
Nos quedamos, pues, sin verle la cara al gran hombre. No sé si lamentarlo o agradecerlo.
La Plaza Roja está, con razón, entre los lugares del mundo que hay que visitar. El esplendor, el ornato, la elegancia del lugar: todo invita a maravillarte una y otra vez. Y no puedes evitar el contraste: ayer, este mismo país nos escupía agua y viento por sus autopistas infernales; hoy nos ofrece, mansa y perfecta, una de las postales más hermosas que existen.
Rusia es eso, exactamente: las zarpas y el terciopelo, a menos de veinticuatro horas de distancia.

El camino hacia el oeste. Letonia
La marcha hacia el oeste de Rusia, camino del espacio Schengen, nos lleva por una zona cada vez más boscosa: coníferas cerradas y olmos, salpimentados de charcas y pequeños lagos que jalonan la carretera. De vez en cuando una señal amarilla te advierte de que tengas cuidado con los alces. Nunca he visto ninguno. Ojalá aparezca uno y pueda verlo. Los rusos tienen sus carreteras con un amplio espacio libre de vegetación a cada lado, así que daría tiempo a verlo. O no.
Y cicuta. Hay plantas de cicuta por todos lados. No sé qué pensaría de esto mi admirado Sócrates.
Las gasolineras escasean. La gran mayoría están cerradas, y las que no lucen colas kilométricas de vehículos desesperados por repostar. Vamos mendigando nuestros litros de gasolina. A un señor le hemos comprado quince litros de una garrafa de veinticinco recién estrenada. Nos la bombea a las motos con una minibomba eléctrica. Nos cobra mil quinientos rublos. Ya lo dice el refrán: a río revuelto, etcétera, etcétera.
Decidimos salir por la frontera más cercana, por Letonia, ruta europea 22. Teníamos información de que era frontera lenta, sobre todo del lado ruso, pero nos ahorraba un día de Rusia con sus penurias y sus azares.
No hay tráfico. Ninguno. Lo que hay es una lluvia incesante que nos cala las botas y, de paso, el ánimo. La ausencia de tráfico nos hace sospechar que la susodicha frontera esté cerrada.
No lo está.
Sorpresivamente, en el lado ruso las cosas fluyen con rapidez y eficacia: ni revisión de fotos, ni de equipaje, ni exploración de orificios. Nos plantamos en el lado letón contentos como una mariposa flying in the garden. Cuando de repente ¡plaf! Leñazo with a flower.
—Señor, bienvenido a Europa, su casa. Observo con gran disgusto que su vehículo motorizado de clase 2 no ha pasado la inspección técnica de vehículos. Cuánto lo siento. Esto lleva aparejada una multa. Una fine de cincuenta y cinco euros. Ya sé, ya sé: no podía usted pasar una ITV en Mongolia. Ni en China. Ni siquiera en Rusia. Pero la normativa 35/156, de veintinueve de febrero de un año bisiesto, no admite excepciones. Pase por allí. Un amable oficial se lo cobrará de su tarjeta de crédito, libre de comisiones.
—Pase ahora por aduanas. ¿Algo que declarar? ¿Tabaco, drogas? ¿Cuánto dinero lleva? ¿Mucho?
—Espere unos minutos más. Allí puede usted sentarse; tiene a su disposición máquinas de chucherías y café. Esto nos llevará un rato.
—¿Tiene usted seguro europeo? Enséñemelo. ¿Su carné de conducir? Bien, es correcto. Veo que ya ha pagado su fine. No sabe cuánto lo siento.
—Un último trámite —dice mientras se calza unos guantes de esparto una funcionaria pasada de peso—. Exploración de orificios. Se nos ha acabado la vaselina. Relájese.
Fueron 4 hrs en la frontera.
Solo nosotros y cuatro coches cruzamos en 4 hrs.
Ni uno mas.
Esa fue nuestra deseada entrada en Europa. En el espacio de la libertad y de las normas. Tenemos normas para todo.
Pienso que un poquito de libertad se me quedó allí atrás, al salir de Rusia. A pesar de la gasolina mendigada, el GPS apagado y los amigos que no te pueden invitar a casa.
Bienvenidos a Europa.
PS: si queréis saber por donde zozobramos, mirad aquí.

2 Comments
Fabián
CUATRO ORAH NO É NA, CHIKI
Jorge Llana
Me ha encantado.
Da gusto leeros. Habéis conseguido que, sintiera que iba con vosotros en ese «asiento para dos».
Un abrazo enorme