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Hemos decidido visitar la península escandinava, el sur al menos. Suecia y Noruega nos esperan al otro lado del espejo. Hemos abandonado intención de visitar Finlandia por una cuestión de logística y de días de viaje: suponía al menos tres jornadas más, y no sé si nos llegarán las cortas y escasas raciones de tiempo para tanto plan. Tampoco es cuestión de meterse setecientos kilómetros al día.

Así que desde Tallin cogemos un ferry a Estocolmo, lo cual ya es el colmo —lo sé, es un chiste idiota y fácil, pero no puedo evitarlo—. El ferry se toma en Tallin, capital de Estonia, a la que se llega desde Letonia sin enterarte. Ni un cartelito de bienvenida hay en la carretera. Ni un accidente geográfico, ni un cambio de costumbres, nada te avisa de que has cambiado de país, excepto las matrículas de los coches. Y lo curioso es que esa frontera invisible es, en realidad, una de las más profundas de Europa. No en lo geográfico, que ahí no hay nada que separe, sino en lo cultural y lingüístico. Al pasar de Letonia a Estonia uno cruza, sin un mísero cartel que lo advierta, de una familia de lenguas a otra completamente distinta: el letón es una lengua báltica, indoeuropea; el estonio, en cambio, es finoúgrio, pariente del finlandés y, de más lejos, del húngaro, sin parentesco alguno con el resto de Europa. Cambias de estirpe lingüística entera y el paisaje ni se inmuta. Sigue siendo agrícola, huele a heno recién cortado y el trigo espera aún la siega. La carretera atraviesa los campos por una recta que parece infinita.

La monotonía hace su trabajo y, desde algún rincón oculto de la memoria, el cerebro me trae imágenes del pasado, me lleva de vuelta a un valle de mi niñez. Si queréis haceros una idea, acercaos a Monforte de Lemos y recorred esa recta que me parecía infinita en sus escasos diez kilómetros, con sus campos planos y sus canales de riego: tendréis una aproximación. Estonia es Monforte, pero multiplicado por mil.

En Estonia y en Letonia el bosque guarda cementerios. Pequeños, casi familiares, escondidos a la sombra de los pinos, con sus lápidas discretas, con bancos y hasta mesas entre las tumbas. No son lugares para el duelo apresurado y la huida, sino para quedarse: para pasar la tarde con los ancestros, merendar junto al abuelo, charlar con los muertos como quien visita a un vecino. Los bálticos tratan a sus difuntos como parte del paisaje cotidiano, no como un estorbo que se aparta a las afueras. Es una imagen que, ya cruzado el mar, echaría de menos: en Suecia los muertos se guardan de otra manera, más ordenada y más lejos, como todo allí. Pero eso lo descubriríamos después. Primero había que embarcar, y embarcar tiene su liturgia.

Tallin tiene un casco histórico espléndido y un puerto desde el que se navega todo el Báltico. Allí nos plantamos, a la espera. Una espera entretenida, por cierto. Un vehículo zarrapastroso se detiene en la cabina del check-in, ante la barrera. El gestor de la entrada no la abre; algo no le huele bien. Aparece un policía, señala el coche y ordena abrir el maletero. De él sale una chiquilla vestida de gitana. El policía manda retirar el vehículo y que baje la conductora, también vestida de gitana, que chilla. Luego ordena despejar los asientos traseros, atiborrados de maletas, y debajo aparecen dos mujeres más, con esa falda larga que arranca justo bajo el busto y cae hasta los pies. Al final, todas al trullo, el coche inmovilizado y nosotros entretenidísimos en la cola. Hay esperas peores.

El embarque, en cambio, está modernizado a tope: leen tu código de barras, comprueban tu identidad y te dicen dónde colocarte; cuando se abre el semáforo de tu fila, pasas, y tu sitio ya está indicado. Del caos de esos ferris que te llevan y traen de Grecia no queda aquí ni rastro. Subes, te alojas y paseas el barco. Es un barco moderno que tiene de todo, hasta supermercado, y a buen precio. Compramos una lata de carne de alce, para un pincho cuando toque.

Como al comprar los billetes la página web me gastó una mala pasada reservándome un ida y vuelta que no quería, la naviera me compensó con unos bonus money para gastar a bordo. No es compensación ni de lejos, pero menos da una piedra. Así que nos fundimos la pasta en una cena opípara en el restaurante más caro del barco, el Alexandra, con una botella de Merlot ACE, un tinto ucraniano de la bodega de Sergiy Stakhovsky. Pedir un vino ucraniano fue un impulso inconsciente, derivado, sin duda, de la cantidad de pancartas que rodeaban la embajada rusa en Tallin, describiendo a Putin y su familia, deseándoles cosas muy variadas y apoyando al pueblo ucraniano.

Vamos a hacer aquí un pequeño break, un paréntesis, porque ese vino tiene más biografía que muchas personas. Stakhovsky es el extenista ucraniano, el hombre que en Wimbledon 2013 eliminó a Roger Federer en tercera ronda, rompiendo una racha de treinta y seis cuartos de final consecutivos en Grand Slam. Aquel partido fue uno de los grandes terremotos del tenis moderno. Tras retirarse montó una bodega en Zakarpattia, en el suroeste de Ucrania, junto a la frontera húngara, región vitícola histórica y prolongación natural del Tokaj, lo cual dice mucho del pedigrí vinícola de la zona. La bodega se llama Stakhovsky Wines, y el nombre de la gama, «ACE», es evidentemente un guiño tenístico. En febrero de 2022, con la invasión rusa, Stakhovsky dejó a su mujer y a sus tres hijos en Hungría, volvió a Kiev y se alistó en la reserva territorial. Un tipo que renunció al circuito ATP y luego a la vida civil para acabar patrullando con un fusil, defendiendo a los suyos. Con lo cual ese Merlot que tenemos delante no es solo un tinto de Transcarpatia con veintitrés meses de roble: es un vino con biografía. Se bebe con respeto.


Abordamos la península escandinava no sin cierto respeto reverencial. Estas tierras plácidas, hoy pobladas por la gente más prudente y reglamentada del planeta, fueron durante tres siglos el origen del mayor terror de la Europa medieval. De aquí, de estos fiordos y estas costas, salieron los hombres del Norte. Entre los siglos VIII y XI sus barcos remontaron todos los ríos imaginables, de Dublín a Kiev, de Groenlandia a Constantinopla, saqueando monasterios y aterrorizando a media cristiandad. También la nuestra: aún guardan las Torres del Oeste la desembocadura del Ulla, en la ría de Arousa, levantadas para proteger Santiago de aquellas mismas quillas. El enemigo venía de aquí, de estas costas, de los abuelos de estas gentes.

A furore Normannorum, libera nos, Domine.

Con esa plegaria en los labios los esperaba media Europa.

Fueron, además, un solo pueblo: misma lengua, los mismos Thor y Odín, la misma afición a echarse al mar en cuanto asomaba el buen tiempo. De ese tronco común brotaron tres reinos —Dinamarca, Noruega y Suecia— que un día llegaron a compartir corona y pudieron ser uno solo, colosal. No lo fueron: mil años de guerras fratricidas los dejaron como están hoy, tres coronas, tres Estados, un mismo abuelo vikingo. Tres hermanos que nunca han querido vivir bajo el mismo techo. Pero de por qué son tres, y de un rey que juró no cortarse el pelo por una mujer, hablaremos más adelante, cuando lleguemos al lugar exacto donde todo aquello se decidió a golpe de hacha.

Y ya en tierra sueca, la primera constatación de que aquellos hombres del Norte, terribles y temerarios, se han extinguido sin dejar rastro me llega al volante. O mejor dicho, detrás de un volante ajeno, porque en Suecia uno pasa la mayor parte del tiempo detrás de otro coche que no hay manera de adelantar.

Los suecos conducen como viejecitas nonagenarias con problemas de incontinencia: despacio, con una prudencia que roza lo penitencial, respetando el límite como quien respeta un mandamiento y frenando ante la sospecha de que a tres kilómetros pudiera, quizá, existir una curva. Todos, además, sin excepción, van en un Volvo, lo cual tiene su lógica: han construido el coche más seguro del mundo para conducirlo como si en cualquier momento fuera a desintegrarse. Lo que no entiendo es para qué le ponen seis marchas, si nunca pasan de tercera. El resultado es un país entero circulando en procesión, a la velocidad del arrepentimiento.

A velocidad absurda*. 

Y la coherencia estética es total: cada silla, cada mesa y cada plato que usas en un bar de carretera lleva el sello de Ikea, como si el país entero fuese una sala de exposiciones a tamaño natural. Uno espera que, al pedir la cuenta, el camarero le entregue también una llave Allen.

El paisaje que desfila a ese ritmo cansino, eso sí, es hermoso: granjas de madera pintadas todas del mismo ocre rojizo, ese rojo Falun que parece de reglamento nacional, como si un ministerio del color hubiera decidido que Suecia se pinta así y no se hable más. Y cuando por fin paras y quieres dejar la moto, otra sorpresa: de once de la noche a cuatro de la madrugada no puedes aparcar en la calle. ¿Para qué? Ni puta idea. No lo saben ni ellos. Debe de ser cosa de algún concejal rojo, de esos del Bloque o de Compromís, que legislan por el puro placer de fastidiar al prójimo, no vaya a ser que el ciudadano se confíe y sea feliz.

Noruega es igual que Suecia, pero con el hándicap añadido de que aquí no se pasa de ochenta ni por asomo. Límites de cuarenta, cincuenta y sesenta brotan por todas partes, sin motivo aparente, y nadie, absolutamente nadie, se atreve a saltárselos. ¿Hay una curva? Límite de sesenta. ¿Se adivina una casa a un kilómetro? De cuarenta. Uno tiene la sensación de conducir el país más rico de Europa con el pie permanentemente levantado del acelerador, porque las multas, dicen las crónicas, son estratosféricas, calculadas para que hasta un noruego con petróleo bajo la almohada sienta el pellizco.

Y conviene detenerse en Noruega, porque es la típica historia del hermano pobre que da la campanada. Durante siglos fue el pequeño y desgraciado de la familia escandinava: sin las llanuras fértiles de Dinamarca ni el imperio báltico de Suecia, condenado a un territorio de roca, fiordo y frío, viviendo de pescar bacalao y arenques y de que sus vecinos se lo pasaran de mano en mano como quien hereda un tío soltero y sin fortuna. Danés primero, sueco después, nunca dueño de sí mismo hasta 1905. El paria del Norte. Los mataos.

Peeero, en 1969, el destino le gastó la broma más colosal de la historia moderna: encontró petróleo frente a sus costas, uno de los mayores yacimientos marinos conocidos hasta entonces, en el mar del Norte. Del bacalao al oro negro. Y lo verdaderamente noruego, lo que distingue a estos luteranos del frío, herejes ellos, de cualquier jeque manirroto, es lo que hicieron con la fortuna: en lugar de fundírsela, la metieron en una hucha. Crearon un fondo soberano y allí fueron guardando, año tras año, los beneficios del crudo. Hoy ese fondo supera los dos billones de dólares, es el mayor fondo soberano del mundo y posee el 1,5% de todas las empresas cotizadas del planeta. Traducido a lo que importa: cada ciudadano noruego tiene una participación de unos 364.000 dólares en el fondo, aunque —y esto es lo más luterano y lo más hereje— nadie puede sacar ni una corona. Es una propiedad colectiva, no una cuenta bancaria. Son ricos, pero de mirar y no tocar.

De modo que aquí conduces despacio, con el puño del gas girado hacia adelante, frenando la moto por miedo a las multas, rodeado de la gente más rica de la Tierra, que sin embargo no lo aparenta, no lo gasta y ni siquiera lo toca. Son millonarios a plazo fijo, ricos para generaciones que aún no han nacido. El vikingo que saqueaba media Europa para disfrutar del botín en vida tiene ahora un tataranieto sentado sobre la mayor fortuna del mundo, que la administra con manguitos de contable y no piensa disfrutarla: la guarda para sus bisnietos. De la furia a la hucha. No sé si es sabiduría o penitencia protestante llevada al absurdo, pero funciona: son aburridísimos, riquísimos y, según los rankings, malditos sean, felices.

Nosotros seguimos hacia el oeste de estas tierras, buscando fiordos de acantilados imposibles y cascadas eternas, antes de virar hacia el sur, donde la gente conduce mal, aparca peor y, quién sabe por qué, ríe más.

Próxima entrega: la ruta escandinava, los fiordos y la virada hacia casa.

* Mr Hicks­ en la memoria. 

PS: si queréis saber por donde zozobramos, mirad aquí.

1 Comment

  • Fabián
    Posted 18 de julio de 2026 at 13:32

    Hasta hace bien poco tenía vuelo directo a Tallinn. Y lo fui dejando, dejando… 🙁

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