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Un break de tres días (uno de tres)

Un break de tres días

Portugal por la puerta de atrás. Ida y vuelta al mundo cercano

(1 de 3)

 

En esta vida estresada y rápida, que no da sosiego ni respiro, surgen de cuando en cuando momentos que permiten desconectarse de las obligaciones ordinarias. Liberar el espíritu, resetear el sentimiento, reordenar las prioridades de uno con la sencillez del que se sube a una moto y se va. Eso ocurrió aquí: tomando como base el día de la Ascensión, festivo local en Galicia, y aprovechando la propuesta de maese Naveiras de hacer una ruta por la N-222 portuguesa. Ruta canalla, la llamó él. Y bien llamada, porque solo así suelen salir las buenas.

Esta es su historia.


Hay dos formas de empezar un viaje. Una consiste en preparar las maletas la noche anterior, repasar listas, comprobar presiones de neumáticos y partir al amanecer con la solemnidad del que se sabe protagonista. La otra, infinitamente superior, consiste en que te suspendan un juicio.

El jueves teníamos un compromiso ineludible en Vigo de esos que uno prepara durante semanas para que finalmente se aplace por motivos que jamás se nos explican y que probablemente involucran el almuerzo de alguien. La notificación llegó la víspera, pero en esta ocasión nos alivió los trámites. Como solo es un viaje de tres días, el equipaje se hace rápido. En mi caso consistió en tres gallumbos glamurosos y sin agujeros, tres pares de calcetines, dos camisetas de moto y una de vestir, un polo de manga larga — por si el frío—, un vaquero, unos patucos y cosas de aseo. Y ya.

¡Bueno! Y las pastillas de viejo, claro.

La Multi espera paciente en el garaje, y se deja colgar las maletas sin demasiado pudor. Sabe que le esperan curvas y asfalto variado. Es una buena y veterana máquina, con alma de guerrera.

Hemos diseñado una ruta que, atravesando Portugal por su esquina noreste, nos saque de nuevo a España a tiro de piedra de Ciudad Rodrigo, donde se reunirá un grupo de amigos moteros y canallas.

Salimos temprano, con la mañana todavía fría y ese olor a humedad que tiene la ría a primera hora, cuando la niebla baja se desprende de la lámina del agua y deja el cielo limpio. La A-52 hacia Ourense se hizo sin pena ni gloria, como debe hacerse cualquier autovía: rápido, atento al radar y sin esperar nada de ella. Las autovías son lo contrario del viaje; son el peaje funcional que hay que pagar para llegar al sitio donde el viaje, propiamente, comienza.

Para nosotros este viaje empieza en Verín. No porque Verín sea particularmente bello —que lo es, modestamente, con su castillo de Monterrei vigilando el valle—, sino porque repostas allí y ya encaras el auténtico motivo del viaje: la ruta propiamente dicha. Repostamos con esa convicción del que sabe que en un viaje en moto se puede ahorrar en muchas cosas, pero nunca en gasolina y nunca en vino. Es una ley básica.

De Verín a Feces de Abaixo apenas hay un suspiro. La frontera se cruza sin que nadie pregunte nada, lo cual es uno de los pocos logros incuestionables de la Unión Europea, junto con el roaming y la posibilidad de quejarse en veintisiete idiomas al mismo funcionario. Estamos en Portugal.


Chaves

Aquae Flaviae

Aquae Flaviae. Así la bautizó Roma. Villa de aguas termales, todavía exhibe el documento de su nobleza original: un puente romano que mandó construir Trajano en persona, según informa una inscripción que aún puede leerse en mitad del tablero, gastada pero terca, como una firma notarial de hace dos mil años.

No está impoluto el puente, evidentemente. Ninguna obra sobrevive dos milenios sin lesiones, y el río Tâmega ha sido a lo largo de los siglos un cliente especialmente desagradecido. Un par de inundaciones bíblicas, alguna intervención de mantenimiento poco afortunada —de esas que se cometieron en los siglos del Barroco—, la sustitución por barandilla metálica, la reconstrucción de algún tajamar y de algún arco central. 

Son arañazos cosméticos en un paciente venerable. Lo esencial sigue ahí: los sillares almohadillados con esa rusticación romana que parece tallada por gigantes con prisa, y los orificios del forcex que la cantería antigua dejó como cicatrices honestas de su parto. Sigue mereciendo, con plena legitimidad, ser llamado puente romano. El de Ourense, que no lo merece, lo envidia con esa furia visigoda que tienen las restauraciones tardías.

Chaves enseña algo que Galicia, en su deriva descuidada de las últimas décadas, ha ido olvidando: Que los pueblos pueden envejecer con decoro y sin necesidad de declararse Patrimonio de Nada. Las casas están terminadas —concepto que en la Galicia rural resulta exótico—, los adoquinados son de canto pequeño y mano paciente, y las fachadas están encaladas con esa periodicidad que solo se mantiene por costumbre.

Y la gente saluda. La gente de Chaves saluda al forastero con la cortesía de quien no espera nada de él y precisamente por eso puede permitirse el lujo de ser amable. No verás una mala palabra ni una mala mirada en sus calles. Cosa que, dicho sea de paso, se extiende a todo el pueblo portugués.


Trás-os-Montes. 

Elogio del Estado ausente

El topónimo lo dice todo. Trás-os-Montes es literalmente «más allá de los montes»: la región del nordeste portugués que queda al otro lado de las sierras del Marão y del Alvão. Fue y sigue siendo el último confín del Reino, esa región a la que el poder central llegaba tarde, mal y poco. Un territorio áspero, montañoso, de inviernos durísimos y veranos abrasadores, donde la frase popular «para cá do Marão, mandam os que cá estão» sintetiza una verdad sociológica de cinco siglos: Lisboa pillaba muy lejos, y las decisiones se tomaban en la aldea, en el concejo y en la freguesia al salir de misa.

Un modus vivendi que encierra una herejía contemporánea. En la era del Estado omnipresente, del funcionario que regula desde la posología del paracetamol hasta el ángulo correcto de la rampa de acceso a un bar de aldea, sostener que las decisiones deben tomarse donde se vive el problema suena casi a sedición. Y sin embargo, durante medio milenio, eso fue exactamente lo que hicieron los transmontanos: gobernarse a sí mismos por la sencilla razón de que nadie quería gobernarlos. La burocracia portuguesa, criatura barroca y elefantiásica, tenía sus razones para no aventurarse demasiado allende el Marão. La carretera era mala, los inviernos peores, y los nativos hoscos, lacónicos y poco dados a las exquisiteces protocolarias manuelinas.

El resultado de aquella ausencia administrativa fue, paradójicamente, una de las regiones más libres de la Europa moderna. Trás-os-Montes fue, durante siglos, el patio trasero al que iban a parar todos los que no encajaban en el orden establecido, los desheredados e inadaptados. Judíos sefardíes huyendo de las expulsiones ibéricas que siguieron rezando en hebreo durante cuatrocientos años en aldeas perdidas de la sierra. Desertores de mil guerras distintas cruzando la Raia en una u otra dirección, según del lado de qué bando uniformado les hubiera tocado nacer. Contrabandistas que durante tres siglos movieron tabaco, café, antibióticos y sal a la luz de la luna. Proveedores civilizados de aquello que el Estado había decidido encarecer artificialmente o prohibir directamente.

Esta combinación de aislamiento geográfico, abandono administrativo, refugiados y contrabandistas produjo un tejido humano peculiar: callado, desconfiado, irónico, profundamente hospitalario con quien llegaba en paz y notablemente eficaz contra quien llegaba con uniforme. Son lo más parecido a un gallego que existe en lugar alguno.

Por eso conviene atravesar Trás-os-Montes ahora, mientras aún quede algo de aquel antaño. Vale la pena sentarse en una taberna de Bragança o de Mirandela y conversar con un viejo que recuerde los tiempos en que el Estado era un rumor lejano y la libertad un asunto cotidiano.


El chorizo judío

alheira, el embutido hereje

Hay productos que son, en sí mismos, una página de historia condensada en tripa. La alheira es uno de ellos.

La Inquisición había desarrollado una metodología de detección rudimentaria pero eficaz para identificar judíos conversos: ¿tiene el vecino chorizos colgando en la chimenea después de San Martín? Si hay chorizos, hay cerdo. Si hay cerdo, hay cristiano. Plan sin fisuras.

Los conversos de Trás-os-Montes hicieron lo único razonable que cabía hacer: falsificaron los chorizos. Picaron carnes permitidas, las amasaron con pan duro, ajo abundante —de donde viene el nombre: alhoalheira— y pimentón generoso para disfrazar el sabor y el color. Embutieron la pasta en tripa natural y la colgaron en la chimenea, junto a los chorizos legítimos del vecino, para que el inquisidor de turno, si acaso asomaba la nariz, viera lo que esperaba ver.

La alheira es cocina defensiva. Un acto de resistencia camuflado de gastronomía. Una mentira tan bien construida que con los siglos se ha convertido en una de las verdades incuestionables de la mesa portuguesa, codo con codo con el bacalhau y el caldo verde, y solo con permiso, claro, de los pasteis de Belém, que cotizan en otra liga. Hoy se sirve en restaurantes con estrella Michelin, recordando en silencio que durante cuatro siglos hubo familias enteras que rezaban en hebreo bajo la viga de la que colgaba el chorizo falso.

Si pasáis por Mirandela —la capital oficial de la alheira— o, mejor, por Vinhais —que las hace ahumadas con madera de olivo y son notablemente superiores—, probadlas, o comprad alguna en una feria de ahumados. Huid de las de supermercado como gato del agua hervida: son a la alheira lo que el karaoke al fado. Y cocinadlas con grelos, patatas oreadas en aceite de oliva y un toque de pimentón ahumado.

Un fake convertido en patrimonio cultural. No es poca cosa.


Hacia el Duero internacional

La N-103 hacia Mirandela atraviesa exactamente esa tierra que Torga llamó su «reino maravilhoso»: lomas peladas, encinares ralos, aldeas de piedra donde el silencio no es ausencia de ruido sino una sustancia con cuerpo propio. «Atravessa-se o Marão, e entra-se logo no paraíso», escribió en el primer volumen del Diário. Exageraba  poco, solo lo justo.

Las carreteras transmontanas son una lección sobre cómo se conduce de verdad cuando nadie te vigila: poco tráfico, asfalto razonable, curvas largas donde el motorista puede pensar tranquilamente en sus cosas mientras la moto se inclina sin esfuerzo. Tres motos, un tractor y un rebaño de ovejas fue todo lo que se nos cruzó en sentido contrario en dos horas. Cero radares. Cero patrullas. Cero infraestructura turística. 

La normalidad transmontana, que es la anormalidad europea.

Mirandela apareció a la hora exacta del almuerzo, y allí paramos. La capital oficial de la alheira merecía homenaje, y allí lo recibió: en una casa de pasto sin pretensiones de la calle Dom Afonso III, mantel de papel, botella de tinto del Douro a temperatura del local, y una alheira con grelos y patata cocida que justificaba por sí sola el haber atravesado dos países. Crujiente la tripa por fuera, fundente y especiada la pasta por dentro, ese punto exacto de ajo y pan tostado que distingue al producto serio del producto industrial. Café final, una aguardente velha para sellar la digestión. Y ya.

Torre de Moncorvo, vieja capital del hierro portugués, se rodeó sin parar. Justo después, la carretera comienza a descender hacia el Duero, y ese descenso es uno de los momentos más fotogénicos de toda la jornada. El paisaje cambia de carácter: el aire se hace más denso, más caliente, los almendros sustituyen al encinar, el suelo se vuelve pizarroso y oscuro, y aparecen ya en lontananza las primeras terrazas vinícolas que anuncian el inicio del Douro Vinhateiro.

Barca d’Alva fue durante siglos un puerto fluvial de importancia. De aquí salían los barriles de vino del Douro Superior río abajo hacia Oporto, en los míticos rabelos. Hoy Barca d’Alva es un caserío somnoliento donde unos cuantos viejos toman café junto a una estación abandonada cuya marquesina de hierro forjado, en cualquier país civilizado, sería monumento.

Cruzamos el puente metálico que conecta Portugal con España sobre el embalse del Águeda, y de pronto estábamos en Los Arribes salmantinos. Apenas el sutil cambio del firme anunciaba el cambio de jurisdicción.

La SA-330 desde La Fregeneda hasta Hinojosa de Duero es una de esas carreteras secundarias por las que ningún navegador te llevará nunca por su cuenta, pero que justifican ellas solas el viaje. Asfalto irregular, curvas cerradas en cornisa, taludes con piedra suelta, y a cada revuelta una vista distinta sobre el cañón del Duero que separa España y Portugal. En las paredes verticales del cantil anidan el alimoche, el águila perdicera y el buitre leonado, en una de las mayores concentraciones de rapaces de Europa occidental. Arriba, en la dehesa prosperan los olivares y los almendros, los toros de lidia y los cochinos ibéricos, que pastan en libertad y producen un jamón que es de los mejores del mundo.

La carretera exige cierta concentración. La Multi trabajaba con elegancia, devorando las revueltas con esa fluidez italiana que nunca tendrá una japonesa. Y la luz, sobre todo la luz: esa luz dorada de mayo que a media tarde en Las Arribes adquiere una calidad casi líquida, untuosa. Una luz mediterránea trasplantada al interior peninsular.

De Hinojosa de Duero a Lumbrales la cosa se calma. La meseta charra empieza a imponer su presencia: dehesas, encinas centenarias, muros bajos de piedra seca, algún toro pastando con la calma soberana de quien se sabe poderoso. Por fin, al fondo, sobre un teso amurallado, apareció nuestro destino de hoy. La Ciudad de Rodrigo.


Ciudad Rodrigo

La elegancia involuntaria de una plaza fuerte

La silueta es inconfundible: recinto amurallado en lo alto, torre de la catedral despuntando sobre el caserío, el alcázar de Enrique II convertido en parador presidiendo el extremo occidental, todo recortado contra el cielo del atardecer. Llegamos con luz suficiente para entrar por la puerta del Sol, encontrar el hotel en el casco viejo, descargar las maletas y ducharnos antes de que el resto del grupo descubriera, con la cara de circunstancias correspondiente, que ya estábamos allí.

Habíamos reservado en el mismo establecimiento que ellos sin avisar, aprovechando el aplazamiento del juicio. Hay un placer particular —algo mezquino quizá— en aparecer un día antes cuando te esperaban al día siguiente. Las primeras llegadas se produjeron poco a poco, según cada uno hubiera cuadrado sus horarios laborales con el viaje. Abrazos, palmadas en la espalda y viriles barrigazos. La sociología típica de la reunión de amigos, ya saben.

Ciudad Rodrigo es una de esas ciudades cuya historia uno percibe físicamente, antes de entender nada, con solo recorrer sus calles. La muralla —del siglo XVIII levantada sobre el recinto medieval, preparada para resistir artillería— rodea todo el casco con la solidez de una declaración geopolítica. Y la declaración era clara: aquí termina Castilla, aquí empieza Portugal, y quien quiera pasar tendrá que pedir permiso o tomarla a cañonazos.

A cañonazos la tomaron, en efecto, dos veces en año y medio. En 1810, Massena y Ney pusieron sitio a la plaza, y el general Pérez de Herrasti aguantó setenta y cinco días al frente de cinco mil quinientos defensores. Solo en las primeras seis horas del 25 de junio cayeron tres mil proyectiles sobre las murallas. Tres mil. En seis horas. 

Año y medio después, en enero de 1812, Wellington se la quitó a los franceses en doce días. Misma muralla, otra brecha, misma fachada catedralicia recibiendo cañonazos, esta vez ingleses y portugueses en lugar de franceses. Las paredes no distinguen banderas.

El resultado físico de aquel doble sitio sigue ahí, intacto, descarado, sin restaurar. La fachada oeste de la catedral exhibe todavía hoy las heridas de la metralla con una franqueza feroz. Cráteres de bala, mordeduras profundas en la sillería, oquedades donde el escudo o la moldura desaparecieron por el impacto, fragmentos que faltan y nunca se repusieron. Aquella fachada es, literalmente, una página de manual de resistencia. Y el hecho de que se haya mantenido así constituye uno de los actos de fidelidad histórica más notables que perviven en la península. Las murallas hablan de lo que pasó. 

La catedral lo grita en cada mirada que le das.

Acabamos todos cenando en El Sanatorio, lugar mítico que merece figurar en esta crónica. Plantado en una esquina de la Plaza Mayor, su nombre, que despista, no tiene origen médico: la versión popular lo atribuye a que en sus mesas se «curaba» a base de morro rebozado y huevos con farinato, terapéutica notablemente eficaz contra los desfallecimientos provocados por el carnaval del toro.

Por dentro es un local y un museo a la vez, que nadie ha tenido la mala idea de redecorar. Las paredes están literalmente revestidas, del rodapié a los altos techos, de fotografías taurinas del Carnaval del Toro: encierros antiguos en blanco y negro, recortadores en pleno salto, retratos de toreros locales, banderines descoloridos, carteles amarillentos con tipografía de los años cincuenta. Es la antítesis exacta del bar contemporáneo medio, ese minimalismo nórdico mal copiado con paredes blancas y lámparas industriales chinas que ha colonizado España como un hongo. El Sanatorio resiste, ahora y siempre, al invasor.

Las especialidades son irrenunciables: huevos fritos con farinato, morros de ternera rebozados (gelatinosos, crujientes por fuera, fundentes por dentro), chuletas de cordero a la brasa. Vino tinto de la zona, de Ribera de Pelazas o del Arribes, sorprendentemente bueno para quienes aún creen que en Salamanca no se hace vino. La cuenta, al final, ridículamente baja para lo comido y bebido.

A medianoche, mientras volvíamos al hotel solos por las calles vacías, con la catedral iluminada exhibiendo su fachada cicatrizada bajo focos amarillentos y la meseta extendiéndose negra y vasta hacia el oeste portugués, Eva se paró un momento y dijo lo único que había que decir: qué bonito es esto cuando no hay nadie. Y tenía razón. Ciudad Rodrigo es una de esas ciudades castellanas que, sin turismo masivo, sin colas, sin photocall, sin nada, conserva exactamente lo que es: una vieja plaza fuerte fronteriza, mordida por la artillería de dos imperios, donde aún se cena morro rebozado bajo fotos de encierros antiguos y toreros muertos.

Para qué iba uno a querer otra cosa.

Continuara….

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