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—Sitofilia— Pequeña filosofía del placer

—Sitofilia—

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Pequeña filosofía del placer

 

I. Una palabra que casi nadie pronuncia

Hay palabras que la lengua española ha decidido no usar en alta voz. Sitofilia es una de ellas. Suena a parafilia clínica, a entrada de DSM-5, a algo que conviene confesar en el diván antes que en la mesa. Pero su etimología no tiene ningún misterio inquietante: σῖτος (sîtos), en griego antiguo, significa simplemente grano, alimento, aquello que sustenta. Y φιλία (philía), ya lo saben todos los que alguna vez han leído a Aristóteles, es el amor sereno —el que no quema como ἔρως (érōs) ni se sacrifica como ἀγάπη (agápē)—, el amor de los que se reconocen iguales y se eligen.

Sitofilia es, por lo tanto, amor por el alimento. Y lo que el psicoanálisis del siglo XX redujo a categoría de patología no fue otra cosa que la constatación, expresada con tono médico para no escandalizar, de algo que la humanidad sabe desde el primer banquete del primer hombre: que comer y desear pertenecen al mismo verbo, y que las dos formas más antiguas de incorporar al otro —llevárselo a la boca, llevárselo al cuerpo— son hermanas gemelas, separadas en el momento del parto por una conveniencia social.

II. Lo que sabían los griegos antes de inventar la culpa

Quien lea con atención el Banquete de Platón advertirá que el discurso sobre el amor más alto —el de Diotima, recogido por Sócrates— se pronuncia sobremesa. No antes de comer, no después de comer: sobre la mesa todavía servida, con el vino mezclado a su justa medida, con los esclavos retirando los platos. El conocimiento más elevado del que la cultura occidental se ha atribuido jamás —el ascenso del alma desde la belleza de los cuerpos a la belleza misma— ocurre en un comedor, entre hombres que han bebido y han comido y que se miran, todavía, con apetito.

Los griegos no tenían una palabra para «cena romántica» porque no la necesitaban. Toda cena era romántica en el sentido en que toda cena era simposio: literalmente, beber juntos. La mesa era el lugar donde el cuerpo se ablandaba, donde la lengua —la que prueba y la que habla— recordaba que era una sola, y donde el deseo dejaba de ser pulsión adolescente para convertirse en conversación.

Convivere: vivir con. La intimidad más antigua del mundo.

De ahí pasamos a Roma, y de Roma a Petronio, que en el Satiricón describe el banquete de Trimalción con una precisión gastronómica que sigue siendo desconcertante: jabalíes rellenos de tordos vivos que volaban al cortarse el animal, lechones disfrazados, pasteles que sangraban azafrán al partirlos. Trimalción era un liberto enriquecido, un hortera, y Petronio se ríe de él con la elegancia mordaz del aristócrata que sabe que el lujo bien entendido nunca se exhibe. Pero por debajo de la sátira hay algo más serio: el banquete romano era un acto erótico colectivo. Los comensales se reclinaban en lechos —triclinia—, comían con los dedos, se rozaban, se hablaban al oído. La cena era el preludio largo y consentido de cualquier otra cosa que pudiera pasar después. O no pasar.

Apicio, el cocinero romano del siglo I a quien debemos el primer recetario sistemático de Occidente —De re coquinaria—, no escribió un manual técnico. Escribió un tratado del deseo, donde cada salsa de garum, cada miel, cada infusión de pétalos, era un instrumento para prolongar la sobremesa, para hacer que el invitado no quisiera marcharse, para que el cuerpo recordara, al día siguiente, que había estado vivo.

Lo que perdimos cuando perdimos a Roma no fue solo la ingeniería ni el derecho. 

También perdimos la sobremesa.

III. La fisiología no miente

Bajo la piel, en algún lugar entre el cráneo y el centro del pecho, corre un mismo río de placer hacia dos desembocaduras que la cultura ha decidido nombrar por separado. La medicina, cuando tiene tiempo y vino, lo llama vía mesolímbica: un haz nervioso que se enciende del mismo modo ante un bocado de chocolate negro y ante una mano que te acaricia despacio la nuca. El nombre técnico es lo de menos. Lo importante es saber que el cuerpo no distingue entre las dos cosas. Las celebra con idéntica química. Y cuando se le permite —cuando nadie le pone prisa— las superpone.

La hormona que el cuerpo libera al amamantar es la misma que libera al abrazar largamente, al tener un orgasmo y al sentarse a una mesa con alguien a quien se quiere. La oxitocina no sabe leer agendas. Tampoco sabe distinguir un beso de una sopa servida con paciencia. Se vierte al torrente con la misma elegancia ante cualquiera de las dos cosas, y por eso al final de una buena cena uno se siente, sin saber muy bien por qué, ya un poco amado.

Hay un secreto fisiológico que la ciencia ha confirmado tarde y que el cuerpo entero lleva siglos contándose en silencio: no se saborea solo con la lengua. Hay receptores del gusto distribuidos por toda la mucosa interna del cuerpo —el intestino, las vías respiratorias y también allí donde la decencia no nos deja señalar—. El cuerpo entero saborea. El cuerpo entero come. Lo que entra por la boca recorre, en su tránsito interior, una geografía mucho más amplia y mucho más erótica de lo que la anatomía de los libros se atreve a dibujar.

Hay un detalle más sutil, casi una confidencia. Cuando se bebe vino despacio —no se bebe igual; se bebe distinto—, los umbrales del olfato bajan. La piel del otro empieza a oler de forma más nítida. Las feromonas que durante el día pasaban inadvertidas, ocultas tras el café y la prisa, recuperan presencia. La copa, sin escándalo, abre puertas que el día había cerrado por costumbre. No es magia ni superstición: es química lenta, química de sobremesa, química que entiende de horarios y de luces bajas. Y ocurre con particular delicadeza en quien está cocinando, en quien está sirviendo, en quien recibe el plato con el cabello recién recogido y los ojos puestos en quien sabe ya, sin habérselo dicho todavía, lo que va a pasar después de los postres.

Brillat-Savarin lo había sospechado en 1825, mucho antes de que existieran los aparatos capaces de fotografiar estas cosas. Por eso se atrevió a escribir, casi al final de su vida, que el placer de la mesa puede asociarse a otros placeres, y que cuando estos se pierden, es el placer de la mesa el último que permanece para consolarnos.

Permanece. Como último. Para consolarnos.

Brillat-Savarin no estaba hablando solo de comida.

IV. Tom Jones y el pollo

Henry Fielding publicó Tom Jones en 1749 y dejó, en el libro IX, una de las escenas más eróticas jamás escritas sin describir un solo acto que pueda ser acusado de pecaminoso.

Tom acaba de rescatar a Mrs. Waters de un asalto en el camino. La sienta frente a él en una posada perdida, le sirve de cenar, y Fielding renuncia a describir lo que pasa entre ellos. Escribe, en cambio, un parte de guerra. Los ojos de ella disparan. Sus suspiros podrían tumbar a una docena de galanes. Y Tom, pobre Tom, se defiende comiendo. La carne intercepta una mirada en el aire. El borboteo de la cerveza ahuyenta un suspiro mortal. Mientras hay plato, está a salvo.

«Así como el amor a menudo nos preserva de los embates del hambre, también el hambre puede, en ocasiones, defendernos del amor.»

Pero los platos se acaban. Y entonces Fielding escribe la frase más perversa: no bien se hubo retirado el mantel, ella reanudó sus operaciones. Una mirada lateral. Los ojos bajados con falso recato. Una sonrisa que enseña a la vez los hoyuelos y los dientes. Y, al final, la dama dejó caer descuidadamente el pañuelo de su cuello.

Tres palabras —el mantel, el pañuelo, el cuello— y la novela inglesa del siglo XVIII se queda muda durante una página.

No pasa nada. Y pasa todo.

Cuando siglos más tarde Bernardo Bertolucci necesitó una imagen para sintetizar la intimidad transgresora de Último tango en París, tuvo que recurrir, también, a la cocina.

La cocina dejó de ser un lugar inocente. O recordó, mejor dicho, que nunca lo había sido. Lo sabía Brando con la mantequilla que escandalizó a medio mundo. Lo sabía Rafelson, treinta años más tarde, cuando puso a Jessica Lange y a Jack Nicholson sobre la mesa de la cocina del diner, con la harina del pan suspendida en el aire entre los dos cuerpos como una nevada lenta —el deseo que se levanta de la masa antes de que ninguno de ellos haya pronunciado palabra—. Lo sabían los romanos de Apicio y los comensales de Trimalción.

Hay una constante. Cuando la cultura quiere hablar del deseo sin nombrarlo, manda a sus personajes a la mesa. Es un atajo que funciona porque no es un atajo: es la ruta original.

V. Tita y la rosa

Laura Esquivel escribió Como agua para chocolate en 1989. Es una novela en clave realista mágica, estructurada en doce capítulos que son doce meses, cada uno encabezado por una receta. Se ha escrito mucho sobre el feminismo de Esquivel, sobre la denuncia de la opresión de las mujeres mexicanas relegadas a la cocina como castigo. Todo eso es verdad. Pero la novela hace algo más radical: invierte la lógica. La cocina no es la cárcel de Tita. Es su laboratorio. Es el único lugar donde su deseo puede existir, transformarse y propagarse sin que la familia lo censure.

El capítulo de las codornices en pétalos de rosa es el centro magnético del libro. Tita prepara el plato con las rosas que Pedro le ha regalado a escondidas. Se pincha con una espina; dos gotas de sangre caen entre los pétalos. Cuando la familia come las codornices, Gertrudis —la hermana mayor, la que siempre obedeció— empieza a sudar gotas perfumadas, sale del comedor, se mete en la regadera del jardín y la prende fuego con el calor de su propio cuerpo. Sale corriendo desnuda hacia el campo. Un soldado villista la huele a kilómetros, la levanta sin frenar el caballo, y se la lleva haciendo el amor al galope.

Léase otra vez ese párrafo. Es decoroso —no hay un solo acto explícito— y es absolutamente impúdico. Esquivel hizo lo que los manuales de retórica llaman enargeia: hacer ver lo que no se nombra. Y lo hizo solo con la receta tradicional de un plato.

La sitofilia, en Esquivel, no es una excentricidad: es la forma que el deseo encuentra para circular cuando todas las demás vías están cerradas. La cocinera no necesita decir que ama. El plato lo dice por ella. Y quien lo come no solo se nutre: se contagia.

Hay una intuición femenina muy antigua aquí. La que sabe que el cuerpo del hombre se cuenta despacio, a fuego lento, y que la cocina es el único territorio donde la mujer ha podido —durante siglos— ser autora sin firmar.

VI. Babette y la liturgia

En 1958 Karen Blixen publicó, bajo el nombre de Isak Dinesen, un relato breve que en español se tradujo como El festín de Babette. La adaptación cinematográfica de Gabriel Axel ganó el Óscar en 1987. Quien no haya leído el cuento o visto la película puede saltarse este apartado, pero se perderá la pieza central de la teoría sitófila.

Babette es una refugiada francesa que, durante catorce años, sirve como cocinera anónima en una aldea protestante de la costa de Jutlandia. Las dos hermanas que la acogen practican un cristianismo austero que desconfía de cualquier placer físico. Cuando Babette gana diez mil francos en la lotería, decide gastarlos íntegros en una sola cena para los doce vecinos del pueblo. Una cena francesa, concebida con la precisión de una catedral: tortuga, codornices en sarcófago, blinis Demidoff con caviar, vino, champagne, frutas, café.

Los aldeanos llegan asustados. Han prometido entre ellos no disfrutar, no comentar, no caer en la tentación. Pero la cena es tan fabulosa que los desarma. Plato a plato, copa a copa, el rigor protestante se disuelve. Las viejas heridas familiares se reconcilian. Una mujer que había rechazado al amor de su vida, cincuenta años atrás, vuelve a mirarlo. Un militar que pasaba por allí pronuncia, después del cailles en sarcophage, la frase que da sentido a todo el cuento: la misericordia y la verdad se han encontrado; la justicia y la felicidad se han besado. Está citando un salmo. Está, sin saberlo, citando también a Brillat-Savarin.

Lo que Blixen describe es una transustanciación profana. La cena no es metáfora del amor: es el amor mismo, en estado material. La cocinera es sacerdotisa. Los comensales comulgan. Y al día siguiente, cuando descubren que Babette ha gastado todo su dinero en ese único banquete y que volverá a ser pobre para siempre, comprenden que han asistido a algo que no tiene nombre exacto en su lengua puritana. La gracia, quizá.

No conocían el concepto de sitofilia llevada a su forma más alta: el banquete como acto de amor sin destinatario único, sin reciprocidad, sin cálculo.

Toda persona que alguna vez haya cocinado en serio para alguien sabe lo que Babette sabía. Que no se da de comer: se da uno mismo, con forma de plato.

VII. La derrota contemporánea

Y entonces llegó el siglo XXI, y con él la doble cruzada que ha conseguido lo que ni la Inquisición, ni la peste, ni dos guerras mundiales habían logrado: separar el plato del placer.

Por un lado, el wellness puritano —de raíz californiana y vocación universal— que ha convertido el cuerpo humano en un proyecto de optimización permanente. Cuenta calorías como un actuario, etiqueta los alimentos en clean y dirty con un fervor calvinista, y ha logrado que pedir un chuletón sea casi tan transgresor como una infidelidad. Su sacerdocio son los nutricionistas mediáticos, su liturgia el ayuno intermitente, su gracia el déficit calórico. Han convertido la mesa en un laboratorio.

Y han matado la sobremesa.

Y llegamos al horror de la peor de las sectas, el veganismo militante, que en su versión más pura no es una opción dietética sino una teología negativa: una forma de relacionarse con el alimento desde la culpa, no desde la celebración. Un ostracismo del deseo travestido de virtud ética. Hay veganos serenos y elegantes —no conozco a ninguno—. Pero la versión hegemónica, la que ocupa columnas y redes, es la del fariseo. La del que mira tu plato como si fuera un pecado. Un amargado de la caloría. Un desertor de la carne poco hecha. Un aprendiz de miserable.

A estas dos cruzadas conviene añadir una tercera, menos visible pero más eficaz: la app de citas. La generación que ha nacido conectada ha sustituido la cena lenta por el match rápido. El cortejo que duraba horas —y que ocurría, casi siempre, alrededor de una mesa— se ha comprimido en una conversación de chat, una bebida tomada de pie en un bar, y un encuentro funcional sin sobremesa. El resultado es una epidemia silenciosa de soledad joven, un descenso histórico de la actividad sexual en los menores de treinta años, y una incomprensión genuina, por parte de esa generación, de por qué sus abuelos —que tenían menos de todo— parecían disfrutar más.

La respuesta, escrita en este ensayo desde el primer párrafo, es que sus abuelos comían. Comían despacio, con alguien, mirándose. Y de esa lentitud nacía todo lo demás.

VIII. Tú, mujer, en tu cocina

Durante siglos la cocina fue el lugar al que las mujeres fueron confinadas. Pero en algún momento, alguien interpretó que liberarse de ella era abandonarla. Y en ese abandono se perdió algo que casi nadie ha sabido recuperar: que la cocina, cuando se elige, no es servidumbre. Es soberanía.

Tú lo sabes, aunque nadie te lo haya dicho con estas palabras. Lo sabes cuando decides qué va a entrar al cuerpo del otro. Cuando decides cuándo. Cuando decides cómo. Es la forma más íntima de influir en alguien sin tocarlo, y es probablemente el acto de poder más antiguo del mundo: y el otro, comiendo, agradecido, distraído, no se da cuenta de que está siendo —en realidad— narrado por ti.

Tita lo sabía. Babette lo sabía. Mrs. Waters lo supo en la posada de Upton mientras Tom intentaba defenderse con un trozo de carne. Y tú lo sabes cada vez que sirves un plato con el cabello recién recogido, una copa al lado, una vela encendida y los ojos puestos en quien está sentado enfrente. El banquete es un campo de batalla benévolo donde tú siempre ganas, porque las reglas las has escrito tú.

La sitofilia, leída desde tu cocina, no es una parafilia. Es una pedagogía. Una forma de educar al deseo del otro a través del paladar. La manera más elegante que existe de decir te quiero sin pronunciar la palabra —porque la palabra ya está dentro, en la salsa, en el vino, en la mirada con que acompañas la primera cucharada—.

IX. Coda: el sábado

Hay un sábado de tormenta en alguna casa de Galicia. Una pareja se ha levantado tarde. Apenas se han vestido. La voz aterciopelada y masculina de un amigo cuenta desde un altavoz historias de aldeas perdidas en Tailandia y de la vorágine multicolor de Bangkok, y los tomates pequeños están en su rama, y una cebolla dulce no hace llorar a nadie, y un caldo de pescado se entiende con un fumet de berberechos sin pelearse, y el sofrito se carameliza despacio mientras una botella de vino se descorcha casi sin querer y enseña, tímidamente, sus secretos.

Eso es. Eso es exactamente lo que los griegos llamaron σῖτος y eros y philia juntos en un mismo verbo. Eso es lo que Brillat-Savarin no se atrevió a nombrar pero supo escribir. Eso es lo que Tita pinchó con una espina, lo que Babette cocinó durante catorce años para servir una sola noche, lo que Mrs. Waters supo hacer con un pañuelo que se le cayó descuidadamente del cuello.

Eso es la sitofilia: el reconocimiento, escrito con minúsculas porque no necesita más, de que comer despacio con alguien a quien se desea es ya, en sí mismo, un acto de amor. No el preludio. No la antesala. El acto.


Había llegado tarde, como llegan las cenas que importan: cuando la casa ya huele a lo que va a ocurrir y nadie tiene prisa por nombrarlo.

Él había puesto la mesa baja, casi al ras del suelo, con cojines en lugar de sillas. Una bandeja de higos abiertos en cuatro, brillando en su carne púrpura. Un cuenco hondo de yogur griego espesísimo, casi sólido, con una cucharadita de miel oscura encima que se hundía despacio. Pistachos verdes sin sal. Un trozo de queso fresco que sudaba sobre una hoja de parra. Y al lado, sin previo aviso, una copa baja de vino dulce —un Pedro Ximénez añejo, casi negro— que él había servido sin preguntar.

Ella se descalzó al entrar. No por costumbre: porque la madera del suelo estaba tibia y porque comprendió, sin que nadie se lo dijera, que esa cena se iba a comer con todo el cuerpo.

Él partió el primer higo con los dedos. No usó cuchillo en toda la noche. Mojó el gajo en el yogur, lo cubrió con una hebra de miel, y se lo acercó a la boca de ella sin tocarla. Ella abrió los labios apenas, lo justo. Cerró los ojos al recibirlo. La carne del higo cedió contra el paladar antes que contra los dientes, dulce y tibia y ligeramente arenosa por las semillas, y la miel resbaló por la comisura. Ella la dejó resbalar. Él se la recogió con el pulgar. No se la limpió. Se la llevó a su propia boca.

—No hables todavía —dijo él.

Y ella no habló.

Vino el queso fresco, partido también con la mano, espolvoreado con pimienta negra molida en ese instante. Después un puñado de pistachos que él fue dejando, uno a uno, sobre la lengua de ella. Después medio higo más, esta vez con el yogur untado por dentro de la fruta, como si se hubiera convertido en otra cosa, en una cavidad pequeña y tibia que ella tuvo que vaciar despacio, presionando la lengua contra el paladar mientras lo sostenía.

Él la miraba comer.

La miraba como se mira a alguien a quien ya se ha desnudado mentalmente, y a quien se le concede, por elegancia, el derecho a permanecer vestida un rato más.

El Pedro Ximénez llegó al final. Espeso como un jarabe negro, con olor a uvas pasas, a higos secos, a maderas viejas. Él mojó la yema del dedo índice en la copa y le pintó una línea, una sola, desde el hueco de la garganta —ese pequeño valle donde el cuello empieza a ser pecho— hasta justo donde nacía la tela del vestido. Ni un milímetro más allá.

Ella sintió el calor del vino antes que el frío del aire. La miel y la sal del pistacho y la pimienta y el dulce del higo y el almizcle del Pedro Ximénez se le mezclaron en la boca todos a la vez, y por un segundo no supo si lo que se le humedecía eran los labios, la nuca, la palma de las manos, o un lugar mucho más adentro y mucho menos disimulable.

Él se inclinó por encima de la bandeja —los higos partidos, el yogur con su miel medio hundida, la copa todavía a medias— y le habló al oído sin tocarla.

—Ahora ya puedes hablar, si quieres.

Ella no quiso. Levantó el último higo, lo partió ella misma con los dedos —se manchó hasta la muñeca— y se lo ofreció a la boca de él como le había sido ofrecido a la suya.

La diferencia fue que esta vez, al recibirlo, él le sostuvo la mano. Con los dedos pegajosos. Sin soltársela.

Y ya no hizo falta que pasara nada más, porque todo lo importante ya estaba pasando.


Eso es sitofilia.

El resto, lo que pueda venir después o no venir, es ya solo música.

Francisco Guitian Lema 

En Poio. Mayo de 2026


Bibliografía mínima, para entender

Antigüedad clásica

  • Platón, Banquete (c. 380 a.C.). El diálogo donde el discurso sobre el amor más alto se pronuncia con la mesa todavía servida y el vino mezclado. Sin comida ni vino, no habría filosofía occidental.
  • Apicio, De re coquinaria (siglo I d.C.). El primer recetario sistemático de Occidente. Más que un manual técnico, un tratado del deseo: cada salsa de garum, cada infusión de pétalos, está pensada para que el invitado no quiera marcharse.
  • Petronio, Satiricón, «Cena Trimalchionis» (siglo I d.C.). El banquete romano llevado al extremo paródico: jabalíes rellenos de tordos vivos, lechones disfrazados, comensales reclinados que se rozan y se hablan al oído. Sátira y manual a la vez.

Siglos XVIII y XIX

  • Henry Fielding, Tom Jones, or the History of a Foundling (1749), libro IX, cap. 5. La cena entre Tom y Mrs. Waters en la posada de Upton, narrada como un parte de guerra. Una de las escenas más eróticas de la novela inglesa sin un solo acto explícito.
  • Jean Anthelme Brillat-Savarin, Physiologie du goût, ou Méditations de gastronomie transcendante (1825). El gran teórico del placer de la mesa. Los veinte aforismos del prólogo son la base eterna —en sus propias palabras— de toda la teoría sitófila posterior.

Siglo XX: ensayo y narrativa

  • M.F.K. Fisher, The Gastronomical Me (1943) y How to Cook a Wolf (1942). La gran ensayista norteamericana del comer como acto vital. Su tesis —que comida, seguridad y amor están tan entrelazados que no se puede pensar uno sin los otros— es prácticamente la formulación previa de todo este ensayo.
  • Anaïs Nin, Delta de Venus (escrito hacia 1940, publicado póstumamente en 1977). Cuentos eróticos donde la comida, los perfumes y los aromas son protagonistas tanto como los cuerpos. La escena de los higos secos con opio en «Mathilde» es referencia obligada.
  • Roland Barthes, Mitologías (1957) y El placer del texto (1973). El capítulo «El bistec y las patatas fritas» del primero, y la idea barthesiana del placer como economía del deseo en el segundo, conectan directamente con Brillat-Savarin con doscientos años de distancia.
  • Karen Blixen (Isak Dinesen), Babettes gæstebud (1958). Una refugiada francesa cocina, una sola noche, una cena que disuelve catorce años de rigor protestante. La sitofilia llevada a forma sacramental: cocinar como acto de amor sin destinatario único, sin reciprocidad, sin cálculo.
  • Stephen Vizinczey, In Praise of Older Women (1965). Memorias amorosas de un joven húngaro que aprende, plato a plato y mujer a mujer, que el deseo se cultiva con la misma paciencia que se cocina un buen caldo.
  • Manuel Vázquez Montalbán, Contra los gourmets (1985) y Las recetas de Carvalho (1989). El gran teórico español del comer como acto político, sensorial e íntimo. Carvalho cocina mientras piensa, come mientras seduce. Imprescindible para entender la sitofilia en clave peninsular.
  • Laura Esquivel, Como agua para chocolate (1989), capítulo de marzo. Las codornices en pétalos de rosa y la sangre de Tita cayendo sobre la receta. El plato como vehículo del deseo, capaz de transmitirse —literalmente— a quien lo come.
  • Isabel Allende, Afrodita: cuentos, recetas y otros afrodisíacos (1997). El equivalente contemporáneo en español de un tratado erótico-gastronómico. Mezcla recetas reales, recuerdos y reflexión literaria. Allende lo hace en clave celebratoria; cabe leerla, después de este ensayo, como ampliación natural.

Cine

  • Bernardo Bertolucci, Ultimo tango a Parigi (1972). La barra de mantequilla que escandalizó a medio mundo. El primer objeto doméstico convertido en cómplice erótico de la historia del cine.
  • Bob Rafelson, The Postman Always Rings Twice (1981). Jessica Lange y Jack Nicholson sobre la mesa de la cocina del diner, con la harina del pan suspendida en el aire entre los dos cuerpos como una nevada lenta. El deseo levantándose de la masa.
  • Jūzō Itami, Tampopo (1985). Comedia japonesa sobre un puesto de ramen que es, en realidad, un tratado completo sobre la relación entre comida y deseo. La escena del huevo crudo pasando de boca a boca es la sitofilia llevada al cine en estado químicamente puro.
  • Gabriel Axel, Babettes gæstebud (1987). Adaptación cinematográfica del relato de Blixen, ganadora del Óscar. Tan perfecta como el original literario, y por momentos —el plano del cailles en sarcophage abriéndose en plato— incluso superior.

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