De esa raíz griega tan fértil se construyen palabras tan hermosas como necesarias. El coprolito, por ejemplo, que no es otra cosa que mierda fosilizada; suerte de reliquia paleontológica que demuestra que, ya desde el Jurásico, el planeta venía produciendo el material en cantidades industriales.
Está la coprofagia, hábito gastronómico ciertamente alejado de la cocina gourmet. O quizá no tanto, según a qué restaurante con estrella Michelin acuda uno y a qué precio le cobren la deconstrucción del plato.
La coprofilia, en cambio, designa el gustoso hartazgo de revolcarse en la mierda. Parafilia minoritaria en lo íntimo, pero asombrosamente mayoritaria en lo público, sobre todo entre quienes hacen carrera política o tertuliana.
Y con la tertulia llega la coprolalia, que es el hábito —muy del gusto de nuestros jerarcas y tertulianos actuales— de decir mierdas cuando hablan. Literal o figuradamente, pero mierda suele ser lo que sale de sus bocas. Bien mirado, sin embargo, eso sería más bien coproémesis: el vómito miserere de toda la vida, vaya, pero ahora con micrófono y prime time.
Cultivar la mierda en placa de Petri para ver qué crece en ella se llama coprocultivo. Se usa habitualmente en medicina para averiguar de qué mierda está hecho uno por dentro. Y en política, para aumentar el número de militantes del partido propio: mismo procedimiento, distinto medio de cultivo, pero ambos consiguen que la mierda se reproduzca.
Sería la coprocracia de toda la vida, vamos. Solo que ahora más cultivada —valga el coprocultivo— y con mejor marketing.
Y últimamente ha irrumpido en la palestra el acrónimo COPRO, que viene de Coalición Progresista, en referencia a la coalición que nos gobierna.
No pudieron elegir mejor nombre.
Traiciones del subconsciente de sus creadores, supongo.
