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Un break de tres días (dos de tres)

Ver: Un break de tres días (uno de tres)

 

Almeida

 geometría petrificada

 

Salimos del hotel a las nueve y veinticinco, hicimos parada brevísima en la Plaza San Salvador para reagruparnos y a las diez menos cinco enfilábamos definitivamente la N-620 hacia Fuentes de Oñoro. La frontera por Vilar Formoso se cruzó sin enterarse. Hoy queda apenas un caserón aduanero medio abandonado, dos gasolineras, un par de cafeterías que sobreviven de la inercia y un cartel azul de la Unión Europea dando por superada definitivamente la idea de frontera. 

A los cuarenta kilómetros largos aparece Almeida, y conviene parar. 

Almeida no es un pueblo: es un teorema de geometría defensiva petrificado en plena Beira Alta. Su recinto amurallado del siglo XVII traza sobre el terreno una estrella de doce puntas perfecta, con baluartes pentagonales en cada vértice, revellines exteriores, foso seco y caminos cubiertos. Vista desde el aire, parece un copo de nieve hecho de piedra. Vista desde dentro, da una vaga sensación de claustrofobia: las calles se pliegan a la geometría exterior, y uno camina por una ciudad cuyo trazado urbano fue subordinado, sin contemplaciones, a la lógica de los ángulos de tiro cruzado.

Aparcamos las motos en una callejuela y dedicamos tres cuartos de hora a buscar café. El primer intento resultó baldío: la máquina de café estaba rota. El segundo fue fructífero, y un rosario de pingados, garotos y meia leite fue saliendo de uno en uno, llenando el local. 


El Côa

De Almeida a Vila Nova de Foz Côa median sesenta kilómetros que la cartografía no advierte como espectaculares y lo son. La carretera atraviesa primero la meseta beirana hasta que de pronto, sin aviso, el terreno se quiebra y aparece el valle del Côa.

El Côa es río de fama tardía pero de pedigrí prehistórico inmenso: aquí, en sus paredes verticales de esquisto, se descubrió en 1991 uno de los conjuntos de grabados rupestres al aire libre más importantes del mundo, datados entre veinticinco mil y diez mil años antes de Cristo. Un yacimiento que estuvo a punto de quedar sumergido bajo las aguas de un embalse hidroeléctrico cuya obra ya estaba en marcha, y que se salvó in extremis gracias a una de esas raras movilizaciones que de vez en cuando recuerdan que la sociedad civil aún sirve para algo. 

Los estudiantes adoptaron un eslogan tomado de una canción de los Black Company —as gravuras não sabem nadar, los grabados no saben nadar— y lo convirtieron en bandera nacional. En octubre Cavaco perdió las elecciones. Y en enero de 1996, el primer Consejo de Ministros de António Guterres decretó la suspensión definitiva de la presa.

Los grabados siguen ahí, en seco, exactamente donde llevaban veinticinco mil años. Sobre el valle se levantó después un museo de hormigón crudo proyectado sobre el cañón, una de esas piezas de arquitectura contemporánea portuguesa que en cualquier otro país europeo sería peregrinación obligada y que en Portugal es, simplemente, lo que se hace cuando alguien decide hacer un museo en serio. La UNESCO los declaró Patrimonio Mundial en 1998. Bien empleado, por una vez, el dinero del contribuyente.

A ese museo nos asomamos brevemente —apenas un cuarto de hora, lo justo para fotografiar la arquitectura y el paisaje—. No entramos: el día imponía sus prioridades, y la N-222 esperaba abajo.


 N-222 

La ruta del vino

 

La fama internacional de la N-222 se concentra en los míticos 27 kilómetros entre Peso da Régua y Pinhão —los del galardón de Avis, los del Avis Driving Ratio, los del sweet spot aritmético entre recta y curva—, pero la N-222 íntegra recorre 226 kilómetros desde Vila Nova de Gaia hasta Almendra, y los tramos menos célebres son tan buenos como el famoso. Lo que ocurre es que Avis midió solo el tramo donde los turistas devolvían el vehículo. Más allá de Pinhão, río arriba, la N-222 sigue siendo magnífica, simplemente no entró en el estudio.

Bajamos a Horta —pedanía minúscula plantada al borde de la N-331— y paramos a tomar un agua das pedras, una jarra de vino y a relajar los glúteos. Una hora justa. Tasca de carretera, sin pretensiones, con menú escrito a mano en una pizarra y los camioneros almorzando en el interior.

Y desde Horta, descendiendo hasta el Pocinho —donde la presa cierra el embalse y la N-331 se rinde por fin a la N-222—, nos incorporamos a la nacional verdadera. Cuarenta y dos kilómetros hasta Pinhão. Casi una hora de conducción a ritmo relajado, con el Duero embalsado allá abajo, las quintas vinícolas escalonadas en socalcos a ambas orillas, los olivos ennegrecidos por el sol oblicuo, la pizarra recalentada irradiando ese calor seco que retiene el calor del día como una piedra de horno. 

La luz de mayo en el Douro Superior tiene una calidad mineral, casi geológica: parece esculpir el paisaje en lugar de iluminarlo. Y la moto, en ese tipo de carretera, hace lo que mejor sabe hacer: pegarse al terreno, plegarse a las curvas, devolverle al piloto la sensación —tan rara, tan gratificante— de que el mundo, durante esos pocos kilómetros, tiene exactamente el ritmo que uno mismo decide imponerle.


Pinhão

corazón geográfico del Oporto

Pinhão a media tarde, con el sol todavía alto, el río pesado y oscuro en su superficie embalsada, los socalcos de la margen norte recortados contra el cielo limpio. Apenas mil habitantes, una estación de tren de finales del XIX revestida con azulejos absolutamente delirantes que cuentan en escenas pictóricas las labores del vino —merece quince minutos aunque uno no sea aficionado al género— y dos puentes sobre el Duero que en cualquier otro país habrían sido convertidos ya en spot de Instagram con cordón de seguridad. Aquí no. Aquí se cruza el puente, se aparca junto al embarcadero y se entra a tomar algo en cualquier terraza con la naturalidad del que va a comprar el pan.

Estuvimos cincuenta minutos largos esperando hueco, aunque habíamos reservado, porque llegamos tarde y nuestra mesa había ido a parar a manos de unos turistas ingleses. Nos prometieron atendernos en cuanto alguna quedase libre. La táctica era evidente: sentarnos en el suelo al lado de la que nos pareció la mesa más avanzada, la más próxima a abandonar el lugar. Mirándolos fijamente y sin parpadear.

Pinhão tiene esa cualidad rara de las localidades pequeñas con peso desproporcionado: aquí no se vive del turismo, se vive del vino, y el turismo es un subproducto del vino, no al revés. 

Por eso funciona.


Quinta da Pacheca

enoturismo industrial en formato premium

Salimos de la comida saciados, que no ahítos. A las cinco y media de la tarde subimos hasta Cambres, freguesia rural de Lamego plantada en ladera vinatera sobre la margen izquierda del Duero, en el corazón de la primera demarcación pombalina —la del Marqués de Pombal, sí, el mismo que reconstruyó Lisboa tras el terremoto de 1755 y que tres años más tarde, en 1758, tuvo la inspiración burocrática de delimitar con marcos de granito esta comarca vinatera como primera Región Demarcada de Vinho del mundo. Antes que Burdeos y antes que el Rin. Uno de aquellos marcos pombalinos originales se conserva todavía a la entrada de la Quinta da Pacheca, donde íbamos a parar.

Y allí entramos. O, mejor dicho, allí entramos a medias. Porque la primera nota disonante llegó nada más cruzar la portalada: las motos, nos dijeron con ese portugués pulido del personal entrenado en customer experience, no podían bajar al parking. Había que dejarlas en una zona aparte, fuera del recinto principal, como si fueran incompatibles con el aura art de vivre que la quinta cultivaba puertas adentro. Curiosa decisión en un país donde la cultura motera —incluida la del oporto— es vieja y respetable. Pero en fin: dejamos las Ducati y las Triumph y las BMW relegadas a su exilio mecánico al borde del olivar, y entramos a pie.

La quinta es objetivamente hermosa. Conviene reconocerlo antes de seguir. Setenta y cinco hectáreas de viña vieja sobre socalcos centenarios, edificios de granito rehabilitados con sobriedad, jardines bien podados, vistas francas sobre el valle. Quinta histórica del XVIII, regentada en origen por una viuda que prestó su apellido al topónimo —Mariana Pacheco Pereira, de ahí la forma feminizada Pacheca—, en manos de los Serpa Pimentel durante el siglo XX y desde 2012 reconvertida en referente del enoturismo lusitano premium, con hotel de cinco estrellas, restaurante gastronómico y las dichosas barricas-habitación: barriles gigantes reconvertidos en alojamiento, una horterada incomprensible que solo funciona porque el cliente medio del enoturismo premium no sabe distinguir lo cursi de lo lujoso.

Y ahí, exactamente ahí, está el problema.

La visita guiada que nos correspondió fue un producto pensado para el cliente adinerado e ignorante, calibrado para sorprender al turista que nunca ha pisado una bodega y conformarse después con cualquier explicación. El guía recitó el guion estándar con esa cortesía profesional que ya no distingue entre un grupo de jubilados americanos de crucero fluvial y media docena de moteros españoles con la cara y las manos curtidas de carretera y el culo pelado de beber vino. Que los lagares son de granito y antiguos. Que se pisa la uva con los pies. Que las barricas son de roble. Que el Douro es Patrimonio de la Humanidad. Cuatro afirmaciones cuya combinación, en un examen oficial de sumillería, sería un cero rotundo.

La última estación antes de la cata fue la traca final del montaje escenográfico. Nos llevaron al armazém principal, esa nave catedralicia de la bodega vieja con sus barricas centenarias de miles de litros alineadas en penumbra y respirando lentamente —ahí sí, la Pacheca tiene patrimonio enológico de verdad, vasijas de roble francés y americano centenarias, aroma balsámico de fondo, el silencio reverencial de las grandes bodegas serias—. Y delante de aquella escenografía soberbia, plantada en mitad del pasillo, una mesa alargada, larguísima, adornada con cubertería de plata, cristalería colorista, manteles de hilo blanco, candelabros, vajilla floreada, todo dispuesto como si cien comensales fueran a sentarse esa misma noche a cenar entre las barricas. Lo dudo. Lo interpreté, con franqueza, como atrezzo puro. Un montaje fotogénico permanente para que cada grupo se vaya con la foto y devuelva el tributo correspondiente al algoritmo. El truco funciona, le hice varias fotos, para qué negarlo, colorista, ser, era.

El fake quedó definitivamente claro cuando, para salir, abrieron las puertas exteriores de par en par, dejando entrar la luz cruda y el calor del mediodía a lo que debería haber sido un espacio sacrosanto. Las bodegas serias no se ventilan con sol de mayo: se ventilan con corrientes controladas y temperatura estable. Lo que allí abrieron no era una salida, era el telón. Cae, fin del acto, gracias por su visita.

La cata propiamente dicha lo remató. Se sirvió, ya no entre barricas, sino en un local interior contiguo con olor a desinfectante: ese olor cítrico industrial que se mete por la pituitaria y altera por completo el perfil olfativo de cualquier cosa que se acerque después a la copa. Que de la nave catedralicia con sus barricas de roble y su mesa de atrezzo se nos hiciera pasar directamente a un cuarto que olía a producto de limpieza es, simplemente, la mejor metáfora posible de la opereta: la fachada es soberbia, la trastienda es industrial. El olfato es el ochenta por ciento de la cata, y se va al traste con un solo aroma intruso de fondo. Que una bodega de esta categoría sirva su cata en un cuarto que huele a Fairy con amoniaco es, sencillamente, una falta de respeto. Al vino y al que lo prueba.

Cuatro vinos servidos sin apenas explicación. Ningún sólido entre vinos para limpiar el paladar. Ni pan, ni queso, ni una rodaja de manzana, ni siquiera agua mineral entre tinto y oporto. Sacrilegio.

Conclusión: si pasas por Cambres y tienes tiempo, ve a la Pacheca por la finca, no por la cata. El recorrido cultural vale la mitad de la entrada. La cata, con franqueza, vale poco más que un Lidl. El modelo de negocio prefiere maximizar la rotación a maximizar la calidad.


Lamego  

la escalinata que no subimos

Volvimos a las motos exiliadas. El atardecer cedía ya hacia el ocaso, pero enfilábamos hacia Lamego, porque arriba —en el alto de la ciudad— está uno de los lugares más extraños y más portugueses de Portugal: el Santuário de Nossa Senhora dos Remédios.

Una escalinata barroca de seiscientos ochenta y seis escalones repartidos en nueve descansillos, cada uno con su capilla, sus azulejos azules y blancos, sus fuentes alegóricas y sus profetas bíblicos en piedra. Al final, allá arriba, una iglesia rococó que parece sacada de una alucinación dieciochesca de Aleijadinho. Subirla es un ejercicio físico equivalente a diez horas de gimnasio y un ejercicio espiritual equivalente, si uno quiere, a un cuarto de hora de meditación.

Nosotros no la subimos.

Nos colamos por los vericuetos de la carretera que lleva a la cima, esquivando con disimulo a maese Naveiras, que intentaba sin éxito dirigir la manada hacia la base de la escalera con la convicción del pastor que aún no se ha enterado de que las ovejas, llegada cierta edad articular, leen mapas. Desde el alto, a pie de iglesia, contemplamos el valle del Varosa y la sierra del Marão recortada al noreste.

Y bajamos, por fin, con el sol cayendo sobre el Duero, entrando en Peso da Régua para pasar la noche. No estuvo mal para un día.

La cena, aquella noche, fue cosa curiosa.

Maese Naveiras andaba con los humores revueltos y flojera de mente, así que retiróse a su celda sin ánimo de manjar ni de libar licor. Su buen amigo y acólito, el abad Gelucho, encargóse de hallar botica donde proveerse de hierbas sanadoras, que en estos tiempos de magos y nigromantes tales cosas se despachan en forma de grageas insípidas y se cobran a precio de reliquia.

Tras dejar confortado a maese Naveiras, bien yacente en su jergón y provisto de agua fresca y las hierbas antedichas, vínose en derechura el tal Gelucho y buscó para los demás local donde yantar. Y la tal taberna resultó estar en la cima de la villa, a donde fue menester escalar con piolet y cordada bien abastecida, no fuera a producirse despeñamiento de los no deseados.

Juro que renegué del hermano Gelucho y deseé para él unas fiebres ternarias o cuaternarias, aunque inocuas —que tampoco es uno hombre de rencores mortales—. Mas desinflóse la ira en cuanto traspasamos el umbral del local, que resultó ser bodega seria, bien provista de caldos a cual más fino y elegante en el paladar. Cosa que se agradeció con el mesurado yantar que allí había, que no fue malo, aunque sí escaso de pan.

La bajada y vuelta al lecho resultaron más amables y notoriamente menos sudorosas.

Continuara ….

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