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De Caen a casa

Toca volver. Después de tanto muerto ilustre, tanta playa sagrada y tanta épica, el cuerpo pide carretera de las que no llevan a ningún cementerio, y la cabeza pide amigos y vino y sobremesas que no acaben en un monumento. Así que arrancamos de Normandía una mañana de finales de julio, con la moto apuntando al sur, rumbo 180º antes de buscar el 270º. Y casi dos mil kilómetros por delante hasta Poio. 

La última tirada. La de volver a casa.

Bajamos por la Suisse Normande, ese valle del Orne encajonado y verde que casi nadie conoce, repleto de ríos y verdor, entre pueblos tranquilos que huelen a pan recién horneado y a cruasán a la francesa. A las siete de la mañana el día es fresco y el campo desprende ese olor a tierra húmeda y trigo recién segado. Es una sensación de felicidad que te entra por el casco abierto, y abres las fosas nasales inspirando con fuerza, buscando llenarte de ese aroma tan gratificante. Y entonces nos llega el olor intenso y penetrante de los purines, que provoca un cortocircuito cerebral y apaga bruscamente la imagen bucólica y pastoril de la escena. Qué se le va a hacer.

Y recorrimos las orillas del Loira —hermoso, pausado y señorial, anclado al parecer en el siglo XVIII— para plantarnos en Saumur. No queríamos parar en Saumur, hay que decirlo, pero no siempre se cumple lo que uno decide. Habíamos reservado, en un pueblo anterior, una habitación enorme en un château precioso, con vistas al río, elegante, aristocrático, de esos que uno se merece después de once mil kilómetros.

Un sitio aderezado con todos los lujos justos e imprescindibles para un descanso merecido de dos errantes motorizados. 

Un sitio perfecto. 

Pero la reserva se hizo mal —cosas de San Booking, que en su infinita sabiduría te busca la primera fecha libre y te la encaja casi sin preguntar— y cuando llegamos resultó que teníamos la habitación reservada, sí, para otro día. De modo que, con el calor apretando y la tarde cayendo, tocó buscar cama de última hora en el pueblo. Acabamos en un hotelito, bastante menos château y bastante más pensión, con la habitación en el último piso de una escalera de caracol de tres plantas que subimos cargados como mulas, arrastrando maletas, cascos, chaquetas y barrigas, maldiciendo a Booking en cada escalón, a la termodinámica en cada descansillo y al que inventó las escaleras de caracol durante toda la escalada. El palacio quedó para otra vida.

La mañana siguiente nos llevó de allí a la región de Charentes, que es tierra llana y luminosa, de campos abiertos, viñedos y bosques, atravesada por el río Charente, que Enrique IV llamó «el arroyo más hermoso de mi reino». Es una zona agrícola, tranquila. Por aquí pasan los caminos de peregrinación a Santiago que vienen del norte de Europa. Escogieron bien la ruta los antiguos caminantes, pues aquí está Cognac, a orillas del río, que da nombre al aguardiente más famoso del mundo. Aquí se destila el vino blanco de la región —flojo, ácido, poco apto para beber— convirtiéndolo, por la magia de los alambiques de cobre y largos años en barrica de roble, en coñac. Las grandes casas están todas aquí: Hennessy, Rémy Martin, Martell, Courvoisier…

Y hay un detalle precioso: sobre los tejados de las bodegas y de media ciudad crece un hongo negro, la Torula compniacensis, que se alimenta de los vapores de alcohol que se evaporan de las barricas. A esa evaporación, los destiladores la llaman poéticamente «la parte de los ángeles» —la part des anges—, la fracción del coñac que cada año se pierde en el aire, millones de litros que suben al cielo. Los ángeles de las Charentes van borrachos, mientras tiznan de negro las paredes de Cognac.

En esta región, ruta de peregrinos, se construyó un románico brutal, magnífico, de fino detalle al estar tallado en piedra caliza —nada que ver con el duro granito de grano grueso de mi tierra—. Y allí, sin buscarla, nos topamos de frente con la iglesia de Aulnay, un pueblo mínimo de la Saintonge. Una iglesia románica del siglo XII, Saint-Pierre, que resulta ser una de las joyas del románico francés. 

Paramos casi por casualidad, atraídos por la torre y empujados por un agudo dolor de nalgas. No era araño serio, pero incomodaba la conducción. Y nos encontramos con una fachada tallada de arriba abajo: los ancianos del Apocalipsis, los signos del zodiaco, las vírgenes prudentes y las necias. Virtudes y vicios peleándose en piedra, un bestiario entero de centauros, grifos y sirenas.

Una maravilla del siglo XII en mitad de la nada.

Pero lo que se te queda es otra cosa: muchas de las figuras están decapitadas. Las cabezas, arrancadas o desfiguradas. Primero fueron los hugonotes, en las guerras de religión del XVI, que consideraban idolatría toda esta imaginería y la mutilaron a martillazos —todas menos las más altas, supongo que la escalera que tenían era pequeña—. Luego remató la faena la Revolución, que suprimió la estatua ecuestre del emperador Constantino de la portada —los revolucionarios confundían a los emperadores y reyes bíblicos de piedra con la monarquía, y los guillotinaban en efigie igual que guillotinaban a los vivos—. Observar esa destrucción iconoclasta me trae el recuerdo de lo que vimos en China, cuando la Revolución Cultural mutiló la cultura milenaria de todo un país. Y aquí lo mismo: las revoluciones ponen el poder de cambiarlo todo en manos de gentes que no tienen ni idea de lo que cambian. Aquí, allí y dondequiera que mires.

Fotografiada la iglesia y descansada la nalga, la ruta hacia el sur nos lleva, inevitablemente, por los viñedos de Burdeos, que aquellos días olían a humo. Había incendios por la zona, y el aire traía esa niebla acre que se te mete en el casco y no se va. Cruzar los grandes châteaux del vino entre el olor a quemado tenía algo de presagio, y nos acompañó hasta los Pirineos con las imágenes de los incendios en España bailando en la cabeza.

La última frontera. Y van…

Por fin entramos en España. Pero no por donde todo el mundo: hemos pasado de la ruta típica de Google Maps. Bajar por Irún y la costa vasca en pleno verano es meterse en un atasco de neveras portátiles y olor a crema solar, así que decidimos entrar más al este, por el Baztán, cruzando la muga por un paso de montaña poco conocido, huyendo de las hordas de peregrinos, devotos de TikTok e Instagram, que se agolpan en Saint-Jean-Pied-de-Port para empezar el Camino.

La entrada en España fue toda una declaración de intenciones: el único cartel que nos recibió decía «Nafarroa». Ni España, ni bandera, ni nada. Navarra se cree vascuence cuando fueron sus reyes los que rompieron en las Navas de Tolosa las cadenas que hoy lucen en el escudo de España. ¡Sancta simplicitas!

Bienvenidos a casa, es lo mínimo. Eso y un desfile de majorettes cojas y fanfarrias desafinadas. ¡Coño!

Cruzamos Navarra y las Provincias Vascongadas casi sin parar —tierra de gente singular, que se manifiesta contra la selección española y luego cierra las ventanas para celebrar los goles a escondidas—, para sentirnos por completo en España en Castro Urdiales, que, ademas, estaba de fiestas. Y allí, el primer reencuentro: los amigos que viven en Castro, Emilio, Gollo y José Luis. son de esa clase de gente que uno no encuentra dos veces en la vida: cabales, serios, de una pieza, de los que han visto cosas que no se cuentan y han pagado precios que no se dicen, y aun así siguen ahí, con la caña en la mano y la lealtad intacta. 

Salimos de poteo por el pueblo, cambiando de bar, chato aquí y chato allá, y la noche de fiesta de Castro hizo el resto. Después de tantas semanas de carreteras y monumentos, volver a hablar en cristiano con los tuyos, de bar en bar, es una forma de llegar a casa antes de llegar a casa.

Cuando retomamos camino lo hacemos rumbo a Asturias, por secundarias, buscando el paisaje, esquivando la autovía con la determinación de siempre. La iglesia de Niembro, en Llanes, una de esas estampas que salen en todas las postales de Asturias: una iglesia blanca del XVIII con su cementerio pegado, plantada sobre una ría que la marea llena y vacía. Un sitio bonito y melancólico a partes iguales, que sirvió para retrasar la llegada, igual que las paradas en los miradores sobre el Cantábrico, que en esa costa se asoma bravo entre praderas verdes. Después de tanto llano francés, el cuerpo pedía acantilado y galerna. Sin querer del todo llegar a Gijón, porque no se acabe el viaje.

En Gijón, segundo asalto de reencuentros. Quedamos con Josín, que es como quedar con Asturias entera, y que organiza para esa noche una cena en el local social de un txoko gastronómico, en la parte vieja, de esos clubes privados donde se cocina y se come entre amigos con las puertas cerradas al mundo.

Allí estábamos nosotros dos, y maese Naveiras, y Lorenzo, y Juan, y Jorge Llana y Fernando, el Falapouco. Un lujo.

Y lo mejor de todo, lo que de verdad se agradece: en toda la noche no se nombró el viaje. Once mil kilómetros de Bishkek a casa, la Ruta de la Seda, las estepas, el Día D, y a nadie se le ocurrió preguntar «¿qué tal el viaje?». Se habló de todo lo demás, de lo de siempre, de las cosas de siempre, de planes futuros. De cosas de amigos, como si uno no se hubiera movido de la esquina. Y eso, que parece poco, es exactamente lo que uno necesita después de tanto horizonte: que los amigos te traten como si nunca te hubieras ido. Por eso son amigos.

Y a la mañana siguiente, con la resaca, marchamos sin querer irnos.

Galicia, las carreteras de casa, el verde que uno reconoce sin mirar el mapa, nos llevan de la mano hacia Poio.

La moto se apaga en la puerta de casa, y con ella desaparecen, en una nube, los lestrigones del camino, y quedan solo los recuerdos desdibujados de tantas carreteras rotas y olvidadas recorridas por Italia, Grecia, Turquía, Georgia, Rusia, Kazajistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kirguistán, Mongolia, China, Letonia, Estonia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Holanda, Alemania, Bélgica, Francia… campaña tras campaña, ida y vuelta desde esta misma puerta.

Y se hace ese silencio raro del motor recién parado que significa que se acabó. 

Es una sensación extraña. El viaje lo era todo y ya no es nada.

Abres la casa y todo está casi igual, pero la atmósfera es irreal, como si se hubiera parado el tiempo. Se ha acumulado polvo en las esquinas. El aire está caliente y el ficus de la entrada, casi seco. Se ha secado el sifón de un baño. La nevera está vacía. 

Toca volver a la rutina: airear la casa, regar las plantas, rellenar la piscina… La ropa del viaje se acumula en una esquina, a la espera de poder ser lavada. Poco a poco el equipaje desaparece y cada pequeña cosa ocupa su sitio. La piña que traemos del bosque de Bastogne se coloca en una estantería, ella sola, junto a la figura de Obélix. Y la piedra de una de las playas de Normandía se hace amiga del cohete de Tintín.

La Triumph, negra, se aparca al lado de la veterana Fefa y de la exuberante Ducati.

Se contarán cosas esta noche.

¿Hablarán de nosotros, cuando no estemos?

1 Comment

  • Pepe
    Posted 3 de agosto de 2026 at 14:54

    Si no fuera porque la mía ha sido hasta la fecha una vida esencialmante aburrida y sin demasiados estímulos, le pediría a Vd. que escribiera mi biografía, pero no le castigaré con semejante encomienda. Magnífico el relato, este y todos. ¡Bienvenidos a casa!

    Responder

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