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La abuela K

No sé de por qué ni cuándo nació el mote. Supongo que de Carmen y de algún trabalenguas de sus nietas. Pero ahí quedó.

La abuela K era la madre de Choco. Y Choco es mi amigo. Mi más mejor amigo, que diría Forrest.

Choco es hijo único, criado en el Berbés, en el puerto de Vigo. En una calle que lindaba con aquella otra donde los marineros se iban de putas y donde los canallas y los porreros traficaban de noche con hierbas y con otras cosas peores. Un barrio donde el contrabando era negocio habitual, donde las putas te saludaban por tu nombre y donde las bandas te respetaban por la única razón que allí valía algo: porque eras del barrio.

Choco se crió y vivió toda su adolescencia en aquellas calles. Tenía todas las papeletas para ser uno más. Uno de tantos. La estadística jugaba en su contra y el ambiente no perdonaba. Pero no ocurrió nada de eso.

Estaba la abuela K.

También estuvo su padre, claro, vigilante del puerto del Berbés, un hombre humilde que murió demasiado joven. Me acuerdo de ese día: cargamos juntos el ataúd de su padre hasta su última morada. Choco rondaba entonces los treinta años, pero hay pesos que no entienden de edades. Desde aquel día supo que en el mundo no le quedaba más apoyo que él mismo y su madre. Y a la abuela K, viuda, no le quedaba más mundo que su hijo. Se sostuvieron durante décadas, sin aspavientos, como se hacen las cosas serias.

Choco es hoy un hombre querido, admirado y respetado. Pudo haber sido un habitante más de un barrio humilde y conflictivo, uno de esos nombres que se pierden entre las esquinas. No lo fue. Y estoy seguro de que la abuela K tuvo mucho que ver en eso.

La abuela K dejó este mundo con 88 años, confortada con el auxilio espiritual de sus nietas. Y de su hijo, que allí le sujetaba la mano en el último suspiro.

Hoy la despedimos. Ocupa su lugar junto a su difunto marido, al que llevaba demasiados años esperando.

Se va una mujer que hizo el mejor trabajo que puede hacer nadie en esta vida: criar a un hijo al que nadie podrá reprocharle nunca nada.

No hay mayor éxito.

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