Cien vidas
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Estás sentado en tu sillón favorito. Los ventanales abiertos dejan pasar una brisa que compensa el calor de la tarde en su justa medida, ni más ni menos. A tu izquierda suena la música, tu selección de siempre, ecléctica y sin pudor, baja, como quien te acompaña sin hablar.
Abres el libro y lees: «…la Wagner entró en el estuario del Támesis como un navío victorioso…». Y unas páginas más allá: «El mar es hermoso, sí, pero también implacable: te da la gloria y luego te la quita».
Avanzas despacio. Lees sin pensar que lees. Y entonces ocurre la magia.
Tu mente se repliega sobre sí misma. Y recuerdas. Y con los recuerdos, hueles: brea, salitre, pólvora mojada. Lo incorporas a la historia que lees y la historia deja de ser suya para ser tuya. Vives vidas que nunca has vivido. Conoces lo que nunca has visto. Estás ahí. Eres tú en la batayola de estribor gritando órdenes en mitad del combate. Y sabes.
Sabes que la caza por la popa es caza larga, y sabes cómo se aborda un navío inglés o una urca otomana, porque ya lo has vivido antes, en otro libro, en otra historia, en otra vida. Lees, y en un instante vives cien vidas.
Pasan las horas. Cae la tarde y no te das cuenta. Escuchas las gaviotas gritando en el cielo mientras mandas cargar los cañones. Sus chillidos no apagan la música: suena la Novena, y la conjunción se te antoja perfecta.
Aparece por barlovento un navío de la Royal Navy. Cincuenta cañones. Casi un navío de línea. Mal asunto», murmuras, y alargas la mano hacia el ron añejo que espera a tu lado, fiel desde la primera página. Un sorbo. El combate es duro, y en el momento en que a tu izquierda arranca una rumba, un cañonazo con suerte hace saltar su santabárbara por los aires.
Te remueves en el sillón. Se te ha dormido una pierna, cosa del combate. Y vuelves a sumergirte.
En las páginas de un buen libro desapareces. Dejas de existir. Estás lejos, y el mundo gira sin ti mientras recreas otro que nadie ha pisado. Y sin embargo, durante esos instantes, ese es el único mundo que existe. Atrapado, felizmente atrapado.
Suena ahora el coro del prólogo de El Señor de los Anillos, que parece un réquiem.
Perfecto.
Poco a poco algo tira de ti y te saca de la inmersión. Es la brisa, quizá, que se ha enfriado. O la luz, ya tenue, que te fuerza la vista.
Vuelves.
Te desperezas. Estás de nuevo en el presente, en este aquí terrenal, tan previsible y tan anodino. Pero no vuelves solo: traes contigo algo que es solo tuyo, porque ese libro, el que tú has leído, no lo ha leído nadie más. No con tu mirada.
Y sabes cosas que antes no sabías. Las sabes porque las has vivido.
Sabes que hay cosas en el mar que solo se tiene valor para ver venir una vez.
Que Ítaca solo es hermosa mientras la buscas.
Y que todo paraíso tiene su serpiente.
Y comprendes, y ríes, y te preguntas: ¿cómo hacen los que nunca han leído un libro, ni visto una película, para interpretar el mundo?
Aquellos que en la vida se inician sin los libros, sin mapa ni astrolabio navegan.
William Osler

1 Comment
Pepe
¡Ya me gustaría amí saber leer!!!