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EL PAIS DE LOS HOMBRES DEL NORTE

De Estocolmo a Kristiansand

Diario de a bordo.  Casco puesto y la cámara a mano.

— Suecia

Salimos del muelle de Norra Bassängkajen a las 10:44, una puntualidad insultante que hace imposible planificar nada, con Estocolmo todavía escurriéndonos por las botas y ese olor a ferry que se te queda pegado tres días. La ciudad nos dejó marchar sin drama, que es lo máximo que se le puede pedir a una capital. La moto, británica como es, arrancó con la dignidad del noble que se sabe superior. Rumbo a poniente, con una cuarta al sur.

Los primeros kilómetros hasta Strängnäs —no lo pronuncies, te atragantarás— fueron de trámite: tráfico de salida, la cabeza aún reordenándose entre el mundo del barco y el mundo de la carretera. Paramos casi una hora para el café, el estiramiento de lumbares y rodillas —que a nuestra edad son un parte médico en sí mismas— y el acto, sagrado, de remirar el mapa fingiendo que ya lo tenemos claro.

Suecia se abrió poco a poco en ese verde ordenado, casi funcionarial, de bosque peinado por un ingeniero de Ikea. Toda la hierba está recortada; el bosque se cierra a ratos, pero sin maleza que se salga del guion, y los campos de cultivo parecen recién salidos de una factoría, a estrenar. Rodamos hasta Karlstad, camino de Arvika, donde pasaríamos la noche. Y en Arvika, como en todo pueblo desconocido, se representó la eterna comedia de localizar el punto de pernocta. El GPS, juguetón, se entretiene en mandarte por la puerta de atrás, la de la fosa séptica, y arranca el teatro de lo cotidiano: «era aquí, no, era la siguiente esquina… mierda de GPS, no para de dar vueltas… espera… ya. Para, para, da la vuelta y vete a mirar». Quien haya viajado en moto buscando alojamiento, con los carteles escritos en alfabeto hereje, sabe que un tramo de ciento ochenta metros contiene más sufrimiento existencial que los doscientos cuarenta y cinco kilómetros anteriores juntos.

Arvika está a un tiro de piedra de Noruega, con la frontera esperándonos. Y con España habiendo machacado a Francia. El locutor sueco del partido tenía en la voz la misma pasión que una oveja afónica, pero dio igual: esta vez fueron los cien mil hijos de San Luis los que hicieron las maletas y se volvieron a casa sin final. Pequeña revancha, dos siglos después de que se pasearan por Madrid.

—Noruega por los bordes

Unos cientos de kilómetros y el cambio de país sin aduana ni ceremonia: de Suecia a Noruega por Kongsvinger, esta vez sí, con su banderita y su cartelito.

Aquí hicimos una jugada peritísima, y quede constancia para la posteridad: rodeamos Oslo sin pisarla. Gardermoen, Roa, Hønefoss, un arco limpio por el norte que esquivó la capital como se esquiva a un perro con pulgas. En moto, meterse en Oslo es autoflagelarse; nosotros pasamos de largo con un elegante paso de pecho y una veronica.

Lo bueno, se suponía, empezaría en Hønefoss, cuando la carretera se convierte en la Rv7 y comienza a trepar buscando la meseta. Pero esta ruta, en verano, está plagada de autocaravanas de toda clase y condición. Una plaga bíblica, en realidad, porque todas buscan lo mismo que nosotros: la parte bonita de esta parte de Noruega. Subimos, todos, hasta Geilo, la puerta del altiplano de Hardangervidda, y allí plantamos la moto, que no la tienda, para pasar la noche en un hotel que asegurase calidez.

Geilo huele a frío limpio, a nieve por la mañana. Multitud de casas unifamiliares tienen el tejado cubierto de tierra, sobre la que crece toda clase de hierbas. Un césped en el tejado es cosa elegante y mimética con el paisaje, pero surge una duda: ¿qué ocurre si lo que germina allí arriba es un árbol? Porque no es lo mismo una petunia que una secuoya encima de tu cabeza, digo yo.

En esta época es lugar necesario de paso pero prescindible de estancia, así que lo dejamos de lado y buscamos un envejecido hotelito de montaña, donde una señora de aspecto teutónico sostiene el negocio familiar. Ella cocina y ella manda. Ella te da de cenar y ella decide si te prepara el desayuno temprano. La hija limpia y ayuda en la cocina. El marido, que es abuelo, cuida de la nieta y procura no molestar. Y el yerno… bueno, el yerno te sirve la cerveza, sonríe y se esfuma. Reparte simpatía, que es lo suyo, mientras los demás reparten trabajo.

El yerno perfecto, vamos, igual en Noruega que en Poio.

— Vøringsfossen, los fiordos y la rendición a Noruega

Madrugón noruego, de esos en que el aire te muerde la cara aunque sea julio. Nada raro, teniendo en cuenta que estamos al norte del sur.

La Rv7 nos subió al «Norway’s Rooftop», techo plano de Noruega: el Hardangervidda, la meseta de alta montaña más grande de Europa. Seis mil quinientos kilómetros cuadrados de nada a mil cien metros de altura, por encima de la línea del bosque, donde ya no crece un árbol y el mundo se reduce a piedra, líquen, charcas heladas y viento. Un desierto ártico plantado en el corazón de Europa. Se cruza por una carretera solitaria entre campos de nieve que en pleno julio aún resisten, con el glaciar Hardangerjøkulen asomando al noroeste como un recordatorio de que aquí el invierno solo se ausenta unas semanas, y a regañadientes. Por esta llanura pastan todavía los renos salvajes, la mayor manada de Europa, aunque nosotros solo alcanzamos a ver piedra, mucha piedra, y una luz limpia y cortante que no se parece a ninguna otra. Es de esos paisajes que no son bonitos, son otra cosa: son sobrecogedores por sustracción, por todo lo que les falta.

Lo que no falta, ay, son las autocaravanas. Porque el noruego, tan reglamentado para todo, tan incapaz de pasar de sesenta ni de aparcar de noche en la ciudad, se transforma en cuanto agarra una camper. Aquí, en la montaña, rige el allemannsretten, el «derecho de todos» a plantar la tienda donde a uno le plazca, una ley preciosa y muy nórdica que consagra la libertad de dormir bajo las estrellas. El problema es que el noruego la interpreta con entusiasmo de conquistador: planta el armatoste donde le viene en gana, en el arcén, en el aparcamiento, en una acera o en mitad de la nada, con las sillitas fuera y el tendal al viento, como quien coloniza la Luna. Resulta paradójico que el pueblo más obediente de Europa, el que no cruza en ámbar ni tira un papel al suelo, sea el mismo que salpica su meseta sagrada de caravanas hasta donde alcanza la vista. Será que es la única norma que le da permiso para hacer lo que le da la gana.

Y, después de la meseta, en hora y media, la primera bofetada de belleza del día: Vøringsfossen.

Os cuento cómo va la cosa: son ciento ochenta y dos metros de agua cayendo a plomo en la garganta de Måbødalen, con la pasarela nueva colgada sobre el vacío como una provocación al vértigo. Observas la cascada desde arriba, y el cañón perdiéndose en el horizonte, orlado de verdes, con el vaho del agua subiendo desde el fondo, casi a chorros, como si la montaña respirara igual que un caballo desbocado. Es de esos sitios donde uno se calla, mira, se vuelve loco haciendo fotos idénticas y entiende de golpe por qué ha cruzado medio mundo en moto para llegar hasta aquí. Seguro que los hay más imponentes en Islandia, y en la propia Noruega, pero este… este sobrecoge.

Como la Rv7 seguía siendo un desfile de carroñeros en campers y autocaravanas de tamaño absurdo, decidimos mejorar la ruta. Y entonces vino el tramo guapo, el bien peinao, la joya de la corona: doscientos treinta y un kilómetros desde Vøringsfossen, bajando por la Rv13 a través de los fiordos del Hardanger hasta Nesvik, con alguna carretera intermedia, pequeña e insignificante, de numeración que la memoria no retuvo. La Rv13 es un tirabuzón infinito prensado entre la pared de roca a un lado y el agua quieta y negra del Hardangerfjord al otro.

Se va despacio porque no se puede ir de otra manera: porque cada curva revirada te regala una postal distinta y porque frenar es, aquí, un acto de justicia estética. Bajamos serpenteando entre cascadas laterales, manzanos imposibles clavados en la ladera y ese verde noruego que parece saturado a mano. Una de esas jornadas que justifican un viaje entero.

El fiordo, finalmente, se cruza como se ha cruzado siempre: en ferry.

Llegamos a Stavanger con la moto oliendo a freno caliente y nosotros a humanidad encerrada y un pelín fermentada, que es lo normal a estas alturas del viaje. Con esa mezcla de agotamiento y euforia que solo entiende quien la ha sentido.

Y en Stavanger había una deuda que saldar. A las afueras, clavadas en la roca sobre el fiordo de Hafrsfjord, se alzan tres espadas vikingas magníficas, de bronce y de diez metros de altura: el monumento Sverd i fjell.

Conmemoran la batalla que allí, en el año 872, dio Harald —aquel del que os hablé, el que juró no cortarse el pelo hasta unificar Noruega porque una moza se negó a casarse con un simple reyezuelo—. Ganó, se rapó por fin, se casó y pasó a la historia como Harald Cabellera Hermosa: el primer rey de todos los noruegos. Las tres espadas están hundidas en la piedra. Clavadas, supuestamente, para no volver a desenvainarse: la guerra enterrada, la paz. Tres hojas, tres reinos que un día fueron uno. Me quedé un rato mirándolas, con el fiordo detrás y el mismo viento del norte que empujó aquellas quillas hasta mi ría. Los feroces hombres del Norte terminaron clavando sus espadas en el suelo y guardando su oro en un fondo de pensiones. No sé si es una decadencia o la forma más sensata de acabar una saga. Pero desde luego es un final.

Pero aún quedaba un último regalo antes de decir adiós a Noruega. El tramo de Stavanger a Kristiansand se hace por la E39, que aquí no es una autopista pese al nombre europeo, sino una cinta de dos carriles que va cosiendo la costa sur entre fiordos, brezales y pueblos de pescadores. Se pasa por Flekkefjord, que conserva un barrio holandés de cuando comerciaba piedra y madera con los Países Bajos a cambio de plata y tabaco, y por un rosario de caletas donde el mar se mete entre las rocas hasta la puerta de casa. Dos ferris más, breves, casi de cortesía, para que Noruega se despida a su manera: obligándote a cruzar el agua una última vez. Cuatro horas y media largas para apenas doscientos kilómetros, que es la única velocidad a la que este país permite ser recorrido.

Por delante, Kristiansand y el ferry a Hirtshals. El paso a Dinamarca se hace en barco, entre familias con niños chillones y berrinches imposibles.

Pero eso ya es otra historia. Esa noche, en Stavanger, tocaba lo de siempre: per aspera ad astra, sed primum cerevisia.

Y después, desde el reino de los daneses, ya solo nos quedará el corto paseo a casa.

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