El reino de Dinamarca se cruzó como un trámite necesario. Solo me produjo una duda. Es un territorio plano, fértil, con amplios campos de cultivo. Si la disculpa de los pueblos del norte para echarse al mar a saquear era su incapacidad para la producción agrícola, debido a su geografía y su clima, ¿qué disculpa tenían los daneses?
Ninguna, me temo. Lo suyo no era hambre: era vocación.
Del reino de los daneses hemos pasado a la república de los teutones sin darnos cuenta, que es lo malo de la ausencia de fronteras en esta Europa Schengen: a veces dudas en qué país estás. Camino del sur, buscamos recalar en la ciudad de Hamburgo con dos intenciones claras: acercarnos a la macrotienda Louis y comernos unas hamburguesas en su madre patria. Pero el destino, cabrón, pertinaz y caprichoso, tocó con su malévola varita la moto de Dani.
En un semáforo.
Fue después de lidiar con el terrible y absurdo tráfico hamburgués, apelmazado, eso parecía, entre mostaza y salsa agria. Tráfico lento y pesado del que no se halla razón. El caso es que, tras pasar el túnel que vence el Elba por debajo, la moto de Dani se paró en un semáforo y no volvió a revivir. Dijo «hasta aquí he llegado», y ahí se quedó.
Vinieron entonces las gestiones en alemán, usando a Rodrigo desde el otro lado del teléfono, para conseguir una grúa que sacase la moto de aquel entuerto y la acercase, por lo menos, al hotel donde dormiríamos. Y como somos gentes de altos vuelos, fuimos a escoger el hotel de la sede de Airbus. Eva y yo hicimos lo correcto en estos casos: abandonamos a Dani en su semáforo con una palmada en la espalda y unas frases de ánimo, aseguramos el hotel y, haciéndonos fuertes en el Dolce Vita —restaurante italiano—, resolvimos, Rodrigo mediante, la situación aguda, que consistía en traer la moto al hotel.
La grúa se paga en efectivo. En el mismo país donde el check-in te lo haces tú mismo en una tablet, la mayor compañía de asistencia en carretera —la RACE de aquí— no usa datáfonos. No se fía de ellos. La solución final (cuidado con lo que dices en Alemania…) será repatriar la moto a España y a Dani de vuelta en avión.
Casi lo envidio. Es una pastilla azul muy tentadora.
Nos duele dejar a Dani. Es de esos tipos tranquilos y fiables que siempre aportan en un viaje así. Nos sustenta, creo, la calmada intimidad que da haber vivido juntos lo que otros no vivirán jamás. Es, sin duda, un magnífico compañero de viaje. Eficaz en el combate y estoico en la derrota. Lo echaremos de menos.
Tras dejar a Dani en el hotel como se abandonan los zapatos viejos, que diría Sabina, salimos rumbo al sur bajo la lluvia, hacia tierra de herejes. A Flandes, de tan grato recuerdo para los tercios viejos de Spínola y del duque de Alba. Aquí la advertencia de que «vienen los españoles» se usaba habitualmente para meter en vereda a los niños holandeses y belgas, y la versión más radical era directamente «¡que viene el duque de Alba!». Al final, el hombre del saco tiene nuestro mismo pasaporte.
Flandes se venga hoy en nosotros. Nos recibe con una lluvia fina que no cesa nunca, y que cala hasta los huesos, y te enfría el alma. Una humedad que se queda y no te abandona, con un cielo gris que oculta un sol blanquecino, un sol que no calienta ni da consuelo. Un sol hereje.
Tenemos intención de encadenar una serie de visitas a los lugares donde la Compañía Easy de la 101 Aerotransportada, las Águilas Aullantes, destacó en la campaña de la Segunda Guerra Mundial. La Compañía Easy fue ensalzada por su valor y eficacia ante el gran público gracias a la serie televisiva de HBO producida por Spielberg y Tom Hanks, Hermanos de sangre, que narra la historia verídica de los integrantes de la compañía, dirigidos por Winters, que pasó de teniente a mayor durante la campaña. Es evidente que no fue la única, puede que ni siquiera la mejor, pero es la que me gusta, soy un friki de ellos, y el relato es mío.
En Elst, en la Betuwe —esa lengua de tierra entre el Waal y el Rin que los americanos llamaban simplemente «la Isla»—, está la granja Schoonderlogt. Sigue en pie, es una explotación privada y el paisaje de alrededor apenas ha cambiado: los mismos campos rasos, la misma horizontal infinita, la misma sensación de estar a la intemperie sin un mal árbol donde esconderse.
Ante su portalón se hizo Dick Winters la fotografía más conocida que se le tomó en toda la guerra. De pie, con el casco, la mirada al frente, esa sobriedad de granjero de Pensilvania que nunca lo abandonó.
Y aquí está Eva, ochenta y dos años después, posando en el mismo sitio con el casco en la mano y cara de circunstancias, cumpliendo con el ritual del peregrino, que consiste en ponerse donde se puso otro y hacerse la foto. Nada reseñable ocurrió aquí, era el cuartel general, retaguardia pura. Lo relevante ocurrió a unos kilómetros de allí, en un cruce de caminos. En ese cruce hay un monumento discreto y poca cosa más. De la granja donde no pasó nada hay una fotografía célebre y una mujer con casco haciendo el paripé para la posteridad.
Así funciona esto. La memoria se fija donde hay una imagen, no donde hubo un hecho. Y luego venimos los devotos, cámara en ristre, a fotografiarnos delante de un portalón.


El primer episodio bélico serio que nos encontramos en este peregrinar incompleto es Arnhem, ese puente demasiado lejano. La Easy no actuó aquí: lo suyo fue el tramo sur del corredor, ochenta kilómetros más abajo. Arnhem era el extremo, y le tocó a los británicos de Urquhart y a los polacos de Sosabowski. De diez mil hombres, poco más de dos mil volvieron. Hoy el puente lleva el nombre de John Frost, el coronel que lo defendió cuatro días cuando el plan le daba dos, y acabó prisionero. Ponerle su nombre a un puente que no logró conservar es una manera muy elegante de honrar una derrota.
Si no has visto Un puente demasiado lejano (A Bridge Too Far), de 1977, de Richard Attenborough, con Sean Connery, Anthony Hopkins y Michael Caine, ya estás tardando.
Este es un lugar que uno visita por obligación moral. Turismo, aquí, sería obsceno.
Dormimos en Oosterbeek, un pueblo de casas bajas y setos recortados donde todo el mundo pasea al perro con una serenidad que solo se permiten los sitios que ya han visto lo peor. En el jardín del Hotel Hartenstein —hoy Airborne Museum, entonces cuartel general de la 1.ª Aerotransportada británica— hay césped inglés y un carro blindado, y cuesta cierto esfuerzo mental entender que ahí dentro un general escocés llamado Roy Urquhart pasó nueve días mandando una división que nunca llegó a tener entera. Peor aún: durante las horas más críticas ni siquiera pudo mandarla, porque se quedó aislado de su propio estado mayor y hubo de pasar un día entero escondido en el ático de una casa de Arnhem, con los alemanes en la calle, mientras su división se desangraba a ocho kilómetros sin saber si su general estaba vivo.
Y mientras el general se escondía en un desván, en el puente un mayor llamado Digby Tatham-Warter dirigía la defensa paseándose bajo el fuego con un paraguas. Decía que nunca recordaba las contraseñas y que un tipo con paraguas en mitad de una batalla solo podía ser inglés. Ahí están!, en una sola batalla y en ocho kilómetros de distancia, las dos caras del alma británica: el desastre organizativo más absoluto y la flema más insultante.
Perdieron, claro.
A ochocientos metros de ese escenario está el cementerio. Mil setecientas cincuenta y nueve lápidas blancas alineadas con geometría implacable. Muchas dicen A Soldier of the 1939-1945 War / Known unto God, que es la manera educada de decir que no se sabe quién era. La edad media que uno va leyendo mientras camina entre las filas ronda los veintidós años. Hay chicos de diecinueve.
Los holandeses llevan desde 1945 haciendo que los niños del pueblo depositen flores en cada tumba cada septiembre, sin fallar un año. Eso lo hace un pueblo que entiende de deudas.
Del cementerio al puente hay ocho kilómetros.
Ocho.
Se hacen en diez minutos de moto y en menos de dos horas andando. Esa es exactamente la distancia que la 1.ª Aerotransportada no pudo cubrir en nueve días, y ese es el resumen de toda la operación: ocho kilómetros de carretera holandesa que costaron mil quinientos muertos porque a alguien le pareció que las zonas de lanzamiento demasiado cercanas al objetivo eran arriesgadas.
Llegamos al puente, al John Frostbrug, por la mañana, lloviendo. Y hay que decirlo: el puente no es gran cosa. Hormigón, tres arcos, tráfico normal de lunes, un carril bici por el que pasa gente en pantalón corto. Ni siquiera es el mismo puente: los alemanes lo volaron en octubre del 44, los aliados terminaron el trabajo, y lo que uno cruza hoy es una reconstrucción idéntica, de posguerra. Uno se para en el extremo norte, donde estuvo el perímetro, y lo que ve es una rotonda. Paisaje urbano normal, cotidiano.
Pero fue aquí.

El teniente coronel John Frost llegó a este extremo con unos seiscientos hombres del 2.º Batallón del Regimiento de Paracaidistas. Tenía órdenes de aguantar dos días hasta que llegaran los tanques del XXX Cuerpo. Aguantó cuatro. Cuando la posición cayó, quedaban unos ochenta hombres en condiciones de sostener un arma, y Frost estaba entre los heridos. Un oficial alemán de las SS —Harzer, de la 9.ª Panzer— comentó después que nunca había visto una defensa semejante. Viniendo de quien venía, eso es un obituario.
Y aquí es donde el asunto deja de ser una tragedia y empieza a ser una estafa intelectual.
Market Garden no falló por mala suerte. Falló porque estaba mal diseñado desde el primer folio. Ciento tres kilómetros de corredor único sobre una carretera elevada entre pólders, sin despliegue lateral posible, nueve puentes que debían caer intactos y en orden. Nueve puntos críticos de fallo y cero redundancia. Eso no es un plan audaz. Es un plan que no ha pasado el análisis de contingencias. Un plan de un engreído, de un imbécil.
A los clarividentes que lo advirtieron se los quitaron de encima. El II Cuerpo Panzer SS descansaba aquí mismo: lo decían Ultra, las fotos aéreas y la resistencia holandesa. El mayor Brian Urquhart insistió hasta hacerse pesado y lo mandaron de baja por «agotamiento nervioso». El general polaco Sosabowski preguntó en las reuniones qué pasaba con los alemanes, con ese descaro centroeuropeo que en un club de oficiales británicos sienta como una patada. Nadie le contestó. Sus hombres saltaron tarde, mal y bajo fuego. Perdió un cuarto de la brigada. Su recompensa fue que Browning y Montgomery lo hicieran chivo expiatorio y forzaran su destitución. Murió trabajando en una fábrica de Londres.
Y está Monty, claro, que se fabricó una carrera entera derrotando en El Alamein a un Rommel sin tanques, sin gasolina y de baja médica en Alemania. Con ese aval llegó a Normandía, prometió Caen para el día D, tardó siete semanas y luego explicó que en realidad nunca había querido tomarla. La maniobra es siempre la misma: el objetivo no cumplido se reclasifica retroactivamente como objetivo no perseguido —parecía socialista, el general—. Market Garden fue, en el fondo, política interna aliada: necesitaba un golpe espectacular que le diera a él la prioridad logística frente a Eisenhower. La audacia no salía del análisis operacional. Salía de la necesidad de tener razón delante de un americano.
Entraron diez mil hombres. Salieron dos mil. Montgomery escribió que la operación había sido «un éxito en un noventa por ciento». En ese diez por ciento caben mil cuatrocientos ochenta y cinco muertos británicos, seis mil cuatrocientos catorce prisioneros, una brigada polaca deshecha, un general humillado y veinte mil civiles holandeses muertos de hambre en el Hongerwinter, represalia alemana por la huelga ferroviaria convocada para apoyar la operación. Ese detalle no aparece en los cómputos porcentuales de los mariscales.En cualquier organización seria, el responsable de semejante cálculo responde ante un tribunal. Monty murió vizconde y con estatua. ¡Qué cosa más británica!
Uno cruza el puente andando, va y vuelve, y no pasa nada. El carril bici esta atestado. Pasa un tranvía chirriando. Un tipo con chaleco reflectante saca un perro. Y sin embargo aquí ochenta hombres aguantaron cuatro días sabiendo que los tanques no iban a venir. Se quedaron igual, porque las órdenes eran esas y porque al lado había un compañero que no podía irse.
Eso es lo que sobrevive de Market Garden: no el plan, que fue una calamidad, sino la gente que lo ejecutó sabiendo que era una calamidad.
Frost, cuando le preguntaron años después qué le parecía la película, dijo que estaba bien, pero que en la realidad todo había sido bastante más ruidoso.
Volvemos a la moto. Ocho kilómetros de vuelta a Oosterbeek, diez minutos, y por la pantalla del casco uno sigue pensando en la aritmética: ocho kilómetros, nueve días, mil quinientos muertos, noventa por ciento de éxito.
Hay hombres a los que hay que quitarles la calculadora.
NUENEN
Nuenen es hoy un pueblo tranquilo y hermoso, como casi todo en los Países Bajos: casas bajas de ladrillo, setos podados con escuadra, bicicletas apoyadas sin candado. Y un pueblo que ha elegido cuidadosamente qué recordar.
Hay aquí dos historias enterradas, y solo una está señalizada.
La que se anuncia es la del pintor. Vincent van Gogh vivió en Nuenen entre 1883 y 1885, en la casa parroquial de su padre, y en esos dos años produjo casi doscientos cuadros y cientos de dibujos. Fue su periodo oscuro, terroso, antes de que el sol del sur le reventara la paleta. Aquí pintó a los campesinos con las manos deformes por la azada, aquí pintó el viejo campanario, y aquí, en el invierno del 85, pintó Los comedores de patatas, esa escena marrón y sombría de cinco pobres alrededor de un plato, que él consideró siempre su mejor obra y que la crítica de su tiempo despachó como un mamarracho. Vendió un cuadro en toda su vida.

Hoy el pueblo vive de él.
Han montado una ruta, el Van Goghpad, señalizada con paneles y con reproducciones plantadas en los lugares exactos desde donde pintó: la vicaría, el molino de agua, la iglesia del padre, el estanque, las cabañas de los tejedores. Uno camina de punto en punto comparando el óleo con el paisaje, y descubre que el paisaje ha cambiado menos de lo que uno esperaría en ciento cuarenta años. Está bien hecho, es honesto y es gratis. Los neerlandeses saben rentabilizar a sus muertos ilustres sin caer en la horterada.


Lo que no está señalizado es lo otro.
El 19 de septiembre de 1944, la Compañía Easy entró en este mismo pueblo apoyando a unos blindados británicos. Fue un desastre. Los alemanes tenían aquí armas anticarro y una fuerza muy superior, la Easy quedó al descubierto en campo abierto, perdió hombres y tuvo que retirarse dejando atrás a un sargento que pasó la noche escondido en un granero. Es de las pocas veces en que la mitología de la Easy admite sin adornos que los echaron a patadas. Fue el segundo día de Market Garden, y una señal temprana de lo que se venía encima ochenta kilómetros al norte.
De aquello no hay paneles. Ni reproducciones. Ni ruta.
Y quizá sea lo lógico. Un pueblo elige recordar al hombre que pintó a sus campesinos comiendo patatas, y no la mañana en que unos chavales americanos murieron en sus campos por un plan que no era suyo. La memoria también es una forma de urbanismo: se decide qué se enseña y qué se deja crecer con hierba encima. Aun así, uno pasea el Van Goghpad con una sensación rara, mirando los mismos campos desde dos siglos distintos, y pensando que el cuadro de la Easy en Nuenen no lo pintó nadie.
Este país de herejes, por fin, nos regaló un día con sol y sin demasiada lluvia. Alojados en un hotelito de apellido Van Gogh —cómo no—, preparamos la ruta de los próximos días.
Hemos dejado la moto mal aparcada, como es menester. Todo el pueblo es zona azul, y el mozo del hotel nos manda aparcarla dos calles a la derecha. Ignorante el pobre de que una moto no se aparca lejos de su dueño. Menos aún si es extranjera y acaba de ganar el Mundial.
Justo pegado al hotel hay una pequeña zona marcada en el suelo como «Privé». Dice el mozo que es para los empleados. La hemos dejado justo ahí, que está vacía y ellos vienen en bicicleta —todo el mundo va en bicicleta, el coche es cosa de excéntricos—. La observo mientras bebemos una cerveza y escribo esto. Es un buen sitio, aunque sea para una británica.
Pasamos un día tranquilo aquí, después de una corta ruta desde Arnhem. Y con la resaca dulce de haber visto ganar a España el Mundial frente a una Argentina desquiciada, burda y bronca, que salió al campo a pegar patadas y a protestárselo todo al árbitro, como si el balón fuera un detalle secundario. Perdieron mal, que es la única manera que conocen. Malos perdedores, mediocres futbolistas y peores personas: los tres males a la vez, un triplete que ni Messi.

