En nuestro peregrinar hacia la madre Rusia hemos tomado ruta al norte, buscando la frontera en el desmantelado pueblo de Zhaisán. No es un trayecto que se haga de un tirón desde Shymkent: obliga a alguna parada intermedia —en Turkestán, en Kyzylorda, incluso en Aral— para poder echar una comida y estirar las piernas. Es una ruta que te lleva siguiendo el corredor del Syr Daria, y no es esta cuestión sin importancia, porque el Syr Daria tiene historia y misticismo suficientes para honrar a exploradores, religiosos e historiadores.
Es un río que porta en su currículum 2.500 años de nombres. Fue el Jaxartes de los griegos, el Yakhsha Arta —»Perla Verdadera»— de los persas, y el Yinchu, «río de la Perla», de los turcos. Luego llegaron los árabes y lo ascendieron a la nobleza: lo convirtieron en uno de los cuatro ríos del paraíso, junto al Amu Daria, el Nilo y el Éufrates. Aquí, para Alejandro el Grande, se acabó el mundo. Su ejército, después de atravesar la mítica Bactria y Sogdiana sin despeinarse, se plantó en este río y no pasó más allá. El Jaxartes fue la frontera más nororiental de su imperio. Y por aquí cabalgamos ahora nosotros, errantes desubicados, por donde el macedonio no se atrevió a seguir. Cabalgamos, pues, al borde del Edén.
Aunque mucho Edén no parece, la verdad sea dicha. Estas estepas kazajas, inmensas, tienen pocos corredores asfaltados y un tráfico pesadísimo de camiones, masivo e inclemente. Poco Edén me parece a mí. Ahora que lo pienso, de esos cuatro ríos del paraíso Eva y yo ya llevamos tres; nos falta el Nilo, que por cercano y conocido hemos ido dejando para otro día. Uno hace kilómetros bíblicos y coránicos casi sin querer.
El corredor te acerca además a uno de esos rincones que en los años 80 no existían en los mapas publicados. A mitad de camino entre Kyzylorda y Aral está Baikonur, la cosmociudad rusa. Desde aquí despegaron los Soyuz que estremecieron a los occidentales en los 60; desde aquí lanzaron a Gagarin. En los años en que la ciudad era secreta, sus habitantes —científicos ellos, gente instruida— prohibían a sus hijos bañarse en el río, no fuera a ser que los vertidos de combustible de las naves y demás líquidos fluorescentes resultasen algo malo, cancerígeno o parecido. Algo debían saber, por científicos y por bautizar a su invento como «el veneno del diablo». Bien ganado tenía el mote la gasofia esa de los cohetes.

Hoy Baikonur es un pedazo de Rusia enquistado en Kazajistán. Alquilado, dicen. Puedes visitarlo si te sobran el dinero y el tiempo: cuesta una pasta el permiso y encima te gasta una entrada de tu visado ruso. No sé, me da que una foto de las antenas en mitad de la estepa cumple igual y sale más barata.
Y desde aquí, una vez robada la foto del complejo, te plantas en un suspiro en Aral. A alguno le sonará eso del mar de Aral, y merece comentario aparte, porque fue —y es— uno de los mayores atentados ecológicos del planeta. En los 60 el gobierno soviético decidió desviar los dos ríos que lo nutrían, el Amu Daria y el Syr Daria, para irrigar el desierto y cultivar algodón. Se abrieron treinta mil kilómetros de canales para convertir a Uzbekistán en el mayor exportador de algodón del mundo, al módico precio de secar uno de los mayores lagos del planeta. En 2007 era ya un desierto polvoriento y envenenado. Toda una lección sobre lo que ocurre cuando un comité decide, desde un despacho a miles de kilómetros, que la naturaleza se equivocó de sitio.
Las míticas fotos de los cascos de barcos oxidados varados en pleno desierto, rodeados de camellos, siguen siendo icono del viajero. Pero cálmate un poco: si vienes a cazar esa postal, olvídate. Solo quedan algunos muy al sur, en Uzbekistán. Los kazajos, con una mentalidad comercial que ya quisieran algunos, se los vendieron a los chinos como chatarra. Y no contentos con eso, han construido una presa para rellenar el antiguo lago desde el norte; hoy hasta puedes bañarte allí, si quieres y te atreves. En Aral, el mítico puerto que daba nombre al lago y hoy al desastre, quedan cuatro grúas oxidadas en sus muelles, cuatro esqueletos mal disimulados y un par de barcos repintados para que veas lo que fueron. Como dato curioso, en su museo hay un mural que honra a los pescadores locales que en 1921 salvaron a Rusia de la hambruna enviando a Moscú catorce vagones de pescado —tienen allí incluso uno de aquellos vagones, soviético él—, con carta de agradecimiento mecanografiada de Lenin incluida. Los mismos pescadores a los que el poder soviético premió en 1921, ese mismo poder los arruinó cuarenta años después secándoles el mar. Ahí tienes toda una tesis sobre el delirio planificador, en dos actos.

Conviene que cuente cómo se pasa esta ruta, no vaya a parecer un paseo. Mal, diría yo. Se pasa mal. Peor: por narices, no te queda otra. O por aquí, o no sales hacia el norte. Pasas porque tienes que pasar, que por ganas ya te digo yo que no es.
El primer tramo, de Shymkent a Kyzylorda, fue cansado pero honesto, dentro de lo normal. El segundo, de Kyzylorda a Aral, prometía estepa seca, calurosa y árida —lo esperable— y resultó ser exactamente lo contrario: se enfrió, se puso a llover con saña y nos recibió un viento hipohuracanado que, combinado con camiones inclementes, nos zarandeaba de lado a lado como a marionetas con mala suerte. Terrible. La capa de barro que nos cubría, a la moto y por ende a nosotros, era estupenda; lo que no era es traslúcida. Los faros ya no servían para que el camionero de enfrente nos viese en la carretera.
Y el último tramo, de Aral hasta aquí, por una carretera cada vez más infame y más rota, donde reaparecieron los célebres baches-fosa kazajos, esos cráteres que no esquivas: los sufres. Se nota que el país lo modernizan de sur a norte, y se nota en el asfalto tanto como en la gente, claramente más simpática cuanto más al sur. Uno diría que la amabilidad y el alquitrán llegan en el mismo camión, y que a estas latitudes aún no ha descargado.
Hoy estamos a un tiro de piedra de la frontera rusa, en Aktobe. Intentamos comprar rublos —mañana es fin de semana— y los bancos, rusos o de donde sean, no curran; y a Rusia hay que entrar bien surtido de tres cosas: rublos, gasolina y paciencia. Andamos cortos de la primera. Dani ha salido a cazarlos.
Rusia, que Churchill definió como un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma. Hoy esa Rusia enigmática y misteriosa añade a sus atributos la escasez y el racionamiento de gasolina, el estar fuera del sistema bancario internacional y el tener a todos con los nervios a flor de piel. Un enigma, la madre Rusia, al que además hay que entrar con bidones.
Aquí, camino de la madre Rusia, me viene a la cabeza el viejo canto de los peregrinos, ese con el que se animaban los que cruzaban Europa hacia el fin del mundo conocido:
Herru Santiagu, Got Santiagu,
E ultreia, e suseia, Deus adiuva nos.
Quién me lo iba a decir, invocando a Santiago desde la estepa kazaja.
PS: si queréis saber por donde zozobramos, mirad aquí.
