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Los viajes al extranjero lejano siempre empiezan con un largo y tedioso peregrinar por aeropuertos. Sales de casa en taxi, llegas al primero, embarcas hacia un segundo, y allí esperas horas para embarcar hacia un tercero, en el que caminarás tanto que tu reloj tonto te preguntará si estás entrenando. Hay que decirle que sí, porque si no, insiste. Y por fin, cuando ya te estás durmiendo en un banco cualquiera, los monitores empiezan a gritar en rojo: «GO TO BOARDING». Tu puerta, naturalmente, está en el otro extremo del edificio. Así que embarcas sudando hacia el último aeropuerto, el que nos deja tiro de piedras de Biskek.

Manas está siendo modernizado: pretende dejar de ser un aeropuerto de provincias para convertirse en lo que se espera de la capital del país. Intuyo mucha inversión china por aquí. Han instalado lectores biométricos para leer esos pasaportes con chip, donde se le explica al Gran Hermano qué situación ocupa exactamente el lunar de tu cara, y así reconocerte. Es un avance. Mientras casi todo el pasaje se agolpa en las cabinas de inmigración, nosotros pasamos como alcaldes haciendo uso de nuestros muy cotizados pasaportes de color granate. Y ojo! no se pierde ninguna maleta: ademas, como somos siempre de los primeros en facturar y nuestro destino es el cuarto aeropuerto, salen de las primeras.

Al salir, un joven lleva en su mano un cartel con mi nombre. No deja de asombrarme cómo se coordinan las cosas de un lado a otro del planeta: un mensaje escrito hace una semana en ruso macarrónico de Google Translate ha obrado el milagro, y nuestro transfer al hotel está aquí, de cuerpo presente. Y aquí es Manas, a 30 km de Biskek. Son las ocho de la mañana, pero el termómetro ya marca 29 grados: un buen anticipo de lo que serán los próximos días.

Hemos escogido para esta noche un pequeño hotel de tres estrellas y un asteroide. Tiene aire acondicionado, la habitación es decente y el baño está bien surtido. Hasta tiene uno de esos wáteres con chorrito, que te refresca el upite. Muy agradable, oiga usted.

Como es habitual en estos sitios, las tarjetas se niegan a funcionar a la primera. Hay que insistir con los del banco en que eres tú. Y sí, estás donde estás porque has querido: no te ha secuestrado ninguna banda mafiosa rara.

Poco a poco, todo sigue coordinándose. Islan, el mecánico de aquí, viene a recoger las piezas de repuesto para la moto de Dani, a ver si deja de quemar reguladores, la maldita —terca y viciosa— moto china. Mientras, Eva y yo llamamos a Ainura, que nos abre la casa de Ricard, y allí está nuestra británica: tapada con un felpudo, llena de polvo, con su cadena china oxidada y el depósito vacío.

Rebuscamos, entre los trastos de esa sala donde Ricard guarda de todo, las cosas que dejamos aquí el año pasado. Herramientas, cámaras para las ruedas, tarteras, cocinillo. Hasta sobres de sopa se han quedado. Pero a nosotros lo que nos interesa son las garrafas: la situación rusa nos hace ser precavidos en cuestiones petroleras.

El ajuar de cocina lo dejamos ya abandonado, de forma definitiva. Aligeramos peso. Además, ni Kazajistán ni Rusia son lugares que inviten al picnic, así que no pensamos cocinar. A alguien seguro que le resultará útil; hasta puede que Ricard se caliente una sopa ante el pico Lenin. Estaría bien.

Las primeras jornadas de este tipo de viaje son siempre jornadas de ajuste. Se trata de ver qué va bien y qué va mal. Porque, mis queridos niños y niñas, podéis estar seguros de que algo va a ir mal. Solo se trata de intentar prever el qué y el cuándo.

Si es que puedes, claro.

Este primer día lleva incluido paso de frontera. Y las fronteras asiáticas son siempre un enigma para el viajero. El paso fronterizo de Korday es viejo conocido, y el trámite, en esa fresca mañana de finales de junio, resulta ligero teniendo en cuenta lo que es habitual en estos lugares. Cierto es que ayudamos a esa ligereza con las añagazas de siempre: nos colamos por el único carril que no estaba ocupado. Los otros tres eran una masa informe de coches apretados, intentando penetrarse unos a otros, ignorantes de que sus enormes todoterrenos no tienen forma de supositorio ni están embadurnados en vaselina. No pasan: solo se atascan unos a otros.

Pero en una esquina, a la derecha del todo, había un carril huérfano de vehículos y cerrado por una barrera justo al final, protegido todo ello por una señal que indicaba «solo camiones». Resulta evidente que ese será nuestro carril, el de los alcaldes. Ignoramos absolutamente esa inútil señal hasta plantarnos delante de la barrera. Allí dormitaba un guardia fronterizo, al que despertamos sutilmente con un acelerón de la moto de Dani —la mía es británica, no sabe gritar—. Resultó que el guardia nos abrió la barrera, nos dio un papelito a cada uno escrito en el incomprensible alfabeto de estos indígenas, y nos franqueó el paso. Eso se llama victoria. Porque, si estás dentro del área de frontera, enseguida te echan de allí: molestas. Ni el equipaje nos revisaron.

Esto nos pone en ruta más temprano de lo previsto, así que tiramos todo recto hacia el oeste para ir a dar a Shymkent. Es una urbe enorme y caótica, como cabía esperar. Pero nos es útil. Como decía hace unas líneas, son jornadas de ajuste. Y ya tenemos un par de cosas que ajustar: a uno se le rompió la sujeción de la pantalla del casco, lo que lo deja casi inservible —el apaño de cinta americana es solo eso, un apaño—, y habrá que ver si conseguimos intercomunicadores. Los nuestros siguen en la mesa de la cocina, a 12.000 km de aquí.

PS: si queréis saber por donde zozobramos, mirad aquí.

 

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