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TEO ROMERA, MrHicks46 — Lo importante es molar

Se ha matado Teo. Y duele escribirlo así, en seco, sin eufemismos, porque él habría detestado que lo maquillásemos. Murió como vivió: en moto, en una pista, parado un momento a apañar un espejo flojo, diciendo «seguid, que ahora os alcanzo». Y no alcanzó. 

Lo encontraron tirado pero consciente, lúcido hasta el último aliento, fiel hasta el final a esa costumbre suya de no perderse ni su propia despedida. «Me encuentro mal», dijo cuando llegó el helicóptero. 

Y allí mismo, en una off road, se fue el amigo Teo.

Fue en los Mallos de Riglos, esas agujas de piedra que parecen puestas a propósito para que un motero las mire con respeto.

Teófilo Romera Otero, de Villaviciosa de Odón, Madrid. Ingeniero de profesión, motherfucker de vocación. Empezó tarde sobre dos ruedas, a los veinticinco, lo que demuestra que para algunas cosas nunca es tarde y que la edad de inicio importa menos que la honradez con la que se rueda después.

No era el típico viajero de moto, y lo decía sin coquetería: un no-friki de las motos que hacía un vlog desde una moto. Para Teo la máquina nunca fue un altar, sino una herramienta. Lo importante no era el caballaje ni el cromado: era llegar, mirar, contarlo. Inventó, sin pretenderlo, el motovlog en español. Aquellos análisis suyos de las citas de Meetic narrados desde dentro del casco son ya patrimonio sentimental de toda una generación. Hablaba bajo el casco de la vida, del amor, de la felicidad y del miedo con una honestidad que enganchaba más que cualquier proeza kilométrica.

En 2013 se echó al mundo con «Lucía», su BMW R1200 GS, en un viaje que planeó para año y medio y se le fue a dos años y noventa mil kilómetros. Madrid–Japón por el sur de Europa, Turquía, Georgia, Rusia, los -istán de Asia Central, Mongolia y Siberia. Un motor ahogado en agua en plena estepa mongola —y aquí toca contar la anécdota que él mismo usaba para reírse de sí mismo, porque a Teo el ridículo propio le parecía el mejor material narrativo—: «sabía perfectamente que lo único que nunca, jamás, hay que hacer cuando un motor se traga agua es intentar arrancarlo. ¿Y qué hice yo? Pues intentar arrancarlo». Un robo en Siberia. Y una vuelta relámpago a casa porque su madre enfermó —y fue ella, qué grande, quien lo mandó de vuelta a por la moto que había dejado en Canadá—. De Japón saltó a Norteamérica, subió hasta Inuvik y Alaska, cruzó Estados Unidos dos veces de costa a costa, se enamoró en Centroamérica, bajó hasta la Patagonia y volvió a casa desde Argentina. Decía que el viaje solo termina cuando uno deja de soñar. Él no dejó de soñar nunca, así que en rigor el viaje sigue.Lo recordaremos con su sombrero de cuero de ala ancha, esa firma personal que lo hacía reconocible a un kilómetro. Y lo recordaremos por cómo conducía: suave, limpio, sin alardes, de los que demuestran su clase precisamente por no necesitar demostrarla. Un conductor de verdad no es el que va más rápido, sino el que va más entero. Teo iba entero.

Fue parte de aquella estirpe de locos magníficos del gran viaje en moto en español —Fabián, Polo Arnaiz, Alicia Sornosa, Charly….tantos otros— que entendieron antes que nadie que viajar no era huir, sino mirar el mundo a la cara. Su lema lo decía todo, mitad chanza, mitad credo: «lo importante es molar” pero tambien que «molar is too hard». Y vaya si molaba. Y vaya si es duro.

Hoy lo incineran en el Tanatorio de Alcorcón, Sala 3, en la Avenida de Villaviciosa. Apropiado que sea Villaviciosa quien lo despida, que de allí salió a comerse el planeta.

Que te quiten lo bailao, Teo. 

Quedan pendientes unas cervezuelas nunca bebidas. 

Per aspera ad astra —y por una vez, sin la coletilla, que esta noche el brindis va por ti.

Buen viaje, motherfucker.

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