Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Desterrado 2015. La liturgia en una botella

Desterrado 2015. La liturgia en una botella

 

25/05/2026

Hoy hemos bebido, Eva y yo, una de esas botellas raras que uno guarda con miedo. Miedo a acabarlas, sobre todo. Y miedo —menos confesable— a que decepcionen. Una botella de Desterrado. Un albariño de la zona del Ulla. Un albariño de mi padre.

La zona del Ulla, conviene decirlo, la empujó mi padre. Fue uno de los primeros en plantar albariño allí y uno de los que peleó para que la Denominación de Origen reconociera la subzona. Las cepas que dan este vino tienen medio siglo. Se plantaron una a una.

Las plantamos mi padre, mi hermano y yo, en una finca que fue de la familia y ya no lo es.  No del todo por lo menos. Mi padre, que años antes había entregado los derechos vinícolas heredados de sus padres en la Ribeira Sacra, su tierra natal, fue después expulsado de esta finca del Ulla sin que se le reconociera derecho alguno sobre su legado. Dos despojos en una sola vida, y el segundo más cruel porque era el de su obra, no el de su herencia.

De ahí nace el nombre más apropiado. Desterrado.

Mi hermano mayor, el primogénito, decidió vinificar la última cosecha. Un homenaje al trabajo de una vida. La vida de nuestro padre. Hacer lo que él había querido hacer siempre y nunca se atrevió, atrapado entre las obligaciones de sacar adelante a cinco hijos y, quizá, el miedo a fracasar en lo que más amaba. Mi hermano llamó a Dominique Roujou de Boubée para sacar adelante el vino. Dominique es uno de esos franceses raros que entendieron pronto que Galicia tenía algo que Burdeos ya no podía dar: viñedo viejo, frescura atlántica y una identidad de terruño todavía por revelar. Lleva más de una década asesorando bodegas españolas con la misma divisa de siempre: elegancia y frescura. No era, por tanto, una elección menor. Era la elección.

La cosecha es de 2015. Tiene hoy once años. Quedan algunas botellas en la bodega familiar, repartidas entre los hermanos.

Y uno ya lo sabe: algunas salen bien y otras no. Lo intuyes en el capuchón, cuando lo retiras y miras el corcho. Lo confirmas al descorchar. Este corcho de hoy ha salido limpio, sin mácula. Sirves el vino y aparece un amarillo verdoso que promete. Un albariño con once años —un vino que pedía juventud— necesita abrirse despacio. Ves cómo ese amarillo claro se oxida con cierta prisa mientras el vino se asienta, y entonces lo pruebas y está vivo. Cítrico todavía, fresco, con paladar de joven rebelde pero ya asentado en su sitio. La acidez justa, la que pide un buen plato  construido con mariscos locales con un toque ligero de picante.

Un vino que se atreve a llenarte la nariz de aromas atlánticos sin pudor alguno, y que en boca no decepciona: equilibrado, largo, honesto. Te trata el paladar con una sutileza que trasluce el respeto con el que se entrega. Y, sobre todo, despierta recuerdos de un viñedo ya olvidado. Porque al fin y al cabo el camino más corto para despertar recuerdos es el aroma.

Es un gran vino.

Una grandeza que se agranda porque a estas alturas no toda botella responde al descorche como debe. Pero ésta, la número 1847 de las solo 2000 que se embotellaron, ha salido excelente. Transmite el trabajo inmenso de mi padre y la valentía de mi hermano, que se atrevió donde el padre no pudo. 

Esta botella salva a la familia. Salva el legado. Un vino, que en su juventud, Parker lo puntuó con más de noventa puntos.

Hoy se saldría de la escala, pero es tan exclusivo que ni Parker puede ya probarlo.

Y lo disfrutas. Lo gozas. Y en medio del disfrute sitofílico —porque hay también una receta improvisada en la mesa que ha salido bien, y está Eva enfrente— levantas un momento la cabeza hacia el mundo y ves cosas que brillan. El papa León XIV ha presentado hoy su nueva encíclica, Magnifica humanitas, sobre la necesidad de desarmar las lógicas de exclusión y de dominio, frente a la inteligencia artificial.

Que el Islam celebra estos días el Hach, la gran peregrinación a la Meca, y que millones de fieles rezan allí por la paz.

Que la guerra de Irán parece entrar en tregua. Y que hace, además, un día hermoso.

Estoy en casa con mi mujer. He cocinado una receta improvisada. Nada amenaza. Todo esta bien.

Es un buen día.

Leave a Comment