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HISTORIA DE LA VENTA ENCANTADA QUE NADIE DESENCANTABA

HISTORIA DE LA VENTA ENCANTADA
QUE NADIE DESENCANTABA

con otros sucesos dignos de ser sabidos

escrita por

D E L E N D A

Per aspera ad astra

Impresa sin licencia, en imprenta sin pie ni nombre

Año de MMXXVI

L I C E N C I A   Y   N I H I L   O B S T A T

Yo, el censor a quien esta historia fue remitida por mandado del Consejo, certifico haberla leído de la primera letra a la última, y no haber hallado en ella cosa contra la fe ni contra las buenas costumbres, sino solamente contra la administración del reino, que no es artículo de fe aunque algunos la tengan por tal. Y con todo no la apruebo, ni la desapruebo, ni la devuelvo, sino que la retengo en mi mesa hasta que el autor me traiga tal cosa y aquesta otra, que ya le diré cuáles.

Firmado en el palacio, a la hora de la siesta.

A D V E R T E N C I A   D E L   A U T O R

Y como la licencia no llega, ni ha de llegar, y el autor es hombre de pocos años por delante y de menos paciencia, sale esta historia sin ella, impresa en imprenta sin pie ni nombre, cual libelo, que es como salen en este reino las verdades cuando el que ha de firmarlas duerme. El lector que la halle sin sello no la tenga por falsa, sino por urgente.

 

C A P Í T U L O   P R I M E R O

Que trata de la condición y ejercicio de cierta Mutua, y de la venta que edificó y no abrió

En un lugar de Galicia, de cuyo nombre no quiero acordarme aunque sea Santiago, había no ha mucho tiempo una Mutua de las duchas en andamio caído, brazo roto y parte de baja, que tenía por oficio remendar a los que se despeñaban de las obras y devolverlos, con la ayuda del Apóstol, a despeñarse de nuevo. Y aconteció que esta Mutua, con más ánimo del que suele verse en estas casas, determinó levantar una venta nueva, con aposentos luminosos y máquinas que veían los huesos a través de la carne, cosa que en tiempos del Cid hubiera sido nigromancia y hoy se llama radiología. Quedó la venta acabada cuando caían las primeras nieves de enero. Toda ella belleza y oropel.

Mas la venta no abrió.

A tres calles de allí seguía en pie la venta vieja, con las paredes fatigadas, las goteras con nombre propio y una máquina de ver huesos que ya no veía cosa alguna, ni hueso ni carne ni razón. De suerte que hubo dos ventas para un solo menester, y ninguna lo cumplía cabalmente: la una envejecía sin que nadie entrase, y la otra envejecía porque entraban todos. En la nueva, las máquinas consumían su garantía a oscuras, como velas encendidas en aposento vacío; en la vieja, los dolientes consumían su paciencia a la luz. Y cada mes la Mutua pagaba por la venta cerrada un alquiler digno del rescate de un príncipe, sin que pie alguno hollase sus baldosas.

No había en ello misterio de encantadores. El oro estaba gastado, las máquinas puestas, los físicos contratados. Faltaba solamente la cosa más barata del reino y la más rara: alguien con ánimo de decidir.

C A P Í T U L O   S E G U N D O

De la escribana del palacio y de las muchas y peregrinas cosas que pidió

Servía en el palacio del Consejo de Sanidad una escribana cuyo único oficio era asentar en un pergamino que la venta podía abrirse. Pero aquesta escribana tenía a su propia pluma más miedo que a la muerte, de manera que cada vez que la Mutua comparecía ante ella con sus papeles, decía la escribana:

—Traedme tal cosa.

Y la Mutua traía la tal cosa. Y la escribana, sin mirarla, decía:

—Traedme aquesta otra.

Ocho meses duró el negocio, y cada mes trajo lo suyo.

Al primer mes pidió la escribana los antecedentes penales de los físicos que habían de servir en la venta, como quien quiere saber si son ladrones de oficio antes de dejarlos cruzar la calle. Y eran los mismos físicos que llevaban años curando en la venta vieja, con el mismo sello y la misma licencia del rey, y no había pergamino en todo el reino que tal cosa exigiese para abrir una puerta. Trajéronse de todos modos. Y como los antecedentes penales caducan a los tres meses, cuando llegó el postrero ya estaban caducados y hubo que pedirlos de nuevo, por si alguno de los físicos se hubiese vuelto ladrón mientras aguardaba.

Al segundo mes pidió certificación de a qué altura del suelo pendían los extintores. No de que los hubiese, que eso constaba ya, sino de la altura, en palmos y con sello, como si un extintor colgado un dedo más arriba o más abajo hubiese de apagar otro fuego. Envió la Mutua un alarife con su vara, y el alarife midió, y dio fe con firma y rúbrica de que los extintores pendían a la altura a que suelen pender los extintores, cosa que hasta entonces nadie había puesto en duda, ni siquiera la escribana.

Al tercer mes quiso saber cuántos caños de agua tenía la venta nueva, y la Mutua los contó uno por uno, como quien cuenta ovejas. Luego quiso saber cuántas letrinas, y también las contó, y añadió por cautela el número de asientos, por si la escribana hiciese distingo entre letrina y asiento, que en efecto lo hacía, y con mucha ciencia, como si en aquella cuenta le fuese la salvación del alma.

Al cuarto mes pidió la anchura de las puertas, y no de las principales solamente, sino de todas cuantas puertas hubiese en la venta, sin exceptuar las de los armarios, que en buena ley no son puertas, pues nadie pasa por ellas, si no es que la escribana tuviese por cierto que algún doliente había de guardarse dentro entre las sábanas, como se guarda la capa cuando entra el verano. Midiéronse, y se halló que cada puerta tenía la anchura de su puerta, ni más ni menos.

Al quinto mes pidió cuenta del aire, y no de cualquier manera, sino en varas cúbicas, y de cuánto de él movía la ventilación de la venta en una hora. Aquí tardó la Mutua más que en lo demás, porque el aire no se deja contar como los caños ni medir como las puertas, y hubo que traer de fuera un maestro en el arte de los números, que se sentó a la mesa con papel y tinta y pasó tres días calculando cuánto aire había de respirar una venta que nadie respiraba, y llegó a un guarismo, y lo firmó, y nadie supo nunca si era verdad, ni la escribana lo preguntó, que le bastaba con que fuese guarismo.

Al sexto mes puso la escribana los ojos en la máquina de ver huesos, y quiso saber por qué arte veía lo que veía. Enviáronle el libro donde el fabricante lo explica, que ella no leyó. Quiso saber luego quién la había fabricado, y enviáronle el nombre, que era de tierras de allende los montes o de más allá. Quiso saber, en fin, de cuántas piezas se componía, y esto ya no lo sabía nadie: ni la Mutua, ni el alarife, ni el maestro de los números, ni el mismo fabricante, que respondió desde su lejano país, en carta muy cortés, preguntando para qué diablos quería saberlo una mujer que no había de desarmarla nunca.

Del séptimo mes no hay quien se acuerde de lo que pidió, y yo tampoco lo pondré, porque para entonces la Mutua había dejado de preguntar el porqué de las cosas y las traía sin más, como Sancho cargaba con la bacía sin meterse en si era yelmo o no lo era.

Y al octavo, cuando la Mutua compareció con todo —los antecedentes recién sacados, la altura de los extintores con la fe del alarife, la cuenta de los caños, de las letrinas y de los asientos, la anchura de todas las puertas hasta las de los armarios, el guarismo del aire, el libro de la máquina, el nombre del fabricante de allende los montes y una carta muy comedida en que se pedía perdón por ignorar el número de las piezas—, la escribana lo miró todo, lo selló todo, y dijo:

—Traedme tal cosa.

Y era la misma tal cosa del primer mes, que ya había caducado.

Porque en ningún momento le había importado la respuesta, sino la pregunta. Mientras hubiese pregunta abierta, la venta cerrada era culpa de otro.

No era celo lo de la escribana, que el celo se conoce en que acaba. Era el encantamiento más antiguo de la administración del reino, más viejo que el de Merlín: cuando no sabes decir sí y no osas decir no, dices «traedme otra cosa», y cada cosa que pides te compra tres meses de inocencia. Si la venta se pudre, no la pudrió ella; la pudrió la Mutua, que tardó en traer. No tramitaba la escribana una venta. Tramitaba su propia irresponsabilidad, y en eso, justo es decirlo, era diligentísima.

C A P Í T U L O   T E R C E R O

De los Duques de la Mutua, y de la puerta franca de que no usaron

Pensará vuesa merced que la culpa era toda de la escribana, y sería consuelo pensarlo. Mas por encima de la escribana estaban los Duques de la Mutua, señores de mucha renta y de mucho ocio, que tenían silla en la antecámara del Consejero de Sanidad y entrada franca en su cámara, sin que portero ni alguacil les preguntase a qué venían. Podían llegarse hasta él cualquier mañana. Podían pedir audiencia y se les daría antes de acabar de pedirla. Podían, en el peor de los casos, preguntarle por qué.

No fueron.

Y aquesto ya no es pereza de escribana, sino de quien tiene señorío precisamente para eso: que un Duque no está en el mundo sino para convertir un pergamino atascado en una palabra al oído del Consejero. Y unos Duques que ven pudrirse una venta con un millón de escudos en máquinas dentro, y pagan cada mes el rescate del alquiler, y no se levantan de la silla, no gobiernan sus estados: los miran, como mira el lisiado la obra arrimado a la valla. Con la diferencia de que al lisiado nadie le paga por mirar, y los Duques hacen de ello su renta.

La razón era la misma que la de la escribana, un piso más arriba: quien se llega a la cámara del Consejero hace ruido. Quien hace ruido puede ser visto. Quien no hace nada, nadie lo ve. Y en un reino donde no hacer nada jamás costó cabeza alguna, no hacer nada es el modo más seguro de conservarla sobre los hombros y el ducado sobre la cabeza. Como diría Quevedo si hubiera conocido a estos Duques:

Quien nada hace, nada yerra;

y muere en cama, no en guerra.

C A P Í T U L O   C U A R T O

De la ventera, que arremetió contra los molinos y aún no ha caído

Y con todo, en aquel reino de dormidos había una que no dormía.

Era la ventera de la venta vieja, mujer de mucho gobierno y de pocas palabras, a quien obedecían mozos, ollas y físicos por igual, y que conocía cada gotera de la casa por su nombre de pila y de qué pie cojeaba cada aposento. Había visto alzarse la venta nueva piedra sobre piedra desde su ventana, como quien ve crecer a un hijo, y desde el día en que se asentó la última no había tenido otro cuidado ni otro sueño que verla abierta. Y decía la gente que la nueva era venta, y ella porfiaba en que era castillo, y en aquesta porfía, y no en otra, estaba todo el cuento.

Ella fue la que llevó a la escribana los antecedentes, y después la fe del alarife sobre los extintores, y la cuenta de los caños y de las letrinas, y la anchura de las puertas, y el guarismo del aire. Ella buscó al alarife y al maestro de los números, y ella escribió de su puño al fabricante de allende los montes, y ella leyó la carta muy cortés en que el fabricante preguntaba para qué diablos. Ella subió, una vez y otra y otra, la escalera de la casa de los Duques para decirles que la cámara del Consejero estaba franca y que no había sino cruzarla, y que ella misma la cruzaría si le daban licencia. Y los Duques la oían con la cabeza ladeada, como se oye a quien viene con enojos a la hora de la siesta, y le decían que sí, que muy bien, que se vería, y volvían a la siesta.

Y cada vez que la ventera daba un paso, alguien le echaba la zancadilla. La escribana con otra cosa; los Duques con otro «ya se verá»; el reino entero con otro pergamino. Tropezaba, se levantaba, tornaba a subir la escalera. Llamábanla porfiada en la casa de los Duques y pesada en el palacio del Consejero, que es como llaman los dormidos a quien no les deja dormir.

Y aquí he de decir lo que se murmuraba, sin afirmarlo, que no soy yo quien lo ha de probar: que no todas las zancadillas venían del descuido. Que en la casa de los Duques había quien, Duque o Duquesa, veía con buenos ojos que la venta no abriese, porque una venta abierta con una ventera dentro que la había abierto era una ventera demasiado crecida, y a los señores no les gusta que nadie crezca en sus estados sin su licencia. Que la venta cerrada pesaba menos en el ánimo de algunos que la ventera triunfante. No lo sé de cierto. Sé que cuando ella bajaba la escalera con otro «ya se verá», había arriba quien respiraba mejor.

Y por eso, y no por locura, la venta nueva era para ella castillo y no venta: porque lo que a los demás les parecía una casa de curar con una puerta cerrada, ella sabía que era una plaza, y que había quien la defendía desde dentro. Y como aquel hidalgo de la Mancha, seguía arremetiendo contra los molinos, con la diferencia de que los suyos no eran gigantes soñados sino escribanas verdaderas y Duques de carne, que es peor, porque los gigantes al menos no piden documentación ni sonríen cuando uno tropieza.

No lo había conseguido. A la fecha en que se escribe esta historia, la venta nueva seguía cerrada, la vieja seguía goteando, y ella seguía subiendo escaleras con el gesto de quien no piensa dejar de subirlas. Era la única persona del reino que podía decir, sin mentir, que lo había intentado; y era también, si lo que se murmuraba tenía algún fundamento, la única a quien alguien tenía interés en que no lo consiguiera, que es otra manera de ser importante. Y en una historia donde todos los demás miran, eso basta para ser protagonista, aunque el cronista no sepa todavía si de comedia o de tragedia se trata, que eso lo dirá el final, cuando lo haya.

C A P Í T U L O   Q U I N T O

Donde el autor deja por un rato a la ventera con sus escaleras y pasa a la venta de Boiro, historia aparte pero no ajena

Tenía la Mutua, camino de la mar, otra venta más pequeña en el lugar de Boiro, que era a la de Santiago lo que el escudero al caballero: dependía de ella en todo, se abastecía de sus físicos, le enviaba los dolientes que no podía curar y recibía de vuelta los que ya estaban curados o desahuciados. Los físicos iban y venían de la una a la otra por un camino de una hora, de modo que lo que se aprendía en Santiago se hacía costumbre en Boiro antes de la semana, y lo que se toleraba en la grande se daba por ley en la chica.

Llegaron por aquel tiempo a la venta de Boiro los mancebos, físicos mozos con el título fresco y la bata sin estrenar, de esos que traen la ciencia entera en la cabeza y ninguna noticia de cómo se usa. Miraron en torno la primera semana, como miran los niños recién llegados a casa ajena para saber qué se consiente y qué no. Vieron que la enfermera no venía hasta pasadas las nueve, cuando el marinero llevaba desde las siete y media con la mano abierta. Supieron por los físicos que venían de Santiago que allí la máquina de huesos estaba apagada y nadie corría a remediarla, y que la venta nueva era historia que se contaba a la hora del café, como la de la Cueva de Montesinos, y con el mismo crédito. Vieron que ningún maestro alzaba la voz por cosa alguna, salvo una ventera que estaba a una hora de camino, a quien todos oían y nadie escuchaba.

Y sacaron de todo ello, con la lógica que Dios da a los mozos para lo que les conviene, que llegar a las ocho era extravagancia de hidalgo pobre, de los que llegan a misa antes que el cura por no tener otra cosa que hacer. Así que desde el primer día llegaron a las nueve y cuarto, y con el tiempo a las nueve y media, y al saludo de la mañana le fueron quitando primero el buenos días, luego la mirada, y al cabo el sombrero. No lo hacían por malicia, que no la tenían todavía, sino porque habían entendido cabalmente la venta. Que una venta enseña con lo que consiente, no con lo que escribe en la tablilla de la entrada, y aquella lo consentía todo, hasta el olvido de las buenas maneras, que es lo primero que se pierde y lo último que se recobra.

Y en aquellas nueve y cuarto, y en aquel sombrero que ya no se quitaba, estaba ya formado, sin que nadie lo viese, el Duque de dentro de veinte años.

C A P Í T U L O   S E X T O

Donde se declara el nombre del encantamiento

Tenía nombre el encantamiento, aunque nadie lo pronunciase en voz alta, que los encantamientos pierden fuerza en cuanto se les nombra: llamábase Miedo. Y no era el miedo grande, el del gigante Caraculiambro, que se ve venir de una legua y se acomete con lanza y, si se pierde, al menos se pierde con honra. Era el miedo menudo y de puertas adentro, el que no tiene gigante ni tiene lanza: miedo a poner la firma al pie de un papel, miedo a llegarse a la cámara del Consejero, miedo a decir en junta que un pergamino es necedad cuando lo es, miedo a hacer cosa alguna que no esté ya escrita en alguna parte, aunque sea la que a todas luces se debe hacer. Y cada uno tenía el suyo y lo excusaba con el del que estaba encima: la escribana con el del Consejero, los Duques con el del Rey, y el Rey, si lo había, con el de Dios, que es el único que no tiene a nadie encima y por tanto el único que no tiene excusa.

Y el pergamino escrito vino a ser escondrijo: nadie fue jamás castigado por cumplirlo aunque el resultado fuese desastre, y muchos lo fueron por saltárselo aunque el resultado fuese bueno. Con tales reglas, hasta un niño sabe qué hacer: nada.

Mas una casa de curar no puede consentir tal encantamiento, porque los dolientes no llegan según el pergamino ni piden hora al Consejero. No cae el hombre del andamio a la hora que se le señala, sino a la que le viene. No se rompe la máquina de huesos por el procedimiento, sino por la mañana y en martes. No abre la venta por sí sola, por más que se la mire. Y una casa donde nadie mueve un dedo fuera de lo escrito no es casa prudente, por más que así se llame a sí misma: es un cuerpo que ya no responde cuando se le pincha la planta del pie, y para eso los físicos tienen otra palabra, que no es prudencia, y que no pronuncian delante del enfermo.

C A P Í T U L O   S É P T I M O

Del precio del encantamiento, y de quién lo paga

No salía de balde el encantamiento, aunque no lo asentase ningún libro de cuentas, que los libros de cuentas solo saben de lo que se paga y no de lo que se debe. Cada hueso quebrado que se descubría cuatro días tarde porque la máquina no veía, cada mano abierta que aguardaba en Boiro a que diesen las nueve, cada consulta que empezaba cuando el mancebo acababa de llegar, era un pleito que se iba escribiendo solo, letra a letra, en un cajón que nadie abría. Y el día que aquel cajón llegase ante el juez, «la máquina estaba rota» sería respuesta verdadera y defensa de muy mala ley, porque el juez, que para eso es juez, preguntaría luego desde cuándo, y por qué nadie la remedió, y quién lo sabía; y la única respuesta honrada sería que lo sabían todos y no lo osó preguntar ninguno, que es la peor respuesta que se puede dar en un tribunal y la más frecuente.

Sabíalo bien el que esto escribe, físico viejo del reino que se gana parte del pan poniendo por escrito tales pleitos para que los lean los jueces, y que ha visto más cajones de aquellos de los que quisiera. Y sabía también, porque lo ha visto pagar, que la cuenta no saldría de la bolsa de Duque alguno, sino de los gremios y mercaderes que sostienen la Mutua con sus cuotas, que son los que ponen el dinero y no ponen las firmas. Que era, punto por punto, la razón de que los Duques siguiesen siendo Duques, y de que el que esto escribe siga teniendo trabajo.

C A P Í T U L O   Ú L T I M O

Que no es final, sino deseo

Las historias de caballerías acaban con un caballero que llega, deshace el encantamiento y despierta a la corte entera. Esta no tiene final todavía, y así no puede tener sino deseo.

Que llegue alguien. No es menester que sea caballero ni que traiga rocín, ni que venga de la Mancha. Basta con que tenga pluma y mano firme. Que entre en la casa de los Duques sin que lo anuncien, y de allí se llegue a la cámara del Consejero sin pedir licencia a nadie. Que se plante ante la escribana, con cortesía y con testigos, y le pregunte qué pergamino del reino exige antecedentes penales para abrir una puerta, y aguarde la respuesta de pie y sin sentarse hasta que la escribana entienda que esta vez no habrá tal cosa ni aquesta otra. Que abra la venta. Que remedie la máquina de huesos. Que ponga a la enfermera de Boiro a las ocho. Y que le diga al mancebo de las nueve y cuarto que en esta casa se entra a las ocho y con el sombrero en la mano, no porque lo mande la tablilla, sino porque a las siete y media alguien se ha caído de un andamio.

O que no llegue nadie, y sea todo más llano: que alguien, al cabo, le dé a la ventera la pluma que lleva ocho meses pidiendo, y la licencia para cruzar la cámara del Consejero que lleva ocho meses ofreciéndose a cruzar. Porque el caballero de esta historia ya está dentro, subiendo escaleras con la lanza rota y la venta por castillo, y no le falta valor, ni razón, ni ganas: le falta solamente que la dejen firmar.

Y hasta que tal cosa acontezca, la venta nueva seguirá cerrada y la vieja goteando, los Duques seguirán en la siesta, la escribana seguirá pidiendo tal cosa y aquesta otra, los mancebos seguirán llegando a las nueve y cuarto sin quitarse el sombrero, y todos, absolutamente todos, seguirán muy ocupados terminando el papeleo.

Y el que esto escribe seguirá cobrando por contarlo, que no es consuelo, pero es verdad.

Vale.

D E L E N D A

Per aspera ad astra

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