Anatomía de un orden que muere y del que pugna por nacer
I. El cadáver institucional
El orden internacional nacido en 1945 no está en crisis: está clínicamente muerto y administrativamente vivo, que es la peor combinación posible.
Su síntoma más elocuente es el Consejo de Seguridad de la ONU, una fotografía de agosto de 1945 que sigue colgada en el salón de 2026. Los cinco asientos con derecho de veto reflejan quién tenía tropas en Berlín y bombas en desarrollo hace ochenta años, no quién sostiene hoy el mundo.
El caso francés es el más pedagógico. Francia cayó en seis semanas en 1940, perdió la guerra y acto seguido colaboró institucionalmente a través de Vichy, y aun así obtuvo zona de ocupación en Alemania y asiento permanente. No fue reconocimiento de méritos bélicos sino un acto de generosidad estratégica anglosajona: Churchill empujando, Roosevelt tragando con desgana, y De Gaulle recogiendo el premio de una guerra que su país no ganó. Ochenta años después, el veto sigue ahí, blindado por el diseño mismo de la Carta: reformarla exige el consentimiento de los vetados. Nadie renuncia voluntariamente a un privilegio. Es el candado perfecto.
Rusia representa la patología inversa. Heredó el asiento soviético en 1991 tras la caída de la URSS mediante una ficción jurídica —la «continuidad» de esa misma URSS ya cadáver— que nadie impugnó, y hoy emplea el veto para bloquear la condena de una guerra de agresión que ella misma inició. Es el árbitro jugando el partido. Que además lo juegue mal —economía de guerra hipotecada a China, demografía en caída libre, un ejército desgastado intentando ocupar un país que debía caer en tres días— solo subraya el absurdo: una potencia en declive estructural con capacidad de parálisis institucional total a nivel mundial. Sus únicas cartas serias son el arsenal nuclear y el propio veto: el expulsable veta su expulsión. El candado, otra vez, perfecto.
Y China es la anomalía simétrica: hasta 1971 su asiento lo ocupó Taiwán, un islote representando a ochocientos millones de personas que gobernaba Mao. Hoy esa China es la segunda economía del planeta, la primera flota por número de cascos y el único desafío hegemónico real a Estados Unidos. Curiosamente, es, junto a Estados Unidos, el único miembro permanente cuyo peso actual justificaría el asiento. El resultado de esta mezcla asimétrica es un orden zombi: instituciones que siguen en pie porque nadie puede reformarlas y nadie se atreve a derribarlas, pero que ya no ordenan nada. Un historiador lo llamaría interregno. Gramsci añadiría lo del claroscuro donde surgen los monstruos.
II. La aritmética del declive
Ray Dalio, que lleva medio siglo midiendo imperios con ábaco de contable, ha puesto números al velatorio. El gobierno estadounidense gasta siete billones de dólares e ingresa cinco: un sobregasto del cuarenta por ciento que debe financiarse en un mercado de bonos donde los compradores extranjeros —China al frente— reducen posiciones. Ese sobregasto solo es posible por el privilegio exorbitante del dólar: Estados Unidos es el único país que financia sus déficits en una moneda que imprime él mismo, mientras el mundo hace cola para prestarle barato porque no hay dónde más aparcar el ahorro planetario. El privilegio no se pierde por decreto —la libra esterlina tardó medio siglo en morir como moneda de reserva, de 1914 a Suez— pero se erosiona por goteo: cada sanción que congela reservas ajenas enseña que el dólar es también un arma, y cada banco central que acumula oro emite un voto silencioso de desconfianza. El castillo no se derrumba: se queda sin visitas. Dalio lo llama «guerras de capital»: cuando hay conflicto geopolítico, ni siquiera los aliados quieren sostener la deuda del otro. Es lógico, es factual, y se repite a lo largo de la historia. Su diagnóstico sitúa la configuración actual como análoga a la de 1905-1914 y 1933-1938, y señala la ventana entre las legislativas de 2026 y las presidenciales de 2028 como el período de máxima vulnerabilidad americana: presión fiscal, refinanciación masiva y bloqueo político convergiendo en el mismo trienio.Cabe la objeción seria: el modelo cíclico de Dalio es elegante pero difícilmente falsable; lleva anunciando el colapso desde 2019 y siempre puede recorrer la fecha. Concedido. Pero que el profeta sea reincidente no absuelve a la aritmética. Un imperio que financia su hegemonía con la deuda que le compra su rival estratégico ha construido su trono sobre la cortesía del enemigo. Y la cortesía, en geopolítica, es un bien perecedero.
III. Tres movimientos sobre el tablero
Ejercitemos la política-ficción con rigor de escenario, que es como se debe ejercitar: no preguntando qué pasará, sino qué pasaría y a quién le costaría más.
Primer movimiento: Ormuz. Estados Unidos toma el estrecho —la V Flota existe para eso— y cede su administración a Arabia Saudí y Emiratos. Jugada elegante sobre el papel: americaniza el resultado sin americanizar la ocupación. Pero esconde una ironía estructural que casi nadie enuncia: el mayor cliente del petróleo que cruza Ormuz es China, que importa por ese embudo más del cuarenta por ciento de su crudo, mientras Estados Unidos es prácticamente autosuficiente. Washington gastaría sangre y tesoro en asegurar la yugular energética de su rival. Salvo que esa sea exactamente la jugada: no proteger el estrecho, sino tener la mano en el grifo. Un Ormuz bajo tutela saudí-emiratí con garantía americana es, en la práctica, una llave de estrangulamiento sobre Pekín.
Segundo movimiento: Rusia. El colapso por agotamiento social, no por derrota militar. Es el patrón histórico ruso: las autocracias de Moscú no caen en el frente, implosionan en la retaguardia con la guerra como catalizador —1905, 1917, 1989—. Pero cuidado con el espejismo del recambio: quien suceda al actual inquilino del Kremlin saldrá del mismo aparato —servicios, ejército, oligarquía sancionada— y heredará el mismo problema: cómo vender la retirada sin que lo cuelguen. El resultado probable no es una Rusia democrática sino una Rusia-Weimar: resentida, con capacidad nuclear y con relato de puñalada por la espalda. La escalada convencional hacia Europa es descartable por una razón prosaica: no se sostienen dos frentes cuando apenas se sostiene uno. La amenaza real post-Ucrania no es el tanque en Polonia; es el sabotaje barato, el cable submarino cortado, la elección envenenada.
Tercer movimiento: Taiwán. Si Estados Unidos ha gastado capital en Ormuz y Rusia ya no distrae a nadie, Pekín tiene ventana y reloj: demografía menguante, economía desacelerando y un líder que ha atado su legado a la reunificación. Pero «tomar Taiwán» es el eufemismo más caro de la historia militar: un desembarco anfibio contra ciento treinta kilómetros de estrecho hostil y un defensor que lleva setenta años preparándolo. La opción realista no es Normandía sino Leningrado: bloqueo, cuarentena, estrangulamiento sin primer disparo, obligando a Washington a elegir entre disparar primero o tragar el hecho consumado.
IV. El nido roto
Y aquí el tablero cruje, porque el premio de Taiwán es un espejismo. TSMC fabrica en torno al noventa por ciento de los semiconductores avanzados del planeta, pero las fábricas no son el activo: son la carcasa. El activo es el conocimiento tácito de decenas de miles de ingenieros que saben por qué el rendimiento cae un dos por ciento cuando cambia la humedad — cosas que no figuran en ningún manual. La doctrina del «nido roto», formulada en 2021, propone hacer creíble que una invasión entrega a Pekín un solar humeante. Ni siquiera haría falta demolición espectacular: los equipos de litografía extrema de ASML exigen mantenimiento y recalibración remota desde Holanda; basta cortar el soporte para que en semanas sean esculturas de doscientos millones de euros. China capturaría un hardware que no sabe operar, sin acceso a máquinas nuevas —vetadas desde 2019— y sin los consumibles ultrapuros que vienen de Japón.
La variable decisiva son las personas, y por eso en los planes de contingencia americanos se ha discutido abiertamente la evacuación prioritaria del personal clave de TSMC. Traducción: los ingenieros son material estratégico, como los científicos alemanes en 1945. Operación Paperclip con obleas de silicio. Estados Unidos no ganó la carrera espacial por sus fábricas, sino por Von Braun y cien hombres de Peenemünde. Taiwán, bien jugado, no es el premio de la guerra: es la dote que se quema antes de la boda forzada, mientras la novia huye con el saber hacer en la cabeza.
La distinción que casi nadie hace completa el cuadro: el arsenal occidental clásico no necesita nodos de vanguardia. Un misil funciona con tecnología de hace quince años, fabricada en fundiciones certificadas en suelo americano desde 2004. Lo que sí exige vanguardia es la inteligencia artificial militar —la guerra algorítmica, los enjambres, la fusión de sensores—, y para eso Arizona ya produce a cuatro nanómetros, con capacidad que, requisada bajo la Defense Production Act, sobra para el cliente militar: Apple sola consume más obleas que cien Pentágonos. En guerra harían cola los teléfonos, no los misiles. China, en cambio, tiene el problema invertido: chips maduros de sobra para su ejército convencional y un muro infranqueable por debajo de los siete nanómetros para su ambición algorítmica. Conclusión incómoda para Pekín: el incendio del nido empuja a los pájaros, el conocimiento y la ventaja hacia el lado contrario. Pocas veces una conquista territorial habrá salido tan cara al conquistador.
V. El descifrador universal
Queda la pieza que corre por debajo de todas las demás: la computación cuántica. No es un estrangulamiento más —todavía no existe un ASML cuántico al que agarrar del cuello—, es la bomba de relojería criptográfica del sistema entero. La computación capaz de romper el cifrado actual queda a años vista, pero no necesita existir para ser ya un arma: la doctrina se llama harvest now, decrypt later, y consiste en aspirar hoy el tráfico cifrado del adversario para leerlo el día que la máquina llegue. Cada cable interceptado es un cheque al portador con fecha de cobro futura. El «día Q» no será un evento: será el descubrimiento retroactivo de que veinte años de secretos ya estaban comprometidos. Por eso Washington ha ordenado la migración federal a criptografía poscuántica, y por eso Pekín —que lidera en comunicaciones cuánticas con satélite y red terrestre propios— construye su seguro defensivo mientras espera su propia máquina.
La aplicación más próxima es, además, la más corrosiva para el equilibrio del terror: sensores cuánticos con sensibilidad teórica para detectar submarinos sumergidos. Si el océano se vuelve transparente, muere la pata más segura de la tríada nuclear y se tambalea la destrucción mutua asegurada tal como la conocemos desde los sesenta. Y la ironía final: la cuántica depende de la microelectrónica clásica —electrónica criogénica, corrección de errores, computación de apoyo—, de modo que quien gane la carrera de los semiconductores tiene media escalera cuántica subida. No son carreras paralelas: son la misma.
VI. Diagnóstico
El orden que agoniza era un equilibrio de territorios y vetos. El que pugna por nacer es un duopolio de tráqueas: Estados Unidos con la mano en la energía y en la litografía, China apretando las tierras raras y la manufactura, y cada uno calculando cuánto puede estrangular sin ser estrangulado. No es la bipolaridad de la Guerra Fría, que era estable precisamente porque el terror era simétrico y lento. Esto es más inestable, porque los estrangulamientos premian al que aprieta primero. Los chips deciden quién fabrica el futuro; la cuántica decide quién lee el pasado del otro. Y en inteligencia, leer el pasado del adversario suele bastar para ganarle el presente.
La pregunta, pues, no es si el orden de 1945 muere: lleva años muerto y aunque sin certificar. La pregunta es si su sucesor nace por negociación o por colisión.
La historia, que es una forense con poca fe en la diplomacia, casi siempre ha firmado lo segundo.
Habra un choque militar convencional entre los EEUU y China?
ES una pregunta que legítimamente te puedes haber planteado, estimado lector. Y sin ser guru de nada, aquí va mi respuesta.
Descartarla del todo, no; descartaría la versión que la gente imagina. Conviene separar tres escalones, porque «guerra convencional» cubre cosas muy distintas.
El primero, la guerra total convencional —flotas hundiéndose, bases arrasadas, movilización industrial—, es improbable pero no imposible, y el propio Dalio da la razón de la improbabilidad: ambos saben que conduce a destrucción mutua, y no solo nuclear. La disuasión aquí es doble: la atómica clásica y la económica —dos economías tan entrelazadas que la guerra sería un suicidio comercial simultáneo: China perdería a su mejor cliente y EEUU a su fábrica y a su acreedor. Es la versión siglo XXI del argumento de Norman Angell en La gran ilusión (1910): la interdependencia hace la guerra irracional. El problema, como sabes, es que Angell publicó sus conclusiones cuatro años antes de del asesinato de Sarajevo (inicio de la 1º Guerra mundial, un crack pronosticando , aquí el amigo).
La irracionalidad nunca ha sido obstáculo suficiente. Pero parece improbable.
El segundo escalón es el choque limitado y accidental, y ese no solo no lo descarto: lo considero el escenario más probable de la próxima década. Buques rozándose en el mar de China Meridional (ya hay colisiones documentadas entre guardacostas chinos y filipinos, con tratado de defensa EEUU-Filipinas de por medio), un derribo aéreo tipo Hainan 2001 (1)— que no fue propiamente un derribo, pero sirve de ejemplo —pero con muertos, un incidente durante una “cuarentena” de Taiwán por parte de la armada China. Aquí el peligro no es la intención sino la escalera: ambos bandos tienen doctrinas que premian pegar primero —EEUU necesita neutralizar los misiles antibuque chinos en tierra firme antes de acercar sus portaaviones, y China necesita cegar los satélites y hundir los portaaviones antes de que se acerquen. Cuando las dos doctrinas dicen «el que dispara primero gana», cada crisis lleva un acelerador incorporado. La Guerra Fría tenía teléfono rojo, décadas de protocolos y una frontera clara en Europa; en el Pacífico occidental no hay nada equivalente consolidado, y los canales militares directos se han cortado varias veces por rabietas diplomáticas.
El tercer escalón es el que ya existe: la guerra convencional por delegación y por debajo del umbral. Ciberataques a infraestructura (los americanos llevan años denunciando implantes chinos en redes eléctricas y de agua — Volt Typhoon), sabotaje de cables, presión sobre aliados, y llegado el caso armas americanas en manos taiwanesas matando soldados chinos sin que ningún americano apriete el gatillo — el modelo Ucrania aplicado al estrecho. Esa guerra no hay que pronosticarla: hay que fecharla en pasado.
Así que mi respuesta a tu pregunta sería: el choque directo deliberado es improbable por disuasión doble; el choque directo accidental con escalada limitada es plausible y creciente; y la clave de que lo limitado no se vuelva total es, otra vez, Taiwán — porque es el único escenario donde ambos podrían convencerse de que el premio justifica el precio. Por eso tu tablero de política-ficción del otro día no era ficción del todo: la cuarentena de Taiwán es exactamente el tipo de jugada diseñada para quedarse en el escalón dos obligando al otro a decidir si sube al tres. Y las guerras grandes rara vez empiezan con una declaración; empiezan con alguien calculando mal en qué escalón está.
Francisco Guitián Lema 2026
(1)–
El 1 de abril de 2001, un avión espía americano EP-3E ARIES II volaba una misión rutinaria de inteligencia de señales en espacio aéreo internacional, a unos 110 km de la isla china de Hainan. Dos cazas J-8 chinos salieron a interceptarlo, algo habitual, pero el piloto de uno de ellos, Wang Wei, tenía fama documentada de hacer intercepciones temerarias — los americanos ya se habían quejado formalmente de él, existían fotos suyas acercándose tanto que se le podía leer el cartel que mostraba con su dirección de correo electrónico. Ese día calculó mal: pasó tan cerca que su caza chocó contra el ala y una hélice del EP-3, se partió en dos y cayó al mar. Wang Wei se eyectó pero nunca apareció; China lo convirtió en mártir nacional.
El EP-3 quedó gravísimamente tocado —cayó unos 4.000 metros casi sin control— pero el comandante, Shane Osborn, logró estabilizarlo y tuvo que decidir en segundos: amerizar (probable muerte de parte de la tripulación) o aterrizar de emergencia en el único aeródromo alcanzable… que era la base militar china de Lingshui, en Hainan. Aterrizó sin permiso tras lanzar señales de emergencia que China nunca reconoció haber recibido. La tripulación pasó los minutos del descenso destruyendo a martillazos y tirando por la borda material criptográfico y de inteligencia, aunque no les dio tiempo a todo: los chinos capturaron el avión casi intacto, con equipos de escucha de última generación dentro.
Los 24 tripulantes estuvieron detenidos e interrogados once días. La crisis diplomática fue seria —Bush recién llegado a la Casa Blanca, China exigiendo disculpas formales, EEUU negándose porque volaba en espacio internacional— y se resolvió con una obra maestra de ambigüedad calculada: la «carta de los dos sorrys», donde Washington decía sentir (sorry) la muerte del piloto y sentir que el avión entrara sin permiso verbal, sin admitir culpa alguna. Cada país tradujo el documento a su conveniencia: China lo vendió internamente como disculpa; EEUU como pésame cortés. El avión lo devolvieron meses después, desmontado en piezas y embalado en un carguero ruso, tras haberlo desmenuzado a placer.
