Gallia est omnis divisa in partes tres […]. Horum omnium fortissimi sunt Belgae.
«Toda la Galia está dividida en tres partes […]. De todos ellos, los más valientes son los belgas.»
Julio César, siglo I antes de Cristo. De bello Gallico
Hemos salido de los Países Bajos, vuelto a entrar en Teutonia, y salido de nuevo a los Países Bajos, cosa del capricho de las líneas fronterizas. El cambio de país es cosa sutil, casi etérea: un firme distinto bajo las ruedas, otras matrículas en los coches, poco más. Y ya por fin, Bélgica.
Te das cuenta de que has pasado a Bélgica por varios motivos. El país deja de ser un país bajo y empieza a ser un país alto: hay montañas, y con ellas, curvas. El firme cambia de forma radical: de aquel asfalto suculento y perfectamente peinado de los Países Bajos pasamos a un alquitrán ondulante y remendado, digno de cualquier carretera secundaria española. O peor.
No es que los neerlandeses no noten la degradación sistemática de Europa, que sí la notan. He de decir, con gran desconsuelo, que hemos visto un papel tirado en el suelo. Y no fue recogido hasta la mañana siguiente. Todo un síntoma de deterioro civilizatorio.
El caso es que estamos en Bélgica, tierra de cerveza y galos rubicundos. Y se nota. Las cervezas son mejores, el asfalto es peor y las curvas, por fin, divertidas.
Julio César, en su De bello Gallico, describió a los belgas como los más valientes y fieros de los galos. Pero eso era antes. Bélgica es hoy un país casi artificial, en nada parecido a aquella Bélgica gala de hace dos mil años. Sus fronteras son más políticas que geográficas o culturales: se fundó por decisión de las potencias en 1830, como Estado tapón, para que nadie molestase a nadie.
Y se fundó francófono. Constitución, ejército, judicatura, universidad, administración: todo en francés, incluido Flandes, donde vivía la mayoría de la población. El neerlandés era lengua de campesinos —campesinos si, que hoy son los más ricos de Europa, con una eficiencia agrícola que raya en lo mágico—.
De ahí a hoy, seis reformas del Estado entre 1970 y 2011 han producido una arquitectura sin equivalente en el mundo: tres Regiones, tres Comunidades, competencias que no coinciden, seis gobiernos y un parlamento federal sin circunscripción nacional. No existen partidos belgas: hay partidos flamencos y partidos francófonos, y un ciudadano de Amberes no puede votar a un partido valón. El país ostenta además el récord mundial de días sin gobierno, quinientos cuarenta y uno seguidos, y funcionó exactamente igual. Que es la prueba definitiva de la tesis.
Porque Bélgica es un Estado que ha sustituido la nación por la burocracia. Caro, lento, ilegible. Pero en pie. Y conviene mirarlo con atención, porque es el laboratorio de lo que la Unión Europea intenta ser a escala continental: un espacio sin demos, gobernado por reparto de competencias entre comunidades que no comparten esfera pública, ni medios, ni partidos.
Para entender a Bélgica toca hablar del Congo. Que no fue propiamente belga: fue de Leopoldo II, su rey, a título personal. Dos millones y medio de kilómetros cuadrados —setenta y seis veces Bélgica— que le regalaron en Berlín en 1885 los mismos caballeros que repartían África sobre un mapa mientras brindaban por la abolición de la esclavitud, convencidos de que un rey pequeño de un país tapón no molestaría a nadie. Tenían razón: no molestó a nadie salvo a los congoleños. El hombre no pisó el Congo jamás. Lo administró por correspondencia y por sociedad anónima, con una tropa privada, cuotas de caucho por aldea y un sistema de cumplimiento que consistía en tomar como rehenes a las mujeres y los niños del poblado hasta que este entregaba el peso convenido. Si no se cumplía, se cortaban manos. Las cestas de manos se contaban en los puestos como quien cuadra un inventario.
En 1908, el Parlamento belga le compró la finca a su propio rey. Leopoldo cobró una indemnización por sus sacrificios, mandó quemar los archivos antes de entregar las llaves, y comentó que lo que allí hubiera ocurrido no era asunto de nadie. Con lo ganado se construyó buena parte de la Bruselas monumental que hoy fotografían los turistas. Conviene saberlo.
Y hoy, un siglo después, la policía belga no puede practicar detenciones de madrugada. Uno diría que el remordimiento histórico ha tomado la forma más belga posible: un reglamento. El mismo que, en 2015, impidió a la policía registrar de noche los pisos de Bruselas donde se escondían los autores de los atentados de París, y les regaló las horas que necesitaban para esfumarse.
Pero no hemos venido a Bélgica por sus reglamentos, ni por su rey coleccionista de manos, ni siquiera por su cerveza. Hemos venido por un bosque.
El Bois Jacques, al norte de Bastogne, junto a la aldea de Foy.
Un pinar como cualquier otro de las Ardenas: alto, oscuro, ordenado, con el suelo cubierto de agujas y esa quietud que tienen los bosques aquí. Desde su linde se ve Foy, abajo, en la vaguada, con sus tejados y su campanario, y el campo abierto de por medio. Apenas ochocientos metros de nada. Uno mira ese descampado y ya sabe lo que va a pasar antes de que se lo cuenten.
Diciembre del 44. Los alemanes lanzan su última ofensiva por las Ardenas, un intento desesperado de alcanzar Amberes, partir en dos a los aliados y forzar una paz negociada. O eso era lo que pretendía el paranoico de Hitler.
Bastogne es el nudo: siete carreteras convergen allí, y en un terreno de bosque y nieve, quien no tiene carreteras no mueve blindados. Si Bastogne aguanta, la ofensiva se atasca.
Y a Bastogne mandan lo que hay. La 101, con la Compañía Easy dentro, llevaba veinticinco días en Mourmelon reponiéndose de los setenta y dos de combate de Market Garden, la paranoia de Montgomery —sí, fue esa una guerra con muchas paranoias—.
Los meten en camiones sin ropa de invierno, sin botas adecuadas, sin munición suficiente, y los sueltan en la carretera. Por el camino se cruzan con las tropas que huyen en desbandada, y les piden sus cartuchos. Ese es el detalle que a mí no se me quita de la cabeza: hombres que van hacia el frente pidiendo balas a los que vienen escapando de él. Siempre he admirado, profundamente, esa actitud del que va en dirección contraria al que huye del peligro.
Y se plantaron allí. Cavaron sus agujeros en este bosque y no se movieron. El frío llegó a veintiocho bajo cero. Se congelaban los pies dentro de las botas, se congelaba el agua de las cantimploras, se congelaban los heridos antes de que llegara nadie a buscarlos. Y sobre todo eso, la artillería.
Conviene entender lo que significaba aquel bombardeo, porque no era como en las películas. Los alemanes graduaban las espoletas para que el proyectil reventara en las copas de los pinos, de modo que la metralla y las astillas cayeran hacia abajo, sobre los agujeros —joder, eran listos para la guerra, esos cabrones—. Brillantes soldados al servicio de una causa infame. El pozo, que era el único refugio, dejaba de serlo: la muerte venía del cielo, vertical, y no había forma de agacharse más. De ahí la obsesión de aquellos hombres por techar sus madrigueras con troncos. Ese bosque, tan quieto y tan verde ahora, fue durante un mes la peor trampa de Europa.
Aguantaron.
Hay una frase, atribuida a Winters, dicha cuando le advirtieron de que allá donde iban acabarían rodeados: «Somos paracaidistas. Se supone que tenemos que estar rodeados». Esa frase lo aclara todo. Sabían bien dónde se metían.
Nada como eso lo dijeron los soldados profesionales alemanes, criados para la guerra desde jóvenes por una sociedad dictatorial y militarizada. Lo dijeron un contable, un granjero, un chaval que trabajaba en una gasolinera de Pensilvania. Gente de una sociedad libre, democrática, a la que le tocó ir a apagar un incendio al otro lado del mar, y fueron.
El trozo de bosque que hoy se conserva mantiene aún los pozos de tirador cavados por aquellos hombres. No sé si son los originales o los rehicieron después para mayor gloria del ejército. Lo que sí sé es que está vallado, y que para entrar hay que comprar la entrada en el museo, que te da un código QR con el que un torno giratorio te franquea el paso. Uno peregrina hasta el bosque donde unos chavales murieron congelados por defender la libertad de Europa, y para verlo tiene que pasar por un torniquete como en el metro. En Oosterbeek los niños del pueblo llevan flores gratis a mil setecientas tumbas desde 1945. Aquí te cobran por ver un agujero.
Me temo que están convirtiendo estos escenarios de respeto en un Disney. Imperdonable.
Aun así, el sitio transmite una atmósfera irreal, como si, en vez de ser un día despejado, la niebla lo cubriera todo y cayeran mansos copos de nieve helada, y el silencio se rompiera con los obuses lanzados desde Foy, que se ve casi idéntica a entonces desde aquí.

El museo propiamente dicho es una exhibición estilo Disney que te cuenta la Segunda Guerra Mundial. Está bien, pero es prescindible, diseñado para el mass media y los niños —está bien que los niños conozcan esta historia—. Además te cobran el parking igual que si fueses en autocaravana. Allí hicimos contacto con Juan Melchor, viajero español en una BMW guardiacivilera. El tal Juan se descubrió como aviador y militar al usar la expresión «dame un vector y allá voy», frase que, evidentemente, es solo para iniciados. Con él charlamos de cosas de motos, cosas de viajes y cosas de la guerra. Lo normal
Abandonamos Bélgica, que se atraviesa en un suspiro, camino de Francia. Vodafone nos avisa del cambio de país: «Recuerde, su tarifa incluye roaming ilimitado…”, y bla, bla, bla. Ni un mísero cartelito. La única frontera que queda en Europa la marca tu compañía de teléfono.
Y viajando hacia el oeste, hacia la fachada atlántica, tengo marcado un punto peculiar en mi Google Maps, uno de esos de «quiero ir”, de color verde: la cúpula de Helfaut.
Helfaut es el pueblo, y la cúpula es la primera base de lanzamiento de misiles jamás construida. La hicieron los alemanes: una bóveda de hormigón de cinco metros de espesor para albergar una base de misiles balísticos V2 con los que bombardear Londres y lo que se pusiera a tiro. Llegó tarde e ineficaz para cambiar el curso de una guerra ya perdida, pero la tecnología que allí se desarrolló, obra de un ingeniero llamado Von Braun, acabó llevando al hombre a la Luna.
Hay una cosa que la gente no suele saber: al acabar la guerra hubo una pugna feroz entre la URSS y los Estados Unidos por quedarse con los mejores ingenieros alemanes, y daba exactamente igual su pasado nazi. El interés nacional hace que esas cosas se tapen. Von Braun fue de los que acabaron en los Estados Unidos: se nacionalizó americano y trabajó para la NASA. Sin él, el proyecto Apolo no habría sido posible.
Es impresionante ver el tremendo parecido entre la V2 y los cohetes Saturno. Bueno, en realidad se parece más al cohete de Tintín, el que usó en Objetivo: la Luna, pero sin el damero rojo y blanco.

O ver la V1 y darse cuenta de que era, en realidad, el primer dron de la historia, hoy tan de moda.
El lugar, plantado en mitad de la floresta, tiene un aspecto de nave espacial inquietante. Merece la visita. Te hace consciente de la brutal capacidad tecnológica alemana y te obliga a jugar a un contrafactual que da escalofríos. Porque Hitler perdió su propia guerra: la empezó antes de tiempo, dispersó recursos en caprichos, purgó a sus mejores cerebros y tomó cada decisión estratégica como el paranoico que era. Pero quítese a ese iluminado del mapa y pónganse esos mismos ingenieros, esas mismas fábricas y esos mismos cohetes bajo la dirección de alguien frío, metódico y verdaderamente inteligente. ¿Sería hoy Europa nazi?
Da miedo pensarlo. Y da más miedo aún que la respuesta no esté nada clara.

Para llegar hasta aquí hemos cruzado el norte de Francia, pegados a la frontera belga, bajando por las Ardenas. Y uno se da cuenta de que en esos trescientos kilómetros ha cruzado el campo de batalla de tres guerras y tres siglos. Hemos desayunado un café au lait con croissant, como solo lo saben hacer en una boulangerie francesa, en la fortaleza de Rocroi, al lado de una venerable pareja de moteros británicos que, cosas de la vida, montan una japonesa. Encantadores en cuanto mostramos interés por su viaje, se impresionan del nuestro cuando les decimos de dónde veníamos. Ella, elegante, tiene un aire a Camila, la reina consorte de Inglaterra, pero un pelín más agraciada.
Aquí, en 1643, los tercios de Flandes vieron por primera vez ponerse el sol: la batalla que la leyenda tiene por el principio del declive. Hace tiempo escribí sobre el último tercio, en un aniversario de aquella batalla, a raíz de un cuadro de Dalmau; si os interesa el tema, está aquí.
Aunque lo describe muchísimo mejor Pérez-Reverte —solo faltaría— por boca de uno de sus personajes, Íñigo Balboa:
«Alguien dijo, o escribió, que en aquellos tiempos famosos y terribles los españoles peleábamos todos, desde nobles hasta labriegos. Y era cierto. […] Pelearon Cervantes, Garcilaso, Lope de Vega, Calderón, Ercilla. Peleamos sin descanso en los Andes y en los Alpes, en las llanuras de Italia, en la altiplanicie mexicana, en la selva del Darién, a orillas del Elba, el Amazonas, el Danubio, el Escalda, el Orinoco, en las costas de Inglaterra, en Irlanda, Lepanto, las Terceras, Argel, Orán, Bahía, Otumba, Pavía, la Goleta, el canal de Constantinopla, el Egeo, Francia, Italia, Flandes, Alemania. […] huestes de españoles pequeños y recios, barbudos, fanfarrones, valerosos y crueles, hechos a la miseria, el sufrir y las fatigas, con todo por ganar y sin otra cosa que perder salvo la gorja […] seguimos a nuestros capitanes bajo las rotas banderas, haciendo temblar al mundo entero.»
Leer, por boca de Íñigo, toda la geografía bélica de aquellos hombres y de aquella España da un poco de vértigo. Reconócelo. Y sin embargo hoy son también fantasmas en la memoria. Unos fantasmas que, como todos los que vinieron después, forjaron lo que hoy es nuestra Europa.
No son los únicos. También hoy atravesamos los campos de batalla del Somme, la más cruenta de todas las batallas de la Primera Guerra Mundial. Esos mismos campos donde ahora los agricultores franceses recolectan el trigo con una prisa que raya la paranoia. Cuesta pensar que este trigo tan dorado crece sobre la sangre de un millón de muertos. Debajo de cada tractor hay veinte mil caídos en una sola mañana. Y esto no es exageración retórica.

Centenares de esos tractores, enormes, ocupan las carreteras secundarias por las que nos movemos, arrastrando remolques descomunales cargados de toneladas de ese trigo, entorpeciendo el tráfico. No nos preocupa demasiado: la moto, aún cargada como va, se mueve con la agilidad necesaria para deshacerse de ellos. Y de los camiones. Y de los coches. Incluso de las bicicletas.
Al final, como estaba previsto, acabamos en la cúpula, que es adonde íbamos.
En definitiva, una ruta que ha cruzado tres guerras en un mismo plano: Rocroi en 1643, el frente del Somme, y el búnker de las V2 en 1944. Trescientos kilómetros, tres siglos de gente muriendo en el mismo barro.
Europa, nuestra civilización, se ha construido sobre la sangre de mil generaciones. Y hoy, más de ochenta años después de la última carnicería, pareciera que todo empieza a desmoronarse de nuevo. La idea de progreso y felicidad, la Europa burguesa, confortable y admirada del mundo, aquella certeza superior de sí misma procedente de la antigüedad clásica, la latinidad medieval y la Ilustración, agoniza sin remedio. Me viene a la cabeza la frase con que el escritor francés Paul Valéry lo definió, con certera precisión: «Nosotros, las civilizaciones, sabemos ahora que somos mortales».
Para rematar, dormimos en un caserón dentro de la fortaleza de Montreuil, en la que fue cuartel general del mariscal Ney, uno al que le dimos caña por la Terra Chá y el Bierzo cuando lo de la independencia. Al hotel se entra por un jardín oliendo a jazmín, con pajaritos haciendo pío, pío y una fuente goteando agua. Y te sirven el Ruinart cobrándote el mismo precio que en El Corte Inglés, pero aquí, en Francia y en tu mesa.
Es un buen remate para esta jornada bélica.
Bella, omnia bella.

1 Comment
Fabián
Tiene mérito encontrar algo interesante que decir de Bélgica.