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Una boda gominola

Hay que reconocerlo, el lugar de la ceremonia es bien bonito: una antigua casona gallega con capilla y ciprés, que certifica aquello de «palomar, capilla y ciprés, pazo es», en las afueras de Padrón. Y no es mal sitio para una boda. Las afueras de Padrón, o de Iria Flavia, son el lugar de nacimiento y crianza de Rosalía, la más grande de las escritoras del romanticismo español, que además escribía en gallego, lo que en su época era casi una excentricidad. Buen sitio, pues, para casarse: si uno va a jurar amor eterno, que sea al menos en tierra que ya sabe de versos.

Pero divago. El lugar es adecuado para una ceremonia de casamiento.

Y se casa Paula con Antón, al mismo tiempo que Antón se unía a Paula.

Antón es mi amigo. Es más: durante una corta etapa de su vida fue algo así como mi joven padawan. Yo, el maestro; él, el aprendiz. Hasta que un día, sin avisar, el aprendiz superó al maestro y se convirtió en jedi de pleno derecho, mientras yo me quedaba para siempre en el rango de jedicito de clase baja venido a más. Persona ecléctica, con un sano gusto por las cosas esenciales de la vida: la buena comida y las buenas zapatillas.

Dicen de él que no jugó en la liga ACB de baloncesto porque no le dio la gana, que prefirió la medicina. Yo, que lo conozco, tengo mis dudas. Habilidad, vaya usted a saber. Pero altura… digamos que la altura no figura entre el más imponente de sus atributos. Donde otros llegaban al aro, él llegaba, como mucho, al botón alto  del ascensor.

Eso sí, peina con estilo su calva, detalle que le confiere un cierto parecido a quien esto suscribe. Que dos hombres compartan despoblado craneal crea lazos imperecederos.

Es Antón joven ecléctico, como digo, de gustos bien afinados. Aunque yerra en la elección de las motos que conduce. Porque vamos a ver: ¿cómo puede gustarle a alguien más una KTM que una Ducati? ¡Joder! Que no tienen comparación.  Las dos son buenas, pero solo una es buena y ademas bella. 

A pesar de esos defectos, educables en todo caso, resultó ser un profesional bien medido en el arte de enderezar huesos y remediar descoyunturas. Tiene esa base de ciencia que sostiene el buen juicio, y el buen juicio que le impide cerrarse al humanismo que la ciencia, a veces, oculta. Por eso terminó de maestro, mientras un servidor se mantiene en la mediocridad típica del gremio.

El caso es que Antón intimó con Paula. Y Paula es… veamos cómo la defino, porque no es joven fácil de encasillar. Es, en verdad, mujer hermosa, de finos trazos, con una cara que alguien, en la ceremonia, describió como una gominola. Yo no diría tal cosa: las gominolas son cosa de niños, y ella juega en otra liga. Es, sin duda alguna, una mujer simple y llanamente bella. De fino talle y maneras contenidas, dulce de carácter pero firme de convicciones.

Resulta así, armada con esas virtudes, una perfecta compañera para el más duro y más gratificante viaje de la vida, que es —tenlo claro, amigo Antón— la vida en pareja. El más audaz, y el más hermoso, y el más intenso, y, al cabo, el único que merece la pena. Si entendéis esto, todo saldrá rodado.

Total, que el tal Antón y la tal Paula declararon su compromiso ante un público selecto, en el marco preciso y perfecto del Pazo de Arretén.

Ofició la ceremonia una familiar, política de profesión, que ejerció de directora de ceremonias con ese hablar pausado, plano y aséptico del político bien adiestrado, ese tono que lo mismo inaugura un polígono industrial que casa a una pareja, sin que se le altere una sílaba. Actuaron luego los amigos, encargados de completar el rito imprescindible de toda boda: la adulación reglamentaria de los novios. Y hay que decir que el elenco cumplió con nota. Familiares y allegados desgranaron las virtudes de la pareja con la convicción del que cree lo que dice, y alguno, llegado a cierto pasaje, hasta se quebró en lágrimas. Detalle que nunca falla, pues no hay boda con verdadero postín sin su llanto de rigor.

Cumplidos los trámites, se dio paso al ágape. Y no fue este un ágape tradicional, de los de mesa corrida y camarero con pajarita. Se distribuyó lo suyo por el jardín, en estaciones, como quien monta un campamento del buen comer: marisco a un lado, quesos selectos al otro, empanadas, pulpo, carnes que iban y venían. Y presidiendo el conjunto, la pieza maestra de la logística etílica: una furgoneta vieja a la que alguien, con más ingenio que respeto por la mecánica, había descapotado para convertirla en barra. De un costado manaban cócteles; del otro, un grifo cervecero dispensaba sin tregua ni mesura. De tal manera andaba la cosa que el propio Baco, de haber pasado por allí, habría reconocido estar ahíto de libar licores, a cuál más sutil.

Creíamos nosotros, pobres mortales, que ese sería el tenor de la fiesta. Pero no. Cuando ya estábamos listos y a las puertas de rendir banderas, llegó un toque de corneta que obligó a retraerse a un refugio donde estaba instalada una cumplida muestra de mesas y manteles, y allí fue menester pedir clemencia, pues aunque uno es hombre de buen comer, no tuvo mesura en el entreacto y llegó ya casi derrotado a las viandas finales. El tiro de arcabuz final sonó con el plato de callos, que acabó del todo conmigo, mientras el novio se reía desde la distancia por mi pronta derrota. En este punto el honor lo salvó el menos pensado de la tropa: el Dr. Galdo repitió plato.

Es menester aquí relatar dos conceptos gastronómicos que dan muestra de la grandeza del maestro de fogones. La caldeirada de pescado consistió en una sutil muestra de rodaballo, merluza, bacalao y lubina, todos ellos en su punto exacto de cocción. Sin pasarse ni un ápice. Que es pecado conocido por todo gourmet que se precie: pasarse en la cocción de un pescado es lo mismo que destrozarlo. Y no es cosa fácil conseguir eso para ciento ocho comensales servidos a la vez.

Y el flan. Esa tembladera de huevo cuajada al golpe de calor sobre su espejo de caramelo, que estaba absolutamente perfecto. Quien crea que hacer un flan de calidad es cosa sencilla es que no lo ha intentado nunca.

Llegados a este punto, se debería haber sacado al cocinero a hombros para darle el paseíllo por el ruedo del comedor.

Y llegados a ese mismo punto, Eva y yo nos retiramos, que como somos ancianos de esta residencia, teníamos aún cosas que rematar antes de la marcha.

Fue una buena boda, simpática y divertida. Dos jóvenes amigos haciendo manifestación pública del gran desafío: vivir juntos para envejecer juntos. No hay meta mejor en la vida.

Buscaba yo un verso para cerrar, algo a la altura del lugar y de la ocasión, y se me ocurrió tirar de Rosalía, que para algo nacimos los dos a la sombra de los mismos cipreses. Pero resultó mal asunto. La de Padrón apenas escribió del amor sino para llorarlo: para ella el matrimonio era penitencia, y el amor, cosa que se va como se van las nubes. Su verso más célebre lo dice todo: «Cando penso que te fuches, negra sombra que me asombras». Una sombra que asusta. No es, convendréis, el mejor augurio para unos novios.

Así que cruzo los siglos y me voy al de Oro a buscar la réplica. Quevedo, en su soneto más hermoso, opone a esa sombra otra muy distinta. Empieza también con la suya —«Cerrar podrá mis ojos la postrera sombra»— pero la vence, y acaba donde tiene que acabar todo amor que se precie: «serán ceniza, mas tendrá sentido; polvo serán, mas polvo enamorado.»

Eso os deseamos, Antón y Paula. Que la negra sombra de Rosalía no os asombre nunca, y que la otra, la de Quevedo, os dure tanto que ni la ceniza os separe. Polvo enamorado, y por muchos años.

Y ahora, si nos disculpáis, que Eva y yo salimos mañana hacia Asia Central y aún nos queda equipaje.

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