Hoy ha llegado a casa un libro especial: una segunda edición de La montaña, de Jules Michelet, impresa en 1877.
Llegó desde una librería de viejo de Madrid, al final de una búsqueda que incoé tras leer El mar, del mismo autor. Como a mí también me gusta la montaña, y Michelet escribió sobre ella, la búsqueda era inevitable.
El mensajero de CLS lo arrojó al jardín por encima de la valla, sin respeto ni decoro alguno. Allí quedó, sobre la hierba, en un día que anunciaba lluvia: un libro con casi siglo y medio de historia.
Es un libro menudo, en octavo, maltratado por el tiempo, por los insectos de biblioteca y quizá por alguna mudanza hecha sin cuidado. La cubierta, de papel, está corroída, y los pliegos se sujetan con un único punto de costura en el centro: una encuadernación de pobre.
Al hojearlo descubrí una característica que ya es rara: es un libro intonso, con muchas de sus páginas aún unidas por los bordes, como se hacía antes. Era el lector quien debía abrirlo, o llevarlo al encuadernador para que lo hiciera con las herramientas adecuadas.
Yo no soy encuadernador, pero sé usar cuchillos afilados, por cirujano y por cocinillas. Un cuchillo forjado en las viejas fraguas de Asturias hizo de plegadera con limpieza de quirófano. Algún bibliófilo purista se habría desmayado; yo no.
Que sea intonso significa , ademas, que nadie lo había leído antes. Nunca. Jamás. Mis ojos son los primeros que se posan en estas páginas, que dejaron de ser intonsas bajo mi cuchillo.
Y son páginas hermosas, no por su aspecto, pobre y descuidado, con las marcas indelebles del tiempo, sino por lo que dicen. Sus palabras impresas enseñan un mundo que ya no existe: una forma de contar las cosas, la ciencia y la vida con un lenguaje que también se ha perdido. Una prosa que baila entre el conocimiento y la emoción, que juega con la lírica y la épica sin perder su función formativa, y que llega al alma del lector.
Para Michelet, la montaña no es un decorado, sino un organismo vivo: los glaciares avanzan y retroceden, respiran y trabajan.
Del Mont Blanc dice que «no conduce a nada; es, parece, un ermitaño en su ensoñación solitaria». ¿Poesía o geología? La duda se resuelve sola cuando lo enfrenta al San Gotardo, que «reparte ríos hacia cuatro mares», mientras el Mont Blanc da poco y se queda absorto en sí mismo.
Los lagos alpinos son para él «los ojos de Suiza, cuyo azul le duplica el cielo». Y ante las aguas de la montaña recoge la exclamación de Madame Guyon: «¡Estas aguas! ¡Pero si son almas!».
Ya no se escribe así. Michelet era un historiador mayor, despojado de sus cargos por negarse a jurar fidelidad a Luis Napoleón, que se refugió en la naturaleza y la escribió con el mismo dramatismo con que había escrito la Revolución. Prosa entrecortada, exclamativa, intensamente lírica.
Creo que disfrutaré leyéndolo con guantes de seda, no sea que el papel, viejo y cansado, se me deshaga entre los dedos.
