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Why not?

***

Once de la mañana. Las once es la hora habitual de quedar un domingo. De quedar para salir a dar una vuelta en moto. Pero esta no fue una vuelta cualquiera. Fue la vuelta que se da cuando Pepe Solla dice Why not?. Que viene a ser un sí, pero dicho por un rockero metido a la alta cocina.

Pepe es casi mi vecino: tiene el restaurante a un tiro de piedra de casa. Y no es un restaurante cualquiera: es Casa Solla, estrella Michelin desde 1980, la más veterana de Galicia. Debería tener una segunda. Es un creativo que no pretende engatusar a nadie. Hace lo que cree que se debe hacer: su cocina, su verdad, sus reglas. Por eso es tan bueno en lo suyo. Por eso y por su secreto más profundo, el que me contó un día, entre copa y copa: «El secreto está en afinar». Así de fácil. Y así de difícil. Y por eso, intuyo, no le dan la segunda estrella: por rockero, por no casarse con nadie, por ir a su bola. Por ser Pepe.

Y, sinceramente, creo que le importa un huevo.

Centrémonos. El caso es que Pepe es ducatista de rancio abolengo.

Un rockero que anda en moto solo tiene dos opciones: Harley o Ducati. Pero si tiene un punto de outsider, una pizca de gamberrismo y hace surf, ya no hay elección posible: solo puede ser ducatista. Y Pepe, además, sabe llevarlas, que es otra cosa. Tener una Ducati no equivale a merecerla. La suya es una Pikes Peak, y llevarla como Dios manda no está al alcance de cualquiera.

Nosotros tampoco vamos mancos. Eva y yo salimos en nuestra mítica Ducati 1260 S con el kit Racing, que no desmerece a la Pikes Peak ni en sonido ni en actitud. Otra cosa es el piloto, pero eso queda entre nosotros. Eva va detrás, por supuesto, que es el sitio desde donde mejor se ve el paisaje y mejor se opina de la conducción ajena. Sobre todo, de la mía.

Así que salir con Pepe un domingo de sol tiene su liturgia. Y más si el domingo es de Todos los Santos, día de guardar, en el que cada cual reza a los suyos. Los nuestros , ese domingo, llevan escudo de Borgo Panigale. Antes de salir hay que comprobar que todo está en su sitio. Afinado. Presiones bien, aceite bien, motor caliente antes de meter primera. A las once menos tres estábamos rodando, que en Galicia es puntualidad suiza.

Y la consigna, la de siempre: sin prisa, vuelta tranquila.

Siempre salimos así. Y siempre, al poco rato, sacamos el cuchillo.

El plan, el de costumbre: carreteritas de interior, de poco tráfico y buen asfalto, leyendo el negro del firme para esquivar las humedades de un otoño que ya empieza a enfriar las mañanas. Salimos de Poio hacia el este, dejando atrás Monte Porreiro y el olor a mar de la ría, y nos metimos valle adentro.

Era día de mortos. Y eso, en la Galicia de los vivos, la del interior, se nota en cada curva.

Porque aquí los muertos no están en las afueras, escondidos tras una tapia de polígono. Aquí los muertos viven en el centro de la aldea, alrededor de la iglesia, en el adro, a la sombra de la espadaña y al lado del cruceiro. Y el uno de noviembre reciben visita. Cada pueblo que cruzábamos tenía su iglesia, unas más barrocas, con su fachada de granito y sus volutas de cura con ínfulas, otras más románicas, achaparradas y sobrias, de piedra que ya era vieja cuando llegaron los Austrias. Y todas con el mismo decorado: coches mal aparcados en la cuneta, señoras de negro con cubos y bayetas, nichos recién lavados y un mar de crisantemos amarillos y blancos que no se ve ningún otro día del año. El campanario tocando a misa y nosotros pasando con dos Ducati rugiendo entre los vivos y los muertos.

Entre los vivos y los muertos: justo donde, sin quererlo del todo, acaba un ducatista cada vez que se pone a pilotar. Lento es suave, suave es rápido, me repetía mentalmente, el consabido mantra, mientras intentaba enfocar la carretera entre las luces y las sombras duras de aquella mañana de sol. Buscando el punto de frenada. La entrada correcta en la trazada. Sin pensarlo mucho, porque si lo piensas, te pasas.

Y así, con esa trepidante suavidad, entre camposantos y castaños, llegamos a Ponte Caldelas y a las curvas del Verdugo, donde el río y la carretera se enredan como dos amantes que no se deciden. Desde allí, un bucle por el monte hacia el noreste, de esos en los que la carretera se estrecha, el bosque se cierra, la hojarasca pinta el asfalto de cobre y la moto empieza a hablar en voz alta. Arriba, el giro, y luego la bajada larga hacia el sur, enhebrando aldeas, iglesias y curvas rápidas camino de Redondela, con los viaductos del tren asomando entre las casas, para subir finalmente por la orilla de la ría hasta Arcade.

En Arcade, parada obligada: tiempo de charla y de arreglar el mundo con una caña bien tirada. Que es para lo que de verdad se sale en moto un domingo. Las curvas son la excusa; la conversación es el motivo.

Una mañana bien gastada. Ruta, amistad, conversación, y un recordatorio de las iglesias de aldea: que de esta vida, como mucho, nos llevamos lo rodado.

Ya nos tocará quedarnos quietos. 

 

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