Peajes con placa.
Financiando la vieja Europa
Colofón a doce mil kilómetros
La única rebelión posible es la personal.
Fabián C. Barrio
***
I. Los hechos
Casi doce mil kilómetros. Bishkek, la estepa kazaja, el Volga, Moscú, la frontera. Luego el Báltico: Estonia, Letonia, Suecia, Noruega, Dinamarca, Alemania, Países Bajos, Bélgica, Francia, Cantabria, casa. Una Triumph Tiger 800 con más años que algunos de los funcionarios que la inspeccionaron y una velocidad media en marcha de cincuenta kilómetros por hora, que es la de un motorista que mira el paisaje y no el cuentakilómetros. Ningún accidente. Ninguna avería que no se arreglase con bridas, paciencia y una patata. Ningún policía, en ninguno de los doce países donde no se habla el mismo idioma que en el mío, que me viese hacer nada reprochable.
Tres sanciones.
La primera, en la frontera oriental de Europa, a la entrada del espacio Schengen. La moto llegó a la garita a mano: son veinte metros, la barrera rusa queda a la espalda, uno la empuja para no hacer ruido y para no dar sensación de prisa a nadie que lleve pistola. Motor frío. Documentación en regla: seguro, matrícula, pasaporte. Inspección técnica caducada, porque una ITV caduca cuando le da la gana a un calendario español y no cuando le conviene a un motorista en Asia Central. El funcionario lo vio, sacó un talonario y cobró cincuenta y cinco euros. No dijo «no puede circular». No dijo «llame a una grúa y no arranque hasta pasar una ITV». No inmovilizó nada. Cobró, selló y levantó la barrera. Arranqué delante de él y me fui a hacer cinco mil kilómetros más sin esa inspección técnica sin la que, al parecer, no se puede circular, por ocho países más, sin que nadie volviera a mirarla ni a nadie le importara una mierda.
La segunda llegó por correo desde Francia. Un radar. Noventa y nueve en un tramo de noventa. Descuento reglamentario de cinco, exceso retenido de cuatro kilómetros por hora. Cuarenta y cinco euros si pago pronto, sesenta y ocho si me tomo tiempo para pensar en ello.
La tercera la trajo el cartero ayer, o eso creo, pues no llegué a recogerla. «Notificación del Ayuntamiento de Castro Urdiales», dijo el cartero. «Qué pena, le hablo desde una app, no estoy en casa», dije yo. No soy muy listo, pero sé que un ayuntamiento no escribe a un forastero para agradecerle la visita. En el casco viejo hay una cámara que lee matrículas y una señal que la anuncia; leí la señal, di la vuelta, y aparentemente la cámara me leyó a mí primero. Un metro dentro, un metro fuera. Doscientos euros, cien si no discuto. Es el estándar de este país: doscientos por lo que sea, y que el descuento parezca un favor.
II. El análisis
En derecho sancionador existen dos cosas que no conviene confundir, aunque a la administración le convenga confundirlas. Una es la sanción: el castigo por un hecho que se ha cometido. Otra es la medida cautelar: el impedimento de un hecho que se va a cometer. La primera mira al pasado y exige prueba. La segunda mira al futuro y exige proporción. Ninguna de las dos consiste en cobrar por adelantado.
El guardia báltico tenía delante una motocicleta parada, con el motor frío, que no había circulado un solo metro por su territorio. Tenía, por tanto, exactamente nada que sancionar. Tenía, eso sí, algo que impedir: que yo arrancase y saliese por su carretera con la pegatina caducada. Y disponía de la herramienta para ello, que es la más antigua del oficio: esperar a que arrancase y decir «eh, alto ahí, enséñeme la documentación de nuevo. Lo que me temía: no tiene usted la ITV al día, y no me queda más remedio que sancionarle e inmovilizar el vehículo». Ese gesto, en cualquier país, en cualquier siglo, es un policía. Lo que hizo en su lugar, adelantarse a mi conducta para tasarla antes de que ocurriera, no tiene nombre en los códigos, pero lo tiene en la calle: se llama peaje. La placa no cambia la naturaleza del acto; solo cambia quién se lleva el dinero.Y hay una prueba de que él lo sabía: me dejó ir. Si de verdad hubiese creído que aquella moto era un peligro para las carreteras de su patria, la habría dejado donde estaba. No lo hizo, porque el peligro no era la moto. El peligro, para él, era que yo cruzase sin pagar.
El radar francés es el mismo razonamiento, pero con más ingeniería. Nadie vio nada. El tráfico no se vio alterado, nadie se sintió en peligro. Un umbral, una cámara, una tolerancia calculada para que el noventa y cinco quede dentro y el noventa y seis no, y un convenio europeo por el cual mi matrícula española es hoy tan transparente para la Tesorería francesa como para la española. Cuatro kilómetros por hora de exceso. A esa diferencia, un radar no distingue entre un conductor y una brisa de cola. Se trata de amedrentar al conductor. De convertirlo en un pelele sumiso de la administración. Porque, vamos a ver, una norma que mayoritariamente no se cumple y que solo se hace cumplir a golpe de sanción no es una norma, es una imposición. El diezmo de la Edad Media, el derecho de pernada del Estado.
Castro Urdiales cierra el círculo con una elegancia que casi merece aplauso. La ordenanza es municipal, la cámara es municipal, la señal es municipal, y el punto exacto donde la cámara empieza a leer respecto a donde la señal empieza a verse es una decisión municipal. En esa distancia, entre el metro en que uno se entera y el metro en que ya lo han contado, cabe un presupuesto entero.
Ven a Castro Urdiales, verás qué bonito.
***
III. El modelo
Se puede pensar que son tres anécdotas. No lo son. Son tres muestras del mismo sistema, son el patrón. Son Europa misma.
En ninguno de los tres casos había un policía viendo una infracción. En los tres, alguien o algo cobró por anticipación, por umbral o por algoritmo. En ninguno de los tres existió una acción de riesgo. Ningún policía que la hubiese visto en directo la habría sancionado. Excepto, ya se sabe, el de la frontera, mal rayo lo parta.
En los tres, la sanción se presentó con descuento por pronto pago, que es la manera que tiene la administración de convencerte de que pagues sin discutir: prefiere el dinero al proceso. Y en los tres, la conducta real del sancionado, que es lo único que la seguridad vial debería mirar, resultó perfectamente irrelevante: da igual que uno haya cruzado medio continente a paso de peregrino, que la moto sin ITV llegase a la garita empujada, que en la zona restringida no llegara a circular; el sistema no mide conductores, no mide acciones, mide matrículas.
Hay un detalle que retrata la cosa mejor que cualquier teoría. Nadie, en cinco países y tres mil kilómetros, se molestó en mirar mi inspección técnica. El único que la miró fue el que tenía la barrera bajada y a mí sin salida. No es casualidad. El ladrón de caminos no elige a su víctima por lo que ha hecho, la elige por dónde está atrapada. En el paso fronterizo, en el tramo de radar, en la bocacalle del casco viejo. Lugares donde el ciudadano ha entrado por necesidad y no puede retroceder sin pagar. La seguridad vial es la coartada; la contabilidad es la función. La única función.
***
IV. Final
Que nadie me malinterprete. Volví de Kirguistán cruzando diez fronteras europeas con un documento de identidad y una tarjeta de seguro, sin visados, sin carnet de passage, sin billetes doblados en el pasaporte, sin el «regalo» tradicional para el sargento de turno. Eso es Europa, y es una conquista, y la firmo con las dos manos. Los ladrones de antes, los de la garita de Asia Central y la mordida en el arcén, eran peores, pero eran más honrados sobre lo que hacían. Y ni eso: en este viaje ni siquiera aparecieron. Ni en Kirguistán, ni en Kazajistán, ni en Rusia nos importunó un solo policía.
Miento. En Kazajistán un patrullero nos paró para advertirnos de que nos dirigíamos a una tormenta y de que tuviésemos cuidado, que la carretera se estaba volviendo peligrosa más adelante.
Lo que ha cambiado no es la codicia, que es tan vieja como el camino. Lo que ha cambiado es que ahora es automática, interoperable y sin rostro. Ya no hay un funcionario al que mirar a los ojos mientras te cobra; hay una notificación con código de barras que te cae en el buzón semanas después, por sorpresa, cuando ya ni recuerdas la calle. Y a una notificación no se le puede decir que la moto iba a mano, o que aquel metro dentro era el único modo de dar la vuelta.
Doce mil kilómetros, cincuenta de media, tres multas. Ninguna por conducir mal. Las tres por estar donde el sistema había puesto la mano. Apague la moto los últimos veinte metros de Asia para no molestar a nadie, y resultó que ese fue exactamente el gesto que les molestó: un viajero que no genera infracciones es un viajero que no genera ingresos. Y eso, en la Europa de las cámaras, es lo único que de verdad está prohibido.
