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Salimos de Montreuil con el estómago agradecido y la fachada atlántica por delante. El plan: bajar hacia Normandía sin prisa, por carreteras pequeñas, esquivando la autopista como quien esquiva una mala compañía.

Hay que decirlo bien: la bahía del Somme en marea baja es un paisaje al que le han quitado el ingrediente principal. El mar se retira siete kilómetros y deja un desierto de arena parda surcado de canales de agua salobre por el que caminan aves zancudas y algún francés con botas hasta la ingle buscando berberechos. Y a eso huele, a berberechos podres.

Es ahí, en Noyelles, cuando uno mira el mapa y cae en la cuenta de que este río tan quieto, tan lleno de patos, tan de postal de la Société Ornithologique, es el Somme. El mismo que río arriba, a ochenta kilómetros de donde estamos desayunando, el 1 de julio de 1916 le costó al ejército británico cincuenta y siete mil bajas en un solo día. Aquí el agua sale al mar mansamente y hay gaviotas. Ocurre que los ríos no tienen memoria.

¡Y el trigo! Campos inmensos de trigo, que en julio está en su punto exacto: esa semana escasa en que ya no es verde y todos tienen prisa por segarlo. Lo que se ve desde la carretera es una llanura entera de oro macizo peinada por el viento del Canal. Los campos vienen desde el interior, kilómetros y kilómetros, sin un árbol que los interrumpa, y avanzan hacia el norte con la tozudez de una marea lenta hasta que se acaba el suelo. Trigo donde tres tristes tigres podrían jugar en el trigal sin que nadie los distrajera.

Trigo que llega al borde del acantilado y se corta en seco, a plomo, cien metros de creta blanca vertical y debajo el mar gris. No hay transición, no hay duna, no hay playa, no hay ese degradado piadoso que suelen tener las costas. Hay campo, y hay filo, y hay agua. Uno se detiene en un mirador cualquiera de la Côte d’Albâtre —la costa de alabastro, la llaman, y con razón— y tiene delante las tres bandas horizontales más limpias que ha visto nunca: oro, blanco, plomo. Y encima el cielo, que en Normandía siempre está a punto de decidir algo pero nunca lo dice del todo.

Y luego están las autocaravanas. Circulan a setenta y dos kilómetros por hora, invariablemente, con la constancia de un fenómeno geológico, y lo hacen en columnas de tres o cuatro que se coordinan entre sí por algún método de telepatía holandesa: cuando se desvía una, se incorpora otra. Ocupan el carril entero y un poco del contrario. No adelantan jamás y no se dejan adelantar nunca, porque el momento exacto en que uno se decide a rebasar es el momento exacto en que la de cabeza descubre un mirador y frena sin intermitente. En los aparcamientos se despliegan con toldo, mesa, sillas, tendedero y bicicletas, montando un salón provisional frente al acantilado con la naturalidad de quien acampa en su propio jardín, y desayunan mirando el mar con una placidez que a uno, cocido dentro del traje de moto y con el casco bajo el brazo buscando dónde mear, le resulta francamente hiriente.

Son una plaga sin pudor y sin rango, la carcoma motorizada de las carreteras secundarias de Europa.

Y sin embargo. Ahí están ellos, sentados a la sombra con el café hecho y el pan comprado esta mañana, y aquí estoy yo calculando cuánto falta para la próxima gasolinera. Y sospecho, con la lucidez del que se conoce, que acabaré comprándome una.

Pasamos por Saint-Valery-sur-Somme, donde Guillermo el Bastardo reunió su flota en 1066 antes de irse a Inglaterra a convertirse en el Conquistador y a cambiarle el idioma a media Europa. Salió de aquí. Nueve siglos después, otra flota haría el trayecto en dirección contraria y con peor tiempo. La costa francesa lleva mil años viendo pasar barcos llenos de hombres armados en un sentido o en otro. Ya no le impresiona nada.

Y entonces toca decidir sobre Dieppe. Decidimos rodearla, porque el centro es un embudo y porque el día es largo. Pero conviene saber lo que se está rodeando. El 19 de agosto de 1942 seis mil hombres, casi todos canadienses, desembarcaron en esta playa de guijarros en la Operación Jubilee. En nueve horas hubo tres mil quinientas bajas. Los tanques Churchill no pudieron moverse sobre los cantos rodados, patinaban en ellos como hipopótamos en una bolera. El apoyo naval fue insuficiente. Las comunicaciones fallaron. Fue, por decirlo con la brutalidad que merece, un desastre absoluto y perfectamente evitable.

Y sin embargo. Cada error de Dieppe se convirtió en una regla para Overlord: no atacar un puerto de frente, llevarte tu propio puerto —los Mulberry que veremos varados en Arromanches—, bombardeo naval masivo previo, ingenieros blindados especializados. Los tres mil quinientos canadienses de Dieppe pagaron el manual de instrucciones del 6 de junio de 1944.

Étretat es una trampa turística y estábamos dispuestos a caer en ella con los ojos abiertos. Los arcos de piedra caliza que Monet pintó ochenta veces, la aguja, el acantilado de Amont. Uno acepta el peaje: aparcar lejos, subir andando, compartir el mirador con cuatrocientas personas haciéndose la misma foto con el mismo encuadre que llevan haciéndose desde 1870. Da igual. Hay cosas que siguen siendo hermosas después de que las hayan fotografiado dos millones de veces, y ese es un test de calidad bastante fiable.

No llegamos a averiguarlo.

Seis kilómetros antes del pueblo empezaron los coches aparcados en la cuneta. Seis. Kilómetros. Después vinieron los desvíos. Después las calles cortadas. Después los gendarmes con el chaleco amarillo y ese gesto universal de la mano que significa por aquí no, y no me pregunte por dónde sí. Toda Francia había decidido ir a Étretat exactamente el mismo día que nosotros, y toda Francia se había traído el coche.

Dimos media vuelta. Nada, por hermoso que sea, merece un sacrificio así. Ni los acantilados de Monet, ni la aguja, ni el arco de piedra que sale en todas las postales de Normandía. Me compraré una postal. Seguro que está bien encuadrada.

Y en algún punto cruzamos el Sena. Uno cruza un río sin pensar, pero este no es cualquiera: en la desembocadura mide doce kilómetros de ancho, una boca por la que cabe un mar entero.

Por esta misma desembocadura, hace mil años, remontaban sus barcos los hombres del norte, los normandos, los mismos vikingos que ya nos persiguieron por media Europa en capítulos anteriores. Normandía significa exactamente eso: tierra de los hombres del norte. El rey franco, harto de que le saquearan París remontando el Sena, acabó cediéndoles la tierra a cambio de que dejaran de dar por saco. Se quedaron, se hicieron cristianos, cambiaron el hacha por el arado y en nada estaban conquistando Inglaterra. Aquellos de los que los monjes pedían librarse —A furore Normannorum, libera nos, Domine— acabaron dando nombre a la región.

Cualquiera que haya visto la serie —Vikingos— tiene la escena en la cabeza: los drakkar remontando el agua en silencio, los escudos colgados en la borda, Ragnar Lodbrok de pie en la proa. Y la escena es esencialmente verdadera, aunque la genealogía de la ficción no lo sea. En el año 845 una flota de ciento veinte barcos remontó este estuario hasta París y se marchó con siete mil libras de plata pagadas por Carlos el Calvo para que se fueran. Lo que la serie no cuenta —y es mucho mejor que lo que cuenta— es lo que pasó después.

Lo que pasó después tiene nombre: Rollo. Un vikingo tan enorme que, cuentan las sagas, ningún caballo lo aguantaba y tenía que ir a pie. De ahí su apodo: Hrólfr el Caminante.

Rollo sitió Chartres. Y entonces Carlos el Simple, que de simple tenía poco, hizo el cálculo: si no puedo echarlos, los contrato. En Saint-Clair-sur-Epte le entregó al vikingo toda esta tierra —esta por la que llevamos rodando desde el desayuno— a cambio de que la defendiera de los siguientes vikingos. Y le dio a su hija Gisela por esposa, para amarrar el trato con sangre.

Funcionó.

El pirata se hizo duque. Se bautizó. Sus nietos hablaban francés y habían olvidado el nórdico. Ciento cincuenta años después, uno de sus tataranietos cruzó el Canal en dirección contraria, ganó una batalla en Hastings y se hizo rey de Inglaterra. Y dos generaciones más tarde, su descendiente Enrique Plantagenet se casó con Leonor de Aquitania —reina de dos reinos y madre de reyes—, y con ella entró en la casa normanda la mitad sur de Francia.

De aquel soborno del año 911 salen los Plantagenet. Sale la Guerra de los Cien Años. Sale Juana de Arco. Y sale, sin solución de continuidad genealógica, el señor que hoy vive en Windsor. Y también, por si alguien creía que esto solo iba de ingleses, el que vive en la Zarzuela: Felipe VI desciende de Rollo por su bisabuela Victoria Eugenia. La dinastía más extendida de la historia de Europa arranca de un hombre demasiado grande para ir a caballo al que le pagaron una provincia para que dejara de robar. Y probablemente, si uno tirase del hilo con paciencia, resultaría ser su descendiente.

Somos descendientes de piratas y vikingos.

Con esa idea rondándome el casco seguimos rodando hacia el mar, hasta que la carretera nos puso delante otro puente. Porque toda esta jornada, sin buscarlo, ha ido de gente cruzando el agua para caerle encima a otra: los drakkar remontando el Sena, la flota de Guillermo zarpando hacia Hastings, y ahora esto.

Y es que en el momento de cruzar el Canal de Caen, uno está pasando exactamente por el sitio donde a las cero horas dieciséis minutos del 6 de junio de 1944 —dieciséis minutos después de medianoche, la primera acción aliada del Día D, antes que las playas, antes que todo— tres planeadores Horsa remolcados desde Inglaterra y soltados en silencio a mil metros aterrizaron a cuarenta y siete metros de este puente. Sin motor. De noche. Con niebla. El piloto del primero, el sargento Wallwork, hizo un aterrizaje que Eisenhower calificaría después como la pieza de vuelo más destacada de toda la guerra, y ni siquiera hay una placa que lo diga con esas palabras.

El mayor John Howard y ciento ochenta hombres de la Ox and Bucks tomaron el puente en diez minutos y lo aguantaron hasta que Lord Lovat llegó desde Sword Beach.

La casa del extremo del puente, la de los Gondrée, fue la primera casa de Francia liberada. Sigue siendo un café. Sigue siendo de la familia Gondrée.

Nuestro hotel está a doscientos metros.

Atardece, y nos sentamos en la terraza del Café Gondrée con una botella de sidra bien fría, mirando ese puente absolutamente vulgar sobre un canal absolutamente vulgar en un pueblo del que nadie habría oído hablar jamás, y hacemos la cuenta del día: la flota de Guillermo, la desembocadura del Somme, el desastre de Dieppe, el estuario por el que subieron los drakkar, y el primer minuto del desembarco.

Pero hoy la sidra está fría, el día es sereno y es momento de relax, que es la única conclusión razonable a la que se puede llegar después de un día así.

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