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Una carreiriña de can (de Biskek a casa)

La historia se repite un año más.

Se acerca la fecha de nuestro viaje anual. Tras mendigar, negociar y arrancar al fin las vacaciones —una odisea fundacional que invocó a múltiples ángeles y demonios y a todos los estamentos jerárquicos de la empresa donde paso mis horas envejeciendo y engordando como gorrino bien cebado—, llega por fin la fecha de nuestra huida. Y por la senda de esa huida se alzan ante nosotros los lestrigones y los cíclopes, que se divierten jugando a entorpecer nuestro sueño en forma de pensamientos intrusivos.

¿Aguantará la moto después de todo el invierno kirguís? ¿Arrancará siquiera? No estará como la dejamos: desde entonces ha sido usada por mano ajena y marca algún millar de kilómetros más de los que tenía cuando apagamos motores en aquel lejanísimo mes de julio del año pasado.

Ese neumático que le montamos en China, ¿será capaz de cruzar Rusia? ¿De llegar al menos a alguna ciudad donde existan repuestos? ¿Reventará una rueda otra vez?

¿Y Rusia? Rusia es esa adivinanza envuelta en un misterio dentro de un enigma que describió Sir Winston Churchill. Esa Rusia que sigue inmersa en una guerra que ahora parece acercarse a Moscú. Y eso endurece los pasos fronterizos de entrada y salida del imperio. ¿Cuál será la mejor frontera para huir de Rusia y entrar por fin en el espacio Schengen? ¿Estonia? ¿Letonia, quizás? ¿O tendremos que emigrar al norte, hacia el Ártico, como las grullas y las aves frías, para entrar como peregrinos desubicados por el paso de Storskog, en la lejana —lejanísima— provincia noruega de Finnmark?

Este año el plan es ambicioso —siempre lo es—, pero con una diferencia sustancial: nos traemos las motos a casa. Nuestros reiterados intentos de salir hacia el este, hacia América, han fracasado. Ninguna compañía trabaja esa ruta; ningún país implicado colabora para que puedas hacerlo. Desde hace cuatro años Rusia está maldita para toda nación de corte occidental. Y nosotros, pobres moteros errantes, desamparados y sin padrinos, estamos ya cansados de tanta vuelta por stanes y repúblicas exsoviéticas.

Volvemos a casa. Desarmados y derrotados.

Así que aquí estamos, cerrando billetes de ida a Biskek, ocupando plaza de última hora, esperando a que la cotización de los vuelos baje con el supuesto fin de las hostilidades en Oriente Medio. Haciendo planes de ruta que cambian una y otra vez. Repasando check lists de lo que llevas y lo que dejas. Reservando hoteles cerca del lugar donde hibernan nuestras motos.

Hay una premisa fundamental en toda esta preparación: lo que no lleves contigo no existe hasta que llegues a Moscú. Kazajistán es terra nullius. Aquí no existe nada que te valga si las cartas de la fortuna vienen mal barajadas. Te proveerá de bocatas de chope de camello y un poco de agua con sabor a butano… y poco más, hasta que entres en la avanzada, moderna y rutilante —por comparación— Rusia. En Rusia, poco a poco, tendrás más de todo, aunque allí tendrás que pagar en rublos, y nadie te vende rublos fuera de Rusia.

El equipaje está casi listo, faltan detalles menores. Los vuelos están cerrados. El visado ruso, concedido. El carnet internacional, en la mano. Hasta hemos pagado el impuesto de circulación de la moto, para que vuelva a casa con los papeles limpios. Y, por último, hemos ignorado las cosas que necesitaremos en algún momento, en medio de la nada.

Ahora solo falta llegar y enfrentarse a los imponderables. Que la máquina, robusta y fiable, pero con manías británicas incomprensibles, esté en condiciones de aguantar el viaje. Que los planes de ruta se puedan cumplir. Y para que se cumplan llevamos tres: el A, el B y el C… Y no me toques los huevos, que te enseño el D (¡ah, Manquiña, qué gran filósofo!). Y aun así es posible que tengamos que recurrir al E.

La idea original, a grandes rasgos, es salir de Kirguistán, meterse en Kazajistán, cruzar el desierto hasta el mar de Aral para hacer dos fotos, virar al norte y entrar en Rusia siguiendo el curso del Volga. Si nos dejan entrar —tener visado no lo asegura—, subiremos hacia Moscú esquivando los drones ucranianos. Nos haremos una foto en la Plaza Roja y otra en el metro de Moscú (si tenemos suerte la haremos cuando suenen las alarmas de algún ataque aéreo). Si todo sigue bien, tiramos hacia la ciudad de San Pedro, donde esperamos sufrir un síndrome de Stendhal al observar con detalle la arquitectura y la belleza urbana nacidas de la imaginación del enorme zar que fue Pedro el Grande.

Y luego, la salida…

La salida es el más grande de los lestrigones. Un cíclope enorme cuya sombra no va a desaparecer hasta que nos den el último codazo en la frontera.

La escapada lógica parece que debe hacerse por las repúblicas bálticas, pero estas tienen un curioso sistema de pase fronterizo: hay que pedir cita previa, no se garantiza el cruce —aun siendo ellos Europa, tú europeo y la moto británico-española— y, a veces, si vuelan drones, cierran. La ruta cruzando Bielorrusia suma, a la dichosa cita previa para entrar en Lituania, el problema de ser territorio hostil. Nos queda como reserva, guardado en el bolsillo de atrás del pantalón, el paso del norte, por Noruega, que añade 3.000 km de ruta. No está mal, pero durante 1.500 km cruzaremos la taiga rusa con poca logística disponible. Y con algún que otro oso curioso que quizá quiera entablar conversación.

¿Y si todo sale mal? ¿Si ninguna frontera acepta nuestras credenciales? ¿EH? ¿Qué pasa entonces? En ese caso, vuelta atrás: a Kazajistán, a cruzar el Caspio en el viejo ferry Professor Gul y desembarcar en Azerbaiyán. A un tiro de piedra de Georgia. Que está a un tiro de piedra de Turquía. Que está a un tiro de piedra de Bulgaria. Y desde ahí, una carreiriña de can hasta casa —todo esto, claro está, si es que nos dejan pisar tierra firme, que ahora los azeríes, parece ser, solo abren la puerta a quien llega volando—.

Más o menos es eso. La clave de bóveda es una: que los lestrigones duerman y el viaje se calme al salir de Rusia, sea cual sea la frontera.

Vamos poniendo velas a San Cristóbal, que para eso es el patrón. Y alguna a Santiago, por gallego y español. Y otra a la Virgen de Loreto, por si toca volar. Que en estos viajes nunca se reza de más.

Y a San Roque, claro.

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