Ver: Un break de tres dias /dos de tres)
Cambio de ruta
el corte y el desvío de Naveiras
Salimos del hotel a las diez menos dos. Hora precisa pero indecente; hora civilizada para quien la noche anterior cenó tarde. La economía corporal exige un café largo, una conversación pausada en la barra y una salida sin prisa. Nada de epopeyas antes de las diez de la mañana.
De Régua a Barrô son apenas catorce kilómetros. La carretera serpentea por la margen sur del Duero con el río abajo, ya menos vinatero, más ancho, más fluvial en sentido propio. Las quintas con cartel en inglés desaparecen. Los socalcos se hacen más raros, sustituidos progresivamente por bosque mediterráneo de pino y eucalipto. Paramos brevemente en un mirador a la altura de Barrô. Las cosas, como vamos viendo, prometían.
A la altura de São Martinho de Mouros, en el concelho de Resende, la N-222 está cortada. Cartel naranja, dos conos, una señal manuscrita, ningún operario a la vista. Habíamos leído algo sobre un desprendimiento en la zona de Canedo–Castelo de Paiva ocurrido en febrero, pero el corte llevaba tantos meses que ya nadie en Portugal hablaba de ello, y los mapas digitales no se habían enterado.
Aquí maese Naveiras, con los humores ya equilibrados gracias a las grageas sanadoras del hermano Gelucho, hizo un rápido quiebro de cintura con la moto y, con peritísimo regate, dio media vuelta a su Triumph sin apenas dejarnos tiempo a sopesar la situación.
Buscó maese un nuevo camino: subir desde el Duero por carreteras de montaña hasta el Caminho da Senhora, atravesar el Montemuro por su flanco norte, descender por Cinfães y volver a buscar el río a la altura de Melres. Más largo en tiempo, pero por terreno nuevo, paisaje virgen, sierra de la que ninguno tenía referencia previa.
Y todo eso, detalle a detalle, lo pergeñó en un segundo.

El santuario entre dos torres
La carretera que sube desde São Martinho de Mouros hacia el Caminho da Senhora es una de esas vías secundarias portuguesas que no aparecen en ninguna guía. No aparecerán nunca. Y por eso merecen ser recorridas.
Asfalto irregular, cero arcén, cero tráfico, curvas cerradas en horquilla, zigzag por la ladera. La Multi trabajando en segunda, Eva detrás callada como cuando la cosa se pone interesante, el resto del grupo en formación abierta delante y detrás, y al fondo el Duero retrocediendo a cada curva, haciéndose más pequeño, más lejano, más cinematográfico.
Tras unos diez kilómetros de subida, en plena ladera, apareció el lugar. Una estatua blanca de la Virgen al aire libre, sobre pedestal, plantada en el alto del Monte do Calvário sin más cobijo que el cielo. A su izquierda, una torre de alta tensión. A su derecha, otra torre de alta tensión. Y entre las dos torres, la Virgen, mirando río abajo hacia Oporto y el Atlántico, con la indiferencia mariana habitual. La composición visual es absolutamente involuntaria, absolutamente perfecta: la teología y el kilovatio repartiéndose el paisaje, en una de esas coexistencias rurales que el ojo urbano declara absurdas y que en realidad describen con bastante exactitud el siglo XX.
Y las vistas, sobre todo las vistas. Desde el alto —cuatrocientos y pico metros sobre el río— se domina el cañón del Duero hacia el oeste durante quizá treinta kilómetros, con el embalse de Carrapatelo abajo, las laderas de socalcos del lado norte, las aldeas blancas dispersas por la pendiente, y al fondo, ya muy lejano, la silueta difuminada del Atlántico adivinándose tras las colinas de la desembocadura. Aparcamos las motos en el terreno adoquinado del Calvário, nos quitamos los cascos, subimos a los pies de Nuestra Señora, fotografiamos la composición con sus dos torres flanqueando a la Virgen, comentamos lo evidente y nos fuimos.
Estamos en São Martinho de Mouros, concelho de Resende, distrito de Viseu. Antiguo Douro Litoral, en la nomenclatura provincial portuguesa que ya nadie utiliza salvo los mapas militares y los que se acuerdan.
Bajamos por carreteras de montaña hacia el oeste, atravesando el último tramo del Montemuro: aldeas de piedra suelta, espigueiros y arcas de granito a la entrada de las casas, mujeres todavía vestidas de negro al estilo de hace cincuenta años, perros dormitando a la sombra. El Portugal interior profundo, ese Portugal que la fachada atlántica de Lisboa y Oporto suele ignorar con la misma elegancia con la que Madrid ignora Las Hurdes.
Bajamos a Cinfães, y desde Cinfães volvimos a buscar el Duero por una carretera local que el navegador inventó sobre la marcha y que resultó ser de las mejores del día. A las dos menos cuarto estábamos llegando a Lomba, en el concelho de Gondomar, ya con el Duero a la vista en el valle, ya con hambre acumulada de cuatro horas de moto.

Restaurante Dom Vicente
Un bar de carretera
El Dom Vicente está en la Rua de Miradouro de Lomba, en una terraza colgada sobre el Duero a media ladera, sin cartel desde la carretera, sin pretensiones de ningún tipo, sin ese aire de lugar descubierto por influencer que asesina hoy a tantos buenos restaurantes portugueses. Lo encuentra quien sabe que está ahí, o quien tiene la fortuna —como fue nuestro caso— de que un desvío forzoso lo deposita justo enfrente a la hora exacta del almuerzo. La Providencia, ya lo decía Chesterton, opera sobre todo a través de los baches de carretera.
Mesa en la terraza, vistas francas sobre el Duero abajo, sol de mayo amablemente filtrado por una lona vieja pero funcional. Los siete sentados, cascos desperdigados, alivio en los hombros, esa primera cerveza fría que en ciertos momentos del día adquiere proporciones casi sacramentales. Y entonces empezaron a salir las cosas.
Primero, los entrantes. Barriga de leitão à brasa: tiras de panceta de cochinillo asadas al carbón, crujientes por fuera, fundentes por dentro, con un punto de pimentón y ajo que hacía levantarse las cejas. Una de esas preparaciones que parecen sencillas y son endemoniadamente difíciles de hacer bien. Exige horno, brasa y mano, los tres a la vez.
Después, un tazón humeante de tripas à moda do Porto. Aquí se impone una nota etnográfica importante. Los portugueses llaman tripeiros a los habitantes de Oporto desde el siglo XV, y la denominación no es despectiva sino orgullosa. Cuenta la tradición que en 1415, cuando el infante don Enrique preparaba la flota que iba a tomar Ceuta, los habitantes de Oporto entregaron toda la carne disponible para avituallar los barcos, quedándose ellos únicamente con las vísceras. Con esas vísceras inventaron las tripas à moda do Porto: callos guisados con alubias blancas, chorizo, oreja y morro de cerdo, jamón, zanahoria, comino y laurel. La fórmula es de una contundencia que en la dietética contemporánea sería declarada arma de destrucción masiva. La realidad biológica es que se trata de lo que exactamente pide el cuerpo.
Y de plato principal, bacalhau desfiado con cebolla pochada, ajo, aceite de oliva del país, huevo cocido rallado por encima, perejil generoso y patata cocida acompañando. Dignidad humilde de un pescado seco y salado, rehidratado y desmenuzado, devuelto a la vida por la sabiduría acumulada de generaciones de cocineras portuguesas que entendieron, antes que cualquier nutricionista contemporáneo, que la grasa, la proteína y el carbohidrato deben acompañarse en el plato, sin contar calorías, sin pesar raciones y sin pedir perdón.
Vino del Douro a granel servido en jarra fría, café final, cuenta para los siete que en cualquier ciudad mediana española habría costado el triple. Casi dos horas justas pasamos allí. Eran las cuatro pasadas cuando volvimos a las motos, con esa pesadez digestiva agradable que el veterano sabe gestionar: salida lenta, primeros kilómetros relajados, ningún heroísmo en las primeras curvas.

Entrada en Oporto
El final del río
De Lomba a Ramalde son apenas treinta y ocho kilómetros, pero kilómetros raros: la N-222 entra ya en la órbita metropolitana de Oporto, el tráfico aumenta, las aldeas se hacen suburbios, los suburbios se hacen barrios, los barrios se hacen ciudad. El Douro, que durante doscientos kilómetros había sido nuestro acompañante salvaje, embalsado, vinatero, geológico, se transforma progresivamente en río urbano, ensanchado por la cercanía del Atlántico, con su tráfico fluvial de barcos turísticos, sus puentes metálicos sobre cabeza, sus márgenes urbanizadas. Cruzamos el puente de la Arrábida —obra magna de Edgar Cardoso, arco de hormigón de mayor luz del mundo en 1963—, dejamos atrás la silueta inconfundible del puente de don Luis I al fondo, y a las cinco menos cuarto estábamos aparcando en Tenente Valadim, en pleno barrio de Ramalde.
Aquí se produjo la primera bifurcación logística del grupo. Nuestros colegas tenían reservada una de esas casas tipo airbnb con literas, suelo de tarima crujiente, baño compartido y patio interior con tendedero, fórmula muy en boga entre el motero económicamente sensato que entiende que el alojamiento es función dormitorio y no función ostentación. Eva y yo, escarmentados por el último hotel de Régua —cuyas almohadas tenían la consistencia de un molde de yeso recién endurecido y cuyo aire acondicionado funcionaba con la fiabilidad de una garantía de AliExpress —, habíamos decidido subir medio escalón en la pirámide de Maslow hotelera. Sheraton.
Lo cual, dicho sea sin pretensión, no es exactamente el Pestana Palace, pero garantiza colchón decente, ducha con presión razonable y desayuno que no exige tomar Almax a media mañana. A nuestra edad y con tres días de moto encima, eso es ya un programa político. Debería estar subvencionado.
El aquelarre
Marea azul y blanca
Lo que ninguno habíamos calculado es que aquel sábado, 16 de mayo, en el Estádio do Dragão, a las tres y media de la tarde, el FC Porto recibía formalmente la Taça de campeón nacional tras vencer al Santa Clara por uno a cero, gol en propia puerta de Sidney Lima que cerraba el trigésimo primer título de Liga en la historia del club, primero en cuatro temporadas. Es decir: Oporto entero, en su totalidad demográfica menos los benfiquistas residuales y algún sportinguista descarriado, estaba en la calle.
Cientos de miles de personas. Avenida dos Aliados tomada, autobús descapotable, bengalas, tambores, bocinas, banderas azules y blancas en los balcones, niños subidos a hombros de padres con la camiseta de Diogo Costa. La ciudad cerrada al tráfico desde Aliados hasta la Ribeira pasando por la Rua das Flores, la Sé y toda la baixa entera. Un aquelarre.
El programa cultural que habíamos trazado para esa tarde era de manual: bajar a la Ribeira, contemplar los barcos rabelo, atravesar el Puente de don Luis I por la pasarela superior, regresar por la Sé y la Rua das Flores. Programa serio. Decente incluso.
Programa que duró exactamente lo que tardamos en salir del Sheraton y acercarnos al centro. La marea humana azul y blanca venía de frente, lateralmente, oblicuamente y por la retaguardia, con esa densidad festiva del aficionado que ha esperado cuatro temporadas para celebrar un campeonato y no tiene intención alguna de hacerlo en silencio. Imposible caminar en línea recta. La Ribeira quedaba físicamente inaccesible. El Puente de don Luis I, infranqueable. La Sé, sitiada. La Rua das Flores, cantada al unísono por miles de gargantas.
Tras veinte minutos de heroísmo logístico inútil, optamos por la única estrategia razonable: refugio interior. Nuestros colegas, con Naveiras a la cabeza, nos esperaban en una calle lateral menos transitada, un pequeño café-bar regentado por un benfiquista. La declaración política era inequívoca. Aquel establecimiento, en medio del aquelarre tripeiro, era un islote de disidencia futbolística, un Trás-os-Montes del fútbol portugués, un enclave de libertad para los que no celebrábamos nada. Estuvimos allí casi dos horas, mientras fuera la riada azul y blanca pasaba con la misma actuación etnográfica que una procesión animista del Sahel.

Peregrinatio
Hacia las ocho intentamos el desplazamiento bípedo coordinado. Y entonces emergió, con la determinación del cruzado medieval, el hermano Gelucho —cuyo apetito por las cosas locales tiene la persistencia de los grandes místicos— para anunciar que tenía antojo de francesinha. Y que, además, tenía reservado el local. ¡Oh Dios!
Aquí empieza el calvario. Por motivos sin duda razonables en su día pero opacos a la observación externa, Gelucho había reservado mesa en un establecimiento situado, según el mapa, a varios kilómetros del lugar donde estábamos. No a quince minutos andando: a unos cincuenta y cinco minutos andando, atravesando bolsas de aficionados, sin taxi operativo y sin un solo Uber disponible en el perímetro del centro.
No quedó alternativa: andar. Y andando fuimos los siete. Eva con un estoicismo admirable, propio de quien ha viajado conmigo lo suficiente como para haber renunciado hace décadas a discutir las decisiones del grupo. Yo, en cambio, vive Dios, con los siete demonios menores cabalgándome dentro del cráneo y otros tres mayores instalados en cada rodilla. Porque conviene recordar, a efectos del expediente clínico, que un servidor tiene las rodillas fatigadas y desconcertadas por los azares de la vida, los golpes y las caídas, y la demasía de la propia carne —un bandullo que describe con elocuencia el volumen del concepto— actúa en las largas marchas peatonales más como lastre marítimo que como ornamento abdominal. El traumatólogo, como el cura, predica una cosa y vive otra: yo paso el día diciéndoles a mis pacientes que caminen, y luego me niego íntimamente a caminar yo mismo cuando hay alternativa motorizada disponible.
Por el camino —y aquí la ironía se hacía dolorosa— pasamos delante de no menos de cuatro o cinco casas de francesinhas, todas ellas con cola moderada, todas ellas con olor reconfortante a chocolate, salchicha y queso fundido escapando por las puertas abiertas, todas ellas absolutamente operativas y deseosas de servirnos. Cada uno de aquellos locales fue contemplado, evaluado, descartado, dejado atrás. Gelucho marchaba como Moisés hacia su Tierra Prometida personal, sordo a las protestas sordas del que esto suscribe, repitiendo el santo y seña: «está reservada, es la mejor, yo voy». Es cosa sabida: si uno va, ciertamente va. Y todos vamos.
Llegamos al local de la francesinha reservada cuarenta y cinco minutos después, con las piernas ya yertas y entumecidas, y el humor harto malparado. El propietario, manifiestamente desconcertado, consultó su libreta con la cara de quien intuye que está a punto de protagonizar un equívoco lamentable: la reserva, en efecto, existía. Pero no para esa noche. Para la noche siguiente. Domingo.
Se produjo entonces el silencio característico del grupo ante el error logístico mayúsculo.
El local, por suerte, nos preparó mesa —siete comensales no se dejan escapar—.
No es la francesinha, en modo alguno, manjar de melindres ni vianda sutil. Costra de pan tostado, lechos de jamón, salchicha fresca y filete de ternera, queso fundido que todo lo arropa, salsa compuesta de tomate, cerveza y especias picantes servida cociendo a borbotones, un huevo frito por remate de la torre, y patatas fritas guarneciendo el plato. Plato de una contundencia que en la dietética contemporánea se cataloga como infarto programado, y que en el siglo XX portugués constituyó la fórmula civil para reponer al trabajador del puerto antes de la siguiente jornada. Regada con Super Bock fría o vino do Douro, la tal francesinha resultó, después de todo, magnífica según parece, pues Gelucho acabó pidiendo dos.
Ni Eva ni yo la probamos, que llevábamos el estómago sobrecargado de digerir alheiras, bacalhaus, vinos tintos y tripas varias. Que ya somos ancianos y nos hallamos delicados cuando cambian nuestros humores. Que somos más de cigalas, percebes y cosas de mar.
La vuelta al hotel planteaba un nuevo problema logístico: el local estaba a ocho kilómetros del Sheraton por carretera. Distancia no deseable a pie en plena madrugada portuguesa para una pareja de viejos maltrechos. Reactivé la aplicación de Uber sin demasiada fe. Y entonces, contra todo pronóstico estadístico, apareció en pantalla un vehículo disponible, cinco minutos de tiempo de llegada, tarifa razonable. Nos hizo el trayecto de quince minutos. Eva y yo entramos en el Sheraton deseando tumbarnos y dormir sin despertador.

Telón
Tres días. Mil kilómetros con paradas. Una frontera, un puente romano, una alheira histórica, una catedral con metralla napoleónica, una estrella de doce puntas en Almeida, un cañón del Côa con arte rupestre paleolítico, la N-222 íntegra desde Foz Côa hasta Vila Nova de Gaia, una escalinata barroca de seiscientos ochenta y seis escalones que no subimos, un santuario mariano entre dos torres de alta tensión, una cocina portuguesa servida en terraza sobre el Duero, y siete amigos con seis motos que regresaron a casa con la sensación —rara, valiosa, cada vez más infrecuente— de haber vivido tres días sin que el siglo XXI les pidiera cuentas.
Al día siguiente cada uno tirábamos a casa. La nuestra, hacia Poio, por la autovía. Ya sin épica. Pero esa última jornada, con sus ciento setenta kilómetros mansos y previsibles, no merece capítulo aparte. Los viajes se cuentan por lo que merece contarse, y la vuelta a casa por autovía rara vez merece nada.
Un paréntesis de tres días. Que para los que aún sabemos leer un mapa de carreteras sigue siendo, contra toda evidencia, lo más parecido a la felicidad portátil que ofrece este continente.
