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UN ANACOLUTO EN LA COCINA

UN ANACOLUTO EN LA COCINA

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Es menuda, de aspecto elegantemente frágil. Una fragilidad que no es de carácter. Peina a lo garçon su pelo rubio, con un desorden cuidadosamente estudiado. Ese pelo sirve de marco a una mirada intensa e inquisitiva que observa calladamente el entorno y a los personajes desconocidos que se presentan como sus anfitriones. Tarda en hablar: apenas las palabras habituales de cortesía, el hola qué tal, gracias por recibirnos, mua mua y todo eso. Corrección formal esperable. Lo habitual cuando llegas a casa de unos perfectos desconocidos de los que solo has conocido pinceladas aisladas por persona interpuesta.

Observo esa mirada y ya la tengo calada. Es lista. Lista y discreta. Como una leona camuflada entre la maleza, pensando si es el momento de manifestarse o aún no.

Llegaron los dos este fin de semana. Acompañaba ella al Señor Obispo de Aruba, que conducía su moto adornada por los símbolos de su obispado: la mitra y las llaves de San Pedro. Llegaron cuando Eva y yo estábamos ya de sobremesa, bajo la parra de uno de nuestros restaurantes de cabecera. De esos que te conocen por el nombre y donde la dueña se sienta contigo a tomar el café. Un sitio agradable.

Llegaron, como digo, con las llaves de San Pedro, pero sin las de casa. Que uno podrá portar las llaves que abren el cielo, pero no las del templo pagano donde moran nuestros lares.

Con la visita del reverendísimo y esos ojos garzos se llenó la casa. Y empezó esa danza dialéctica, ese intercambio de palabras y frases a veces inconexas que sirven para situar a la recién conocida en un arco preconcebido de ideas, cultura y pensamiento, mientras cada uno se reserva un poco para no mostrarse del todo. Por temor a ser descortés, o a parecer soberbio, descreído o demasiado ecléctico. Gente sin orden ni concierto. Es la misma batalla que practica ella, desde su lado de la isla.

Esto se hace como siempre se hace: con una botella de vino y una empanada de bacalao con pasas —plato exquisito que no todo el mundo consiente—. La charla sirve para situarse, para marcar las cartas de cada uno en el juego dialéctico. Al fin y al cabo, se va a pasar el fin de semana en casa y hay que contestar preguntas que no se formulan pero que son importantes. ¿Saco el vino bueno, o el normalucho? ¿Da el personaje para un pulpo en nuestro estilo, o le parecerá cosa inapropiada? ¿Merece la pena un desayuno a base de ostras y camarón pequeño en el Tropezón? ¿Y una cena al borde del mar en el Con d’Aldán?. Responder a estas preguntas no planteadas es artificio importante: de ello depende el éxito de la jornada.

Su excelencia, el Mitrado, escuchaba encantado, interviniendo poco, dejando a su pupila fajarse sola. Consciente de su valía.

Resultó la pupila mujer inteligente, de parla bien medida. Culta, cultísima, que juega a desgranar palabras extrañas y en desuso, jerga de filólogos, retóricos y polemistas: anacoluto apareció por sorpresa en la cocina, y yo no me atreví a contestar con solecismo —por no parecer jactancioso y por no dar con él a tiempo, embelesado en la garzidad de sus ojos—.

Mujer que, abrigada apenas con unos pocos años, atesora más vida y más experiencia que muchas personas en cien vidas enteras.

Sin cumplir los veinticinco, inició una relación con uno de los personajes más difíciles de encasillar del elenco cultural español: Fernando Sánchez Dragó, que transitó del comunismo más radical al guiño a Vox de sus últimos años. Dandi contracultural, orientalista, esotérico y provocador mordaz que con ochenta cumplidos se emparejó con una joven periodista de camisa azul que juega a la anfibología visual con su logotipo. Ahí aprendió, si no lo sabía ya, que la vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir.

Eso, queridos niños y niñas, forja carácter. Aporta cultura. Da esplendor al pensamiento y fija conceptos que pocos alcanzan ni siquiera con la madurez.

Y así pasamos el fin de semana. Debatiendo sin debatir del todo, por cortesía y por no incomodar al señor prelado —que nunca se sabe dónde puede acabar un debate cuando aún no dominas las armas del adversario—. Y paseando en moto, con curvas y contracurvas aterciopeladas, que está Monseñor intentando integrarla en la santa cofradía del viajomotismo. Y parece que le place, aquí, a la muchacha.

Emma. Se llama Emma. Mujer que merece la pena conocer, aunque insista en que su nombre se escribe con dos emes.

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