Pues la idea era irse Argelia, con un ferry desde valencia, recorrer el país y salir por Túnez para retornar por Italia. Y así gastar los días de semana santa de una forma adecuada, relajada y exótica a la vez.
Para poder visitar Argelia necesitas tiempo, (lo teníamos), paciencia, que surge de natural al viajar, y un visado.
¡El visado!, ¡Esa es la cuestión! El visado debe pedirse en la embajada de Argelia en Madrid si tu residencia es al oeste de la península, o en el consulado de Barcelona si vives hacia el este. Cosas de argelinos. En su página web aseguran que en 15 días te contestan, con un si o con un no. Pero en 14 días. Eso dicen aun en su gue.
No parece difícil, cumplimentas el papeleo, mandas el pasaporte y todos los papeles que te piden y ya estaría.
Pues no.
La primera traba es el horario. Lo lunes no trabajan, el resto de los días solo dos horas de atención al público, y no puedes mandar los papeles por correo. Debes ir en persona. En persona o contratar a un gestor. Así que contrato a un gestor especializado en Madrí al que mando toda la documentación en el mes de enero. Incluyo, además, un itinerario donde detallo las maravillas que pretendo visitar en su estupendo país. Día por día. Y una relación de hoteles muy caros, ya contratados, donde pernoctar. Como voy de viaje con Eva, adjunto libro de familia que certifica nuestro matrimonio y que dormir juntos y viajar juntos no es pecado y place a Dios. Que vean que vamos en serio
Y pasan los días, y las dos semanas prometidas son ya cuatro. Y nada. Pero me consuelo diciendo que, bueno, una semana más y estará. Total, seguro que la gestoría no entregó la documentación nada más llegar, a lo mejor se demoraron un poquito. Y pasa ese mes, y ya estamos a finales de febrero. Y nada. Ya empiezo a ponerme nervioso. Tengo que contratar el ferry y cerrar los hoteles, pues existe un plazo para anularlos sin coste. En la gestoría dicen que todo está tramitado desde el inicio, pero que son así. Cosas de argelinos y tal.
Y llega el ramadán y ni caso de nuestros pasaportes. En la gestoría también se mosquean y mandan a una chica a ver qué pasa. Y pasa que no les convence ni nuestro viaje ni que una mujer vaya a afearles la conducta y su retraso. Y preguntan nuevas cosas, y se les contesta a las nuevas cosas. Y silencio administrativo una vez más.
Reclamo el pasaporte. ¡Coño, si no me dejas ir a Argelia, devuélvemelo por lo menos, cacho cabrón!
Y van los de la agencia a reclamarlo. Y quien se lo pide es una mujer. Así que ahora te jodes. ¿Cuándo has dicho que ibas de viaje? ¿El 22? Pues el 21 te lo entrego, antes no me da la gana. Y lo recoges en Madrid, Por la tarde de 13 a 14 hrs. Antes no, que antes tomo café, para que te fastidies un poco más, a ver si se te da la virada de ir corriendo desde Madrid a Valencia a subirte al ferry. ¿Ah? ¿Que no te da tiempo a organizarlo todo e ir de Madrid a Valencia y poder embarcar?. No sabes cuánto lo siento.
Y como soy de los de que se joda el capitán que no como rancho, mando a Argelia buscar setas donde no les brilla el sol. Que viaje allí San Alipio de Tagaste y les afeé la conducta, asertivamente.
En definitiva, viaje anulado por la incompetencia de unos funcionarios, de su misoginia y machismo trasnochado, y por su corrupción encubierta (un regalo hubiese engrasado el trámite, dejaron caer).
Tengo un visado que cuesta un dineral y que no usaré, pues no tengo tiempo ni de recuperar el pasaporte con tiempo para embarcar, ni me fio de los funcionarios argelinos. Además, después de todo lo pasado con su embajada, no me apetece el país. No voy ni de coña en la corta vida que me queda. Que Alá, el que todo lo ve y todo lo oye, tenga a bien dejar caer su ira sobre todos los funcionarios corruptos de la embajada de Argelia en Madrid.
Eusebio, el pobre, que se sumó al viaje, no tuvo el más mínimo problema en conseguir su visado en el consulado de Barcelona. En 14 justos días se lo dieron. Muy amables los funcionarios del consulado de Barcelona. Pero él tampoco fue, no le gustó la idea de recorrer Argelia solo. Otro daño colateral de mis amigos los funcionarios de la embajada argelina en Madrid. ¿He dicho ya que serian unos perfectos hijos de la Gran Bretaña?.
Total, que tenemos 15 días libres, la moto en Valencia, a donde la envié para agilizar el viaje argelino, con un billete de avión para Valencia que ya esta pagado. Y además tengo que ir a buscar la moto allí.
No queda otra, allá que vamos. Y como es costumbre en semana santa cuando salimos de viaje, se encadena una mar de borrascas que vienen del oeste. Una tras otra, de forma incansable. Toda la semana santa pasada por agua por toda la península.
¿Toda? No. Una zona del país se mantiene seca y resiste al invasor. Es la última aldea gala. Una esquina que va desde el sur de Valencia hasta Alicante, con centro en Santa Pola donde no lloverá, o casi. Y ahí, en esa burbuja de sol y sombra, pero con poca agua nos refugiamos.
Iniciamos la estancia haciendo base en la casa de Daniel, en Torrent. Donde su madre prepara un arroz con leche de escándalo y donde esta aparcada nuestra moto. Es el momento de conocer al detalle las tierras valencianas, picotear por sus pueblos de interior, y ver que tiene ese rincón de España donde tan buenos amigos tenemos.
¿Y que tiene valencia, además de fallas y paella? Pues castillos, tiene un montón inmenso de castillos. Y torres de vigilancia. Tantos castillos tienen que rivaliza con Castilla, que tiene el nombre por fama de territorio acastillado.
Tiene también un paraje interior de una belleza apacible. De esa que gozas al respirar entre pinos verdes y genistas, mientras te mueves por carreteras de estilo cuaternario. Esos pinos y esa genista que tan magníficamente glosaba el poeta y cantautor Joan Manuel Serrat.
La gente, el turista habitual, ese de chanclas y bermudas, se queda en la costa y no gusta tanto de otear fuera de las playas.
Para ver estos paisajes de roquedas y coníferas, trufados de castillos y torres de vigilancia, debes huir hacia el interior, esquivar a los ciclistas, devenidos en los nuevos señores de las carreteras, y así gozar de tus hallazgos.
Fue Valencia tierra de frontera en la época de la reconquista. Por aquí paseó el Cid a Babieca. Y aquí, dice la leyenda, vino a ganar batallas después de muerto “..en España, dentro de Valencia, falleció el conde Rodrigo, y su muerte causó el mas grande duelo de la cristiandad y gozo grande entre sus enemigos musulmanes”.
Aquella época ruda y a la vez esplendorosa, dejó en el paisaje huellas imborrables en forma de construcciones militares.
Nos dejamos embeber por las historias que se pueden entrever entre las ruinas de castillos y fortalezas, tanto árabes como cristianas. Torres de alerta, de esas de centinela perdida. Castillos hospital. Castillos templarios y hospitalarios. Pueblos fortificados. Historias de batallas, de conquistas y reconquistas. Cada colina tiene su castillo, su fortaleza o su torre. Muchas de esas construcciones se encuentran en estado ruinoso, algunas son de difícil acceso y otras espléndidamente conservadas y reconstruidas. Son joyas de nuestro patrimonio.
Es fácil salirse de los límites de la comunidad por esas carreteras estrechas. La frontera entre la comunidad valenciana y la comunidad castellano manchega, o la aragonesa, se traspasa sin darte cuenta.
Y así picoteas por Teruel, y fisgoneas por las rendijas de Cuenca y Albacete para colarte por las hoces del Rio Júcar, para sorprenderte con las vistas del mirador de Jorquera. Esta húmeda primavera ha reverdecido paisajes que antaño eran de color ocre. Algo que volverá a ocurrir este verano, pero que ahora presenta un color verde intenso, picoteado en rojo por las amapolas, y en malva por las flores del cardo. Paisaje agreste, historia viva, belleza a tu alrededor. Se disfruta del viaje.
Escapamos de las borrascas consultando compulsivamente los mapas del tiempo. Y ese clima cambiante nos lleva hacia el sur, hacia Santa Pola, buscando el sol como excusa para visitar a mi anciano padre, que vive retirado al calor del levante mientras siente morriña por el húmedo clima gallego.
La costa que va desde Alicante hasta Torre Vieja goza de un clima casi perpetuamente soleado, con escasas precipitaciones, ya que se permite el lujo de beber el agua de la sierra del Jucar y el Segura, secando el rio Taibilla con su sed perpetua.
La costa en si sufre una alta presión turística que desdibuja los pueblos de pescadores, engulléndolos. Aún así, tiene mucho que ofrecer al viajero curioso. Las salinas de Santa Pola o las de Torre Vieja, atraen a los flamencos en la primavera y ofrecen un paisaje onírico de agua embalsada con colores verdes, rosas y malvas. Ofrece también calas olvidadas por los turistas, que nos dejan imaginar cómo sería esta costa antes del desarrollismo descontrolado. Ese desarrollismo que convirtió en un Manhattan desubicado al pequeño pueblo de pescadores que fue Benidorm.
Poco queda ya de la visión poética de ese mar que besa aldeas, caprichosamente, según nuestro cantautor mediterráneo, “como una mujer, perfumadita de brea”. Pero quedan aún los atardeceres rojos, y el sabor amargo de su llanto eterno. Vertido por cien pueblos, desde Algeciras a Estambul. Y su luz.
Es Semana santa, al fin y al cabo, así que vemos procesiones en Elche, y disfrutamos de su palmeral en compañía de la familia.
El palmeral de Elche, patrimonio de la humanidad, es el mas grande de Europa y de él se surten los palmeros para, con palmas blancas, procesionar devotamente en estas fechas de tradición cristiana.
Y pasan los días de esta húmeda semana santa, con quiebros de cintura para evitar la lluvia, escapando de ella de un sitio a otro. Somos peregrinos errantes sin destino fijo. Nómadas al albur del viento y de la lluvia. Dormimos en hoteles que encontramos en la ruta, unos normales, otros pésimos y alguno excelente.
Pero la semana santa se acaba y aún nos quedan días para gastar. Días destinados a Túnez y que ahora gastaremos por Andalucía. Nuestra brújula apunta decididamente hacia el sur, hacia esa ‘tacita de plata’ que es Cádiz.
Allí nos espera Ramon Portilla, ese veterano alpinista que nos enamoró en aquel programa mítico y realizado por locos, “Al filo de lo imposible”. También Ricard, que consiguió escapar de Yakarta para coincidir todos en Cádiz.
Tacita de plata. “To Cádiz la catedral, la viña y el mentidero, y verán que no exagero, si al cantar la habanera repito. La Habana es Cádiz con más negritos, Cádiz es la Habana con más salero”. Así reza la habanera que tan bien cantaba Carlos Cano, ya fallecido. Y es razón lo que canta la canción. Si has visto la Habana, y recorrido sus calles, y paseas Cádiz, y te asomas a su malecón, y a la Caleta. Veras que no exagero…
Venir a Cádiz y no enamorarse de esta ciudad es algo imposible. Aquí pasamos varios días, disfrutando del clima y de los amigos.
Y es que se junta aquí un pequeño elenco de gentes especiales.
Dicen que desde Shackleton ya no hay más aventureros. Lo dicen, pero no es cierto. Existen gentes de espíritu siempre inquieto, que forman parte de una raza especial de aventureros, una especie que vive siempre fuera de los límites de la monotonía, en constante búsqueda de nuevas conquistas. ¿Por qué lo hacen? ¿Qué les lleva a colgarse de un globo sobre los Andes para sacar una foto? ¿o escalar la cara norte del Chogolisa? ¿Que los lleva a dejarlo todo y cruzar el mundo por la ruta más difícil?
Por sus venas corre la sangre de Marco Polo, la de Admunsen, la de Colon…
Son gentes a las que miras con admiración, y entre ellos está Ramón Portilla, que nos deslumbra, una vez más, con sus experiencias y su tranquilidad veterana en una charla que juntó a lo más granado del alpinismo nacional. Conocerlo es un placer y llamarse amigo es un lujo. Y está también Ricard Tomas, nuestro fixer asiático de cabecera. Alpinista, viajero, emprendedor, empresario, motorista… El goza de la compañía de su amigo Ramon, casi hermano. Están unidos por una estrecha amistad sellada por experiencias que solo ellos conocen.
Y se acercó Eusebio, desde Mallorca, con Marisa, para así completar el cuadro de los viejos amigos Kiyrguises. Solo faltó Dani, que harto de nuestra constante presencia por Valencia buscó cosas que hacer por Madrid. Y Jordi, pero lo de Jordi es siempre diferente.
Nos alojamos todos en el hotel Alquimia regentado por la mujer de Jose Piñeiro, que es la que lo trabaja, mientras que Jose, gallego de nacimiento y gaditano de crianza, se nos revela como un personaje ecléctico, viajero, aventurero y de una voluntad inconmovible. Hábil motorista de larga distancia, ha sido guarda jurado, buzo profesional, marino mercante, artista, hostelero y empresario de artes gráficas. Un hombre de sapiencia vital sin parangón del que se tiene mucho que aprender. Ramon, Ricard y él son amigos desde hace años. ¡Los tres cumplen méritos sobrados para figurar en el salón de la fama de los mas cuerdos locos aventureros del mundo!
Y hoy nos incluyen en su especial circulo. Estamos orgullosos.
Los días de Cádiz se pasan caminando sus calles, comprando atún y marisco en su mercado, para luego entregarlo a un restaurante que lo cocina para nosotros. Y desayunando churros de “La Guapa”, paseando por “la Caleta”, cantando canciones olvidadas y preparando nuevos y fantasiosos planes. Nos queda, a todos, la última frontera.
Siempre la última.
Pero ya han pasado los días y toca volver. Salimos de Cádiz con Eusebio y Marisa camino de Utrera, pasando antes por Lebrija a comprar pan en la panadería de Vélez, afamada ella como la mejor del mundo mundial.
En Utrera comemos juntos antes de despedirnos, ellos van al este, nosotros al norte.
Bordeamos la ruta de la plata por la antigua carretera hasta pernoctar en Mérida. El domingo seguimos hacia el norte, dejando despejar el día para rodar en seco, eso retrasa nuestra salida lo justo para coincidir con Lorenzo y Montse a la salida de Salamanca. Ellos vienen desde Ezcaray. Con la suerte de que todo se coordina para llegar a la vez al punto de encuentro en un bar de carretera. Vamos justos de tiempo, pero es suficiente para un viril abrazo con beso de calva, tomar un café y charlar un poco, que es cosa agradable charlar con buenos amigos en la ruta. Somos muy afortunados de poder hacerlo. Son la seis de la tarde y aun toca subir hasta Poio. Abandonamos las carreteras secundarias que tanto nos gustan por la practicidad de la autovía, llegando a casa con la puesta de sol, el neumático casi plano y el carenado cubierto por una constelación de insectos sacrificados en el altar de la velocidad.
No fue la semana santa que habíamos imaginado, pero no estuvo mal. Nos sentimos prisioneros en la península por culpa de unos funcionarios corruptos primero, y por un cerco de nubes y lluvia después. Pero conocimos gente nueva, reforzamos amistades y visitamos sitios que otro modo nunca veríamos. Días de vida nómada, carreteras inesperadas, paisajes sorprendentes, amigos reafirmados.
Fue una buena ruta
Aquí un vidrio de la vuelta
Fue una buena ruta…
3 Comments
el Pollo Pepe
«Adjunto libro de familia que certifica nuestro matrimonio y que dormir juntos y viajar juntos no es pecado y place a Dios. Que vean que vamos en serio» Cojonudo!!!!
Al final, ni tan mal. ¡Viva España!!
Pako G.
Es que Cadiz, es Cadiz. No miento!
Eusebio
Como siempre un auténtico placer compartir unos días con vosotros, Ricard, Ramón y José, en la tacita de plata.