Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

Semana santa 2023

Llueve. 

Llueve como suele hacerlo en las gastadas lomas de nuestra Galicia natal. Pausada y eternamente. La península sufre una pertinaz sequía que no afecta a nuestra esquina del mapa, eternamente húmeda. 

Tenemos una misión: debemos probar la moto que nos llevará este verano hacia el Pamir. Es un viaje de prueba que realizamos aprovechando las vacaciones de Semana Santa de este 2023 tan prometedor.

La moto es una Triumph 800 XC que cumple los requisitos para un viaje de este tipo. Es un modelo del 2015, con muy pocos kilómetros. La moto es un regalo de uno de esos amigos que lo son como hermanos. Arturo, alias Choco, compañero de fatigas deportivas extremas que se iniciaron en la adolescencia y crearon un vínculo sólido como una roca. Un vínculo como el que se crea tras haber sufrido en las mismas trincheras el ataque de un enemigo encarnizado. Y has sobrevivido. El remo, ese deporte físicamente extremo hasta la extenuación, es el cemento que consolidó nuestra amistad.

La moto vivía en la casa de Choco, aburrida por su poco uso, esperando aventuras que nunca llegaban, y Choco, conocedor de que buscamos una moto para nuestra locura, apareció con las llaves el día de mi cumpleaños. Un regalo perfecto.

Bueno, el caso es que debemos probar la nueva máquina, y no será suficiente un paseo por los alrededores como quien estrena juguete nuevo. Así que la configuramos para viajar en serio: se le acoplan maletas, se le hacen apaños eléctricos para conectar GPS y demás artilugios, se le refuerza el amortiguador trasero y las defensas. Neumáticos nuevos con cámaras reforzadas. Cambio de filtros, aceites y demás líquidos. La preparamos para lo peor, esperando lo mejor.

El sábado amanece gris, lluvioso, frío. Es un día desangelado, de esos que invitan a quedarse en casa con las pantuflas y un brasero, comiendo palomitas mientras ves la tele y criticas al gobierno. Pero salimos. Rumbo sur de la península bajando por Portugal. Vamos dirección a Caldas da Rainha. Allí ha establecido su residencia nuestro amigo Marcos, un exiliado económico de España que se desplazó al sur de la raya, harto de los constantes ataques de la Hacienda española a su pequeña empresa.

Caldas da Rainha es una antigua ciudad balneario portuguesa cuyas calles están empedradas en un elegante mosaico de blanco y negro, donde pequeños adoquines dibujan patrones de damero al más puro estilo lusitano. En ella está establecida una escuela de artes gráficas de reconocida fama en el país vecino.

Tiene un parque público enorme donde destaca un antiguo hospital que semeja el colegio de Hogwarts, donde estudiaba Harry Potter, y una fauna avícola espectacular, que incluye faisanes reales que vuelan libres por la ciudad. Se mueven mágicamente, cambian de un tejado a otro sin que nunca los veas volar. Los ves ahí arriba, escuchando su peculiar graznido, desvías un rato la mirada y al volverla de nuevo, ha desaparecido y está ya en otro tejado. Parece magia, y quizá lo sea.

Caldas tiene una población muy variopinta, ecléctica, donde se juntan mochileros desarrapados con las inquietudes culturales de una juventud muy pujante. Tiendas donde comprar artesanía a precio justo. Fachadas y muros decorados con grafitis de una calidad artística innegable.

En esta Semana Santa han recreado, en su parque central, el País de las Maravillas del cuento de Alicia, donde los niños y los no tan niños pueden dejar volar su imaginación. Te cruzas con el sombrerero, la reina roja y el conejo blanco. 

– Lo mejor será que bailemos. 

-¿Y que nos juzguen de locos, señor conejo? 

-¿Usted conoce cuerdos felices? 

-Tiene razón, bailemos.

Un paseo pausado por el centro de esta villa es inexcusable. Si vienes aquí, quédate por lo menos una noche. Observa su mercado de la fruta por la mañana, pasea su carpa, curiosea en sus puestos. Deléitate con los pavos reales y los cisnes negros que vuelan libremente por su parque central. Fisgonea por las pequeñas tiendas de artesanía y arte locales. Y date, por fin, un masaje en su balneario.

Abandonamos Caldas da Rainha a media mañana, dirección este, hacia España, cruzando la Extremadura portuguesa. El camino ofrece retazos de aventura. La ruta nos lleva atravesando unas marismas sobre un estrecho puente. Nuestra presencia levanta, de pronto, el vuelo de una miríada de aves que resultan ser ibis negros. La inconfundible curvatura de su pico los identifica. El sol, casi a contraluz, convierte su plumaje en un espectáculo de reflejos castaños y verdes.

Vuelan en grupo, se posan, levantan de nuevo el vuelo, sin alejarse nunca de la marisma, a escasos metros de la moto, que paramos contra el pretil del puente. Bailan para nosotros. Es un ballet que sigue notas caprichosas siguiendo el ritmo de los reflejos del sol en su plumaje iridiscente. Saco fotos como un loco, aunque soy consciente de que esa misma luz que provoca esos reflejos verdes no dejará obtener una buena instantánea. Es un bonito y reconfortante espectáculo.

La misma ruta nos lleva a cruzar otro puente, este es un túnel de hierro, una jaula, que solo permite el tránsito de un vehículo por sentido, por lo que el paso se regula con un semáforo. Es un puente incómodo por las esperas que provoca, pero es un puente con alma propia, muy alejado de las mastodónticas estructuras modernas y funcionales.

Nos dirigimos a Olivenza, en la España extremeña. 

Olivenza es un pueblo fronterizo disputado por España y Portugal en conflictos pasados, una especie de Gibraltar a la inversa. 

Situado en el lado español del Guadiana, que en esta zona hace de frontera, cuando fue conquistado/recuperado para nosotros, el antiguo puente sobre el Guadiana fue destruido, para así evitar la reconquista por las tropas de Portugal. Hoy ves sus ruinas al lado izquierdo del puente nuevo, que paralelo a él cruza el Guadiana hoy en día.

Olivenza es un pueblo monumento. Su plaza mayor es típicamente extremeña. Esa Extremadura rural que es cuna de conquistadores. Nos sirve para descansar y refrescarnos en ella, abarrotada en este soleado Domingo de Ramos. Buscamos alojamiento en las afueras y encontramos un hotel rural. Hotel que nació de las cenizas de una antigua hacienda agrícola, con su patio interior y sus construcciones extremeñamente recias. Somos los únicos huéspedes, un lujo en la abarrotada Semana Santa. El dueño decidió abrir en el último momento y no pudo llenarlo. A nosotros nos place. Nos ofrece tranquilidad, cena y desayuno sin alejarnos de nuestra ruta.

Campos verdes acompañan nuestra ruta hacia Sierra Morena. Nos deleitamos con las vistas desde el castillo de Reina y nos perdemos por pistas hacia la ermita de Nuestra Señora del Ara, capilla sixtina de Extremadura. Está cerrada y no podemos observar sus afamados frescos. ¡Pero merece la pena! Está situada en un entorno natural único y privilegiado, rodeada de olivos a los pies de Sierra Morena. Esta ubicación, alejada del mundo exterior, no hace sino aumentar el misticismo y la belleza en torno al monumento.

Enclavada a solo 7 kilómetros de Fuente del Arco y a un suspiro de la frontera andaluza, la ermita comparte protagonismo con la Mina ‘La Jayona’, impresionante monumento industrial situado a menos de 6 kilómetros que complementa perfectamente la visita a la zona.

Los cimientos de la Ermita fueron levantados a finales del siglo XIV o principios del siglo XV, no se sabe con certeza, probablemente sobre los restos de un templo anterior. Sin embargo, su origen es objeto de leyendas que forman parte de la tradición oral del municipio y que hacen referencia a milagros que premian la conversión de los infieles. Para verla se debe concertar una cita con antelación, cosa que no hicimos. Otra vez será.

Entramos al fin en Andalucía por rutas comarcales que cruzan el Parque Natural de Sierra Morena. Las manadas de ciervos y las aves rapaces que se nos cruzan por la solitaria pista que usamos nos recuerdan la especial abundancia de fauna de este apartado parque natural. Y desde él saltamos al Parque Natural de la Sierra de Andújar.

Baños de la Encina, a los pies de Sierra Morena, nos sirve de entrada. Lo domina un castillo de origen árabe llamado de Bury al-Hammam o Burgalimar. Es este un impresionante castillo que se encuentra en lo alto, protegiendo la villa. Su nombre significa Castillo de los Baños, testimonio de un pasado de balnearios hoy olvidado.

El califa cordobés Al-Hakam II, hijo y sucesor de Abderramán III, mandó la construcción del castillo allá por el siglo X. Una lápida fundacional, en la que puede leerse: «Mandó edificar esta fortaleza el siervo de Dios Alhacam Almostánsir Bilá Emir Almuminín, cuya vida Dios guarde», nos lo recuerda.

El pueblo, muy adecuado para pernoctar, está cuajado de fondas que ocupan las antiguas casas señoriales de una villa que hoy es patrimonio. Nos alojamos en una de ellas, la mas adecuada a nuestro parecer.

Salimos camino del muy conocido parque de Cazorla, pasándonos por el Oratorio rupestre de Valdecanales, un eremitorio rupestre de origen visigodo situado en el municipio de Rus, ya en la provincia de Jaén. Su construcción se fecha entre los siglos VI y VII, y se trata del único hipogeo visigodo en el sur de España.

Situado en el cerro de la Alcobilla, entre Zagahón y Los Escuderos, llegar hasta él exige abandonar la carretera y adentrarse, siguiendo las coordenadas del GPS, por campos de olivos. Aun así, necesitaremos de nuestro dron para encontrarlo desde el aire. A pesar de haber sido declarado Monumento histórico-artístico en marzo de 1970, su estado se ve afectado por la erosión de su piedra al no contar con ningún tipo de protección. Sujeto a las inclemencias del tiempo y a merced de actos vandálicos puede deteriorarse muy rápidamente. Y eso se le nota.

Sin embargo, este abandono le proporciona el valor intangible de las cosas poco humanizadas. Está allí, solitario en mitad del campo. Oculto a miradas indiscretas y solo accesible para el que tenga auténtico interés en encontrarlo. Te paseas por él, te adentras en las cámaras interiores y dejas volar tu imaginación a tiempos pretéritos sin la contaminación que provoca una visita guiada, urbanizada y regularizada. Es un tesoro escondido a plena vista.

Y ya, siguiendo el cauce del Río Segura, nos orillamos al este de la península, con la mirada dirigida hacia Santa Pola. 

Allí vive, retirado desde hace unos años, mi anciano padre. Entre morriña de su Galicia natal y el abrazo del sol mediterráneo, comparte sus días con Paki, quien ha pasado de ser una simple amistad a convertirse en su compañera inseparable y el amor de su vejez.

Es inevitable no aprovechar el tiempo de bonanza para hacer turismo a pie de carretera. Las salinas de Torrevieja, el Cap de Santa Pola, San Pedro del Pinatar, la isla de Tabarca… y ya desde ahí, viraremos a babor para tomar rumbo norte, hacia Torrent, donde hemos quedado con Dani, compañero de rutas inolvidables. Se unen también, en este último tercio de ruta, Eusebio con Marisa. Nos juntamos una vez más, los viejos amigos kirguises.

Eusebio, metódico como es, ha preparado una ruta que incluye la «Ruta del Silencio».

La Ruta del Silencio —rebautizada por algún brillante burócrata provincial como «Silent Route» en un alarde de colonialismo lingüístico injustificable— representa el desesperado intento de la comunidad aragonesa por revitalizar los páramos despoblados de Teruel. Una iniciativa que surgió cuando a algún iluminado se le ocurrió trazar un camino para moteros, vendiendo como exótica exclusividad lo que no es más que la cruda realidad de la España vaciada: territorios yermos, pueblos fantasma y paisajes que permanecen intactos no por decisión conservacionista, sino por puro y simple abandono.

Han creado un portal web que, con erudita precisión, te guía por todo el recorrido: desde la panadería más recóndita hasta el restaurante más insospechado, sin olvidar los lugares designados para el solemne ritual de adherir «tu pegatina» —ese moderno exvoto del turista motorizado. 

A mi juicio, esta bien intencionada estrategia de convertir la despoblación en atractivo turístico roza lo paradójico. Es un absurdo oximoron. Pretender revitalizar un territorio auténticamente despoblado invitándolo a llenarse de turistas es como intentar preservar la pureza de un bosque virgen trazando en él una red de senderos asfaltados: una contradicción que termina destruyendo la esencia misma de lo que pretende salvar.

En el pecado llevarán la penitencia.

En esta época del año, cuando somos pocos los motoviajeros, se percibe el éxito de la iniciativa, pues los grupos de motos se dejan notar por doquier. Aun así, a pesar de esta crítica, la ruta es hermosa. Tiene un encanto innegable.

Escapamos de la ruta hacia Trasmoz. 

Trasmoz es un pueblo muy peculiar. Es, hasta donde yo sé, el único pueblo excomulgado de toda Europa y declarado oficialmente maldito. Situado en la provincia de Zaragoza, tiene poco más de 83 habitantes. Su peculiar historia es una historia de rebeldía y astucia.

Durante el siglo XIII, los ocupantes del castillo ocupaban su tiempo libre falsificando monedas. Para evitar que la población local investigara los ruidos fruto del raspado y martilleo, difundieron el rumor de que brujas y hechiceros hacían sonar cadenas y forjaban calderos para hervir pociones mágicas por la noche. Una coartada perfecta.

Trasmoz, que gozaba de minas de hierro y plata y vastas reservas de madera y agua, también era territorio laico, lo que significaba que no pertenecía al dominio circundante de la Iglesia. Por real decreto no tenía que pagar diezmos al cercano monasterio de Veruela, y esto no placía a la Iglesia.

Cuando los rumores de Trasmoz como refugio de brujería comenzaron a extenderse más allá de los límites del pueblo, el abad de Veruela aprovechó esta oportunidad para castigar a la población, solicitando que el arzobispo de Tarazona excomulgara a todo el pueblo. Esto significaba que no se les permitía confesarse ni tomar los santos sacramentos en la Iglesia católica si no se arrepentían.

Pero la rica comunidad de Trasmoz, una mezcla de judíos, cristianos y árabes, no se arrepintió. En 1511, con el permiso explícito del papa Julio II, la Iglesia lanzó una maldición sobre la aldea. Se entonó el Salmo 108, la herramienta más poderosa que posee la Iglesia para pronunciar una maldición:

«¡Que en el juicio resulten culpables, que consideren pecado su apelación!

 ¡Que sus días les sean acortados y que otro se apodere de su cargo! 

¡Que sus hijos queden huérfanos y sus mujeres, viudas! 

¡Que un acreedor les quite todo y extraños se apoderen de lo que les ha costado!

 ¡Que nadie les haga un favor, y nadie se compadezca de sus huérfanos!

¡Que sea su descendencia exterminada y se borre su nombre en una generación!”

Alegaron que la gente de Trasmoz había sido cegada por la brujería, y como la maldición fue sancionada por el Papa, solo un Papa tiene el poder de levantarla. Ninguno lo ha hecho hasta el día de hoy. Un pueblo que vive con orgullo su condición de maldito. Aquí, exclamar ‘¡maldito pueblo!’ no es una ofensa, es un elogio.

Continuamos ruta hacia el este, pasando por Vozmediano, Talvella y Ucero, bordeando el imponente Parque Natural del Río Lobos, hasta llegar a Aranda de Duero. Aquí nos alojamos en el Hotel Bodega de Torremilanos: un establecimiento que combina una bodega centenaria con un excelente hotel, todo ello situado en una finca rodeada de viñedos en plena Ribera del Duero. 

El lugar ofrece la oportunidad perfecta de disfrutar del enoturismo en una de las regiones vinícolas más prestigiosas de España, con un alojamiento confortable, un restaurante de calidad y, por supuesto, vinos excepcionales para compartir.

Excelente lugar para despedirse entre amigos. Eusebio y Marisa se van a Mallorca, Dani se vuelve a Valencia. Nosotros seguiremos ruta este hasta casa.

Somos afortunados. Un viaje así es mucho más placentero cuando te encuentras con amigos con los que compartir parte de la experiencia. Esto fortalece vínculos, más aún cuando se riegan con un buen vino de la Rioja.

¿Y la moto? ¿Cómo va esa Triumph? Pues va bien, no es la Ducati, evidentemente. No tiene ese empuje ni esa mala leche. Pero este es uno de los motivos de su elección: pretendemos con ello alargar la vida de los neumáticos (que la Ducati se come a mordiscos) y mejorar la autonomía. Lo de los neumáticos va bien; al acabar el viaje después de varios miles de km, se mantienen en buen estado.

Pero la autonomía… el consumo es excesivo para una moto como esta. Sus 800 cc y sus 95 CV consumen más que los 1260 y 170 CV de nuestra loca Ducati. No consigo bajar el consumo de 6 litros a los 100. Tendremos que ver eso, quizá aumentando un diente al piñón de salida y así alargar el desarrollo. 

En mayo la empacaremos, le pondremos un sello y la mandaremos a Grecia, para aliviar el trámite de llegar al Pamir.

Leave a Comment