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Hay sitios de los que nunca se vuelve del todo. Algo de ellos te acompañará, y la memoria, distorsionada por el tiempo, te los traerá una y otra vez al presente, distorsionados cada vez más irreales, pero poderosos y vividos.

Vuelves la vista atrás y recuerdas. Recuerdas sitios, olores, sabores y sensaciones variadas. Las caras de gentes que conociste vuelven una y otra vez a tu mente. Parecen estar ahí.

Huele a especies raras, a musgo y a humedad, sientes frio, o calor sin que el termostato de tu casa se mueva un solo grado. Y así, por los recuerdos, viajas otra vez. Por eso fuiste, para no volver del todo.

 

Chios, el monte Ararat, Monte Nenrut,  Albania, los campos  perdidos de Camboya, el rio Mekong,  el archipiélago del Bijagos, el rio Kunene y los desiertos de Namibia… tantos lugares. Y ahora Caleta Tortel en la ruta austral. Mi memoria se confunde y empiezo a mezclar sensaciones

 

La ruta Austral, que prometía un viaje al verano en pleno invierno, y resulto ser un viaje a otro mundo, a un mundo primitivo y audaz, donde el hombre está claramente empequeñecido por el poder de Gaia. Es la Pachamama en su esplendor.

 

Austral,… suena bien, es un nombre poderoso, sonoro. Adecuado al lugar que ocupa en la tierra.

La ruta austral es el resultado insatisfactorio de intentar doblegar la naturaleza más indómita del planeta. Salvaje por orografía y clima, aquí el esfuerzo de abrir una simple pista exige un trabajo abrumador, que ademas será transitorio. “Carretera en permanente deformación”, informan, con contundencia y claridad las señales de la carretera. El esfuerzo solo es justificable por la tenacidad humana de llegar por tierra a cualquier sitio del planeta.

La ruta, que comienza pacíficamente en Puerto Montt, ya en el sur de Chile, discurre directa hacia el mediodía,  hasta villa O´Higgins. Mas allá existen senderos y trochas que quizá, en el futuro, sean carreteras transitables por vehículos normales, pero hoy solo lo son para los expertos del lugar y locos aventureros.

 

La ruta empieza, como digo, en Puerto Montt, por una carretera asfaltada numerada como la 7. Ruta 7, pues.

 

Somos un grupo reducido, no nos conocemos de nada. Nos encontramos por primera vez en el moto-Camp de Pucon, a los pies de los Andes, al sur del rio Bio-Bio. Justo al norte del volcán Villarica. Aquí pasamos el fin de año, sin fuegos artificiales, pero cenando al aire libre con uvas y Champan en torno a una hoguera. Viajamos hasta allí con Alicia y Daniel conduciendo una Pick Up que carga las motos desde Santiago de Chile a donde llegamos después de una largo vuelo desde España, no apetece meterse más de 1000 km de autovía subidos a las motos. Ese no es el objetivo.

Poco a poco llegan nuestros compañeros de viaje. Esta Francoise, un belga enjuto, con barba rala de varios días. Es Francoise un motard autentico, de chupa cuero y pantalón pitillo, sin estridencias, un tipo callado y humilde que sonríe con los ojos. Ha visto mucho mundo, pero no alardea de ello. Ahí donde lo veis es un chef de cocina. Con el llegó Joaquin, piloto jubilado de IBERIA. Joaquin es un hombre que vive solo, viajado. Tuvo un mal comienzo, antes de empezar el viaje al sur, se cayo con su GS alquilada negociando un trocha por el volcán de Villarica. La consecuencia es un fuerte golpe en el tórax que le parte tres costillas. No podrá conducir la moto en ese estado. Lo médico y poco a poco se convence de que podrá realizar la ruta, pero en el coche de apoyo. Y solo si se porta bien.

También llega Maria Julia, peruana, Una madura señora que asegura estar a régimen y por eso pide poca comida, pero prueba la de todos. Es una mujer decidida pero no parece hábil a los mandos de su GS 700 así que tendrá que superarse para llegar al final.

Marcia es nuestro contacto chileno, hará las funciones de guía, pues ella organizo la logística del viaje. Es menuda, fibrosa, y conduce una KTM 1290 como quien lleva un scooter. Tiene coraje esta chilena. Con ella se une al grupo Maximo. Un italiano de Taranto que resulto ser piloto oficial del equipo Honda de enduro en Chile. Conduce una Africa oficial como quien lleva el diablo. Hará funciones de mecánico de emergencia y moto escoba. Y estamos Eva y yo, que nos hemos agenciado una estupenda KTM 1290.

 

La ruta la empezamos en Osorno, donde Maria Julia alquila su moto, Joaquin devuelve la suya y todos empezamos, cansinamente, nuestra ruta al sur.

El inicio es sencillo y la ruta se va desgranando poco a poco, con pereza. Entre transbordadores, asfalto, y ripio que se alternan con una frecuencia aleatoria.

Bajo nuestras ruedas pasan los kilómetros que nos hace atravesar pueblos, cada vez mas pequeños. Hualiue, Hornopiren, Letegu.… Mientras el grupo se dirige a Coyaique, nosotros nos desviamos a Puerto Aysen. En Puerto Aysen vive Emilio, compañero de instituto e inicios de carrera, que dejo España hace casi 30 años para trabajar en Chile. Hoy es director del puerto de Chacabuco, sustituto del de Puerto Aysen cuando este quedo cegado por los lodos del rio.

Emilio nos trata como si nos lo mereciéramos, y nos invita a un asado de entraña. Una carne sabrosa, pero dura cuando se enfría. Nada que el buen vino chileno que nos ofrece Emilo no pueda solucionar. Resulto ser un cocinitas nuestro amigo, cómo suele ser la gente inteligente, y ademas de su asado de cordero nos ofrece una serie de platos chilenos entre los que destaca el Chupe de centolla Magallanica. Una delicatessen espectacular. Nos despedimos del amigo de la infancia con la promesa de un próximo encuentro en Galicia.

 

Y salimos solos de nuevo, a la búsqueda de nuestro grupo con el que nos reencontramos en Cerro Castillo, camino ya de Puerto Rio Tranquilo. Es a partir de aquí, de Cerro Castillo, donde la pista asfaltada termina de forma definitiva. Ya no volveremos a ver asfalto hasta la ruta 40, en Argentina.  Las distancias entre pueblos aumentan, sino en km, sí en tiempo invertido.

 

El paisaje es cada vez mas sobrecogedor, los rios son más caudalosos y de color esmeralda, el asfalto desaparece hasta ser puro ripio y tierra, y el verano austral se asemeja, cada vez más a un invierno europeo.  El frio aumenta y la cota de nieve baja a unos escasos 100 metros.

Pero es el paisaje el gran protagonista.

Por tramos, la frondosidad de  los bosques no te deja apreciar el entorno. Todo es verde y agua. Pareces viajar en un túnel verdoso y húmedo, cerrado al paisaje. El dicho popular de que los arboles no te dejan ver el bosque se torna físico aquí,  y de repente, el bosque deja paso al páramo, el camino asciende riscos y colinas y la altura de la carretera sobre los rios deja verlos en todo su esplendor esmeralda. Glaciares colgando de la montaña, derritiéndose en cascadas infinitas, en precario equilibrio sobre la pista, amenazandola.

Y así, en ocasiones un páramo desolado, enorme, deja ver las heridas que una naturaleza indómita deja en el paisaje. Uno de esos glaciares se ha desprendido de la montaña al sur del lago Yelcho y ha arrasado el valle con una violencia extrema. Ha ocurrido hace dos años, pero cuando pasamos por allí, Francois y nosotros, que nos hemos adelantado al grupo, no podemos sino parar. La cara de Francois lo dice todo. “Qué ha pasado aquí?”, Hasta dónde alcanza la vista el valle esta totalmente arrasado. Es el poder inconmensurable de la Pachamama desatada.

 

De vez en cuando paras en la carretera y dirigiendo tu vista al horizonte solo ves la herida que deja la carretera en un paisaje virgen completamente. No se ven pueblos por kilómetros, ni casas aisladas, ni hilos eléctricos. Nada que revele presencia humana más allá que la cinta marrón de la pista que nos lleva.

En ocasiones el viaje regala momentos mágicos, esta vez en forma de larga ruta de ripio hacia Puerto Rio Tranquilo, son ciento y pico km que Francois y nosotros hacemos en solitario, decidimos dejar el grupo atrás y rodamos a un ritmo elevado, levantando nubes de polvo seco y gris a nuestro paso. Concentrados en la conducción por tierra el ritmo se eleva más y mas. Hasta que de repente, a la izq, vemos una hacienda que ofrece cerveza fría. Los tres tenemos la misma idea y las dos motos derrapan mientras frenan. No necesitamos decirnos nada.  Dejamos las motos aparcadas de forma visible en la pista, para que el grupo vea dónde estamos, no existe otra forma de comunicarlo. La cara de Francois es, ya antes de sacarse el casco, un poema a la alegría. Sonríe abiertamente con los ojos enmarcados en una cara gris de polvo. La felicidad es absoluta.

 

Al rato llega Max, destripando su honda todo lo que puede, en nuestra búsqueda. Le vemos pasar enrabietado mientras levantamos las cervezas. Ve nuestras motos y frena, derrapando, tanto que se va a la cuneta. Otra cara de felicidad debajo de su casco se adivina en sus ojos.

Poco a poco nos reagrupamos. Cerveza para todos, comida chilena, descanso tirados por el suelo. El día hoy es radiante y la felicidad rodea el grupo entero. Ese día no había mejor lugar en el mundo que ese para estar.

A nuestro alrededor,  poco a poco, se unen más moteros, somos el centro de la fiesta que se acaba de montar. Entre ellos algunos con problemas, un pinchazo que reparamos entre Max y yo, un par de lesionados por caídas, uno de ellos con una luxación de la clavícula que diagnostico in situ. Es evidente que la pista pasa factura a los osados.

 

Desde Rio Tranquilo salen excursiones por el lago para ver la joya de su corona. Lo que llaman catedrales del mar, que no es mas que roca marmórea desgastada y disuelta por las aguas del lago General Carrera, las diferentes composiciones del mármol y la especial forma de desgastarse crea formas y colores llamativos que agradece la maquina de fotos.

 

Hacia el sur del lago General carrera llegas a Puerto Bertrand, donde  comienza el Río Baker, el más caudaloso de Chile. Sin embargo lo mas impresionante del río no es su caudal, sino su color. Sin duda, es el río más verde que vimos en nuestra vida. Un verde que uno espera ver más en el mar Caribe que en un río. Incluso estando todo el cielo nublado, el color del Baker no cambia.

Entre Puerto Bertrand y Cochrane, el Río Baker se junta con el Nef formando un salto impactante por la potencia y el color de las aguas. Lo suyo es parar la moto y acercarse a algún mirador para verlo.

 

Cochrane es un punto estratégico para volver a cargar combustible, pasar por el cajero automático y un supermercado. En adelante la ruta será pura desolación.

De Cochrane hacia el sur, el paisaje se hace mucho más tupido por la presencia del famoso ciprés de las Guaitecas.

Al fin, al cabo de unos días, llegamos a Caleta Tortel. Es un pueblo sin calles. En vez de ellas existen pasarelas que escalan, erráticamente, desde el mar, tejiendo una red de suelo de ciprés que se abraza al cerro. Los vehículos, obviamente, no pueden acceder al pueblo y deben quedar aparcados en lo alto de la colina.

 

No es fácil entender este pueblo con sus pasarelas de madera y sus escaleras imposibles. No tiene barcos pesqueros ni industria de ningún tipo.

En esta zona desolada de Chile es el gobierno quien alienta la colonización. Los primeros europeos que vieron la zona fueros los participantes en la expedición de Magallanes, en 1520. Pero no es, hasta pasado 1888 en que el gobierno chileno decide ocupar la zona, entre otras cosas para evitar la colonización por parte de Argentina de este territorio. Sus moradores, actualmente, parecen vivir de la madera que se usa para calentarse, y de los escasos turistas que llegan aquí en el verano austral. Llueve sin cuartel y nieva en las cumbres. A pesar de la lluvia que nunca cesa, esta ocupado por enjambres de colibríes verdes que se nutren de una floresta que todo lo invade.

La vida es cara en este sur de chile, arrastrar cosas hasta aquí es inevitablemente caro. Caro y de escasa calidad. A pesar de ello el ambiente es auténtico.

 

Aunque no para de llover pagamos a un barquero, que cuál Caronte, nos acerca a la isla de los muertos. La isla de los muertos responde a una página negra de la colonización y exploración de esta región del mundo. Se trata del trágico hecho que tuvo su origen en septiembre de 1905, cuando un barco a vapor zarpó desde Dalcahue con 200 obreros chilotes a bordo, para abrir una ruta desde la desembocadura del río Baker hacia la provincia argentina de Chubut y asegurar así la presencia chilena en la zona.

Los trabajos estaban a cargo de la Sociedad Explotadora del Baker, empresa que logró un contrato de arrendamiento con el Estado, que de esta forma conseguía colonizar una zona remota de su geografía, instalándose en un sector conocido como Bajo Pisagua, a seis kilómetros aproximadamente de la actual Caleta Tortel. El plan era trabajar durante el verano y luego ser recogidos antes del invierno por un barco. El barco nunca llego y se vieron enfrentados al duro invierno austral con escasas provisiones e indumentaria inadecuada. Finalmente una cifra de unos 70 hombres perecieron. Los supervivientes Fueron rescatados por casualidad casi un año después. Los muertos fueron enterrados por sus compañeros en una esquina de la isla, bajo unas cruces de madera sin nombres.

Hoy es monumento nacional.

 

Iniciamos la vuelta desde Caleta, no llegamos a Villa O´Higgins, final teórico de la ruta austral. El motivo no es otro que no existe más camino de vuelta que el mismo por el que vas y los horarios de los ferris convierten una ruta, de escasos 100 km de ida en todo un día de viaje, y otro para la vuelta. Nos convencemos de que no merece demasiado la pena dos días por una foto.

 

Para cruzar de Chile a Argentina en esta zona tienes tres pasos. El paso del Mayer, impracticable en moto a no ser que seas un loco como David Corrales y Carlos Rodriguez (Lacircunvalacion), El paso Rodolfo Roballos, de mejor transito pero incomodo logísticamente, mas al norte. O el paso de Chile Chico, bordeando el lago general Carrera por su lado sur. Esa fue nuestra ruta para llegar a Argentina e iniciar la ruta 40.

 

La ruta 40, convertida en un icono mítico por los motoristas, supone horas de conducción sobre una carretera escasamente concurrida e infinitamente larga, con escasa posibilidades de repostaje, no siempre seguras en el sur, y un viento lateral constante que hace la conducción muy incomoda.

Pero la ruta, poseedora de una fuerza especial en sus horizontes infinitos, guarda pequeñas sorpresas, en forma de altares populares al Gauchito Gil y a la Difunta Correa. Son santos populares, venerados por las clases más humildes y no reconocidos por la iglesia. Los caminantes, conductores y vecinos levantan altares a estos santos apócrifos en los lugares más inesperados. Los dedicados al la Difunta Correa rodeados de botellas de agua, y los del Gauchito Gil adornados con banderas rojas y peticiones de protección.

 

Algún Guanaco, o llama, cruza de vez en cuando la carretera para despejarte. O alguna tormenta apocalíptica, de esas que ves venir por la llanura, cómo se ven en el mar, a la distancia, sabiendo que no podrás evitarla.  Son días de horizontes infinitos, donde la carretera, recta como un tiralineas, converge hacia un punto situado donde se pierde el horizonte.

 

El caso es que solo con paciencia avanzas hacia el norte, el clima se hace poco a poco más bonancible y vuelves al verano austral. El clima es mas cálido y cerca ya de Bariloche el paisaje andino vuelve a hacer presencia, las cumbres nevadas aparecen y convierten el paisaje en amable.

Jornadas de cerveza y asado argentino. Mas reparaciones de llantazos producto de las baches de  la ruta 40. Más asados y excursiones. Poco a poco nos volvemos conscientes de que el viaje se acaba. Vuelta a chile por el paso Cardenal Antonio Samore, con 30 km de tierra de nadie.

 

Y por fin el final. El grupo se deshace, algunos vuelven ya, otros aprovechamos unos días de turismo desde Santiago para visitar Valparaiso, una ciudad cuyo atractivo reside en los graffitis callejeros que adornan su casco antiguo. Puerto de mar al que parece dar la espalda. Con una playa urbana, muy querida por los chilenos, pero con poco que ofrecer a un español del norte.

 

Y vuelves, con aromas a  Cedro y asados, sabor a polvo e imágenes imborrables en la retina.

Nunca antes la naturaleza me pareció tan impredecible y poderosa como la que se aprecia al sur  del sur. Volcanes activos que borran pueblos de un plumazo, glaciares, que al descomponerse, arrasan valles enteros. Bosques inexplorados y montañas inaccesibles. Variedad vegetal infinita, siempre verde, rios sin dominar por la mano del hombre que se expanden como les da la gana cuando les da la gana. Al sur de chile los pueblos son pequeños puntos del mapa donde se respira aun aroma a pionero. Vivir aquí de forma permanente es una odisea. Qué empuja a alguien a quedarse en un lugar así?. Será precisamente eso, que la vida aquí es vida de pionero.

 

Sin embargo la ruta austral pronto cambiara para siempre. Y no sé si será para mejor.

 

Va a formar parte de la futura Ruta de los Parques de la Patagonia, iniciativa que surgió entre el Estado chileno y la ONG Tompkins Conservation, tras la mayor donación de tierras privadas a un país. De esta forma  la Carretera Austral formará parte de la mayor ruta de turismo de naturaleza del mundo, la cual unirá 17 áreas de conservación. Aunque suena bien, parece evidente el peligro que una rápida reconversión hacia el turismo de masas en esta zona, hasta ahora, casi virgen del planeta, tendrá en su futuro.  Y eso es casi una sentencia de muerte a la esencia de la pachamama que se respira aquí.

 

 

 

 

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