En el culo del mundo conocido, en ese pueblo tranquilo entre montañas que los mapas nombran como Grandas de Salime, se ha vuelto a celebrar la reunión de Viajoenmoto. Y ya es la décima edición.
Lo bueno de esta reunión es que es solo una reunión de amigos, y eso la diferencia de todas las demás. Simplemente vienes, aparcas y miras alrededor. Enseguida verás una cara conocida. Y ya está. Con eso se inicia el fin de semana de relax, ese brake necesario en estos días sin sosiego.
Habitualmente, el lugar adonde te dirigías para encontrarte con la gente era el Jaime o el Benavides. Pero eso ha cambiado.
Ahora lo habitual es iniciar el peregrinar tabernario por un nuevo local. Un lugar que ha llegado para romper las normas.
Un ultramarinos.
Ultramarinos es nombre en desuso. Significaba ese lugar donde encontrarías productos de allende los mares. Cosas del yantar, principalmente, pero también del beber. La tienda de barrio de toda la vida, vamos. De esa que vende al por menor o a granel, según necesites. No parece cosa rara que un pueblo, por más que esté en el culo del mundo conocido, tenga un ultramarinos.
Pero el Restrepo marca otro nivel. Juega en otra liga.
Te recibe desde la ventana un gato japonés, de esos que mueven el bracito, pero tocado con gorro de cimarrón. Entras, y unas columnas doradas con capitel dórico sustentan un cielo azul jalonado de dorados y festoneado de rojos y verdes, en una estética rompedora que no cansa y que define, en un instante, el local al que has entrado. Una de esas columnas sujeta el cartel de «Recepción», porque es allí donde te registras para alojarte en nuestro hotel de cabecera en esta zona del mundo: la Barra. Lo de registrarse es un decir. Se limita a un «mira, Francisco ha llegado», te lo dice Rubén con un traje de dos piezas que nadie más que él podría haber diseñado. «Tu habitación es la 5, o la 1, la que prefieras». Preferimos la cinco, comento, mientras voy cogiendo sitio en una de esas largas mesas macizas comunitarias donde puedes sentarte a tomar un café, o un caldo, o algo que esté a la venta allí y desees gozar en el mismo sitio.

Llegar en moto a tres grados después de bajar el puerto del Acebo pide claramente un caldo. Con picatostes y un poquito de picante. Lo disfrutamos, mientras el caldo nos caldea, bajo la tentadora mirada de una señora que vino a la vida de la mano recia de Leiro y se ha quedado allí para hacer la compra de forma eterna.
El local destila modernidad estética y servicio clásico, que trabajan de la mano de una forma muy armónica. Rubén es carpintero y artista, y se nota: él y Natalia diseñaron y ejecutaron cada detalle de este espacio con mucha personalidad, un chigre-tienda del siglo XXI donde conviven el comercio y el bebercio, como ellos mismos proclaman.
Es allí donde van llegando, de a poco, los invitados a este aquelarre. Llega el Piraña, con José Ramón. Ferreira ya está. Al poco Lorenzo con Montse. Y Kaperucita. Y Raúl y Elena. Y así, poco a poco, se va reuniendo la tribu. Nuestra tribu, la que cuida Maese Naveiras.
Mientras, despierto ya el apetito después del caldo caldeante, te sientas de nuevo y pides una lata de bacalao con garbanzos y espinacas, en un plato, calentito y que sabe a gloria.
Aquí puedes pedir un café, una botella de vino, pan con aceite y fabes con almejas. Todo junto o por separado. Es un ultramarinos con poderío. Productos de kilómetro cero junto a rarezas difíciles de encontrar en estas montañas. Graneles y placeres, es su lema.
Natalia lo dirige con alegría y amabilidad desbordante, cobijada tras un pelo blanco cortado a lo garçon que alumbra con unos pendientes de los que cuelga una colorida y seria Frida Kahlo, haciendo juego con su eterna sonrisa. Es una clara muestra de su carácter y personalidad.

Restrepo es un lugar donde cada rincón cuenta algo. Las hogazas de pan reposan en una especie de percha de madera, una rústica hornacina colgada del aire donde la luz del sol que entra por la ventana las ilumina como si fueran piezas de orfebrería. Pan con aureola. En cualquier otro sitio serían pan; aquí parecen una ofrenda. Estética y armonía.

Las hortalizas, bien escogidas y mejor expuestas, componen un bodegón de especial finura que haría palidecer a cualquier frutería de barrio con pretensiones. Cada tomate, cada manzana, cada puerro, colocado con la intención de quien sabe que la vista es el primer bocado.
Las latas de conserva ocupan su estante con la dignidad de quien ha sido seleccionada no solo por lo que guarda dentro, sino por la estética del envase. Artesanales, cuidadas, parecen haber superado un casting donde el sabor y el diseño pesaban a partes iguales.
La decoración es ecléctica. Sorprendente y certera. Un secador de pelo de peluquería de los años cincuenta encuentra su sitio con naturalidad al lado de las estanterías de vinos. Nada desentona porque todo desentona, y en esa contradicción reside el acierto. Rubén, que es carpintero y es artista, con el ojo de quien trabaja con las manos, ha conseguido que cada pieza ocupe el único lugar posible, como si el local hubiera crecido alrededor de los objetos y no al revés.
Los baños merecen mención aparte. Es difícil saber de antemano si entras en el de hombres o en el de mujeres. La señalización forma parte del juego estético del local, de modo que la decisión se toma con cierta incertidumbre y un punto de aventura. Nada grave. Pero si te equivocas, al menos habrás descubierto que el otro baño también está bonito.
Los paisanos del pueblo entran y salen con naturalidad, adaptados a un local que podrá destacar en la Gran Vía de Madrid. Vienen a tomarse algo antes de volver a casa o de cambiar de taberna, que en Grandas cambiar de taberna es vida social. Se sientan entre moteros con chaquetas de cordura y peregrinos del Primitivo con la misma soltura con la que se sentarían en la cocina de su casa. Restrepo ha conseguido eso que tan pocos locales logran: que el forastero se sienta del pueblo y que el del pueblo se sienta en un sitio especial.

Desde el advenimiento del Restrepo el Jaime ha perdido su trono.
Durante años, el Café de Jaime fue el lugar de comunión. El punto de encuentro obligado, la barra donde se fraguaban los planes del fin de semana y donde las primeras cervezas de la quedada sabían a reencuentro. El Jaime tiene ese aspecto de bar tradicional de toda la vida, con su barra honesta, sus tapas sin pretensiones —cuando las pone— y esa penumbra acogedora de local que lleva décadas recibiendo a quien llega. No ha cambiado, y quizá ese sea su problema y su virtud. Se resiste, el Jaime, con la dignidad del veterano que ve cómo el novato le roba los aplausos. Y hay que reconocerle el mérito: sigue ahí, abierto, fiel a lo que siempre fue. Pero el magnetismo del Restrepo es difícil de combatir.
El peregrinaje tabernario tiene ahora nueva primera estación, y el Jaime, sin quererlo ni merecerlo, ha pasado a ser la segunda. Desde su segunda posición sigue congregando varias rondas de cerveza antes de que la procesión se ponga en marcha hacia A Reigada Porque la noche del viernes tiene liturgia propia y el Jaime es el atrio donde se templa el ánimo antes de la ceremonia mayor.
La primera cena del fin de semana es tradición sagrada. Se celebra en A Reigada, en un anexo, sin molestar a los vecinos, de pie, como mandan los cánones de toda cena que se precie entre gente que lleva todo el día en la carretera y no tiene ganas de protocolo. Cincuenta veteranos que nos vemos una vez al año nos congregamos alrededor de dos mesas largas donde se van depositando las viandas que cada uno ha traído. Es norma escriturada de cofrade veterano, de obligado cumplimiento: vienes a Grandas, traes algo.
Y lo que se trae es cosa seria.
Pasan las latas de paté de centollo, de las Rías Baixas, traídas por Xan da Cruz y Fer desde A Illa. Embutidos castellanos de los que huelen a matanza y despensa. Empanadas de las que pesan en la mano y prometen en el corte. Quesos recios y poderosos, de esos que imponen respeto antes de probarlos.
Y vino. De todo tipo y condición.
El centro de atención inicial, en lo que a ingesta de caldos se refiere, es una botella Matusalén de Ramón Bilbao. Seis litros de vino en una botella de proporciones bíblicas que preside la mesa con la autoridad que le confiere su tamaño. Tres intentos tres nos costó que una botella llegase intacta al momento de su sacrificio final; otras dos quedaron por el camino. No sé si por incompetencia del repartidor o hurto malévolo. La bíblica botella no viene sola. Lorenzo se presenta con doce apóstoles dispuestos al martirio, doce botellas de clarete de Salamanca. Un clarete elaborado con variedad rufete que, con sus catorce grados, sube a la cabeza más rápido que el astronauta que porta en la etiqueta. Y no es un astronauta cualquiera. Es la representación del mismo astronauta tallado en el pórtico de la Catedral Nueva de Salamanca, ese anacronismo en piedra que lleva unas décadas desconcertando a turistas y alimentando leyendas. Pues bien, ese intruso espacial, trasladado ahora a la etiqueta de un clarete con vocación de derribo, multiplica su efecto por doce. Lorenzo sabe lo que hace.
Esta primera cena del viernes tiene un efecto secundario conocido por todos y evitado por nadie: sus consecuencias durarán todo el fin de semana. Más de uno, a la mañana siguiente, prometerá solemnemente que jamás volverá a probar el alcohol en su vida. Promesa que, como es tradición, se incumplirá antes del mediodía del sábado.

Un sábado duro en el cual maese Naveiras tuvo la desagraciada idea de realizar una grabación de su podcast. En el lugar de la comida, al finalizar la misma, nada menos. Sin tiempo para ajustar cuerpo, ideas y neuronas. Sin estar debidamente asentado en este lugar terrenal. Con medio cuerpo aún en el purgatorio.
Para llegar hasta allí, a ese lugar donde se dice que comeremos, hay que recorrer una ensalada de curvas que nos lleva desde Grandas hasta uno de esos pueblos que se apellidan Oscos, subiendo montañas y bajando valles por un trazado sinuoso que obligó a alguno a parar en una cuneta para aliviar el estómago y depurar humores. Efecto indeseado de la mencionada cena. El clarete del astronauta salmantino y el Matusalén de Ramón Bilbao seguían cobrándose víctimas a media mañana, como francotiradores emboscados en las tripas.
Y lo digo con conocimiento de causa, porque Naveiras me subió al estrado a hablar del viaje por China y no tenía yo el cerebro encendido del todo. Uno intenta hilar frases coherentes sobre la Ruta de la Seda mientras el cuerpo le pide a gritos una horizontal y un vaso de agua. Pero el obispo de Aruba no entiende de excusas ni de resacas ajenas. Él es un profesional. Del podcast y de la resaca.

Los manjares de esa comida del sábado, «sutiles, ingrávidos y gentiles, como pompas de jabón», colaboraron poco en la resolución de los pecados del viernes. Cuando el estómago pide caricia reparadora, el churrasco churruscado es casi una agresión. Y así, con el cuerpo en estado de dudosa gracia, se llega a la cena. De nuevo al Benavides. De nuevo ligera y comedida. Muy delicada en sus formas y maneras, y eso que el cordero estaba bueno.

Pero siempre, siempre, se vuelve a pasar por el Restrepo.
El desayuno del domingo es el epílogo. Con su café, su pan de pueblo con aceite, su jamón con tomate, y los amigos que van pasando a desayunar o a despedirse. O a las dos cosas, que en Grandas despedirse lleva su tiempo. Se entra a tomar un café rápido y se sale una hora después, porque siempre aparece alguien a quien no le habías contado aquello, o que no te había contado lo otro.
Y todo eso sucede en el Restrepo. En ese nuevo local social, ya imprescindible, que ha conseguido en poco tiempo lo que otros establecimientos tardan décadas en lograr: convertirse en el sitio al que siempre se vuelve.
Diez años ya. Diez ediciones de esta peregrinación al culo del mundo conocido. Diez inviernos bajando el puerto del Acebo con los dedos agarrotados y el corazón caliente. Diez cenas del viernes con sus promesas de sobriedad incumplidas. Diez desayunos del domingo con café, jamón y despedidas largas.
Y en diez años, todos hemos vuelto. Nadie se quedó en la carretera. Ni en las curvas del Acebo, o las de Palo, ni en las del clarete salmantino, ni en las de la vida, que también tiene sus puertos y sus cunetas. Cincuenta veteranos que cada año vuelven a aparcar la moto en Grandas, se abrazan y preguntan por este y por aquel. Y todos están.
Hábiles y buenos veteranos. Semper Fidelis.
Que siga así.
