Habiendo llegado al postrero término de mi jornada de retorno al solar propio, con las guedejas ya plateadas cual nieve en cumbre, dispóngome a dejar testimonio sobre este pergamino de los fechos portentosos y espantables que diome el Señor presenciar, allá por los principios del año de Nuestro Señor de dos mil e veinticinco. Que la Divina Providencia concédame sapiencia y merced para ser veraz cronista de los acontecimientos acaecidos en una apartada villa del septentrión hispánico. Villa cuyo nombre paréceme agora más piadoso e prudente silenciar.
¡Un año más, e van… nueve o por ventura diez! El reverendísimo obispo de Aruba, el maese Naveiras, hizo llamamiento a sus devotos feligreses. E allá que nos encaminamos los acólitos, a ese confín del orbe conocido, una vez más, ¡pardiez!
La congregación de amigos caballeros andantes sobre ruedas corre el albur de tornarse en costumbre añeja. No hay pláticas pomposas de engolados overflanderos. Ni fatuos galanes acicalándose para granjearse un «like», antes bien es ayuntamiento de camaradas, cada cual más trajinado en caminos.
Algunos han circunvalado el mundo cercano en varias ocasiones y otros aún prosiguen transitando por el sendero de baldosas doradas, sin conocer su destino final. Empero, todos son adalides de la más recogida humildad, que ya dijera el ingenioso hidalgo: «El andar tierras y comunicar con diversas gentes hace a los hombres discretos.»
La humildad overflander es tan escasa como el agua en el desierto y por tal razón es la más preciada de las virtudes que un caballero andante sobre ruedas ha de poseer. Ésta es la doctrina. El cimiento sobre el cual se erige la quedada.
A la reunión invernal de caballeros trajinantes hanle brotado hermanos y parientes. Hase desmembrado en un proceso de partición que dio origen a convocatorias en diversos lugares de la península, mas ésta es la genuina, la primigenia.
Esta xuntanza consiste en arribar, escudriñar en cuál de las tres tabernas de la aldea hállanse los compadres, saludar a los presentes con un recio y varonil topetazo de panzas, un abrazo de jayán y un ósculo en la mondada sesera. Y aguardar a los que vinieren.
Después, al caer la noche, compartir manjares y brebajes en fraterna comunión. Tomar un Almax antes de recogerse y suplicar al Altísimo que la alborada traiga purgación bastante de humores malos para proseguir los festejos de fin de semana. La exquisitez de los yantares viajomotistas y asturianos tiene estos percances.
Ofrece el concilio una ruta por parajes de hermosura sin par. Que la campiña asturiana es cosa seria y de mucho admirar, ¡voto a bríos! Siempre bajo la férula y conducción del señor obispo.
Ofrece asimismo un ágape sabatino que distínguese por la delicada mesura de porciones y viandas exquisitas. Todo ello regado con generoso vino con agua gasificada, que carecen de alquimia dañina.
Puede acontecer, como hogaño, que el maestro de ceremonias proponga realizar un prodcast con auditorio. Esto lo hace con la intención de usar después el botón de corregir, corregir, corregir, con un ahínco y deseo que raya en lo godo feroz.
Este año acaeció así, aunque la dirección del prodcast fue encomendada a nuestro compadre Jorge, el buscador de pan sobre su cabalgadura metálica.
Por el artificio parlante pasó maese Ferreira, el apagador de incendios retirado, caminante incansable con su eterna FJ 1300. ¡Cuántas hazañas tiene para relatar este gentilhombre!
Don Roberto Naveiras, informonos, con parco recato, de sus correrías por Nicaragua descubriendo paisajes, regalándose barrigazos y departiendo con doncellas y dueñas.
No lo fizo mal don Jorge, aunque cometió la imprudencia de llamarnos a doña Eva y a este vuestro servidor al estrado para disertar sobre aventuras montaraces. Se le otorga indulgencia, pues siendo bisoño el mozo en estas lides prodcasterianas no se le debe exigir mayor destreza.
Y así, a lo bobo, ya nos hallamos en el día del Señor. Si el Jaime y el Benavides son lugares de congregación de la víspera y el sábado, el desayuno dominical es más propio del Restrepo. Allí vamos reuniéndonos con ánimo de despedirnos. Poco a poco, sin aglomeración de gentes.
Como digo, esta asamblea corre el peligro de convertirse en tradición si no tiene cuidado, ¡vive Dios! Limitada, menuda, placentera… entre amigos leales. Y eso conlleva una responsabilidad harto grande, don Roberto.
Solo por ello el obispo debería ser elevado a la púrpura cardenalicia, ¡por las barbas del Cid!
3 Comments
Xurxo
Aún procurando desligar en mi mente la imagen de Homer Simpson del «recio y varonil topetazo de panzas», y habiendo disfrutado de la lectura, he de reconocer que me he quedado con las ganas de un link al prodcast prometido. Ya estás tardando.
Pako G.
El link caerá cuando maese Naveiras, obispo de Aruba, así lo considere.
Pedro
Brutal, extraordinario relato Dr. Guitián.
Que el tiempo no desgaste la tradición ni el verbo que tu tienes, nunca. Ya permaneces