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FIN DE AÑO CON FRANCIS

Estoy solo dentro del casco, intentando ver algo más allá de veinte metros. La niebla es espesa, muy espesa. Y gélida. La temperatura ha bajado a seis bajo cero, provocando que la escarcha cuaje en la pantalla. No puedo dejar de limpiarla con el guante; el dedo índice tiene ya una capa de hielo que lo rodea.

Estoy solo en el casco, pero no en la moto. Eva va encogida en el asiento de atrás, intentando no moverse para guardar el poco calor que le queda dentro de la ropa térmica.

¿Quién tuvo la demente idea de estar aquí, atravesando la península en la mayor ola de frío de los últimos años? ¡Y en moto! Hay que ser gilipollas, coño, teniendo un magnífico BMW que hace estas cosas con ademán impértérrito.

La estúpida idea cuajó hace unos días, sin pensarlo de forma adecuada. Resulta que Ricard comentó que se dirigiría al sur en moto con Ramón, y nosotros habíamos reservado un parador para pasar la noche de fin de año. Nos pareció buena idea coincidir con ellos en esos días que se estirarían hasta la noche de Reyes. ¡Qué buena idea!, gritaron nuestras anfetaminas descerebradas mientras empujaban la cordura al fondo del armario.

Así que aquí estamos, encogidos, con el cuerpo entero congelado a pesar de nuestra perfecta e inmejorable ropa técnica de invierno. El problema es que ya no caben más capas; somos como una cebolla apretada. Las diferentes capas pelean con los polvorones y comilonas de los últimos días, haciéndose sitio.

La velocidad de la moto baja a ochenta o noventa por hora, intentando no estamparse contra un camión en esta niebla densa, mientras vigilas el retrovisor por si algún despistado se acerca por la popa. No sé si lo sabes, pero las motos no tienen permitidas luces traseras antiniebla; no está regulado, así que no las llevan. En su lugar enciendo los warning con el deseo de que sean suficientemente visibles.

Intento ver algo por el único resquicio sin congelar de la visera mientras negocio el tráfico y la carretera. Busco un horizonte azul que se niega a aparecer.

Hemos salido de Salamanca a las nueve y media de la mañana tras pernoctar en uno de nuestros hoteles de cabecera. Llegamos allí ayer por la noche, entre una niebla helada a dos bajo cero que ya nos había parecido durísima, a tiempo para cenar de tapeo con Montse por las calles de la ciudad que tan bien conoce. Lorenzo se unió al final, tras dar un codazo de última hora a sus obligaciones lúdico-empresariales. ¡Pobres diablos, ilusos e idiotas moteros novatos! No se nos pasó por la cabeza que hoy sería peor. Mucho peor. Las aplicaciones del móvil sobre el tiempo en la ruta decían cosas como «aviso por niebla intensa, gelante». Pero lo hacían en un tipo de letra normal, sin negritas ni advertencias con triangulitos rojos. Nada que llamase la atención. Y claro, así no se puede.

Cuando por fin aparece un cielo azul en el horizonte, suspiramos de alivio. Lo alcanzamos, el día se despeja de pronto y la temperatura sube a unos maravillosos dos bajo cero. Muy agradables, y que permiten aumentar la velocidad de crucero camino de la provincia de Huelva.

El parador de Ayamonte está situado sobre el río Guadiana, con unas magníficas vistas hacia Portugal. Nos conceden una habitación apta para seis personas, con salón, dos cuartos de baño, distribuidor y una cama de dormitorio digna de un Borgia romano. Además nos colman de regalos que no sé dónde meteremos: unas botellas de vino, otras de aceite, dulces, espumillones y gorritos plateados. Hasta unos matasuegras para cada uno. No sé, quizá piensan que somos gente divertida, en vez de un par de viejos aburridos y gordos.

Pasaremos aquí el fin de año. El menú promete delicatesen sin par. Bombones de queso crema y marisco, y tosta crujiente de gamba blanca, bacalao y naranja. El tercio de gamba blanca que me tocó en suerte estaba rico, hay que reconocerlo.

Luego, una langosta gratinada con brotes tiernos y vinagreta cítrica. El aspecto, delicioso; pero está claro que lo de la langosta le queda grande. Es una mitad de bogavante canadiense cuya carne ha sido extraída y torturada para trocearla y mezclarla con purés y hierbas que estropean el plato. Los entiendo: de una cola de bogavante sacan cuatro o cinco raciones.

El lomo de merluza está criminalmente pasado de cocción, a pesar de su fina salsa al cava con almejas (dos).

El secreto ibérico con boletus de bote tiene un pase; el cremoso de patata que lo acompaña es un puré de Maggi con ínfulas gourmet.

Del postre se salva la filloa (crepe, le llaman) flambeada y con frutillas del bosque.

Un polvoroncito final antes de las uvas de la suerte, que tenían un rabito corto: o te las comías enteras, o te perdías entre las campanadas si intentabas arrancarlo. No sé, creo que perdí la cuenta entre mayo y agosto. Diciembre se llevó dos uvas de golpe.

Eva y yo, visto el look de nuestros acompañantes comensales, decidimos retirarnos a nuestros aposentos para ver el espectáculo de fuegos artificiales. Un pelín limitado, no vamos a negarlo, pero que se repitió al cabo de una hora desde la otra orilla del río.

Es lo bueno de Portugal, que siempre viene al rescate.

Cuando abandonamos el parador nos dirigimos hacia el cabo de Gata. Habíamos conseguido una posada muy cuca por un módico precio, con derecho a desayuno y donde nos dejaron aparcar la moto en su garaje, al lado de donde tendían las sábanas.

Cabo de Gata era uno de esos sitios a los que siempre has querido ir y nunca encontrabas tiempo para visitar. Su espectacular geología, con areniscas en proceso de consolidación, permite observar los túneles laberínticos labrados por antiguas criaturas marinas. Es una roca blanda, fácilmente erosionable, protegida en ocasiones por una capa de roca volcánica más dura. El lugar es un geoparque europeo de aspecto semidesértico, casi lunar.

Cabo de Gata es uno de esos lugares donde cada nombre esconde una historia que nadie te cuenta en los carteles. Los fenicios, esos mercaderes incansables que recorrían el Mediterráneo buscando metales y buenos fondeaderos, lo llamaron Promontorio Charidemo: el Promontorio de las Ágatas, por las piedras semipreciosas que abundaban en estas rocas volcánicas. Y al final, por esas erosiones fonéticas que sufren los topónimos cuando pasan de boca en boca durante siglos, Ágatas se quedó en Gata. Así de prosaico.

Es un lugar de leyendas. Dicen que en la antigüedad estuvo tan poblado de focas monje que los navegantes confundían sus gritos con cantos de sirenas. Al verlas tumbadas sobre las rocas con sus colas colgando, juraban haber visto a las criaturas mitológicas. O eso contaban en las tabernas del puerto.

La playa de los Genoveses debe su nombre a un episodio más belicoso. En 1147, una flota de doscientas naves genovesas fondeó en esta bahía para unirse a las tropas de Alfonso VII y tomar Almería. Aquella alianza dejó huella: la bandera de la ciudad aún conserva la cruz genovesa. Cuatro siglos después, en 1571, fue punto de reunión para la armada española antes de zarpar hacia Lepanto. Hacia la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros.

Y luego está Rodalquilar, con sus minas de oro abandonadas y sus leyendas de tesoros fenicios y del mismísimo Rey Salomón. El oro se descubrió por casualidad en 1864, cuando se agotaron los filones de plomo. Antes, en 1509, se había explotado el alumbre, un fijador de tintes muy cotizado en la industria textil medieval. Los piratas berberiscos lo sabían y atacaban sin tregua; en una de sus incursiones raptaron a todo el pueblo de Los Alumbres. Para proteger lo que quedaba se construyó la Torre de los Alumbres, un castillo renacentista que milagrosamente sigue en pie y que aparece en algún spaghetti western de Sergio Leone.

A pocos kilómetros, el Cortijo del Fraile se disuelve con dignidad entre campos de pitas. Lo construyeron los dominicos en el siglo XVIII; lo desamortizó el Estado en 1836. Y allí, la noche del 22 de julio de 1928, ocurrió el crimen que inspiró a García Lorca sus Bodas de Sangre: Francisca Cañadas, «Paca la Coja», huyó con su primo Francisco Montes la víspera de su boda arreglada. El cuñado los persiguió y mató al raptor de un disparo. Lorca leyó la noticia tres días después y exclamó: «¡La prensa, qué maravilla! Es un drama difícil de inventar». Cinco años tardó en escribirlo. El cortijo sigue ahí, declarado Bien de Interés Cultural, hundiéndose poco a poco, desmoronando sus muros tras una doble alambrada y modernos sistemas de seguridad. Una ruina amorfa cuyo único valor reside en su historia.

Este parque natural es un palimpsesto de historias. Fenicios, griegos, romanos, árabes, genoveses, piratas, mineros, poetas. Cada playa, cada torre, cada barranco guarda un nombre que alguien puso por alguna razón.

Observas, en este invierno que espanta a los campistas, que toda playa con un camino transitable estará abarrotada en verano. Incluso han inventado unas barreras elevadas para impedir el paso de autocaravanas mientras se permite el de coches. Esta preciosidad debe ser un sindios en verano.

Nosotros pasamos en moto, paseando lentamente, haciendo fotos y buscando tascas donde saborear tapas locales de garbanzos con acelgas, esquivando invernaderos y trabajadores que se mueven en patinetes eléctricos sin cuidado alguno. Son unos días de tregua antes de la hecatombe que traerá a la península la borrasca Francis.

Ricard se pone en contacto. No bajarán a Andalucía; según parece, Ramón sufre una lumbalgia severa que le impide moverse, el plan que tenían de bajarse al moro desde Andalucía para llegar a Dakar se ha tornado demasiado ambicioso. 

Nuestros colegas de aventuras nepalíes y chinas nos dejan abandonados, tirados cual colillas pisoteadas, ignorados. Estamos solos en este sur de España, con una borrasca que se acerca por el oeste y una lengua de frío que baja del norte, sin nadie que nos arrope ni nos consuele con una copa de vino. Se prevén lluvias torrenciales; nos atacarán si nos quedamos por aquí, así que escapamos más hacia el este, atravesando Murcia hasta Alicante, donde inverna mi anciano padre. Allí esperaremos, en su compañía y la de Paki, a que pasen las tormentas que tanto insiste la autoridad en definir como tenebrosas. Estoy por empezar a hacerles caso.

Gozamos de la compañía de mi padre, con sus andares a dos velocidades. Tiene una primera marcha muy corta, de pasitos rápidos, con el bastón adelantado sin tocar el suelo, abriendo camino. Y luego, de forma inopinada, introduce la segunda y el paso se hace más largo y firme, rápido incluso.

Así, con ese paso alternante, vamos paseando Alicante, camino del bar de la Argelina. La Argelina es una mujer joven y vivaz que regenta un bar en una esquina de este barrio obrero, lugar de reunión de inmigrantes norteafricanos y donde papá y Paki son conocidos. Mi padre goza de su afamado «pan con semillas», que moja con avidez en una taza de café moruno. Lo mordisquea mientras las gotas de café se deslizan por sus ancianos dedos y su cara se llena de felicidad.

El día que nos marchamos, Francis está en su apogeo. Nos acercamos ya pertrechados y bajo la lluvia a despedirnos de mi padre. Llueve en Alicante con una fuerza a la que la urbe no está acostumbrada. Papá nos despide desde el balcón, preocupado de vernos partir entre la borrasca camino del noroeste, hacia una casa situada a más de mil kilómetros. Me recuerda a mi abuela, su madre, cuando salía a despedirnos al camino de la aldea donde moraba. Sé que piensa cosas impensables que no se pueden decir en voz alta.

Hemos diseñado la ruta de vuelta en dos etapas, esquivando las zonas de nevadas que tanto anuncian los carteles de las autovías. La primera nos lleva desde Alicante a Tordesillas, con algo de agua y frío intenso, pero sin nieve. La temperatura no supera los dos grados y se mantiene bajo cero casi todo el recorrido. La última etapa nos deposita en casa la tarde del día 6 de enero, Epifanía del Señor, sin novedad, acelerando la marcha las últimas horas para evitar que una nueva borrasca nos alcance antes de llegar. 

Fue una semana dura de frío, pero conseguimos visitar el cabo de Gata y a mi padre. No vimos ni a Ramón ni a Ricard, aunque Daniel, nuestro viejo amigo valenciano y compañero de aventuras kirguises y mongolas, se acercó a Alicante con Lola para tomar un chocolate con churros. Cosa gozosa donde las haya.

Y nos pusimos a prueba conduciendo a seis bajo cero, a dos grados de nuestro récord de ocho bajo cero cuando cruzamos Grecia en una lejana Semana Santa que ya es mítica.

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