Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

VERSALLES Y SUS ESPEJOS

La sala donde se pierde

 

Hay habitaciones con mala fama. La del 237 del hotel Overlook, por ejemplo. O cualquier despacho de Hacienda. Pero pocas acumulan un historial tan consistente como la Galería de los Espejos del palacio de Versalles, ese pasillo deslumbrante que Luis XIV mandó construir para que los embajadores extranjeros entendieran, antes de abrir la boca, quién mandaba allí. Diecisiete arcos, trescientos cincuenta y siete espejos y una norma no escrita que la Historia se ha encargado de subrayar con tinta indeleble: El que firma un papel en esa sala, lo firma para perder.

Es estadística.


El 18 de enero de 1871, con París sitiada y hambrienta, un prusiano llamado Bismarck tuvo la ocurrencia de proclamar allí el nacimiento del Imperio Alemán. Eligió Versalles a conciencia: no le bastaba con ganar la guerra, quería coronar a su káiser en el salón de la casa del vencido, con las botas puestas y el barro del asedio todavía en las suelas. Fue un acto de dominación con escenografía de ópera. Los franceses tomaron nota. Y los franceses, conviene recordarlo, tienen buena memoria para estas cosas. Y les gusta cocinar su venganza en frio, con salsa Chantilly si es posible.

La factura la pasaron cuarenta y ocho años después. El 28 de junio de 1919, en esa misma galería, bajo esos mismos espejos, dos plenipotenciarios alemanes fueron conducidos como reos entre las delegaciones aliadas para firmar el Tratado de Versalles. Clemenceau lo había orquestado al milímetro: el imperio que había nacido en aquella sala vendría a aquella sala a firmar su mutilación. Mismo decorado, función inversa. Por si quedaba alguna duda sobre la finura del gesto, eligieron como fecha el aniversario del asesinato de Sarajevo. Los alemanes lo llamaron Diktat —un dictado, no una paz— y guardaron el rencor en un cajón del que lo sacarían, planchado y listo, en 1940.

A partir de ahí, Versalles y sus alrededores se convirtieron en una verdadera cadena de montaje de la derrota ajena. Austria firmó su disolución en Saint-Germain. Hungría su desmembramiento en el Trianon —todavía hoy hay húngaros que no han terminado de digerirlo—. Bulgaria en Neuilly. El imperio otomano en Sèvres. Un palacio, un puñado de villas elegantes y una colección de imperios que entraron caminando y salieron en pedazos. El patrón era tan obvio que cualquiera con un manual de bachillerato y media tarde libre lo habría detectado.

Cualquiera.

Lo cual nos trae a la semana pasada.


El 17 de junio de 2026, durante una cena del G7 servida con la untuosidad que solo Macron sabe destilar, Donald Trump estampó su firma en un memorando de catorce puntos para cerrar la guerra que él mismo había abierto contra Irán. ¿El lugar? La Galería de los Espejos. ¿La idea de quién? De Macron, naturalmente, anfitrión solícito y conocedor —como todo escolar francés— de exactamente lo que significa esa sala. Uno recuerda aquel primer apretón de manos entre ambos, años atrás, cuando Trump le trituró los dedos en una de esas tomas suyas de macho alfa marcando territorio. Macron sonrió entonces y esperó. Algunos hombres devuelven el golpe en el mismo terreno; otros, más inteligentes, esperan al terreno que dominan. Y el terreno de Macron no es el del apretón de manos: es el de la sala que conoce de memoria. Le ofreció a su invitado el escenario más prestigioso del mundo para celebrar su victoria, sabiendo perfectamente que es el escenario donde Europa lleva siglo y medio escenificando la humillación de los vencidos. Y el invitado, encantado, posó para las fotos. Macron no paraba de aplaudir.

Es difícil no admirar la elegancia de la trampa. No hubo engaño: estaba todo a la vista, espejado por triplicado en cada pared. Solo hacía falta haber leído una página de un manual básico de historia universal —algo que uno presupondría imprescindible en el autoproclamado líder del mundo libre—. Macron no tendió una emboscada; abrió la puerta de la sala y se apartó, confiando en que el otro no sabría leer el cartel de encima del dintel. Apostó a la incultura y cobró.

Lo gracioso —o lo trágico, según el día— es que el papel firmado le da la razón al decorado. No es un tratado de paz, es un memorando no vinculante con sesenta días de prórroga para negociar lo de verdad. El uranio de Isfahán sigue donde estaba. El estrecho de Ormuz se ha reabierto, sí, pero porque Irán ha decidido no disparar, no porque haya perdido la capacidad de volver a cerrarlo cuando le venga en gana: Estados Unidos compró buena conducta, no rindió al portero. Y el régimen de Teherán sigue exactamente igual de en pie que el día que empezaron los misiles. Tres parámetros, tres empates. Y un empate, para quien tenía los portaviones, la iniciativa y la boca llena de «están totalmente derrotados», es una derrota con esmoquin.

El que gana de verdad no necesita espejos. Los aliados de 1918 firmaron en un vagón de tren aparcado en un claro del bosque, sobre una mesa plegable, porque cuando el contenido garantiza la victoria el decorado sobra. Quien necesita el palacio es quien intuye, en algún pliegue que no llega a la conciencia, que el contenido no basta y reza por que el escenario hable por él.

En Versalles el escenario habla, ya lo creo. Lleva siglo y medio diciendo lo mismo. El problema es que esta vez había un hombre delante de trescientos cincuenta y siete espejos, mirándose en todos a la vez, sin reconocer en ninguno la figura que la sala llevaba ciento cincuenta años esperando. La del perdedor.

Per aspera ad astra —pero antes de las estrellas, conviene haber leído un poco..

Leave a Comment