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ORMUZ 2026: EL DÍA DIECISIETE DE GUERRA

ORMUZ 2026: DÍA DIECISIETE

Crónica de una guerra que no sabe cómo terminar

16 de marzo de 2026 

 

I. LO QUE HA PASADO DESDE EL DÍA TRECE

El jueves 13 de marzo, a las once de la noche hora de la costa este, Donald Trump publicó en Truth Social que las fuerzas americanas habían «ejecutado uno de los bombardeos más poderosos de la historia de Oriente Medio» sobre la isla de Kharg. Noventa objetivos militares destruidos. La infraestructura petrolífera, intacta. La amenaza, explícita: si el estrecho sigue cerrado, lo siguiente que arde es el terminal que gestiona el noventa por ciento del crudo iraní.

Irán respondió con lo único que le queda: sus fuerzas armadas prometieron convertir en «una pila de cenizas» toda infraestructura energética con participación americana en la región. El viernes por la mañana, un dron alcanzó instalaciones en el puerto de Fujairah. Dos proyectiles impactaron en el recinto de la embajada americana en Bagdad. El Brent cerró por encima de cien dólares por segundo día consecutivo.

Diecisiete días de guerra. Resultado en el marcador: armada iraní en el fondo del Golfo, programa nuclear destruido, cuarenta generales muertos, tres millones de desplazados, mil cuatrocientas víctimas civiles confirmadas por el Ministerio de Salud iraní.

El estrecho sigue cerrado.

Algo no cuadra en esa aritmética. Y lo que no cuadra explica todo lo que viene.

Washington ganó la guerra convencional en setenta y dos horas. Lo que lleva dos semanas intentando resolver es algo diferente: no una guerra sino la consecuencia de haberla ganado demasiado bien.

La decapitación del 28 de febrero fue un éxito de inteligencia sin precedentes. En cuarenta y ocho horas murió no solo Alí Jamenei sino la arquitectura completa del mando iraní. El problema es que junto con esa arquitectura desapareció la única entidad con autoridad suficiente para rendir. No hay con quién negociar porque no queda nadie que controle suficiente para que su firma signifique algo.

Lo que queda es otra cosa. Es un ecosistema de violencia desacoplado de su centro de gravedad: el CGRI en sus distintas facciones operando por inercia institucional, Kataib Hezbolá en Irak con su propia agenda, los Houthis en Yemen actuando por cuenta propia, milicias chiíes dispersas por la franja costera del estrecho que no obedecen a Teherán porque Teherán ya no existe como centro de mando funcional.

La prueba más elocuente de esa desintegración no está en los partes del Pentágono. Está en un detalle que pasó casi desapercibido entre los titulares del viernes: el presidente Pezeshkian ordenó detener los ataques contra países vecinos. Los drones siguieron cayendo al día siguiente.

El presidente de Irán no controla las fuerzas armadas de Irán.

Eso, en diecisiete días, es el colapso del Estado en cámara lenta.

II. LA VARIABLE QUE LOS MODELOS OCCIDENTALES NO PROCESAN

Hay un elemento en esta ecuación que no aparece en ningún modelo de disuasión racional y que determina todo lo que viene: el martirio como objetivo, no como coste aceptable.

Durante la guerra Irán-Iraq de los años ochenta, los Basij cruzaban campos minados con llaves de plástico al cuello.

Eran las llaves del paraíso.

Era la estructura motivacional real del combatiente, no simple retórica. Jomeini había convertido la teología chií del martirio — fundada en la muerte de Hussein ibn Ali en Karbala en el año 680, que es el evento constitutivo de toda la cosmovisión chií — en doctrina militar operativa. Soldados que desean morir matando. Por el Islam.

Esa doctrina no ha desaparecido. Se ha institucionalizado en las capas bajas de la pirámide del CGRI y del Basij durante cuatro décadas. Y aquí está el punto crítico que cambia el análisis de la fragmentación del mando: cuando el Estado se desintegra, la capa superior de la pirámide — los generales con empresas de construcción, los comandantes con cuentas en Dubái, los funcionarios con pasaporte europeo para la familia — calcula y negocia o huye.

La capa inferior no calcula. Actúa por convicción.

Sin estructura estatal que dirija esa convicción hacia objetivos estratégicos, lo que queda es violencia desorganizada pero incesante, motivada no por órdenes sino por fe. El operador de una lancha rápida en el estrecho que sabe que va a morir y lo considera el acto de adoración supremo de su vida no es un problema que se resuelve hundiendo su base. Es un problema que persiste mientras exista la convicción que lo mueve.

Y esa convicción no tiene instalaciones que bombardear.

Siempre habrá un Pasdaran con una moto de agua y una llave del paraíso al cuello dispuesto a hacer arder el siguiente petrolero. Eso es lo que Washington no calculó cuando diseñó la decapitación.

III. KHARG — Y LA ESCALERA QUE TODOS VEN Y NADIE NOMBRA

El ataque a Kharg del jueves 13 de marzo no es un movimiento aislado. Es el tercer peldaño de una escalera cuyo último escalón todos conocen y nadie nombra todavía.

Primer peldaño: decapitación y destrucción militar convencional, días uno a siete. Ejecutado.

Segundo peldaño: degradación sistemática de la capacidad de respuesta iraní, días ocho a catorce. Ejecutado: más de seis mil objetivos alcanzados, noventa buques hundidos, baterías misil destruidas.

Tercer peldaño: presión económica escalonada con Kharg como palanca. En ejecución desde el jueves.

Cuarto peldaño: control físico de la franja costera del estrecho. Todavía no ejecutado. Pero los marcadores se acumulan con una coherencia que resulta difícil atribuir a la casualidad. Dieciséis cazaminas destruidos en una noche — no se limpian cazaminas para escoltar petroleros, se limpian para mover buques de guerra por aguas minadas. El USS Tripoli con 2.500 Marines de la 31ª Unidad Expedicionaria salió de Okinawa y navega hacia el Golfo. El CENTCOM solicitó explícitamente las fuerzas para «tener opciones de uso.» Hegseth prometió que lo que viene será «el mayor volumen de ataques hasta ahora.»

El objetivo tiene nombre geográfico aunque nadie lo pronuncie todavía en rueda de prensa: Bandar Abbas, la isla de Hormuz, Qeshm. Y tres islas que llevan cincuenta y cuatro años esperando este momento — Abu Musa, Tunb Mayor y Tunb Menor. El 30 de noviembre de 1971, dos días antes de que existieran los Emiratos Árabes Unidos como Estado, la armada imperial iraní las tomó por la fuerza. Los EAU llevan medio siglo reclamándolas ante la ONU como territorio ocupado ilegalmente, solicitando arbitraje en el Tribunal Internacional de Justicia. Irán ha rechazado en todas las ocasiones someterse a ese arbitraje. La disputa lleva cinco décadas congelada en los cajones de la diplomacia regional.

Hasta ahora.

Porque hay una diferencia operacional que CENTCOM conoce perfectamente y que cambia el relato de la operación de manera sustancial: tomar Bandar Abbas es invadir territorio iraní soberano, con todo el peso del derecho internacional activado en contra. Tomar Abu Musa y las Tunbs es, en la narrativa que Washington puede construir con solvencia jurídica suficiente, restituir territorio ocupado ilegalmente a sus propietarios legítimos — aliados con interés existencial en mantener el estrecho abierto. No es derecho internacional impecable. Nunca lo es cuando hay petróleo de por medio. Pero es suficientemente sólido para el Consejo de Seguridad, suficientemente conveniente para que los EAU lo respalden con entusiasmo, y suficientemente distinto de «invadir Irán» como para no activar el reflejo de Faluya en la opinión pública americana.

Cincuenta y cuatro años de disputa territorial congelada acaban de convertirse en el argumento legal que CENTCOM llevaba dos semanas buscando.

El problema no es militar ni es jurídico.

El problema es el que sigue sin respuesta: cuando los Marines desembarquen, ¿quién estará al otro lado con autoridad para decir que se rinden? ¿Y los que no tengan esa autoridad — los que actúan por convicción propia y consideran morir defendiendo esa costa un honor teológico — quién los para a ellos?

IV. CHINA — EL ÚNICO GANADOR VERIFICADO

Mientras todo esto ocurre, el actor más relevante de los próximos treinta años no ha disparado un solo tiro y lleva diecisiete días acumulando dividendos.

Irán está estudiando permitir el tránsito por el estrecho de petroleros cuya carga se pague en yuanes chinos. China paga — no cobra. Pero paga en su moneda, que es exactamente la cuña que lleva una década intentando meter en el monopolio del dólar sobre el comercio energético global. Si eso se consolida, Pekín habrá conseguido en diecisiete días lo que no pudo en diez años de negociaciones con Riad. Sin disparar un tiro. Sin asumir riesgo diplomático visible.

La pregunta obvia es quién cobra esos yuanes si el Estado iraní está funcionalmente desintegrado. La respuesta es incómoda pero verificable: el CGRI. No el Ministerio de Hacienda de Teherán sino el conglomerado militar-económico que controla entre el veinte y el cuarenta por ciento del PIB iraní — los puertos, la logística, las rutas de exportación de crudo, la infraestructura que sigue operativa independientemente de quién sea nominalmente el Líder Supremo. Once millones de barriles han salido hacia China desde el inicio de la guerra, todos gestionados por esa estructura paralela que el bombardeo no ha tocado porque no tiene instalación única que destruir.

Lo que China está haciendo, en realidad, no es negociar con el Estado iraní. Es mantener una relación operativa con la única facción que todavía controla las llaves del terminal de exportación. A largo plazo eso tiene un nombre que nadie pronuncia todavía: reconocimiento implícito del CGRI como sucesor funcional del Estado iraní. A Pekín le conviene igualmente. O más.

El Kremlin discute con Washington la cooperación para estabilizar mercados energéticos — lo que se traduce como: Rusia cobra por su petróleo a precio de guerra mientras Europa agota reservas y suplica. Trump levantó temporalmente las sanciones al crudo ruso para bajar precios, lo que Zelenski calificó de regalo de diez billones de dólares a Moscú para su guerra. Macron dijo que la crisis de Ormuz no justifica levantar sanciones a Rusia. Nadie le escucha.

El tablero global se está reconfigurando en tiempo real, y el que está reposicionando sus piezas con mayor precisión es el que parece estar quieto.

V. LO QUE VIENE — SIN ADORNOS

En los próximos siete a catorce días, una de estas tres cosas ocurrirá.

La más probable: la operación terrestre limitada en la franja costera del estrecho se ejecuta antes de que el USS Tripoli llegue, con los activos ya en el Golfo. El estrecho se abre bajo escolta naval americana. El barril baja de cien dólares. Trump gana el relato de cara al midterm de noviembre. El estrecho permanece bajo presencia militar americana de forma indefinida — como el Mar del Norte durante la Guerra Fría, pero con más sol y más misiles. Paralelamente, durante meses o años, grupos fragmentados sin mando central siguen operando desde el interior iraní y los territorios proxy con la única agenda que les queda: el martirio y el daño asimétrico.

La segunda posibilidad: la operación terrestre se retrasa por cálculo político, el barril sube a ciento veinte, la presión doméstica americana se dispara, y Trump se ve forzado a ejecutarla en peores condiciones y con menos apoyo internacional del que tendría hoy.

La tercera: algo que no está en ningún modelo. Una fractura interna iraní tan profunda que produce en semanas lo que estimábamos para meses — una figura de transición con autoridad suficiente sobre el CGRI para negociar una salida. Es el escenario menos probable pero el único que produce un final limpio. La historia de Irán desde 1979 no invita al optimismo sobre finales limpios.

Lo que está claro, a diecisiete días de una guerra que comenzó con novecientas misiones de combate en doce horas, es que nadie tiene todavía respuesta a la pregunta que importa: no cómo ganar, que ya está resuelto en términos convencionales, sino qué ocurre después de ganar cuando el adversario tiene una parte que no sabe perder porque no tiene miedo a morir.

Karbala, año 680. El estrecho de Ormuz, marzo de 2026. Catorce siglos de distancia y la misma llave al cuello.

Eso es lo que hay sobre la mesa. Y ninguna bomba perforadora de catorce toneladas lo resuelve.

Francisco Guitián Lema — 16 de marzo de 2026

Tercera entrega del análisis Ormuz 2026, continuación de «El Día Once» (10 de marzo) y «El Día en Que la Foto Valió Mil Millones» (12 de marzo)

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