IRÁN: EL DÍA ONCE
Lo que ocurrió, lo que ocurre, y lo que viene
Análisis de seguimiento — 10 de marzo de 2026
I. LO QUE PASÓ — RESUMEN PARA QUIEN LLEVA DIEZ DÍAS SIN MIRAR EL TELEDIARIO
Hubo un momento, a las 06:35 UTC del 28 de febrero de 2026, en que el mundo cambió de fase. Subitamente, no a través de la lenta acumulación de tensiones que los analistas llevan años describiendo con la misma precisión con que se describe el cáncer que ya ha hecho metástasis. Cambió bruscamente, con novecientas misiones de combate en doce horas, B-2 Spirit sobre Fordow y un misil israelí entrando por la ventana del despacho donde Alí Jamenei llevaba treinta y siete años decidiendo quién moría y quién no en su nombre.
En las primeras horas murieron el Líder Supremo, el ministro de Defensa, el comandante de los Pasdaran, el jefe del Estado Mayor y el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional.
La cúpula del régimen, reunida con esa confianza que da creerse intocable, fue eliminada con una precisión que los manuales de inteligencia estudiarán durante décadas. No fue un accidente de la historia. Fue el resultado de años de penetración de inteligencia, de planificación coordinada entre dos ejércitos con objetivos divergentes en casi todo excepto en este punto, y de una decisión política que Trump tomó cuando las negociaciones de Ginebra demostraron por tercera vez consecutiva lo que cualquier observador honesto sabía desde el principio: que Irán negociaba para ganar tiempo, no para llegar a un acuerdo.
Las negociaciones de febrero produjeron declaraciones sobre «avances históricos» y «oportunidades dentro del alcance». Simultáneamente, Irán alardeaba de tener 460 kilogramos de uranio enriquecido al 60% —material para once bombas— y exigía su «derecho inalienable» al enriquecimiento como condición de partida. En el lenguaje de la no proliferación nuclear, eso no es una posición negociadora. Es un ultimátum envuelto en papel diplomático. Celofán con un lacito.
Lo que siguió al primer golpe fue la demostración de que un régimen herido de muerte pero no muerto todavía tiene colmillos. Irán lanzó más misiles balísticos en los primeros días de esta guerra que durante toda la guerra de los Doce Días de junio de 2025. Su cadencia de drones Shahed alcanzó entre cuatro y cinco mil unidades mensuales, comparable a lo que Rusia mantiene en Ucrania. Dubai recibió impactos. Los Emiratos contaron misiles. Bahréin interceptó setenta y cuatro proyectiles. La embajada americana en Riad ardió. Kuwait derribó por error tres F-15E americanos en un incidente de fuego amigo que resume con precisión el caos operativo de un cielo con una decena naciones disparando simultáneamente.
La respuesta americana fue devastadora en términos convencionales: más de treinta buques iraníes hundidos, la armada de los Pasdaran convertida en chatarra submarina, los ataques de misiles reducidos un noventa por ciento respecto al primer día. Los B-2 descargaron las GBU-57 sobre Fordow con resultados que el Pentágono describe como «daño severo» y que los analistas independientes traducen como destrucción funcional.
El programa nuclear iraní, construido durante décadas con miles de millones de dólares y sangre de científicos asesinados en las calles de Teherán por el Mossad, ha dejado de existir como amenaza operativa.
Y sin embargo…
El primero de marzo, el petrolero Skylight recibió un proyectil al norte de Khasab. Dos marineros indios muertos.
El MKD Vyom golpeado por un drone-barco. Otro marino muerto.
El tráfico en el Estrecho de Ormuz cayó a cero. Ciento cincuenta barcos echaron el ancla fuera del estrecho y se quedaron mirando.
El veinte por ciento del suministro energético del planeta, bloqueado de repente. No por una armada. Por lanchas rápidas, drones acuáticos y voluntad de usarlos. Ahí reside la asimetría que ninguna bomba perforadora de catorce toneladas puede resolver: destruyes el ejército convencional y queda la guerrilla. Destruyes la guerrilla y queda el terrorismo. Destruyes el terrorismo y queda el individuo con un coche bomba, o en este caso, con una lancha y un explosivo antibuque de fabricación casera.
El 8 de marzo, Mojtaba Jamenei —cincuenta y seis años, hijo del muerto, sombra operativa del sistema durante décadas— fue elegido nuevo Líder Supremo. Los Pasdaran juraron lealtad. El sistema teocrático, declarado en agonía por Washington, amaneció con un nuevo líder.
Son ya diez días de la guerra más intensa del siglo en ese teatro. Resultado militar: victoria aplastante. Resultado estratégico: abierto. Resultado económico: el barril de Brent a cien dólares con amenaza de ciento veinte. Resultado político: Irán sigue siendo la República Islámica, solo que ahora la dirige el hijo del hombre al que matamos.
Kafka habría disfrutado escribiendo este guion.
II. DIAGNOSTICO DE LA SITUACIÓN ACTUAL
Hay una costumbre en el análisis geopolítico de presentar la complejidad como virtud intelectual. Cuantas más matizaciones, más sofisticado parece el analista. El problema de esa costumbre es que a veces la realidad no es compleja. A veces es simplemente desagradable, y la complejidad es el anestésico que usamos para no tener que mirarla a la cara.
La situación actual es la siguiente: Occidente ha ganado la batalla y no sabe si ha ganado la guerra.
Sobre el nuevo Líder Supremo: Los expertos lo describen como «su padre con esteroides». Ha pasado décadas construyendo influencia a través de las estructuras de seguridad, nunca en cargos elegidos, instaló leales en instituciones clave, relocalizó centros de mando del IRGC en su propio despacho durante las protestas. No es un moderado esperando su oportunidad. Es el arquitecto que trabajó en la sombra del sistema represivo que mató a treinta y dos mil iraníes en enero —o siete mil, o cuarenta y tres mil; el régimen se aseguró de que nunca supiésemos la cifra exacta cortando internet durante semanas.
Su ascensión señala que las facciones más duras del establishment iraní retienen el poder. Un comandante del IRGC declaró en televisión estatal que el país tiene capacidad para mantener ataques considerables «durante al menos seis meses». ¿Seis meses con la armada hundida y las instalaciones nucleares destruidas? La pregunta pertinente no es si eso es verdad o fanfarronada. La pregunta pertinente es: ¿con qué objetivo?
La respuesta la ofrece con brutal claridad un profesor de la Universidad de Teherán citado por Al Jazeera: «La decisión está tomada. Si atacan, Irán lo quemará todo.» No es una doctrina de victoria. Es la doctrina del que acepta el precio máximo, de quien desea el dulce néctar del martirio.
Un régimen que no puede ganar decide que al menos puede hacer que ganar sea tan caro que el adversario reconsidere si le merece la pena.
Eso es exactamente lo que están haciendo con el Estrecho de Ormuz.
Sobre el Estrecho: El estrecho no es solo un problema energético. Es el termómetro más preciso del conflicto en tiempo real. Cada barco que lo cruza sin ser atacado es un punto para Washington. Cada petrolero que arde es un punto para Teherán. Y los dos están jugando esa partida con toda su concentración mientras los europeos que se ponen de perfil celebran reuniones de emergencia virtuales para discutir si liberan reservas estratégicas de petróleo —el equivalente a mirar el incendio desde la acera con un vaso de agua en la mano.
Los petroleros no van a volver al estrecho hasta que vean un período sostenido sin ataques. No es una cuestión de seguros —el gobierno americano ha lanzado un programa de reaseguro de veinte mil millones de dólares—. Es una cuestión de física: un misil antibuque no distingue entre un barco asegurado y uno sin asegurar.
La armada americana está desplegando activos de escolta, y el argumento de que «no hay destructores suficientes» es el argumento del que no quiere hacerlo, no del que no puede. La escolta en convoy no es algo novedoso. La escolta en convoy es exactamente lo que ejecutó la armada americana en la Guerra del Tanquero de 1987-88, cuando los petroleros kuwaitíes navegaron bajo pabellón americano y escolta naval para forzar el paso ante los ataques iraníes. Funcionó entonces con tecnología de la Guerra Fría. Los sistemas Aegis y la cobertura aérea embarcada de 2026 hacen el flanco aéreo razonablemente manejable: un ataque de drones o misiles antibuque desde tierra o desde plataformas aéreas es detectable y neutralizable. Ese no es el problema.
El problema es el que los comunicados del Pentágono no mencionan con suficiente claridad: el ataque asimétrico de bajo coste desde el agua o desde el fondo. Una lancha semisubmergida cargada de explosivos. Un drone acuático. Una mina fondeable desplegada de noche por una embarcación que de día vende pescado. Para ese tipo de amenaza no hay Aegis que valga.
Ademas, para paralizar el estrecho no hace falta hundir un petrolero de trescientas mil toneladas. Basta con dañarlo. Con que arda cuatro horas mientras las cámaras lo enfocan. El daño real es secundario. La foto de ese barco en llamas vale mil millones de dólares en prima de riesgo instantánea sobre cualquier aseguradora del mundo, y los armadores lo saben antes de que se apague el fuego.
Siempre habrá un Pasdaran con una moto de agua y un explosivo dispuesto a hacer esa foto.
Mientras la costa iraní del estrecho no esté bajo control físico, esa amenaza no desaparece. Es la única solución definitiva, y es la que nadie en Washington pronuncia todavía en voz alta.
Trump lo llamaría «tomar el Estrecho«, que es exactamente la frase que usó esta semana con la CBS, con esa economía de lenguaje suya que los analistas de política exterior desprecian. Que lo piense en voz alta sugiere que está sobre la mesa. Que nadie del Pentágono lo haya desarrollado públicamente sugiere que están esperando a ver si el bombardeo sistemático de la infraestructura costera del IRGC —bases de lanchas rápidas, almacenes de minas, posiciones de misiles antibuque— combinado con la escolta en convoy es suficiente para mantener el tráfico sin poner una bota en tierra iraní.
La operación tiene un nombre geográfico preciso aunque nadie lo pronuncie todavía: Bandar Abbas, las islas de Abu Musa y las Tunbs —que Irán tomó de los Emiratos en 1971 y que dominan el corredor navegable— y las posiciones del IRGC en la orilla norte. No hace falta ocupar Teherán. Es suficiente con controlar cuarenta kilómetros de costa rocosa y tres islas. Con infantería de marina y apoyo aéreo embarcado es ejecutable en días. Los planos existen y los recursos están en el agua. Es algo fácil de hacer para un ejercito como el americano.
El problema nunca ha sido militar.
El problema surge en cuanto un marine pisa suelo iraní y vuelve en un ataúd con bandera americana. No es un problema militar ni diplomático —la arquitectura de la solución existe y es sólida—. Es un problema de narrativa doméstica en un país que tiene memoria viva de Faluya y Kandahar, y elecciones de mitad de mandato en noviembre.
La opinión pública americana apoyó los bombardeos como respuesta quirúrgica a una amenaza nuclear existencial. Eso es vendible. Lo que es infinitamente más difícil de vender es la imagen del primer ataúd llegando desde una playa iraní, porque esa imagen activa una pregunta que ningún tuit de Trump a las dos de la madrugada puede reencuadrar: ¿para qué murió este chico de Iowa en una isla del Golfo Pérsico que ningún americano sabía que existía hace tres semanas?
La respuesta correcta la sabemos —para que el petróleo fluya, para que la economía global no se despeñe, para que tus hijos paguen la gasolina a precio razonable— pero es una respuesta que requiere al ciudadano medio americano un nivel de abstracción geopolítica que históricamente no ha estado dispuesto a hacer cuando el precio es una bolsa mortuoria con su bandera encima.
Trump lo sabe mejor que nadie. Con el estrecho abierto y el petróleo a setenta dólares en octubre, los republicanos barren en noviembre. Con marines muertos en titulares y el barril a cien, la conversación cambia.
Y las conversaciones que cambian en octubre cuestan escaños en noviembre.
Y sin embargo la lógica militar es implacable y no atiende a ciclos electorales ni a consideraciones diplomáticas. La aritmética es simple: un estrecho abierto y el petróleo a setenta gana las elecciones de medio mandato de noviembre. Un estrecho cerrado y el petróleo a cien las pierde. Trump no dijo «estoy pensando en tomarlo» por accidente. Trump no dice accidentalmente las cosas que dice. Las dice cuando ya ha decidido hacerlas y está midiendo la temperatura de la audiencia.
Todo lo demás es filosofía para después de las elecciones de este año.
Sobre el día después: El cambio de régimen tiende a funcionar cuando hay elementos poderosos del ejército dispuestos a cambiar de bando, o cuando el ejército está tan agotado que no tiene voluntad de proteger al Estado. Ninguna de estas dos condiciones está presente actualmente en Irán. El IRGC está tan profundamente integrado en la economía y la gobernanza que se beneficia enormemente del sistema que protege.
Abbas Milani, de Stanford, lo traduce al lenguaje que los analistas de política exterior rara vez usan porque es demasiado preciso: «No creo que el IRGC de hoy esté comprometido ideológicamente con preservar el velayat-e faqih. Son una mafia, como una entidad corporativa rica, y quieren conservar su territorio.» Tiene razón en la cúpula. Los generales que controlan las empresas de construcción, las telecomunicaciones y el contrabando de petróleo no están muriendo por Alá. Están protegiendo un modelo de negocio. Pero Milani se queda corto en los niveles medios y bajos, y ahí es donde el análisis de mafia falla. El Basij que sale a la calle a matar manifestantes no lo hace por el sueldo, que es miserable. Lo hace por convicción. El piloto de drones que lanza contra Tel Aviv no es un ejecutivo protegiendo su cartera. Es un creyente. La estructura real es una pirámide con dos lógicas superpuestas que se necesitan mutuamente: arriba, una mafia con turbante que usa la ideología como cobertura y legitimación. Abajo, creyentes genuinos que proporcionan la masa crítica de violencia para mantener el sistema. Es exactamente esa combinación la que hace al régimen más resistente de lo que cualquier analista occidental ha calculado en cada uno de los cuarenta y siete años que lleva siendo declarado a punto de caer.
Una mafia que controla entre el veinte y el cuarenta por ciento del PIB de un país de noventa millones de habitantes no se rinde porque le hayan hundido los barcos. Se rinde cuando le cortan el dinero. O cuando sus propios generales dejan de cobrar y calculan que la lealtad al nuevo Jamenei de cincuenta y seis años que nadie conoce tiene menos valor de supervivencia que el pragmatismo. Los creyentes del Basij aguantarán más, porque el martirio Noes una mala opción. Pero sin la estructura económica de los Pasdaran que los financia, los arma y los coordina, se convierten en fanatismo sin músculo: peligrosos, sí, pero no sistémicos. Ese momento de disociación entre la mafia que calcula y el creyente que resiste puede tardar meses o puede tardar años.
Pero la dirección está marcada. Los regímenes que pierden simultáneamente el monopolio de la fuerza convencional, la capacidad nuclear y el flujo de ingresos no sobreviven indefinidamente. Sobreviven hasta que alguien dentro hace el cálculo que nadie quiere ser el primero en hacer. Y lo hace en voz alta.
Sobre China, el convidado de piedra: El análisis de la situación actual sería fraudulento sin hablar del movimiento más brillante de la semana, ejecutado por el único actor que no ha disparado un solo tiro.
Irán dejó pasar buques chinos mientras mantenía el estrecho cerrado para occidentales. El Iron Maiden de Cetus Maritime Shanghai transitó con la señal «CHINA OWNER» mientras ciento cincuenta petroleros occidentales se aburren en el ancladero.
Pekín ha cobrado su primer dividendo sin coste. Ha demostrado a todos los estados del Sur Global que alinearse con China tiene beneficios tangibles e inmediatos en una crisis. Ha preservado su flujo energético. Y ha acumulado una deuda que Teherán —sobreviva o no el régimen actual— le deberá durante generaciones.
El silencio de Pekín no es neutralidad. Es la sonrisa del jugador de póker que acaba de ver las cartas del adversario sin que el adversario lo sepa. Es el jugador mas frio sentado en la mesa de juego.
III. EL FUTURO — ESPECULACIÓN DOCUMENTADA PARA ADULTOS
Advertencia: lo que sigue no es predicción. Es análisis probabilístico con datos disponibles a 10 de marzo de 2026.
Quien quiera certezas que lea la Biblia. O el libro rojo de Mao.
Escenario A — El régimen sobrevive, mutado y sin bomba (probabilidad estimada: 45%)
Es el escenario más probable a corto y medio plazo, y el que más incomoda a Washington porque desmiente el relato de la victoria total.
El IRGC ya dejó claro que «el movimiento del sistema islámico no se detiene y no depende de ningún individuo». Es una descripción técnicamente precisa de cómo funciona el sistema. No es un culto a la personalidad. Es una revolución institucionalizada con anticuerpos contra la decapitación. Llevan cuarenta y siete años cultivando esos anticuerpos.
En este escenario, la guerra termina en semanas con un armisticio de facto nunca firmado: Irán acepta implícitamente el fin de su programa nuclear —porque ya no tiene programa nuclear—, el estrecho se reabre bajo vigilancia americana permanente, Mojtaba Jamenei gobierna un Irán más pequeño, más pobre y más aislado pero vivo.
Es la Corea del Norte del Golfo Pérsico: un régimen autártico, represivo, contenido, sin capacidad de proyección regional porque sus proxies han quedado sin dirección central ni financiación. Hizbulá degradado a organización asistencial con cohetes viejos. Los hutíes convertidos en problema yemení interno. Hamas sin respaldo iraní.
Washington lo llamará victoria histórica.
Teherán lo llamará resistencia gloriosa.
Los dos estarán mintiendo.
Pero los dos podrán vivir con esa mentira, que es básicamente la definición de la diplomacia internacional.
El coste de este escenario para el ciudadano occidental es gasolina cara durante seis meses y una inflación que llegará en el segundo semestre de 2026 con el nombre de «efectos colaterales del conflicto en Oriente Medio», que es el eufemismo que los gobiernos europeos usarán para no decir que sus economías absorbieron el golpe del cierre del estrecho sin colchón suficiente porque llevaban años gastando lo que no tenían en políticas improductivas woke, veganas, resilentes y feministas con aprobación LGTBIXYZ.
Escenario B — Fractura interna y transición caótica (probabilidad estimada: 35%)
La elección de Mojtaba no fue tranquila. Hubo presión psicológica y política del IRGC sobre la Asamblea de Expertos. Ocho miembros amenazaron con boicotear la segunda sesión. Los candidatos alternativos estaban «reacios a aceptar el cargo». Larijani apoyó el resultado con un entusiasmo notablemente tibio.
Eso no es un sistema cohesionado. Es un sistema que se ha cohesionado de urgencia bajo una presión externa brutal. Cuando esa presión se relaje —cuando los bombardeos paren, cuando la amenaza inmediata disminuya— las tensiones internas volverán con la fuerza que tienen siempre las tensiones comprimidas.
El CFR identifica la posibilidad de que el nuevo liderazgo rehabilite facciones moderadas para ampliar su base popular. Hassan Jomeini, nieto del fundador, como figura de transición que dé cobertura simbólica a una apertura controlada. Eso sería la versión iraní de la glasnost soviética, con una diferencia estructural que los Pasdaran conocen perfectamente: Gorbachov eligió abrirse. En Irán, si la apertura llega, no será una decisión tomada desde arriba. Será una presión que sube desde abajo hasta que el sistema no puede contenerla. Eso la hace más impredecible y más violenta que la soviética.
Los Pasdaran saben que la glasnost destruyó la URSS. La pregunta es si pueden resistir la presión de abrirse sin abrirse demasiado. La historia de los intentos reformistas iraníes —Jatamí neutralizado, Rohaní domesticado, el movimiento verde de 2009 aplastado— no invita al optimismo sobre la capacidad del sistema para reformarse a sí mismo.
Pero la historia también dice que los sistemas que no se reforman se rompen. Y este sistema ha sufrido en diez días el mayor daño militar desde la fundación de la república. Más el daño económico acumulado de décadas de sanciones. Más el daño de legitimidad de haber matado a sus propios ciudadanos por decenas de miles. Más el daño de haber perdido toda su proyección regional.
Hay un punto de quiebra.
Nadie sabe dónde está.
Escenario C — Colapso por agotamiento (probabilidad estimada: 20%)
Es el escenario más difícil de gestionar y el que más tiempo requiere. También el que históricamente es más común en regímenes con estas características.
No cae esta semana. No cae este mes. Puede que no este año. Pero el Irán del 1 de abril de 2026 es cualitativamente diferente del Irán del 27 de febrero. Sin programa nuclear. Sin armada. Sin proxies operativos regionales. Con una economía que llevaba años en caída libre y acaba de perder sus últimas fuentes de ingresos significativas —el petróleo bajo sanciones que China compraba con descuento. Con una generación entera menor de cuarenta años que nunca ha conocido otro régimen y que lo rechaza con una intensidad demostrada en 2009, 2019, 2022 y 2025.
El colapso por agotamiento no es explosivo. Es una implosión lenta que se manifiesta en emigración masiva de jóvenes cualificados, deserción silenciosa de militares de rango medio, erosión de la capacidad represiva por falta de recursos, y finalmente el momento en que el soldado raso de los Pasdaran calcula que su sueldo —ya de por sí en riales que no valen nada— no compensa el riesgo de estar en el lado equivocado de la historia.
Puede tardar dos años. Puede tardar diez. Pero la dirección está marcada. Los regímenes que pierden el monopolio del miedo mueren. Y este régimen acaba de demostrar, ante noventa millones de iraníes y ante el mundo, que es vulnerable. Que puede ser golpeado. Que el director espiritual de la nación puede ser eliminado en la reunión de las nueve de la mañana. La invulnerabilidad era parte esencial de su legitimidad.
Esa invulnerabilidad ya no existe.
La variable que lo decide todo: el Estrecho esta semana
Los tres escenarios anteriores dependen en gran medida de lo que ocurra en los próximos siete a catorce días en el Estrecho de Ormuz. Si Mojtaba Jamenei —que necesita urgentemente un gesto de fuerza inaugural que demuestre que no es inferior al padre— ordena hundir un gran petrolero saudí o emiratí, el barril vuelve a cien dólares y la gasolina a 2 euros, la presión sobre Trump se intensifica, y el escenario A se consolida. El régimen sobrevive porque ha demostrado que el precio de eliminarlo es demasiado alto.
Si la armada americana logra mantener el estrecho libre de ataques durante dos o tres semanas, el precio del petróleo se mantiene a la baja, la presión económica sobre el régimen se hace insostenible, y el espacio para los escenarios B y C crece. La partida se juega en cuarenta kilómetros de agua entre la costa iraní y Omán.
IV. EL PACK DE SUPERVIVENCIA DEL CIUDADANO OCCIDENTAL GALLEGO
Están las autoridades suecas y de las democracias europeas diciendo a sus ciudadanos cosas sobre un pack de supervivencia y un no seque de mochila de crisis. Pero ellos son del norte, tienen frio, comen mal y dependen de Moscú para encender la calefacción.
Llegados a este punto, el ciudadano gallego —que ha tenido la paciencia de llegar hasta aquí— tiene derecho a hacerse la pregunta práctica que los ensayistas de alto nivel nunca responden porque les parece indigna de su rango intelectual: ¿y yo qué hago?
La respuesta es que Europa, en general, y España, en particular, y Galicia, de manera absolutamente excepcional, están geopolíticamente en el lugar más cómodo del planeta para esta crisis. Somos el extremo noroeste del continente, con acceso al Atlántico, producción propia de energía eólica e hidráulica, pesca, agricultura y una tradición de sobrevivir a todo lo que el mundo nos ha lanzado desde los celtas hasta los nazis —que también pasaron por aquí, aunque la historia oficial prefiera no recordarlo con demasiado detalle.
Pero «más cómodo» no significa «inmune». Y un poco de previsión aplicada vale más que mucho análisis geopolítico.
Energía. El precio de la gasolina va a subir. Ya está subiendo. No hay que ser analista de Goldman Sachs para saberlo: cuando el veinte por ciento del petróleo mundial no puede salir del Golfo Pérsico, el precio sube. Punto. Si tienes coche de combustión, llena el depósito ahora y mira los precios de la electricidad para los próximos meses. Si puedes teletrabajar más días, hazlo. Si tienes calefacción de gasoil, revisa tus reservas. No es paranoia. Es gestión doméstica básica ante un hecho económico verificable.
Inflación. Viene. No de golpe, sino con el retraso habitual de tres a seis meses que tienen los shocks energéticos en trasladarse al precio del pan, del transporte y del resto. La economía española importa prácticamente el cien por cien de su petróleo. Un barril a ciento veinte dólares no se queda en la gasolinera: llega a la factura del supermercado, al precio del billete de tren y al coste de la hipoteca variable si el BCE responde subiendo tipos, que no lo hará inmediatamente pero tampoco tardará en plantear la discusión si la inflación se dispara.
Lo que puedes hacer es elemental: si tienes capacidad, fija lo que puedas fijar. Hipoteca fija si estás en variable y el banco te deja. Contratos de suministro de energía a precio fijo si te los ofrecen. Y, en la medida de lo posible, reduce la dependencia de lo que depende del precio del petróleo.
Inversiones y ahorros. Si tienes ahorros en fondos con exposición a la energía del Golfo, a aerolíneas con rutas a Oriente Medio, o a cualquier sector con cadena de suministro que pase por el Estrecho de Ormuz, la volatilidad de las próximas semanas va a ser importante. No es consejo financiero, que soy médico y no gestor de patrimonios. Es sentido común: la incertidumbre castiga los activos expuestos a ella. El oro, históricamente, hace lo contrario. Las energías renovables europeas, también.
Medicamentos. Este es el punto que casi nadie menciona y que como médico no puedo callarme. Una parte significativa de los principios activos farmacéuticos que consume Europa se fabrica en Asia —China e India principalmente— y llega por rutas marítimas que pasan o pasaban cerca de zonas de conflicto. La cadena de suministro farmacéutica es frágil, está muy concentrada en pocos fabricantes, y es extraordinariamente sensible a disrupciones logísticas. Si tomas medicación crónica y puedes legalmente tener reserva de uno o dos meses, tenla. No porque vaya a haber desabastecimiento inmediato, sino porque si viene, viene antes de que el sistema sanitario tenga tiempo de reaccionar.
Información. El pack de supervivencia más importante es el que va en la cabeza. En las próximas semanas van a circular por las redes sociales más desinformación sobre este conflicto que durante cualquier otro episodio reciente, porque tiene todos los ingredientes: religión, petróleo, Israel, Trump, China y conspiraciones disponibles para todos los gustos políticos. La regla simple para no intoxicarse es antigua y funciona: busca la fuente primaria. No el titular. No el hilo de Twitter. No el vídeo de quince segundos. La fuente primaria. Lo que dice el OIEA, no lo que alguien dice que dice el OIEA. Lo que publicó el Pentágono, no lo que un influencer de geopolítica con doscientos mil seguidores interpreta que significa.
Y el consejo final, que es el que nadie quiere dar porque suena demasiado a sentido común: vive. Galicia tiene el mar, tiene la montaña, tiene la mejor gastronomía de Europa y tiene una tradición de resiliencia ante el desastre que viene de muy atrás. Hemos sobrevivido al hambre, a las guerras, a la emigración masiva, a Franco, a los gobiernos autonómicos y al Prestige. Sobrevivimos a todo eso y seguimos siendo capaces de hacer el mejor pulpo del mundo.
Un ayatolá muerto en Teherán y un estrecho cerrado en el Golfo Pérsico son un problema serio para la economía global. No son el fin del mundo. Y tratar cada crisis geopolítica como el fin del mundo es la mejor manera de no estar en condiciones de gestionar la siguiente, que invariablemente llega.
Mantengan la cabeza fría, el depósito lleno y la despensa razonablemente abastecida.
El resto lo resolverá la historia, que siempre lo resuelve, aunque nunca en los plazos que nos gustaría.
Francisco Guitián Lema — 10 de marzo de 2026
