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DEL DESAGUISADO QUE EL INSTITUTO CERVANTES HA PERPETRADO

 

 

APROBACIÓN  DEL  ORDINARIO  WOKE (Denegada)

Por mandado del Santo Oficio de lo Políticamente Correcto, yo, fray Progresio de la Cancelación, Inquisidor Mayor de las Redes Sociales, he visto este libelo titulado «Del desaguisado que el Instituto Cervantes ha perpetrado contra su propio patrón», y NO DOY MI APROBACIÓN, antes bien condeno al autor a destierro perpetuo del prime time televisivo, excomunión de las tertulias de La Sexta, privación de subvenciones por los siglos de los siglos, y curso obligatorio de reeducación en perspectiva de género.

Porque en este libro se contienen proposiciones malsonantes a los oídos piadosos del progresismo, tales como: que el Quijote no necesita reescribirse (herejía de primer grado); que el plural masculino es correcto (cisma gramatical); que Cervantes no era homosexual (negacionismo queer); y que García Montero es poeta menor (lesa majestad poética).

Dado en el Tribunal de la Santa Inquisición Progresista, año de la Transición Ecológica de 2025.

APROBACIÓN DEL SENTIDO COMÚN (Otorgada)

Yo, el Sentido Común, especie en peligro de extinción más amenazada que el águila imperial, digo que este libro no solo puede imprimirse, sino que debe imprimirse. Porque en él no se halla cosa contra la Fe verdadera, que es la fe en las buenas letras, ni contra las buenas costumbres, que es tratar a los clásicos con el respeto que merecen.

Y si alguno dijere que no tiene licencia del Rey, respondo que el Rey de las Letras Españolas es don Miguel de Cervantes, y él ya dio su licencia cuando escribió: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos”.

IMPRIMATUR, pues, sin permiso de nadie que no sea el buen juicio.

 

 

 

DEL DESAGUISADO QUE EL INSTITUTO CERVANTES HA PERPETRADO CONTRA SU PROPIO PATRÓN

INTRODUCCIÓN

El Instituto Cervantes, organismo público creado en 1991 para la promoción y enseñanza del español en el mundo, ha inaugurado el pasado 27 de noviembre en su sede madrileña la exposición Aeolia, obra del artista burgalés Solimán López. La muestra, que permanecerá abierta hasta el 8 de marzo de 2026 —fecha no casual, pues coincide con el Día Internacional de la Mujer, que hasta en eso han de ser previsibles—, constituye la primera propuesta del ciclo Paisajes intangibles y estrena un nuevo espacio denominado Banca Cervantes, concebido como «laboratorio de arte, pensamiento, lengua y cultura digital».

La pieza central de la exposición es una escultura interactiva dotada de un sistema de inteligencia artificial que, según sus promotores, «reescribe» el Quijote. 

Reescribir el Quijote. Así, sin despeinarse. 

Como quien decide retocar el techo de la Capilla Sixtina porque Miguel Ángel no tuvo en cuenta la perspectiva de género de los querubines.

El mecanismo funciona del siguiente modo —y ruego al lector que no abandone aquí la lectura creyendo que exagero, pues todo lo que sigue está documentado—: el artista viajó a Campo de Criptana, donde la tradición sitúa el célebre episodio de los molinos, y allí, pertrechado con un compresor industrial, capturó aire. Aire manchego. Lo encerró luego en una gran esfera de vidrio, como quien embotella esencias para vender en un mercadillo esotérico. Cuando los visitantes soplan sobre unas plumas de águila imperial —especie en peligro de extinción, pero la coherencia nunca fue fuerte de los ecologistas de salón—, activan unos ventiladores que ponen en marcha la inteligencia artificial. Esta IA, entrenada con el texto de Cervantes mezclado con obras de «pensadores contemporáneos» (léase: el catálogo completo de una librería universitaria de Berkeley o similares), genera entonces nuevos fragmentos del Quijote proyectados mediante láser en el interior de la burbuja.

Es decir: soplas sobre una pluma, se mueve un ventilador, una máquina escupe frases, y a eso lo llaman arte. Cervantes escribió el Quijote manco, pobre y sin mecenas; estos necesitan compresores industriales, ADN sintético y subvenciones del Ministerio de Cultura para producir ripios.

¿Desde qué perspectivas reescribe la máquina la obra cumbre de nuestras letras? El propio Instituto lo declara sin rubor alguno: perspectivas «ecológicas, de género y distópicas». Por si quedara duda de por dónde soplan los vientos —nunca mejor dicho—, el artista precisa aún más el programa, explicando que la IA ha sido alimentada con textos que enfatizan «la sostenibilidad, el medioambiente, la transición ecológica, el terraformismo, el posthumanismo, las perspectivas de género, la desobediencia civil, el pacifismo y la crítica anticapitalista». Solo falta el veganismo, el antiespecismo y la astrología, pero supongo que eso vendrá en la actualización 2.1.

Obsérvese que no se menciona ningún criterio literario, ninguna preocupación estética, ningún respeto por el texto original. El Quijote no es aquí una obra maestra que estudiar y admirar, sino un cadáver sobre el que practicar la autopsia ideológica de moda. Un pretexto para el adoctrinamiento con coartada cultural.

La exposición incluye además lo que denominan Quijote 2.0 —bautizarlo Quijote Woke habría sido demasiado transparente—, almacenado en una molécula de ADN sintético. También ofrece una «entrevista ficticia» con Miguel de Cervantes generada por inteligencia artificial. Esto es: ponen palabras inventadas en boca de un muerto que no puede defenderse, y lo presentan como innovación. En tiempos de Cervantes a eso se le llamaba libelo; hoy se le llama instalación inmersiva y se financia con dinero público.

Este despropósito no constituye un hecho aislado. El Instituto Cervantes, bajo la dirección de Luis García Montero, ha protagonizado recientemente otras polémicas de similar calado ideológico. En el Anuario 2025 El español en el mundo, la institución llegó a afirmar que la Constitución Española de 1978 «carece de plena legitimidad democrática» por no estar redactada en lenguaje inclusivo. El propio García Montero se ha declarado públicamente incómodo con el plural masculino genérico del español, proponiendo el uso del doble plural («ciudadanos y ciudadanas») o sustantivos colectivos («ciudadanía»).

Así pues, la institución que lleva el nombre del autor del Quijote se ha convertido en ariete de una agenda que pretende enmendar la plana no solo a Cervantes, sino a la propia lengua española y a la Constitución que nos dimos los españoles. Utilizando fondos públicos, naturalmente.

Ante semejante despropósito, no cabe sino responder con las mismas armas que Cervantes empleó contra los disparates de su tiempo: la sátira, la ironía y el buen humor. 

Lo que sigue es, pues, un modesto homenaje al maestro, escrito en su estilo y con su espíritu, confiando en que la risa sea el mejor antídoto contra la solemnidad hueca de quienes, sin genio propio, pretenden parasitar el ajeno.

 

 

DEL DESAGUISADO QUE EL INSTITUTO CERVANTES HA PERPETRADO CONTRA SU PROPIO PATRÓN, Y DE CÓMO PRETENDEN REESCRIBIR EL QUIJOTE CON PERSPECTIVA DE GÉNERO Y OTRAS SANDECES

Respuesta que un servidor de las buenas letras dirige al muy ilustre Instituto Cervantes, con motivo de su exposición llamada «Aeolia», donde pretenden, mediante artificio de máquinas pensantes, enmendar la plana al mismísimo don Miguel de Cervantes Saavedra

 

I

Capítulo Primero, en que se da cuenta de la nueva especie de encantadores que asolan estos reinos.

En un lugar de la villa y corte, de cuyo nombre no quiero acordarme por no mancharme con él la pluma, se ha erigido una institución que, llevando el nombre del más insigne de nuestros ingenios, parece haberse propuesto la singular empresa de deshonrarlo.

Y no es la única, pues corre parejas con el cineasta don Alejandro Amenábar, quien este mismo año ha perpetrado una película —El Cautivo la llama— donde nos presenta a un Cervantes sodomita, enamorado de su carcelero argelino, sin más fundamento documental que el antojo del director, que siendo él mismo de tal condición, quiso ver en el manco de Lepanto un cofrade de gremio. Que no hay peor cuña que la del mismo palo, ni peor agravio que el que viene de quien debiera honrar. Hasta el propio asesor histórico de la cinta, el catedrático Lucía Megías, ha declarado que no existe prueba alguna de tal inclinación, y que semejante teoría es «mito fruto del desconocimiento y de la transgresión de los años ochenta«. Mas poco importa la verdad cuando de lo que se trata es de arrimar el ascua a la sardina de la agenda queer, y así vemos cómo al pobre don Miguel, que sufrió cautiverio, mutilación y pobreza, ahora se le añade de propina una orientación sexual que nunca tuvo, para mayor gloria del orgullo contemporáneo. Como si la sodomía fuera mérito y no bastaran los que Cervantes acumuló en vida.

¿Y qué hizo este hombre para merecer tales ultrajes cuatro siglos después de su muerte? Pues combatir en Lepanto por la Cristiandad, donde perdió el uso de la mano izquierda —que no la derecha, gracias a Dios, pues con ella nos legó su obra—. Padecer cinco años de cautiverio en Argel, intentando fugas temerarias que le habrían costado la vida de no ser por su valor, que hasta sus captores admiraban. Volver a España sin un maravedí y sin reconocimiento, mendigando empleos que nunca llegaron mientras servía como recaudador de impuestos por los caminos polvorientos de Andalucía. Conocer las cárceles de Sevilla por deudas ajenas. Vivir en la pobreza mientras Lope de Vega nadaba en fama y dinero. Y con todo ello, con esa vida de soldado roto y funcionario fracasado, alumbrar la primera novela moderna de la historia, el libro más traducido después de la Biblia, la obra que fundó nuestra lengua literaria y dio al mundo un arquetipo universal del idealismo humano. Eso hizo Cervantes. Y a cambio, la España del siglo XXI le paga inventándole amantes varones y reescribiendo su obra magna con perspectiva de género y crítica anticapitalista.

Si el pobre don Miguel levantara la cabeza, volvería a enterrarla de vergüenza ajena.

Pues bien, no contento el mundo con el ultraje cinematográfico, ahora viene el Instituto que lleva su nombre a rematarlo. Porque dícese en los mentideros de la villa y corte que han construido una máquina —que ellos llaman inteligente, y yo llamaría más bien impertinente— cuyo propósito no es otro sino reescribir el Quijote según las modas que hoy privan entre quienes, no sabiendo crear cosa alguna de valor, se dedican a desfigurar lo que otros de más talento compusieron.

Y para tamaña fechoría, han entrenado a este autómata parlante con los textos del propio Cervantes —que debe de revolverse en su sepultura del convento de las Trinitarias— mezclados con las lucubraciones de pensadores contemporáneos de esos que llaman perspectiva de género, ecología profunda y otras zarandajas propias de quien tiene mucho tiempo libre y poco seso.

Dice el tal Solimán —que si López se apellida, más le valiera llamarse Panza, pues de panza parece tener llena la cabeza— que su ingenio convierte el viento en palabras. ¡Vive Dios, que si de viento se trata, más viento hallará en los discursos de quienes promueven semejante desatino!

Y no precisamente el viento noble de la Mancha, sino aquel otro que tan donosa y procazmente cantó don Francisco de Quevedo en su célebre oda, cuando escribió aquello de «¿Qué otra cosa es el pedo / sino un viento que del culo suelto quedo?». Pues viento ventosamente ventilado es lo que produce este artefacto: flatos del intelecto, pedos del alma, ventosidades académicas que pretenden pasar por perfume de alta cultura. Y así como el pedo, según Quevedo, «es el habla del culo», así las emanaciones de esta máquina son el habla del culo de la posmodernidad: mucho ruido, mucho tufo, y al final, nada que merezca conservarse sino para escarnio de las generaciones futuras.

Que eso de capturar aire en la Mancha con un compresor industrial, embotellarlo como quien envasa flatulencias para vender en herbolario, y luego soplarlo sobre plumas de águila para que una máquina escupa sandeces con perspectiva ecológica y de género, es empresa digna de los libros de caballerías que el cura y el barbero echaron al fuego en el famoso escrutinio. 

Aunque pensándolo mejor, ni siquiera: aquellos disparates de Felixmarte de Hircania y Palmerín de Oliva al menos entretenían, que para eso fueron escritos. Esto ni siquiera entretiene: aburre, ofende y encima cuesta dinero al contribuyente. Porque no nos engañemos: el Amadís de Gaula, con todos sus encantamientos y gigantes descabezados, tenía más rigor intelectual que un aerogenerador de lugares comunes posmodernos alimentado con manuales de estudios de género y panfletos del ecologismo de salón. 

Al menos don Quijote, cuando confundía los molinos con gigantes, padecía una cuerda locura; estos otros los confunden con arte y cobran subvención por ello, que es el peor género de demencia: la del cuerdo que finge desvariar para medrar.

 

 

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Capítulo Segundo, donde se pondera la locura de querer mejorar lo perfecto.

Mas lo que verdaderamente mueve a espanto es la presunción de estos modernos encantadores, que no contentos con tener sus propias voces —por flacas y destempladas que sean—, pretenden poner en boca de Cervantes lo que Cervantes jamás dijo ni pensó decir.

Imagínese vuesa merced a don Quijote cabalgando por los campos de Montiel, no ya enderezando entuertos y desfaciendo agravios, sino preocupado por la huella de carbono de las flatulencias de Rocinante y el impacto medioambiental de las aspas de los molinos.

Figúrese a Sancho, no ya anhelando su ínsula, sino reclamando cuotas de representación para escuderos racializados y planes de transición ecológica para los rebaños de ovejas.

Y véase a Dulcinea, aquella de quien dijo su caballero que «sus cabellos son oro, su frente campos elíseos», no ya como alta señora de los pensamientos del hidalgo, sino como víctima del heteropatriarcado manchego que necesita ser empoderada mediante talleres de sororidad.

¡Qué diría el bueno de Cervantes si levantara la cabeza! Él, que conoció el cautiverio de Argel, la miseria de las cárceles, la ingratitud de los poderosos; él, que supo reírse de sí mismo y de todo sin necesidad de pedir permiso ni solicitar subvenciones; él, que escribió la obra cumbre de nuestra lengua sin más recursos que su ingenio y sin más mecenas que su tenacidad, ¿qué diría al ver que quienes dicen custodiar su memoria se dedican a profanarla?

¿Qué pensaría al saber que el Instituto que su nombre porta está regido por un poeta de los menores, don Luis García Montero, catedrático de oficio y apparatchik de vocación, cuya tesis doctoral versó sobre la obra de su amigo y valedor Rafael Alberti, que no hay cosa más provechosa en la Academia que escribir sobre quien te prologa los libros y te abre las puertas del Parnaso? Poeta cuyo mayor logro en las letras fue desposarse con doña Almudena Grandes, que en gloria esté, y cuya máxima cuita lingüística es que el plural masculino de nuestra lengua le produce desazón y congoja, la misma gramática con que Cervantes compuso el Quijote y Quevedo sus sátiras y fray Luis sus odas.

Sabed, pues, que este guardián de las esencias cervantinas fue condenado por la Justicia del Reino en el año de 2008 por injurias graves contra un colega de claustro, al que llamó públicamente «tonto indecente» y «perturbado», y en los corrillos del departamento «hijo de puta» y «cabrón», según reza la sentencia firme que así lo atestigua. Académico de tan delicado natural que hubo de solicitar la excedencia de su plaza porque hallaba el ambiente universitario «irrespirable», como si el tufo pestilente no lo hubiera él mismo generado con sus gentilezas. Y este es el varón que hoy custodia el legado del manco de Lepanto, nombrado a dedo por el Consejo de Ministros para cargo de libre designación que se remunera con ciento siete mil ochocientos cinco euros anuales del erario público, más dietas, viajes y prebendas que no constan en la nómina mas sí pesan en el bolsillo del contribuyente.

Cervantes malvivió como recaudador de alcabalas por los polvorientos caminos de Andalucía, durmiendo en ventas miserables y sufriendo el desprecio de los poderosos; conoció las cárceles de Sevilla por deudas que no eran suyas y murió pobre en una casa de la calle del León. García Montero percibe más de cien mil euros por deshonrar su memoria desde un despacho con aire acondicionado en la calle de Alcalá. Si esto no es locura, habrá que inventar nueva voz para nombrarla. Cervantes al menos puso la demencia en un personaje de ficción; estos otros la ejercen desde cargo oficial y con nómina del Estado, que es peor género de enajenación: la del cuerdo que finge desvariar para medrar, o peor aún, la del necio que se cree sabio y cobra por ello.

 

 

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Capítulo Tercero, en que se declara que no hay molino de viento más descomunal que la necedad.

Aléganse los promotores de tal desafuero que el propósito de su ingenio es «reflexionar sobre la autoría y la memoria colectiva«, y también sobre «la sostenibilidad simbólica del patrimonio literario«. ¡Válgame Dios, y qué manera de decir nada con tantas palabras! Que esto de la «memoria colectiva» y la «sostenibilidad simbólica» es jerigonza de los que, no teniendo cosa de sustancia que decir, visten el vacío con ropajes de academia para que parezca profundo lo que es huero, y trascendente lo que no pasa de majadería. Como bien advirtió el bachiller Sansón Carrasco, «no hay libro tan malo que no tenga algo bueno», mas yo añado que sí los hay tan malos que ni eso tienen, y tal es el caso de cuanto produce este aerogenerador de sandeces.

¿Reflexionar sobre la autoría? ¡Pero si la autoría del Quijote está más clara que el agua del Tajo! La firmó Miguel de Cervantes Saavedra, vecino de Valladolid, y no necesita más reflexión que la que merece nuestra gratitud eterna. ¿O acaso pretenden estos señores sembrar dudas sobre quién lo escribió, como hicieron los ingleses con Shakespeare, para luego atribuírselo a una inteligencia artificial entrenada con perspectiva de género? ¿Reflexionar sobre la memoria colectiva? La memoria colectiva de los españoles sobre el Quijote es que no lo han leído, y no será reescribiéndolo con ecologismo y crítica anticapitalista como se remediará tamaña desdicha, sino leyendo el original, que para eso lo escribió don Miguel: para ser leído, no para ser «reinterpretado» por máquinas ni manoseado por doctrinarios.

Mas yo digo que la única reflexión que cabe hacer es sobre la desvergüenza de quienes, cobrando del erario público para promover nuestra lengua, se dedican a manosear nuestras letras con sus manazas ideológicas. Porque el propio don Quijote ya advirtió contra tales fatuos cuando dijo: «El hacer bien a villanos es echar agua en la mar». Y agua en la mar echan quienes pretenden mejorar lo inmejorable, corregir al maestro, enmendar la plana al genio. ¿Qué será lo próximo? ¿Reescribir el Lazarillo con perspectiva animalista porque el ciego maltrataba al mozo? ¿Añadir a La Celestina un epílogo donde Melibea acude a terapia de duelo? ¿Revisar las coplas de Manrique para que no discriminen a los ríos que no van a dar a la mar?

No, señores míos: el Quijote no precisa de sostenibilidades simbólicas ni de memorias colectivas ni de cuantas zarandajas inventéis para justificar vuestras nóminas. Como dijo el propio hidalgo manchego: «Cada uno es hijo de sus obras», y las vuestras, por más que las vistáis con oropeles tecnológicos y jerga posmoderna, no son sino hijas de la presunción y nietas de la ignorancia.

Y es que estos nuevos encantadores —que no Frestón ni Merlín, sino García Montero y su cohorte de subvencionados— han descubierto un modo de parecer cultos sin serlo, de parecer creativos sin crear, de parecer profundos sin tener fondo alguno: tómese una obra maestra, aplíquensele los lugares comunes de la academia posmoderna, métase todo en una máquina que escupe palabras, y preséntese como arte del futuro. Receta infalible para medrar sin talento, que como bien sentenció Sancho: «Bien predica quien bien vive», y estos viven muy bien de predicar lo que no practican, pues dudo mucho que lean el Quijote original quienes tan empeñados están en adulterarlo.

El propio don Quijote, en su locura, tenía más cordura que estos señores en su presunta sensatez. Porque el hidalgo manchego, al menos, sabía distinguir entre un gigante y un molino, aunque su entendimiento trastornado le hiciera confundirlos; y cuando Sancho le advertía del error, respondía aquello de «las cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza». Pero estos otros confunden a sabiendas y sin excusa de locura: llaman reinterpretación a la adulteración, diálogo a la profanación, perspectiva a la imposición de su particular catecismo, y sostenibilidad simbólicaa lo que no es sino vandalismo con subvención. Don Quijote confundía molinos con gigantes por tener el seso sorbido de tanto leer disparates; estos los confunden por haber leído mucho y aprovechado poco, como el burro que lleva los libros a cuestas sin enterarse de lo que portan, o peor aún, por haberlos leído con las orejeras de la ideología, que solo dejan ver el camino estrecho que al pesebre de la subvención conduce.

 

 

IV

Capítulo Cuarto y último, donde se hace profesión de fe cervantina.

No, señores del Instituto, no y mil veces no: el Quijote no ha menester de perspectiva de género porque ya la tiene, y más sutil y honda que cuantos panfletos vomitan las imprentas de la academia contemporánea. ¿Queréis feminismo? Pues ahí tenéis a la pastora Marcela, que cuando los hombres la culpaban de la muerte de Grisóstomo, respondió con palabras que ninguna influencer de las que hoy cobran por indignarse en las redes sabrá jamás mejorar: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos». ¿Hay proclama de libertad más rotunda en toda la literatura universal? ¿Necesitaba Cervantes que le enseñaran perspectiva de género unos doctrinarios del siglo XXI que probablemente no han leído más allá del prólogo?

¿Queréis reflexión sobre la ficción y sus poderes? Pues ahí tenéis el retablo de Maese Pedro, donde don Quijote arremete a cuchilladas contra los títeres creyéndolos moros de verdad, y luego debe pagar los destrozos mientras Maese Pedro llora por sus muñecos descabezados. ¿Hay tratado de teoría literaria que explique mejor la fuerza de lo ficticio sobre el ánimo humano? ¿Necesitamos que una máquina nos lo «reimagine» con sostenibilidad simbólica?

¿Queréis locura y cordura entreveradas? Pues ahí está el discurso de la Edad de Oro, donde don Quijote, que no distingue una venta de un castillo, razona sobre la justicia y la inocencia perdida con más tino que cualquier catedrático de ética. ¿Queréis la condición humana en su grandeza y miseria? Pues ahí está toda ella, en Sancho y su ínsula, en el vizcaíno y su espada rota, en el cautivo y su mora Zoraida, en los galeotes y su ingratitud, sin necesidad de que ningún necio venga a deconstruirla, palabreja que nada significa y todo lo ensucia.

El Quijote no precisa sostenibilidad ecológica porque es ya eterno, y la eternidad es la única sostenibilidad que importa a las obras del espíritu. Los aerogeneradores de Castilla-La Mancha se oxidarán y vendrán abajo; el Quijote seguirá en pie. Las baterías de litio que alimentan vuestras máquinas parlantes acabarán en vertederos del tercer mundo; el Quijote seguirá leyéndose. Y cuando vuestro ADN sintético se degrade y nadie recuerde qué demonios era aquello de la Banca Cervantes, todavía habrá quien abra el libro por cualquier página y se ría con las sandeces de Sancho o se conmueva con las locuras de su amo.

Y no requiere el Quijote crítica anticapitalista porque Cervantes, que conoció la pobreza verdadera —la de pasar hambre, no la de los becarios de humanidades que se quejan del capitalismo con un iPhone en cada mano—, supo escribir sobre la miseria con una verdad que escuece, sin necesidad de citar a Marx ni a ningún otro barbudo alemán. Que no se olvide: don Quijote es un hidalgo pobre que vende sus tierras para comprar libros, y Sancho un labrador que deja a su familia por seguir a un loco con la esperanza de gobernar una ínsula. ¿Qué más crítica social queréis? ¿Qué más retrato de la condición humana necesitáis? El que no lo ve es porque no quiere verlo, o porque las orejeras ideológicas se lo impiden.

Así que guárdense vuestras mercedes sus aerogeneradores de disparates, sus moléculas de ADN sintético, sus inteligencias artificiales que de inteligentes no tienen sino el nombre, y toda su parafernalia de feria tecnológica. Que como dijo el propio don Quijote: «Cada uno es artífice de su ventura», y la ventura de vuestras mercedes será quedar como ejemplo de cómo no debe tratarse el patrimonio literario de una nación. El Quijote seguirá siendo el Quijote cuando de todas estas moderneces no quede ni la memoria, como no quedó de los Amadises y Palmerines y Belianises que el cura y el barbero arrojaron al corral para hacer con ellos hoguera. Aquellos libros al menos ardieron con llama; los vuestros ni para eso servirán, que lo digital no prende.

Y si algún provecho ha de sacarse de este escándalo, sea el de que más españoles acudan a leer la obra original, para comprobar por sí mismos, con sus propios ojos y sin intermediarios electrónicos, que no hay inteligencia artificial que iguale a la natural de don Miguel, ni perspectiva contemporánea que mejore su mirada inmortal, ni aerogenerador que produzca viento más fecundo que el que movía los molinos de la Mancha cuando Cervantes los inmortalizó para siempre. «Con la Iglesia hemos topado, Sancho», dijo don Quijote en cierta ocasión; nosotros bien podríamos decir: «Con el Instituto Cervantes hemos topado, amigo», que es topar con la institución que más debiera honrar al maestro y más se empeña en deshonrarlo.

Vale.

Dado en la villa y corte, en las prósperas datas del año de dos mil y veinte y cinco.

Francisco Guitian Lema

Cirujano de los huesos y de las letras, que si en lo primero endereza lo torcido, en lo segundo no puede sino denunciar lo que otros tuercen.

Post scriptum: Y si alguno dijere que me he excedido en la sátira, respondo con el propio Cervantes: «La pluma es lengua del alma; cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos.»

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