DOS HOMBRES Y UN IMPERIO
Vidas paralelas en el ocaso de la España americana
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PRÓLOGO: EL ENCUENTRO QUE NO OCURRIÓ
Hay una imagen que la historia no registró, pero que ocurrió.
Año 1808. En Valençay, un château del Loire convertido en jaula dorada, un rey español de veinticuatro años escribe cartas aduladoras a Napoleón pidiéndole que lo adopte como hijo. Ese hombre era Fernando VII: el rey que pasó de ostentar el apodo de «el Deseado» a ganarse el de «el Rey Felón».
Mientras, a miles de kilómetros, en París, un prusiano de treinta y nueve años ordena sus cuadernos de campo, sus mediciones barométricas, sus estadísticas mineras, sus dibujos de volcanes, y prepara la publicación del documento más importante que se ha escrito jamás sobre América: el Ensayo político sobre el reino de la Nueva España.
Alexander von Humboldt acaba de pasar un año en el territorio más rico del planeta.
Fernando VII acaba de entregarlo, a cambio de una renta vitalicia que nunca cobró.
Nunca se conocieron. Sus vidas, perfectamente paralelas en el tiempo y perfectamente opuestas en todo lo demás, forman juntas el relato completo de cómo se destruyó el mayor ejemplo de globalización que el mundo había conocido hasta ese momento. Uno lo documentó. El otro lo liquidó.
Esta es la historia.
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PARTE I: EL MUNDO QUE HUMBOLDT FUE A VER

Antes del principio
Hay un dato que Isaac Moreno, divulgador histórico español, repite con la indignación de quien lleva años mirando un crimen impune: en España no se enseña prácticamente nada de lo que fue América. Ni el alcance geográfico, ni la envergadura económica, ni la arquitectura institucional de lo que durante tres siglos se llamó la Nueva España. Un territorio que iba desde lo que hoy es Oregón hasta Centroamérica, desde el Atlántico hasta las Filipinas, unido por una red comercial y administrativa sin precedente en la historia humana.
Para entender lo que Humboldt encontró en 1803 hay que entender lo que Hernán Cortés encontró en 1519.
Y para entender a Cortés hay que matar el primer mito: la conquista de México no la hicieron los españoles solos.
Los españoles eran dos mil. Los tlaxcaltecas, entre cien mil y doscientos mil. Siempre se nombran estos números, como una verdad única que lo explica todo, pero los números solos no explican nada.
Lo que Cortés aportó no era cantidad: era armamento de hierro en un mundo de obsidiana, caballería en un continente que no había visto caballos, artillería, disciplina táctica europea y —lo más decisivo— la política. La capacidad de convertir el odio acumulado de décadas en una coalición militar coherente. Los tlaxcaltecas tenían las razones, los números y la ferocidad. Cortés les dio la estrategia, las armas y el momento.
La conquista de Tenochtitlán fue, en rigor, una guerra de liberación tlaxcalteca con apoyo tecnológico español.
Los tlaxcaltecas
Noviembre de 1519. Una coalición de guerreros se aproxima a Tenochtitlán. En ella hay algo así como dos mil españoles. Hay casi doscientos mil tlaxcaltecas.
La Triple Alianza mexica —Tenochtitlán, Texcoco, Tlacopan— dominaba el altiplano central desde hacia generaciones, mediante un sistema de tributación forzada y terror ritual. Sus guerras no tenían por objeto matar al enemigo sino capturarlo vivo para arrancarle el corazón en lo alto del Templo Mayor y ofrecer la sangre a Huitzilopochtli.
Los tlaxcaltecas habían sufrido décadas de esas guerras. Habían escuchado los gritos de los suyos desde el otro lado del lago. Cuando llegó Cortés, no vieron a un conquistador. Vieron la oportunidad que llevaban generaciones esperando y que cantaban sus leyendas.
El Lienzo de Tlaxcala, documento producido por los propios tlaxcaltecas en el siglo XVI, narra con orgullo su papel central en la caída de Tenochtitlán. No hay ambigüedad: ellos fueron el grueso de las tropas que tomaron la ciudad. Bernal Díaz del Castillo, soldado cronista español — Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España— que lo vivió en primera persona, lo confirma con un detalle que hiela: cuando Tenochtitlán cayó, cuando los mexicas hambrientos y diezmados salían en tropel de la ciudad rendida, los españoles intentaron protegerlos. No podían. Eran dos mil frente a cien mil tlaxcaltecas que llevaban décadas esperando ese momento, y que no iban a desperdiciar la venganza por ningún escrúpulo humanista europeo.
El líder que los españoles derrotaron, Cuauhtémoc, no era el representante de una nación unida. Era el jefe de una facción que mantenía su poder arrancando corazones a sus vecinos.
Las «mil naciones guerreras» que Benito Juárez invocaría tres siglos después en su discurso de Oaxaca no eran una patria. Eran exactamente eso: mil naciones en guerra permanente entre sí.
No había México antes de España.
Había pueblos distintos, con lenguas distintas, historias distintas, y odios acumulados que los tlaxcaltecas iban a cobrar con intereses.
¿Mil naciones guerreras, conquistadas por 2000 soldados españoles? Es un autoinsulto
La construcción de un imperio
Aquí comienza el capítulo que más incomoda al relato oficial, porque obliga a separar lo que ocurrió de lo que conviene que se crea que ocurrió.
La corona española no llegó a América a quedarse el oro y marcharse. España no era Inglaterra.
Llegó a quedarse, en todos los sentidos del término. Y eso tuvo consecuencias que ninguna otra potencia colonial de la época estuvo dispuesta a asumir.
Las Leyes de Indias —el corpus jurídico que reguló la vida en los virreinatos— establecieron desde el principio algo que ninguna colonia inglesa, francesa u holandesa contemplaría jamás: la prohibición expresa de esclavizar a los indígenas. La Ley de Burgos de 1512, las Leyes Nuevas de 1542 impulsadas por Bartolomé de las Casas, el sistema de la República de Indios con sus propias autoridades, sus tierras comunales protegidas legalmente, sus tribunales específicos.
No eran leyes perfectas, la metrópoli estaba demasiado lejos para supervisarlo todo y el concepto de “autonomía” aun no existía. Las leyes se violaron, la distancia facilitaba el abuso, y hay páginas negras que no hay que ignorar. Pero el marco legal existía y era incomparablemente más protector que cualquier otro sistema colonial contemporáneo.
Con el oro y la plata extraídos —y es importante el verbo, porque la mayor parte se quedó en América— se construyó un mundo. La Real y Pontificia Universidad de México se fundó en 1551, ochenta y cinco años antes de que Harvard abriera sus puertas. El Hospital de Jesús de México data de 1524, fundado por el propio Cortés, y sigue funcionando hoy. Se trazaron carreteras, acueductos, puentes, catedrales.
Las iglesias que Humboldt admirará dos siglos y medio después —la capilla del Rosario en Puebla, que llamará «la octava maravilla del mundo»— se construyeron con el oro que «les robaron los españoles”. Un oro que antes de España no se extraía, y que cuando España lo extrajo se quedó mayormente allí, en piedra, en bóveda, en lámina dorada. En hospitales y universidades.
El oro es lo que reluce. Pero no era la base sobre la que se construyó el virreinato.
El motor económico de todo esto era la plata.
Y el vehículo que la convertía en poder global era una moneda cuya historia el mundo anglosajón prefiere no contar demasiado.
La Pieza de a Ocho
La Pragmática de Medina del Campo de 1497 parió, sin saberlo, la primera moneda verdaderamente global de la historia.
El Real de a Ocho: veintisiete gramos y medio de plata con una pureza del 93%, acuñado en las cecas de México y Potosí, circuló sin rival durante trescientos años por Europa, América, Asia y Oceanía.
Los chinos lo exigían. Literalmente: los comerciantes portugueses, holandeses, ingleses y franceses que querían hacer negocios en Oriente necesitaban llevar reales de a ocho en la bodega. No había alternativa. Los chinos llegaron incluso a marcar con caracteres orientales cada pieza para distinguir las genuinas —de plata fina española— de las copias inglesas adulteradas de menor peso. En el siglo XVIII, los chinos ya sabían que los ingleses falsificaban la moneda española. Nada nuevo bajo el sol.
El galeón de Manila, eje de la ruta comercial más sofisticada del mundo premoderno, llevaba plata desde Acapulco hasta Manila y traía de vuelta seda, especias, porcelana, todo lo que Asia producía y Europa deseaba. España no era una potencia colonial más. Era el nodo de una red que conectaba por primera vez los cinco continentes bajo una misma divisa. Una red que convirtió el océano más grande del planeta en lo que la época llamó «el lago español”
Cuando los Estados Unidos se independizaron de Inglaterra en 1776, —con la ayuda de España, conviene recordarlo—repudiaron formalmente la libra esterlina. Para crear su propio sistema monetario tomaron como modelo la «piastra» —el nombre que los mexicanos daban al real de a ocho— y lo bautizaron «Spanish Dollar».
Los primeros dólares estadounidenses eran literalmente garantizados con reales de a ocho. El signo del dólar, esa «S» con las dos barras verticales, tiene su origen en las columnas de Hércules del escudo español con la divisa Plus Ultra. Wall Street cotizó sus acciones en octavos de dólar hasta 1997. Un tercio de la población mundial vive hoy en países cuyas monedas —dólar, yuan, yen, won, peso— derivan su nombre y su diseño de aquella moneda acuñada en México y Potosí.
Es en ese mundo, rutilante y diverso, construido sobre esa plata, esa ley, esas instituciones y ese comercio, donde Alexander von Humboldt desembarca en Acapulco el 22 de marzo de 1803.
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PARTE II: EL HOMBRE QUE LO VIO TODO

Humboldt llega a América
El barón Friedrich Heinrich Alexander von Humboldt tenía treinta y tres años cuando llegó a Acapulco. Prusiano de nacimiento, políglota, formado en las mejores universidades europeas, conocedor de París, Londres y Berlín. No era un viajero ingenuo. Era quizá el científico más riguroso de su generación, el que años después Simón Bolívar llamaría «el descubridor científico del Nuevo Mundo», y que la propia república mexicana independiente nombraría ciudadano honorario en 1827.
Venía con instrumentos de precisión, con cuadernos de campo, con el método alemán aplicado a la naturaleza americana. Lo que no esperaba — nadie en Europa se lo había explicado correctamente— era lo que encontró.
Su itinerario es un catálogo de maravillas, como un Marco Polo del nuevo mundo. De Acapulco a Chilpancingo, de Chilpancingo a Taxco —uno de los principales centros mineros del virreinato—, de Taxco a la Ciudad de México. Visita el Colegio de Minería, fundado en 1792, equipado con instrumentos que cualquier universidad europea envidiaría. Visita la Academia de Bellas Artes de San Carlos.
Se instala en el Seminario de Minería y comienza a acumular datos: estadísticas de producción, censos de población, mapas, registros fiscales del Archivo de Indias. Los propios funcionarios y científicos españoles —y los había, y eran excelentes— le abren sus archivos y sus conocimientos. Humboldt, con la honestidad intelectual que le caracterizaba, reconocerá después que buena parte de su obra es una sistematización de lo que los españoles mexicanos ya sabían sobre sí mismos.
De México parte hacia los paisajes mineros. Pachuca, Real del Monte, y sobre todo Guanajuato, donde examina la veta madre con sus cuarenta y cinco metros de anchura. Las minas más productivas del mundo. Los mineros mejor pagados del mundo: entre seis y siete veces más que un equivalente alemán. Humboldt lo comprueba con sus propios ojos, se asombra, y lo escribe sin rodeos.
Luego Puebla, que califica como una de las ciudades más bellas de los territorios hispanoamericanos. La capilla del Rosario, recubierta de lámina de oro, le deja sin palabras durante varios párrafos. La llama «la octava maravilla del mundo». En Puebla hay oro. En el oro hay una historia que Isaac Moreno sintetiza en sus videos con su habitual economía irónica: España sacó de toda América, en trescientos años, 185 toneladas de oro en calidad de impuestos —el quinto real—. México produce hoy 140 toneladas al año. El resto está allí, en las iglesias, en las catedrales, en los palacios, en la capilla que dejó sin habla al hombre que conocía París y Londres y decidió que aquello era lo mejor del mundo.
Lo que Humboldt escribió
El Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, publicado en francés en París en 1811, es un documento de primerísimo orden no solo por lo que dice sino por quién lo dice. Humboldt no era español. No tenía ningún interés en defender a España. Era un científico alemán con reputación continental que escribía en francés —la lengua de la cultura europea— sobre lo que había visto con sus propios ojos.
Lo que vio fue esto: una ciudad —la de México— que no tenía equivalente en América, «incluyendo los Estados Unidos», en sus propias palabras, en instituciones científicas y educativas. Un territorio donde los mineros indígenas cobraban salarios que no tenían parangón en el mundo. Un agricultor indio pobre cuya situación era, sin embargo, mejor que la del campesino del norte de Europa. Una ausencia de esclavitud que contrastaba dolorosamente con lo que él había visto en las colonias inglesas y francesas, en los Estados Unidos ya independizados donde la esclavitud era una institución legal, próspera y brutal.
«Ninguna ciudad de América, sin exceptuar los Estados Unidos, puede exhibir instituciones científicas tan grandes y sólidas como Ciudad de México.»
Calificó al territorio de «cuerno de la abundancia». Levantó bajo su dirección el primer censo nacional de la Nueva España. Cartografió un territorio que Europa no conocía en su extensión real. Y publicó todo eso en 1811, el año siguiente al grito de Hidalgo, cuando el proceso de destrucción de lo que él había descrito ya había comenzado.
Hay un detalle que no se menciona en ningún tratado histórico pero que es pertinente y algo inquietante. La obra de Humboldt, escrita en francés para máxima difusión, funcionó involuntariamente como catálogo de subasta. Contenía, en palabras de los historiadores, «todas las riquezas naturales susceptibles de explotación ofrecidas al mercado europeo». Los inversores mineros británicos la usaron como guía de lo que había que heredar cuando el Imperio cayera.
Humboldt fue el tasador involuntario del cadáver. Él lo documentó. Otros lo mataron.
El primero de los cuales seria un rey español de veinticuatro años que en ese mismo año 1803 se entretenía en intrigas de palacio en Aranjuez.
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PARTE III: EL REY QUE LO ENTREGÓ TODO

Fernando VII: retrato del rey felón
Mientras Humboldt medía volcanes en Michoacán, Fernando VII participaba en el episodio más vergonzoso de la historia cortesana española: el motín de Aranjuez. Marzo de 1808. El príncipe de Asturias, con veinticuatro años, protagoniza una conspiración de palacio contra su propio padre Carlos IV y contra el valido Manuel Godoy, consigue la abdicación del rey y sube al trono.
Dura exactamente dos meses en él.
Napoleón, que necesitaba neutralizar a los Borbones para asegurar su flanco sur, tendió la trampa más sencilla de la historia diplomática: los citó a Bayona, padre e hijo, con la excusa de arbitrar entre ellos. Fernando VII fue. Con confianza. Incluso pidió, en ese viaje, la mano de una princesa Bonaparte. El futuro rey de España quería casarse con la familia del hombre que iba a quitarle el trono.
Lo que ocurrió en Bayona el 6 de mayo de 1808 no tiene nombre apropiado en ningún idioma. Carlos IV abdicó en Napoleón a cambio de asilo en Francia y una pensión anual. Fernando VII, a quien no le dijeron que su padre ya había abdicado, fue persuadido de devolver la corona a su padre «por lealtad filial». A cambio recibiría un castillo y cuatro millones de reales anuales que nunca cobraría íntegramente.
Aceptó. La monarquía española, con sus trescientos años de Imperio americano, sus rutas del galeón de Manila, su Real de a Ocho, sus universidades fundadas antes que Harvard, fue traspasada a Napoleón Bonaparte a cambio de una pensión que no se pagó y un castillo en el Loire.
La prisión de Valençay fue cómoda. Tan cómoda que Fernando tuvo tiempo y humor para escribir cartas a Napoleón —su carcelero— felicitándole por sus victorias en España. Mientras el pueblo español se desangraba en la guerra de guerrillas más brutal del siglo XIX en nombre de «el rey deseado«, el rey deseado pedía por carta que el vencedor de Austerlitz lo adoptara como hijo. El mito del monarca cautivo que resistía heroicamente fue construido por otros, no por él. La realidad era un hombre sin carácter alojado a cuerpo de rey mientras sus súbditos morían. Un cobarde, un hipócrita, un traidor.
Un rey felón.
El regreso del traidor, la oportunidad que se tiró a la basura
1814, Napoleón está derrumbado. Europa reconfigurada en el Congreso de Viena. Fernando VII regresa a España.
El momento es históricamente único: viene respaldado por el mito del cautiverio, tiene a su disposición la primera constitución moderna española —elaborada por los liberales de Cádiz mientras él firmaba cartas aduladoras en Francia—, y tiene en América millones de súbditos que en su mayoría siguen siendo leales a la corona.
La Constitución de 1812 había proclamado la igualdad de derechos entre españoles peninsulares y americanos. Era exactamente lo que los criollos moderados necesitaban para permanecer en el sistema. Era el mejor pacto posible, el único que garantizaba en ese momento la unidad de la monarquía hispana.
Solo un idiota, o un traidor, tiraría ese bagaje a la basura.
Fernando VII lo rechazó el 4 de mayo de 1814 con una frase que resume su reinado entero: declaró nulos «aquella Constitución y aquellos decretos, como si no hubieran pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo».
Disolvió las Cortes. Encarceló a los diputados liberales. Restableció la Inquisición. Devolvió las tierras desamortizadas a la Iglesia. Restauró los gremios, la Mesta, los privilegios estamentales.
Llevó al país a la bancarrota con una gestión que los propios ministerios consideraban incompetente.
En América, el efecto fue inmediato. Los criollos que todavía dudaban —y eran mayoría— leyeron el mensaje sin posibilidad de malinterpretarlo: no había nada que esperar de Madrid. El hombre por quien habían combatido y sufrido resultaba ser el peor absolutista en el momento más delicado.
La paradoja de Riego
Aquí la historia despliega su ironía más cruel. 1820. Fernando VII ha reunido en Cádiz un ejército de veinte mil hombres destinado a embarcar hacia América para sofocar los movimientos independentistas. El coronel Rafael del Riego, al frente de esas tropas, se pronuncia el 1 de enero en Cabezas de San Juan: exige la restauración de la Constitución de 1812. Fernando, acorralado, jura la Constitución que él mismo había abolido.
La noticia llega a Nueva España. Y produce exactamente el efecto contrario al esperado: alarma a las elites criollas mas conservadoras, que hasta ese momento eran realistas precisamente porque el absolutismo les convenía. Si Fernando VII va a aplicar reformas liberales —igualdad de derechos, recortes al poder eclesiástico, libertad de prensa— entonces el sistema virreinal se vuelve una amenaza para su posición de clase. Agustín de Iturbide, oficial del ejército realista que había combatido con eficacia a Hidalgo y a Morelos, se pasa al bando independentista.
Se rompe la baraja. El Plan de Iguala de 1821 proclama la independencia de México.
Fernando VII había conseguido lo imposible: alienar a los liberales aboliendo la Constitución en 1814, y alienar a los conservadores restaurándola en 1820. Perdió America dos veces, por razones opuestas. Hay que ser imbecil para conseguir algo así.
En ambos extremos del espectro político, y en ambos continentes, la conclusión era la misma. España ya no merecía lealtad porque era incapaz de ofrecer un proyecto coherente.
El León hispano no fue abatido únicamente por los cazadores externos. Se desangró también por las heridas que se infligió a sí mismo, conducido por el rey más incompetente en el momento más decisivo de su historia.
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PARTE IV: LOS ENTERRADORES

Inglaterra: el plan centenario
Lo que ocurrió, con Inglaterra actuando en la sombra, no fue un accidente de la historia. Fue el resultado de una política de Estado sostenida durante más de un siglo, documentada en textos oficiales que llevan títulos tan explícitos que resultan difíciles de creer.
En 1711, Gran Bretaña elaboró un documento interno conocido como Propuesta para humillar a España. Atribuido a Robert Harley, Ministro del Tesoro, y posiblemente a Daniel Defoe, delineaba un plan para controlar Buenos Aires y las rutas comerciales de América del Sur. No era un papel de un visionario excéntrico: era política de Estado.
En 1806, cuando las guerras napoleónicas pusieron a España de rodillas, los británicos intentaron la invasión directa de Buenos Aires con catorce mil hombres, veinte navíos de guerra y noventa transportes. Fueron expulsados por las milicias españolas de Buenos Aires. El fracaso táctico no modificó el objetivo estratégico.
Lord Castlereagh, ministro de Exteriores británico, extrajo la lección correcta: la ocupación militar directa era costosa e innecesaria. El plan alternativo era más elegante: fomentar gobiernos locales favorables a los intereses británicos. Si el Imperio español se desintegraba, el resultado no sería una vacío de poder sino mercados abiertos, deudas soberanas emitidas en Londres, y concesiones mineras para los inversores de la City. El Imperio informal —la hegemonía sin colonias, el control sin responsabilidad— era infinitamente más rentable que la administración directa.
El apoyo a las logias masónicas es parte de ese cálculo. Las obediencias inglesas y escocesas financiaron y sostuvieron en América las redes masónicas que articularon ideológicamente a los insurgentes. Bolívar y San Martín fueron iniciados. La logia Lautaro en Buenos Aires, la Arquitectura Moral en Ciudad de México: estructuras que conectaban la élite ilustrada americana con las corrientes filosóficas —y los intereses financieros— europeos que querían acabar con el monopolio español.
La diplomacia fue impecable: Gran Bretaña se proclamó neutral en la guerra entre España y sus provincias de ultramar, se ofreció como mediadora, y mientras tanto dejó que sus ciudadanos —»a título particular»— financiaran, armaran y en algunos casos comandaran los ejércitos insurgentes. La Legión Británica de Bolívar estuvo compuesta por miles de veteranos de las guerras napoleónicas. Mercenarios, técnicamente. Política exterior británica, en la práctica. Su division azul.
El resultado: para 1825 todo la España americana, salvo Cuba y Puerto Rico, era independiente.
Gran Bretaña se convirtió en la potencia hegemónica indiscutible. No necesitó colonias. Tuvo algo mejor: repúblicas endeudadas en libras esterlinas, mercados abiertos para sus manufacturas, y concesiones mineras en los territorios que Humboldt había tan meticulosamente cartografiado.
Los criollos: la traición de clase.
Volvemos a México. 1821. La independencia está consumada. Los criollos en el poder. El indio, que había puesto los muertos, puede esperar su recompensa.
Espera sentado.
La proporción demográfica al momento de la independencia era la siguiente: un 18% de blancos —criollos y peninsulares— poseía la tierra, el capital y el poder. El 60% de la población era indígena. El 22% restante, mestizos y castas. La independencia no redistribuyó nada. Cambió quién controlaba el Estado, no quién controlaba la riqueza.
Lo que vino después fue peor que lo anterior, y eso es lo que el relato oficial mexicano —construido por los propios herederos de esa clase criolla— sistemáticamente omite o invierte.
Las Leyes de Indias protegían la República de Indios: tierras comunales con protección legal, autoridades propias, tribunales específicos, prohibición de esclavitud. Todo eso desapareció. La nueva legislación liberal —paradójicamente presentada como emancipadora y modernizadora— disolvió las corporaciones indígenas en nombre de la igualdad ciudadana. Ser ciudadano igual significaba, en la práctica, perder la protección especial de la que antes se gozaba.
Las tierras comunales, antes inembargables, pasaron a ser propiedad privada fraccionable. Los hacendados criollos las compraron —o simplemente se las quedaron— con la complicidad de jueces y magistrados que fallaban invariablemente a su favor.
La Ley Lerdo de 1856 y las leyes de catastro del porfiriato fueron el instrumento jurídico de la mayor expropiación de la historia mexicana. El historiador Enrique Florescano —mexicano, catedrático de la UNAM, no exactamente sospechoso de hispanofilia— lo documenta sin ambages: los indígenas fueron despojados de sus tierras y orillados a las ciudades, convertidos en peones asalariados con salarios de miseria, en un sistema que se parecía mucho más a la esclavitud que cualquier cosa que hubiera existido bajo la corona española.
El 86% de la población era analfabeta en 1895. El único contacto de los indígenas rurales con el Estado eran los funcionarios que aparecían para cobrar impuestos y reclutar soldados. La lengua náhuatl, que hablaba el 70% de la población en 1821, había caído al 6,6% en la actualidad. Bajo el virreinato, el clero y los administradores aprendían náhuatl porque necesitaban comunicarse con la mayoría. La república independiente impuso el español como única lengua de ciudadanía y dejó que los propios indígenas se automarginaran antes que parecer parias.
La elegancia siniestra del relato
Para que todo esto funcionara sin provocar una rebelión permanente de las clases desposeídas —o para gestionar las que se producían— era necesario un relato. Y los criollos lo construyeron con una sofisticación que merece reconocimiento, aunque sea para denunciarlo.
La operación fue la siguiente: glorificar al azteca muerto del siglo XV para poder ignorar al nahua vivo del siglo XIX.
Los intelectuales criollos del México independiente construyeron una identidad nacional anclada en el pasado prehispánico. Publicaron obras que revalorizaban la cultura azteca, presentaron ese pasado glorioso como el origen de México, y concibieron el mestizaje como «la naturaleza original de los mexicanos». El indio se convirtió en el fundador mítico de la nación. En su nombre se legitimaba el Estado criollo. En nombre de Cuauhtémoc se expropiaba al campesino nahua.
El Museo Nacional de Antropología fue inaugurado el 17 de septiembre de 1964 por el presidente Adolfo López Mateos con estas palabras grabadas en piedra a la entrada: «El pueblo mexicano levanta este monumento en honor de las admirables culturas que florecieron durante la era precolombina en regiones que son, ahora, territorio de la República.»
Un monumento al indígena muerto. Inaugurado mientras el indígena vivo era el ciudadano más pobre, más analfabeto y más desposeído de México. Mientras el porfiriato había liquidado sus tierras comunales, extinguido su lengua y convertido a sus descendientes en peones de hacienda.
La hipocresía tiene su propio monumento, y está en el Paseo de la Reforma s/n, Bosque de Chapultepec, colonia Polanco, alcaldía Miguel Hidalgo, C.P. 11560, Ciudad de México. Me lo visiten.
Toda buena historia diseñada para seducir, necesita un villano
Y el villano de esta historia, es España.
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EL BALANCE

Alexander von Humboldt vivió hasta 1859. Noventa años. Casi el siglo entero que siguió a su viaje por Nueva España.
No necesitó moverse de Europa para verlo todo. Las noticias llegaban: las independencias, las guerras civiles entre facciones criollas, la pérdida de la mitad del territorio mexicano frente a Estados Unidos en 1848, la intervención francesa, el fusilamiento de Maximiliano. El hombre que había llamado a México «el cuerno de la abundancia» leyó, década tras década, cómo ese cuerno se vaciaba.
Un viajero europeo que llegó a México en 1854 —solo cuatro décadas después de Humboldt— tuvo la honestidad de escribir que la obra del barón se había vuelto «inútil como guía» porque los cambios desde entonces habían sido inmensos. Eran cambios hacia abajo.
Humboldt no hizo declaraciones públicas sobre lo que estaba ocurriendo. Era un científico, no un polemista. Pero había visto con sus propios ojos lo que existía, lo había medido, pesado y catalogado con precisión alemana. Sabía exactamente lo que se estaba perdiendo. Y sabía también, aunque nunca lo escribió con esa crudeza, que su propio Ensayo había funcionado como el catálogo de la subasta.
Él lo documentó. Otros lo remataron.
Fernando VII murió en 1833, veintiséis años antes que Humboldt, sin haber resuelto nada de lo que destruyó. España pasó directamente de él a décadas de guerras carlistas, pronunciamientos militares y una inestabilidad crónica que sus propios historiadores llaman todavía «el problema del siglo XIX». El Imperio que los Reyes Católicos construyeron, que Carlos I expandió hasta que en él no se ponía el sol, que Felipe II administró desde El Escorial con una burocracia que asombraba a Europa, había desaparecido en dos décadas de colapso dinástico, cobardía personal y oportunismo geopolítico ajeno.
Dos hombres. El mismo momento. El mismo Imperio.
Uno llegó con instrumentos de precisión y cuadernos de campo a levantar acta de lo que había. El otro llegó desde Valençay con una firma en un papel y la voluntad de deshacer todo lo que otros habían construido mientras él esperaba cómodamente que le resolvieran el problema.
Humboldt midió el cuerno de la abundancia.
Fernando VII firmó su liquidación.
Inglaterra recogió la herencia.
Los criollos administraron el despojo.
Y el tlaxcalteca, que había conquistado Tenochtitlán, que había llegado hasta Filipinas con los estandartes de Castilla y Tlaxcala juntos, que había visto crecer durante trescientos años el mundo que Humboldt describía, fue despojado de sus tierras, convertido en peón analfabeto, exterminado en guerras de «pacificación», y enterrado bajo el mito del noble salvaje que sus «libertadores» construyeron para justificar su propio poder.
Benito Juárez llamó traidor al tlaxcalteca.
Pero los traidores fueron otros, los que a historia llama hoy libertadores.
Así acabó el cuerno de la abundancia.
Cuiusvis est errare; nullius nisi insipientis in errore perseverare.
Marco Tulio Cicerón. Dos mil años antes.
Por si alguien tenía dudas.
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BIBLIOGRAFÍA
Fuentes primarias
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Díaz del Castillo, Bernal. Historia verdadera de la conquista de la Nueva España. Madrid: Imprenta del Reyno, 1632 [manuscrito concluido c. 1568]. Edición crítica: edición y notas de Guillermo Serés, ensayo introductorio de Miguel León-Portilla. México: Academia Mexicana de la Lengua, 2014, 2 vols.
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El Real de a Ocho y el sistema económico hispano
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Fernando VII y el colapso del Imperio
Sánchez Mantero, Rafael. Fernando VII. Madrid: Arlanza Ediciones, 2001.
Fontana, Josep. La crisis del Antiguo Régimen, 1808-1833. Barcelona: Crítica, 1979.
Divulgación histórica de referencia
Moreno Gallo, Isaac. Canal de YouTube Isaac Moreno Gallo. Vídeo: «México después de España». Transcripción propia, marzo de 2026.
