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27 DE MARZO

27 DE MARZO

 EL DÍA QUE EL DESTINO TUVO UN MAL DÍA

Hay fechas en el calendario que parecen elegidas por alguna inteligencia superior con vocación irónica. El 27 de marzo es una de ellas. Un día en que la Historia, señora caprichosa y sin escrúpulos, decidió mezclar en el mismo cuenco lo sublime y lo penoso, lo trágico y lo grotesco, lo que eleva al ser humano y lo que demuestra que seguimos siendo, en el fondo, una especie con  más suerte que mérito.

Empecemos por los vivos, que los muertos ya tienen su sección.

I. LOS NACIDOS: UN TRÍO PINTORESCO.

El 27 de marzo de 1955 nació en Pontevedra —sí, en Galicia, tierra de brumas, pulpo y ambigüedad metafísica— un tal Mariano Rajoy Brey. El universo, que también es gallego, tardó décadas en revelar para qué había creado a este hombre, ¡mireusted!. 

La respuesta resultó ser que lo hizo para demostrar que la impenetrabilidad puede ser una estrategia política viable. Rajoy perfeccionó lo que los filósofos griegos solo intuían: que el silencio bien administrado puede confundirse con profundidad. Que decir «en términos generales, sí» ante cualquier pregunta es, técnicamente, una respuesta. Lo mismo que la respuesta “en principiooo…No” 

Que aguantar —aguantar sin pestañear, sin inmutarse, sin aparente actividad metabólica detectable— puede llevar a un hombre desde la oscuridad provincial hasta la presidencia del gobierno de una nación de cuarenta y siete millones de almas que, en algún momento, decidieron que eso era lo que querían. El estoicismo elevado a arte política , usado como camuflaje de virtud. 

Rajoy es el único político de la historia reciente capaz de sobrevivir a una moción de censura, a varios casos de corrupción en su partido, a sus propios mensajes de texto —aquellos legendarios «no tengo información»— y a la gramática española, a la que maltrató con la devoción de quien no se da cuenta. Cumple hoy, por cierto, 71 años. El granito gallego, como es sabido, no envejece. Se asienta.

Ocho años después, en 1963, el destino decidió doblar la apuesta en el mismo día y trajo al mundo, simultáneamente y en continentes distintos, a dos personas que compartirían fecha de nacimiento, fama global y una relación con la realidad notablemente personal.

Quentin Tarantino llegó al mundo en Knoxville, Tennessee, con la cabeza ya llena de películas de serie B, diálogos imposibles y una teoría estética que puede resumirse así: la violencia es más soportable si va acompañada de buena música y referencias culturales de segunda mano elevadas a categoría de arte. Y funcionó. Hay que reconocerlo. 

El hombre que nunca terminó el bachillerato convirtió una videoteca de alquiler en una cátedra de cinematografía y ganó dos Oscars, una Palma de Oro y el derecho a que cualquier cosa que diga sea considerada profunda por al menos la mitad de los críticos cinematográficos occidentales. 

La otra mitad lo considera un impostor brillante, lo cual viene a ser casi lo mismo.

Tarantino tiene el mérito indiscutible de haber hecho que generaciones enteras de jóvenes creyeran que saber mucho de películas malas es equivalente a tener cultura. En cierto modo, es el Rajoy del cine: lo que parece caos calculado resulta ser, inexplicablemente, un método.

Y luego, el mismo año, el mismo día: Mariah Carey. La diva de las cinco octavas, o las que sean según el momento de su carrera, sus contratos y la temperatura de la sala. Mariah Carey es un fenómeno de estudio para cualquier antropólogo que se pregunte hasta dónde puede llegar la autoconvicción cuando va acompañada de unos pulmones excepcionales y un equipo de relaciones públicas competente. 

Construyó un imperio sobre los agudos, protagonizó una de las caídas más espectaculares del pop en Nochevieja de 2016 —cuando en Times Square demostró en directo que la voz puede tener sus propios planes independientemente de la artista— y luego resucitó con la serenidad de quien sabe que la memoria del público es corta y la nostalgia navideña es eterna. All I Want For Christmas Is You le reporta cada año, solo en diciembre, más dinero del que la mayoría de los seres humanos verán en su vida. Eso también es una forma de genio, aunque sea el genio de haber grabado la canción correcta en el momento correcto y haber sobrevivido lo suficiente para cobrarla.

El trío del 27 de marzo de la historia reciente es, pues, esto: un político gallego impermeable al escándalo, un director de cine que convirtió los videoclubs en universidades, y una cantante cuya relación con sus propias capacidades vocales ha variado más que el precio del gas. 

Tres supervivientes. Tres casos clínicos de adaptación al medio. 

Darwin estaría perplejo, pero tomaría nota.

II. LO QUE PASÓ ESTE DÍA

Mientras estos tres individuos llegaban al mundo en distintos años, el 27 de marzo había ido acumulando, a lo largo de los siglos, un historial que merece atención.

En 1572, la Inquisición española encarceló a Fray Luis de León por el delito intelectual de señalar que la Biblia Vulgata tenía errores de traducción. Tenía razón, por supuesto. Los filólogos de la época lo sabían, él lo sabía, y probablemente sus carceleros lo sabían. Pero la razón, en determinadas instituciones, es un agravante. No se puede razonar con un fanático. No se podía en 1572, ni se puede en 2026.

Pasó cinco años entre rejas. Al salir, retomó su cátedra en Salamanca con aquello de «Decíamos ayer…». El mayor understatement de la historia académica española. 

Un hombre que convirtió cinco años de injusticia en una frase de tres palabras. 

El nivel de elegancia que este país ha sido incapaz de volver a alcanzar.

En 1854, Francia e Inglaterra declararon la guerra a Rusia iniciando la Guerra de Crimea. Una guerra que nadie recuerda con claridad pero que reorganizó Europa, hundió el prestigio austriaco, inauguró el periodismo de guerra moderno y le dio a Florence Nightingale su plataforma de lanzamiento. Una guerra olvidada que tuvo más consecuencias que muchas guerras recordadas. La historia tiene esa costumbre irritante de que lo importante suceda mientras todo el mundo mira hacia otro lado.

Fue también la guerra donde ocurrió una de las acciones militares más insensatas, más inútiles y más hermosas de la historia militar. El 25 de octubre de 1854, en el valle de Balaclava, seiscientos sesenta y seis jinetes británicos —lanceros, dragones y húsares— recibieron la orden de cargar frontalmente contra una batería rusa emplazada al fondo de un valle de kilómetro y medio, con artillería en los tres flancos. Todos sabían lo que aquello significaba. El general francés Bosquet, observando la formación desde la cresta, lo resumió con la precisión del que no tiene que bajar: «C’est magnifique, mais ce n’est pas la guerre.» Era otra cosa. Era lo que ocurre cuando el honor y la obediencia se imponen a la cordura, y los hombres hacen lo que saben que no deben porque alguien con galones se lo ordenó y ellos son soldados.

Sonó la corneta. Y cargaron.

Tennyson lo escribió en minutos, tras leer el relato en The Times, y el poema llegó a los supervivientes en Crimea antes de que terminara la guerra, en panfletos de campaña:

Media legua, media legua, media legua más allá, en el Valle de la Muerte cabalgaron los seiscientos…

De seiscientos sesenta y seis, regresaron trescientos noventa y cinco. Muchos a pie, todos bajo fuego, varios cayendo en la retirada. El valle quedó sembrado de lo que queda cuando el valor humano choca contra la física de la metralla.

Pero hay algo que Tennyson no contó, y que merece ser contado.

Ese día cargaron también Jemmy y Boxer. Eran los perros mascotas del 11º y del 8º regimientos de húsares. Habían dormido en los campamentos, habían desfilado en las maniobras. Cuando sonó la formación, acudieron como siempre a colocarse junto a las patas de los caballos de los oficiales. Sonó la corneta. Cruzaron el valle entero. Permanecieron junto a los húsares mientras estos acuchillaban a los artilleros enemigos. Y regresaron con los supervivientes: Boxer ileso, Jemmy con una esquirla de metralla en el cuello. Ambos volvieron a Inglaterra y murieron viejos en su cuartel. Esos chuchos cruzaron todo el valle de Balaclava entre un diluvio de fuego –«Hasta las fauces negras de la Muerte, / hasta la boca misma del Infierno»

Ni Tennyson ni ningún otro poeta escribió jamás un verso sobre ellos.

No sabían que tenían la opción de no ir. Por eso fueron.

Hay una lección ahí que los filósofos morales llevan siglos intentando formular y que dos perros resolvieron un martes de octubre sin pensárselo dos veces.

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Seguimos.

En 1964, Alaska tembló tan violentamente que la escala llego a 9,2 grados. El mayor terremoto registrado jamas en América del Norte. La corteza terrestre recordando, con su habitual falta de tacto, que los humanos construyen sus ciudades sobre la tolerancia provisional del planeta, no sobre ningún derecho adquirido.

En 1977, en el aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, dos Boeing 747 chocaron en una pista brumosa matando a 583 personas. El mayor desastre de la aviación comercial de la historia. Una cadena de errores, malentendidos de comunicación y niebla que demostró, una vez más, que los sistemas complejos no fallan por una sola causa sino por la acumulación de pequeñas estupideces que individualmente parecen menores. España, ese día, protagonizó la tragedia aérea más grande de la historia. Sin querer, como suele. 

En 1968, murió Yuri Gagarin, estrellado en un MiG-15 durante un vuelo de entrenamiento rutinario. El hombre que había dado la vuelta a la Tierra en 108 minutos, el primer ser humano en ver el planeta desde fuera, murió en un accidente doméstico del espacio. La épica tiene estas cosas: el momento más banal puede ser el último. Gagarin tenía 34 años. El universo, como siempre, a  lo suyo.

Y en 2006, se inauguró La Sexta. Lo dejamos ahí, con el único comentario adicional de que se le conoce como “La secta”. Un dato para que cada uno saque sus conclusiones sobre el arco civilizatorio de la fecha.

MSTISLAV ROSTROPÓVICH

Y aquí es donde el 27 de marzo se redime.

Porque en 1927, en Bakú, Azerbaiyán, nació Mstislav Leopoldovich Rostropóvich. Y el mundo, aunque no lo supiera todavía, acababa de recibir algo que merecía la pena.

Rostropóvich fue, sin discusión posible, el mayor chelista del siglo XX. Pero decir eso es como decir que el Everest es una montaña alta: técnicamente correcto e insuficiente hasta la irrelevancia. 

Rostropóvich no tocaba el chelo. Lo habitaba. Los compositores más grandes de su época —Shostakóvich, Prokófiev, Britten— le escribieron obras específicamente para él, porque sabían que en sus manos la música alcanzaba una dimensión que ellos solos no podían imaginar sobre el papel. Cuando Rostropóvich tocaba, los compositores entendían lo que habían querido escribir.

Rostropóvich no fue solo música. Fue, además, un hombre con columna vertebral, esa estructura anatómica que en el mundo artístico soviético tendía a disolverse bajo la presión del Partido con una velocidad inquietante.

Cuando Alexandr Solzhenitsyn fue expulsado de la Unión de Escritores Soviéticos y nadie —nadie en un país de doscientos millones de personas— se atrevía a darle cobijo, Rostropóvich lo invitó a vivir en su dacha. Durante años. Y cuando las autoridades soviéticas empezaron a asfixiarle profesionalmente —cancelando conciertos, retirando permisos, aplicando esa forma de castigo lento y burocrático que el sistema soviético había perfeccionado como arte— Rostropóvich escribió una carta abierta al periódico Pravda defendiendo la libertad artística. Sabiendo perfectamente lo que eso significaba.

Lo que significó fue el exilio. Pero fue un exilio con el chelo bajo el brazo, lo cual no es poca cosa.

Luego, cuando el Muro de Berlín cayó en 1989, Rostropóvich cogió un avión, se plantó ante los escombros del muro y tocó a Bach. 

Solo. 

De noche. 

Con un chelo. 

Sin que nadie se lo pidiera, sin contrato, sin protocolo, sin equipo de relaciones públicas. Bach ante las ruinas del totalitarismo mas terrible que vio la historia. 

Quizás la imagen más poderosa de aquel año histórico, y la tomó un músico que simplemente decidió que ese era el momento y ese era el lugar.

Murió en 2007. Tenía 80 años. Los suficientes para haber visto caer el sistema que intentó destruirle.

LA SENTENCIA

El 27 de marzo, en balance, entrega esto:

Un político gallego que demostró que la resistencia pasiva puede ser una forma de poder. Un cineasta que convirtió las películas malas en materia prima de obras de culto. Una diva que lleva tres décadas renegociando con su propia voz los términos de su fama. Un terremoto, un choque de aviones, una guerra olvidada, un fraile encarcelado por tener razón, y un cosmonauta que murió demasiado pronto de la manera más prosaica posible.

Y en medio de todo eso, un hombre de Bakú con un chelo.

El 27 de marzo, como casi todos los días de la historia, es la demostración de que la humanidad produce simultáneamente lo mejor y lo más prescindible, lo heroico y lo cómodo, lo que perdura y lo que prescinde de sí mismo a los cinco minutos. La diferencia entre Rostropóvich y el resto no es de talento —el talento abunda más de lo que pensamos— sino de carácter.

Tocar a Bach ante el Muro caído de Berlin, de noche, sin que nadie te lo pida, es la única respuesta adulta que conozco a la pregunta de qué hacer con una vida.

Los demás nos repartimos entre Rajoy, Tarantino y Mariah Carey según el día y el nivel de energía disponible.

Fin del repaso. Mañana es día 28

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