EL PAISAJE PERDIDO
Crónica onírica de una niñez olvidada.

El paisaje que recuerdo de mi infancia es un cuadro policromo desteñido, inconexo. Más de sensaciones que de imágenes reales. Memoria desdibujada y corrompida por el tiempo. El tiempo… ese corredor incansable que siempre nos alcanza.
Recuerdo una aldea que se llama Santiago de Cangas, por encima de Acedre, en la comarca de Pantón. En ese territorio de Galicia que huele a lluvia incluso en agosto, donde las casas tienen el nombre propio de quien las habita y los árboles forman parte del paisaje infinito.
Al nogal lo recuerdo inclinado. Ligeramente, como si toda su vida hubiese estado mirando hacia el mismo punto del horizonte y el peso de los años lo hubiese vencido un poco. Crecía justo al lado de la eira de la casa de mis abuelos paternos, y daba sombra a todo: a las gallinas que picoteaban el maíz de mi abuela, a los niños que llegábamos en verano cargados de ciudad y de ganas de ser otra cosa. Subirme a ese árbol era el primer rito de cada visita. No recuerdo la primera vez que lo hice porque debí de ser demasiado pequeño para guardarlo. Lo que sí recuerdo es que siempre fue el reto. La prueba de que seguía siendo yo, de que seguía valiendo para eso.
Al final de la aldea, al borde del camino que cruzaba el bosque hacia Pantón, estaba el pinar. Suficientemente lejos para que ir hasta allí fuese una expedición, casi una aventura. Cerca pero lejos, lo suficiente para que el lobo, señor oculto de aquellos bosques, atacase allí a alguna oveja despistada. De vez en cuando. Hasta que dejó de hacerlo porque murieron todos.
El pinar ya no tenía pinos, su nombre venía de antiguo. Fueron pinos talados para dejar paso a un prado donde pacían las ovejas de los abuelos, mordisqueando ralamente la hierba. Era un prado que me parecía enorme, que lindaba con las tierras del portugués por un lado y las de Gervasio por el otro. Pero en el linde del camino que llegaba desde el campo de la fiesta había unas acacias enormes, y en esas acacias construíamos la cabaña. Los hermanos, los primos, hijos de mi tío Paco éramos el grupo. Esa cabaña era nuestro castillo, nuestro territorio soberano, y lo defendíamos como tales: con arcos y flechas fabricados con madera de salgueiro y cuerda de bramante, de la que mi abuelo tenía amplio stock porque mi abuelo era de los que guardaban todo lo que algún día podría servir.
Las flechas eran cualquier palo recto que encontrábamos, hasta que alguien —creo que fue un primo segundo de Distriz, un chico con los conocimientos técnicos que solo tienen los que viven todo el año en el campo— nos enseñó las ballenas de paraguas. Aquello cambió la guerra. Una ballena de paraguas enderezada y lanzada desde un arco bien tensado era un arma terrible, poderosa, embriagadora. Nos sentíamos vikingos.

El mismo primo de Distriz nos enseñó a fabricar esparrelas. Una esparrela es una trampa para pájaros: bien situada entre las plantas de lechuga cuando dan sus semillas, captura a los pájaros atrapándolos por las patas. Cazamos decenas de jilgueros y verderones.
El jilguero se disfraza de cimarrón colorido, con una careta roja que si le sobrepasa los ojos es macho, y si no los alcanza, es hembra. El verderón es simplemente verde, como su nombre, sin florituras. Amaba a esos pájaros. Y sin embargo aprendí tarde lo que debí saber antes: capturarlos era equivalente a matarlos. Encerrados en su jaula, morían de a poco, sin razón aparente, como muere cualquier cosa a la que le quitas el cielo. Dejé de cazarlos.
En las vigas de la cuadra de las vacas, por la parte de afuera, anidaba todos los años una pareja de carrizos. Un pájaro muy pequeño, nervioso, mosquitero, que construía su nido con la precisión de un artesano.
Recuerdo también ir con mi padre a buscar fresas silvestres y localizar nidos. De todo tipo: de jilguero, de carrizo, de mirlo, de pega. La pega —que los de ciudad llaman urraca— es un córvido pequeño que anida en lo más alto de los robles, como si no confiara en nadie que no pudiera volar. Una vez mi padre me animó a subir hasta lo más alto de uno de esos robles para ver si un nido tenía huevos. Creo que se asustó más él que yo. No lo dijo, claro. Los padres de entonces no decían esas cosas en voz alta. Aceptaban el riesgo de enseñarte.
Mi abuelo dormitaba después de comer con su calva blanca inclinada sobre el pecho, hacia la mesa, como el nogal sobre la eira. Siempre usó boina. Tenía dos, la de labor y la de domingo: dos boinas para dos mundos. Tenía manos grandes como palas, enormes a los ojos del niño que era yo. Manejaba la enorme hacha de picar leña con una facilidad pasmosa, como si el hacha fuese una extensión natural de esas manos y no una herramienta que pesa y cansa. La primera vez que intenté usarla, mi abuela me lo impidió. Me dijo una frase que todavía retengo intacta: deixa iso, é traballo de homes. Y mientras me lo decía, me puso en las manos una hacha más pequeña que yo sí podía usar. Tenía unos seis o siete años. Trabajo de hombres… es una frase precisa. Define por sí sola toda una filosofía de vida. El trabajo de hombres era el trabajo físicamente duro. Segar, talar, mover piedras y levantar muros, sujetar los cerdos para la matanza, domar una vaca brava, lidiar con los enormes bueyes. Las mujeres hacían lo que ellos no sabían hacer: el trabajo fino y artesano, picar con paciencia la carne del cerdo, adobar los chorizos y embutirlos, atar las espigas de trigo en grupos transportables. Afinar las cosas, cultivar con mimo la huerta. Y había trabajos que todos hacían: recoger entre los terrones las patatas que levantaba el arado tirado por la pareja de vacas, ordeñar, alimentar a los animales…
Era un trabajo constante y ordenado. Todo en su momento, del día, de la semana, del mes y del año.

Recuerdo fabricar con mi abuelo las guilladas para guiar el ganado. Escoger la larga vara de avellano del grosor del pulgar del abuelo, de casi dos metros de largo, y colocarle una punta de clavo en el extremo. Con ese arma un crío comandaba un carro de vacas con el poderío de un general.
Al lado del tronco de picar la leña y matar las gallinas estaba la piedra de afilar. Era un tótem sagrado. Allí el abuelo afilaba los cuchillos, las fouces y el hacha. Era una piedra tallada por decenas de años de uso, arenisca fina capaz de afilar el mejor de los aceros. Tocarla era casi un pecado si no tenías conocimiento para usarla.
La guadaña era otra cosa. Era una herramienta de precisión, con una hoja enorme pero afilada como una cuchilla de afeitar. Mi abuelo la preparaba cada mañana antes de empezar la siega: primero la martillaba con un martillo especial para quitarle las muescas al filo, y luego la afilaba durante un rato largo con una cadencia casi ritual. Era hipnótica esa operación. El martillo que usaba para ello era otra pieza sagrada del arsenal del abuelo, tan intocable como la piedra de afilar. Un día se lo robamos para martillear en nuestra cabaña. El abuelo se enfadó, pero lo solucionó rápido, nos compró un martillo y escondió el suyo.
Los niños mirábamos a los mayores con admiración y con esa envidia sana que te dan las habilidades que todavía no tienes. Nuestro trabajo llegaba después: subirnos al carro y cargar la hierba, haciéndonos cargo de los feixes que nos pasaban con las forcadas. Una carga de hierba bien hecha es cosa muy seria. Mal cargada, cae. Y una carga que cae en el camino cuesta el doble recuperarla. Recuerdo la sensación de ser útil cuando lo hacíamos, y cómo poco a poco te separabas del suelo a medida que la carga aumentaba. Era el abuelo, o mi padre, o mi tío, quienes decidían hasta qué punto podía cargarse el carro sin que los animales desfallecieran y sin que el carro claudicase. Era otro trabajo de hombres basado en la experiencia.
Y recuerdo las vendimias, siempre cansadas y tediosas, recogiendo uvas en cepas a ras de suelo, con la espalda doblada y los dedos manchados de mosto. Recuerdo la siega y la malla comunal, bajo el calor de agosto, cuando toda la aldea colaboraba con las labores del vecino, porque todos se beneficiaban.
Recuerdo ir a la feria de Ferreira, con el abuelo, a vender lechones y comprar terneros. Y tomar el pulpo. El abuelo siempre nos compraba una navaja, sin punta, de las de hacer injertos. Un hombre siempre llevaba una navaja en el bolsillo. Y un billete de cien pesetas.
Recuerdo un Seiscientos —el coche fiel— cargado con todo lo que una aldea podía surtir a una ciudad en los años setenta: un barril de vino, un par de pollos, un conejo, un jamón y un lacón, un saco de patatas y varias ristras de chorizo. El Seiscientos olía a eso. A aldea concentrada, a provisiones, a la generosidad enorme de los abuelos.
Y recuerdo a mi abuela en el borde del camino, siempre con una lágrima en la esquina del ojo cuando nos marchábamos. No lloraba, exactamente. Tenía esa lágrima puesta ahí, como guardada, lista, esperando. La misma lágrima todas las despedidas.
La última vez que la vi trabajando sola —ya viuda, ya mayor, ya más pequeña de lo que yo recordaba— la pillé sin avisar en medio del campo de maíz. Iba sin peinar, que en ella era la señal máxima de que nadie miraba. Estaba almorzando de pie, entre las plantas: una rodaja de pan duro con una lasca de tocino. Me acuerdo de esa imagen con una nitidez extraña, como si la memoria hubiese decidido conservar eso y dejar que todo lo demás se borrara. Mi pequeña y frágil abuela que se fue de este mundo sin acordarse de que había vivido. Que había olvidado su nombre, y el mío, y el de sus hijos y el de todos sus nietos, pero que sonreía cuando nos veía sin saber quiénes éramos. O quizá sí lo sabía. Reconocía la sensación de que es alguien a quien quiere. Murió en el hospital donde yo trabajaba, hace ya muchos años, tutelando, sin desearlo, su despedida.

El nogal sigue ahí, no parece haber cambiado. La eira ya no es la misma. La cabaña de las acacias duró lo que duran estas cosas: un verano más, quizás dos. Los jilgueros siguen existiendo, supongo, aunque yo hace mucho que no los cazo. Mi abuelo y mi abuela son tierra gallega desde hace décadas, descansando juntos allí abajo, al lado de la iglesia parroquial que subsiste casi oculta entre robles antiguos y sabios. La casa de mis juegos está vacía. Hoy es de mi hermano, el primogénito, como corresponde. Herencia que obliga a un rescate del olvido.
Para que permanezca el recuerdo.
El paisaje sigue aquí, borroso y preciso al mismo tiempo, inclinado como el nogal, resistiendo. Borrándose.

El paisaje que nos legó mi madre era distinto. Tenía olor a serrín.
Mi abuelo materno tenía una fábrica de madera. Un aserradero. La casa familiar estaba en la misma finca que la factoría, yo nací allí, con prisa, como siempre es mi vida, de modo que el patio de juegos y el lugar de trabajo eran la misma cosa, y nadie parecía encontrar en eso ningún problema. Eran otros tiempos.
Los niños aprendían el mundo metiéndose en él, no mirándolo desde detrás de una valla. Tuvimos la fortuna de conocer el mundo sin casco y sin paracaídas, y sobrevivir a ello.
La sierra circular era el corazón de todo. Giraba eternamente, con ese sonido que te instalaba en el cuerpo antes de que supieras de dónde venía. Por el subsuelo de la fábrica, donde caía el serrín acumulado en capas blandas y olorosas, se podía llegar gateando hasta quedar a un palmo de la hoja. Mi hermano y yo lo hacíamos. Un instinto natural —antiguo y fiable— nos impedía tocarla. El arma mortal que no permitía errores nos miraba girando desde su indiferencia perfecta. Desde allí abajo podíamos ver los pies de mi padre moverse entre los tablones. Nunca nos dijo que no fuéramos. Pero es que nunca supo que íbamos.

Los tablones que salían de esa sierra se apilaban en torres cuadradas que escalaban el cielo para que el aire los secase. Mi hermano y yo subíamos hasta la cima, de tabla en tabla, en una escalada sin límite vertical. Osada, peligrosa, excitante. Desde arriba el mundo era otro. Desde allí la fábrica era pequeña y el horizonte enorme, y uno tenía seis años y se sentía el rey de todo.
Mi abuelo le compró un kart a mi hermano mayor. Un coche pequeño pero de gasolina, de verdad. Si él tenía seis años, yo tendría cuatro. Ahí aprendimos a acelerar y frenar, a derrapar, a correr y a accidentarse. Una cicatriz pequeña en mi espalda todavía me lo recuerda. Recuerdo a mi hermano, excitado por la velocidad, empotrarse en los bajos de un camión parado en la fábrica, y la barra del volante partiéndose. La reparación fue cosa de don Ramiro, el herrero.
Ramiro tenía su fragua al otro lado de la carretera, con un fuelle enorme, carbón y olor a hierro candente. Yo me acercaba allí, curioso, y él me dejaba darle al fuelle. Miraba el hierro pasar del negro al rojo y del rojo al blanco, y luego borbotar el agua cuando templaba el acero. Era Ramiro un hombre que recuerdo como honesto, pobremente vestido, feliz en su mundo de carbón, calor y hierro. Es romanticismo de crío, seguramente. Pero es mi recuerdo. Es curioso que recuerde su nombre y haya olvidado otros. Supongo que hay personas que dejan más marca que otras a los ojos de un niño.
Mi abuelo nos amaba con una intensidad que no necesitaba palabras. Los días de paga, los viernes al acabar la jornada, nos colocaba a mi hermano y a mí, uno a cada lado de la mesa de su despacho. Los obreros entraban de uno en uno, con la gorra en la mano. El contable decía el nombre y lo que correspondía: Ramón Cuesta, sin ausencias, en la sierra. Mil pesetas. Mi abuelo se las daba, y con ellas les daba las gracias. Siempre agradece el trabajo honrado de un hombre, nos decía. Esa lección no la olvidé.
El número de teléfono de mi abuelo era el 7 de Noya. El siete. Lo tenían él, la farmacia, la policía, el ayuntamiento, el médico y la guardia civil. En ese orden estaba el mundo entonces, y mi abuelo formaba parte de él con naturalidad y sin arrogancia y con su eterno traje de tres piezas.
Recuerdo el día que lo vi encamado en su habitación, tras su primer infarto. Era la primera vez que lo veía horizontal, pequeño, vencido. Los hombres así no deberían poder ponerse enfermos. Y recuerdo nuestra primera comunión en esa casa, mi hermano y yo juntos, vestidos de mosqueteros. Demasiado jóvenes para entender nada, pero felices de tanto regalo.
Murió demasiado joven mi abuelo de Noya. Ya vivía entonces en Vigo, vecino nuestro, cuando un derrame cerebral no le dio opción. Lo enterraron separado de mi abuela. Aún no sé por qué.

Y luego estaba Puentevea.
Puentevea era la casa más familiar de todas, la de la tribu entera. La casa la construyó mi bisabuelo, un empresario de la madera que hizo fortuna con su trabajo para poder casarse con mi bisabuela. Tenía que merecerla. Y vaya si lo hizo. Un león, mi bisabuelo.
En esa casa-factoría a orillas del Ulla se reunía toda la familia por parte de mi madre: primos primeros, segundos y terceros, que nos habíamos apoderado del último piso de la gran casa como si fuese un territorio conquistado. Allí bebimos los primeros alcoholes. Allí aprendimos que la familia es también un ruido, un calor, un desorden que solo se entiende cuando ya no está.
El cumpleaños del bisabuelo era el 28 de diciembre. Se celebraba después de la Navidad, como si necesitase su propio espacio. Nos ponía a todos los nietos y bisnietos en fila y nos daba un sobre con dinero. Y Sugus. Mi bisabuelo siempre tenía un puñado de Sugus en los bolsillos de su traje de tres piezas, y todos los enanos acudíamos a hurgarlo con la confianza absoluta de quien sabe que allí hay tesoro. Eso es el amor de un bisabuelo: un traje de tres piezas con los bolsillos llenos de caramelos. Y además era mi padrino. Ser su ahijado era un honor que los demás no tenían. Eso me ponía en una situación de privilegio que solo intuía.
Recuerdo, en los largos días de verano, ir todos al río, al Ulla, a tirarse al agua con las bicicletas. Recuerdo haber sido feliz, todos y cada uno de esos momentos, con esa felicidad que no sabe que lo es porque todavía no tiene con qué compararse.
Hoy la fábrica del bisabuelo ya no existe. La enorme finca está dividida entre nuevas generaciones de la familia. Y los que ya no están forman una lista que pesa: los bisabuelos, Bolita, Ángel, tío Tonecho y tía Marrosa, el primo Pedro, Madrina y Lino, tío Jesús, tía Rosita… Cada nombre es un mundo que se cerró. Cada ausencia, un trozo del paisaje que no vuelve.
El serrín ya no huele. La sierra ya no gira. Pero el río sigue ahí, y el Ulla no olvida a los que se tiraron al agua con sus bicicletas los veranos eternos de la niñez, felices y sin saberlo.
Tuve una infancia con lo mejor de dos mundos rurales, y solo ahora, con la distancia que da el tiempo, entiendo la enormidad de ese regalo.
El rural más profundo y gallego, donde aún aullaban los lobos por la noche. El que enseña a leer el paisaje antes que los libros. El que te pone un hacha pequeña en la mano a los seis años y te explica sin palabras que el mundo tiene una jerarquía basada en el esfuerzo y la experiencia. El que te enseña a encontrar un nido de carrizo entre las vigas, a distinguir un jilguero macho de una hembra, a saber que una carga de hierba mal hecha cae, y que lo que cae hay que levantarlo. Ese rural no daba explicaciones. Mostraba. Lo que se aprende mirando y haciendo no se olvida.
Y la tribu. Una familia enorme y cohesionada, construida por el bisabuelo con su trabajo y su madera, rica en medios pero más rica todavía en bonhomía. Una familia donde los primos primeros, segundos y terceros actuábamos como una sola manada, sin jerarquías de sangre ni distinciones de edad que importasen demasiado. Nos apoderábamos de los pisos altos de las casas grandes, fabricábamos cabañas escondidas, nos tirábamos al Ulla con las bicicletas, hurgábamos los bolsillos del bisabuelo en busca de Sugus. Éramos una tribu en el sentido más puro: un grupo humano con territorio propio, códigos compartidos y la certeza absoluta de pertenecer al clan.
Ninguno de los dos mundos existe ya. El rural se ha vaciado, las aldeas se caen, los nogales quedan inclinados sobre eiras que ya no reciben a nadie.
Las familias grandes se han fragmentado en familias pequeñas, los primos se han dispersado por ciudades distintas, y la tribu…
La tribu ya solo se reúne en los entierros.
Es la vida.
Pero hubo un tiempo en que existió todo eso a la vez. Y yo estuve dentro. Eso es lo que no se pierde, aunque se borre. Eso es lo que resiste, aunque se vaya borrando.
Algún día lo olvidaré todo y ya no será nada.
