SESENTA Y DOS AÑOS. LA TEORÍA DEL DETERIORO BIEN CONSERVADO
4 de marzo, el día que se repite año a año desde hace 62. Sesenta y dos años son sesenta y dos años. Y se nota.
El día empezó como debe empezar el día de un hombre coherente con su destino: quirófano por la mañana. El bisturí no acepta onomásticas.
Eva había obrado el milagro, siempre lo hace. El salmón salvaje, en su punto exacto, de su mano. Y la empanada de mejillón, recién hecha, venida de un obradoiro de Bueu, donde saben lo que hacen, tenía asignado su papel modesto de aperitivo, de obertura ligera antes del acto principal. Pero el salmón amenazaba con pasarse de cocción, así que tomó la cabeza de carrera y cambió el orden del programa. Estas cosas ocurren. La vida premia la capacidad de improvisación.
El cambio en el plato obligó al cambio en los caldos. El vino griego previsto para abrir la función dejó paso a un vino elaborado con Moscatel de Alejandría. Una uva de aromas explosivos y poco sutiles, con toques de naranja, almizcle, melocotón maduro… todas esas cosas que diría un entendido fino en vinos solo para explicar que le gusta el vino.
Lo que importa del moscatel es que se impone sin pedir permiso. Con un sutil codazo a tus expectativas. Que es lo que hacemos los viejos con poderío. El moscatel alejandrino encontró en el salmón su pareja natural. Una armonía perfecta.
Luego, ya con la empanada en su momento, llegó el Naousa alto. Una excentricidad propia de viejo. Xinómavro puro, que es como se llama una uva cuando quiere intimidarte antes de que la pruebes. Atragantándote sin haberlo bebido todavía. Los griegos llevan siglos haciendo con esta variedad lo que no pudieron hacer con sus finanzas públicas: algo serio, estructurado y de una solidez que aguanta el paso del tiempo. Taninos que no piden permiso, acidez que te recuerda que estás vivo, y ese aroma a cereza oscura y violeta ligeramente pasada que tienen los vinos que no necesitan caerle bien a nadie para ser extraordinarios. Un vino con carácter propio, que se niega a ser simpático en los primeros cinco minutos, igual que cierta gente que uno acaba queriendo precisamente por eso. Tiene algo de mí ese vino. Con los mejillones de la empanada, con ese yodo y esa grasa del chorizo, encontró su lugar en el mundo. Naousa con empanada de mejillón y chorizo. He conocido parejas menos lógicas.
Los invitados eran los habituales, que es otra forma de decir los mejores. Pepe y Lupe, nuestra pareja de artistas, que aparecen en estas convocatorias como prueba de que la amistad larga y el arte son las únicas inversiones que no se deprecian. Raquel llegó saliente de guardia con ese aspecto de quien acaba de batallar con el mundo y se le nota poco, pero que se presenta a agasajar a su anciano padre como si nada. Atravesó la puerta como una dama, con unos globos flotando de su mano con forma de moto que no sé de dónde sacó ni cuánto le costó encontrar. Y una tarta finísima que se guardó rápidamente en la nevera, a la espera del sacrificio. Le estaré eternamente agradecido y eternamente avergonzado de merecer semejante gesto.
Pedro, mi hermano, apareció en la sobremesa como los buenos vinos, oportuno, recién llegado de uno de esos viajes de negocios que le dan ese aire cosmopolita que tanto conviene a las celebraciones. Y Rodrigo, mi hijo emigrante, que también sale de guardia, pero en un hospital alemán, llama desde allí para no faltar.
La banda sonora escogida para amenizar el almuerzo fue el primer campo de batalla. Puse el Réquiem de Mozart. Parecía lo apropiado: si uno cumple sesenta y dos años con cierta lucidez, lo mínimo es acompañar el evento con música que esté a la altura de las circunstancias existenciales. El Lacrimosa como banda sonora del envejecimiento tiene una coherencia que cualquier persona sensible debería agradecer. La concurrencia no lo agradeció, andaban escasos de sensibilidad. Me miraron como si hubiera cometido un delito de lesa celebración.
Cedí. Chopin y sus nocturnos tomaron el relevo, que al menos es un término medio digno entre la alegría que ellos reclamaban y el nihilismo festivo que yo proponía. Debo reconocer, en el único ejercicio de honestidad que me permite el ego en esta fecha, que los nocturnos tampoco estuvieron mal.
Luego vino el escándalo. Los actos no aptos para menores. Las cosas de mayores. La pornografía adulta.
El postre. En dos frentes, que ya es ensañamiento.
Raquel bajó a la mesa la tarta que aportó al ágape y tuvo la habilidad y la decencia de colocar las velas al revés. Un fino detalle. El 62 se convirtió en 26.
El espejo, ese enemigo íntimo que nunca se ha sabido callar, opina diferente, pero uno aprende a esta altitud de la existencia a no discutir con las velas. Las apago con los dedos, soplar es de cobardes, y además se evita así llenar de miasmas la tarta.
Después llegó la obscenidad mayor: la tarta de Solla, hojaldre con merengue y tocinillo de cielo. Una impudicia, una oda a la gula y a la lujuria, un exceso fuera de toda lógica. La Némesis del páncreas. La degusté sin pudor, lo confieso, aunque eso me acerque al réquiem definitivo. No debemos pretender ser eternos. El disfrute y la lujuria existen para algo. No me arrepiento. A los sesenta y dos años, la moderación es una virtud que ya ha cumplido su función.
Fue entonces cuando el André Clouet del 2012 se acercó a cumplir el destino vital para el que fue concebido: ese color dorado ennoblecido por el pausado paso del tiempo en la zona oscura de la vinoteca, esos toques a manzana madura, esa dignidad de las cosas que han esperado el momento correcto. Champaña añejo para paladares educados.
Y cuando la botella de rosada etiqueta se rellenó de aire, Dani apareció con el último vino: un Tokaj de seis puttonyos. Una botella de aquella bodega minúscula húngara que visitamos en el 2019 durante el viaje rumano. La había perdido, o la había guardado hasta que apareciese, que viene a ser lo mismo. Vinum Regum, Rex Vinorum. No es publicidad, es un veredicto de tres siglos que el tiempo no ha tenido motivos para revisar.
Soy viejo. Lo viejo marida bien con lo viejo.
Mientras tanto, ahí afuera, el mundo continuaba su descenso al caos con la puntualidad que lo caracteriza. Sánchez ha capitulado en su escaramuza con Trump, y los aliados americanos vuelven a repostar aquí, que es la forma diplomática de decir que la geopolítica te la ha metido doblada. Irán lanza drones hacia Turquía y Chipre con la delicadeza de quien tira una cerilla en una fábrica de pólvora y luego pide que no se exagere. La OTAN carraspea admonitoriamente y enciende las luces de su teatro de las vanidades, el corredor aéreo del este se estrecha, y el mundo sigue siendo el mundo.
Bueno, y Kirguistán, que ha cambiado de ministro de sanidad. Noticia que el resto del mundo ignorará, pero que es muy interesante.
Me siento algo parecido a un espectador lúcido que, con un Islay en la mano y sentado en su sofá favorito, ve al mundo irse por el sumidero mientras disfruta de los últimos días con los suyos. Si todo se va al carajo, me iré también. Pero podréis reconocerme: seré el que se vaya riendo. Aquí cayó Sansón, dirá esa risa, con todos los filisteos.
No es mal espectáculo, para qué negarlo, contemplado desde este sofá, con los restos de una tarta obscena todavía en la mesa, el eco de los nocturnos de Chopin flotando en el aire de la tarde y el Islay en la mano. Sin hielo, como un señor.
¡Sesenta y dos años! Salmón en su punto, Mozart rechazado por un réquiem, hojaldre criminal, champaña envejecido, Tokaj rescatado, hijos que trabajan demasiado, hermano que viaja demasiado, Eva que lo organiza todo con una eficiencia que resulta levemente intimidante.
Y amigos, que gran lujo es tener amigos.
Y así se pasa el día, y si la tarde lo permite, un cognac o un brandy, que tienen el don de hacerte olvidar que la vida es breve y hacienda eterna.
Todos se van al fin, y yo me siento en mi sofá y Eva en el suyo, relajados, sin hablar, en una calmada intimidad que da el haber vivido juntos lo que otros no vivirán jamás.
El deterioro, si existe, está bien conservado.
No me quejo.
