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HUEVOS

NO HAY HUEVOS

Tratado breve sobre la escasez nacional de huevos

 

España se ha quedado sin huevos.

El dato es objetivo, verificable, y admite doble lectura. En los supermercados escasean y se han convertido en artículo de lujo. En la ciudadanía, están atrofiados. Ambas carencias, sospecho, comparten etiología: un exceso de regulación y un déficit de arrestos para mandarla al carajo.

Hubo un tiempo —y no hace tanto— en que este país tenía huevos de sobra. Los producían las gallinas de la abuela, y los exhibía el ciudadano medio, cada vez que un funcionario pretendía pasarse en su cuota de poder y meter las narices donde no le llamaban.

Hoy las gallinas están confinadas por decreto y el ciudadano medio pide perdón por aparcar once minutos en zona azul.

Progreso, lo llaman.

Existe un tipo de libertad que no figura en ninguna constitución ni en ninguna norma escrita, pero que todo ciudadano con un mínimo equipamiento en sus gónadas ejerce: la libertad de incumplir selectivamente.

Ir a 130 en una autopista diseñada para 160 pero castrada a 120.

Aparcar donde no debes porque llevas veinte años haciéndolo y jamás pasó nada. 

Tender la ropa en el balcón que da al patio interior aunque el ayuntamiento lo prohíba, porque el ayuntamiento no paga tu secadora.

Son pequeñas tortillas monodosis, con o sin cebolla, de desobediencia civil que no dañan a nadie y que, sin embargo, requieren un ingrediente cada vez más escaso: huevos.

El problema es que ponerlos sale caro. No siempre, no cada vez, pero sí cuando al funcionario de turno le apetece cobrarse la pieza. Porque la norma no existe para aplicarse con coherencia; existe para disponer de ella. Es un arma siempre cargada y siempre apuntando. Veinte años aparcando en el mismo sitio sin que nadie te diga nada, hasta que una mañana cualquiera alguien decide fecundar tu parabrisas con una multa. ¿Por qué hoy? Porque hoy sí. Porque hoy puede. Porque tus huevos le molestan.

¿Y qué hace el español contemporáneo cuando le crujen así? Pagar, agachar la cabeza y prometerse ser más gallina en el futuro. Clo-clo-clo.

A su casita.

A poner huevos para el Estado.

Gobernantes  eunucos

¡Ojo! No hablo de delincuencia. Hablo de la negociación tácita que toda sociedad sana mantiene entre el individuo y la norma. Tú aceptas el marco general —no matar, no robar, pagar impuestos…— y el Estado acepta que no somos autómatas ni gallinas enjauladas en batería. Que a veces pisaremos el acelerador. Que el ser humano necesita márgenes, holguras, pequeños actos de desobediencia que no son antisociales sino profundamente humanos.

El problema surge cuando alguien decide que esos márgenes son intolerables. Y ese alguien, con frecuencia pasmosa, carece del más mínimo huevo.

Os pongo un ejemplo. Pere Navarro, director de la DGT durante años, el hombre que decide cuánto puedes correr y cuánto debes pagar por desobedecer, no conduce. Prácticamente no sabe hacerlo. Jamás ha experimentado la tentación del acelerador en una recta vacía, ni tomado nota de lo que se siente al tomar una curva bien tumbado y con una trazada bien ejecutada, sobre una moto potente. Con dos huevos. 

Prohíbe sin haber probado. Castra sin haber engendrado. Regula los huevos ajenos desde la más absoluta esterilidad.

No es excepción: es patrón. Conselleiros de pesca que nunca subieron a un barco. Sin huevos para una marea en el Gran Sol. O en Terranova. 

Consejeros de agricultura que no distinguen el trigo de la cebada y nunca cuidaron de sus gallinas. 

Ministros de sanidad que jamás estuvieron de guardia, ni han diagnosticado ni operado a nadie a las 4 de la mañana.

Regulan lo que desconocen, legislan lo que nunca vivieron, castran lo que no comprenden.

El burócrata perfecto es aquel que nunca tuvo huevos para hacer aquello que prohíbe, porque solo así puede prohibirlo sin remordimiento.

¡Ah! El huevo. El de gallina. El que ya no encuentras en el súper. 

Detengámonos un momento en el huevo. En su perfección. Porque pocas cosas en este mundo combinan tanta elegancia formal con tanta eficiencia biológica.

El huevo es una cápsula de supervivencia diseñada por millones de años de evolución. Una membrana calcárea que protege sin asfixiar. Dentro, todo lo necesario para generar vida: proteínas de alto valor biológico, grasas, vitaminas, minerales. Un ecosistema cerrado y autosuficiente. El huevo no necesita refrigeración si está intacto, no necesita conservantes, no necesita procesado. Es el alimento perfecto tal como sale de la gallina.

Y sale, además, con envoltorio incluido. Biodegradable. Reciclable. La cáscara machacada vuelve a la tierra y devuelve el calcio. Nada se pierde. Todo circula.

El huevo alimentó imperios. Los legionarios romanos llevaban huevos en sus marchas. Los campesinos medievales sobrevivían inviernos gracias a sus gallinas. 

El huevo de Colón. Llevamos cinco siglos usando esa expresión y todavía no hemos aprendido la lección: cualquier imbécil puede señalar lo obvio una vez resuelto el acertijo. 

Antes de que existieran las proteínas en polvo, los batidos energéticos y los suplementos de aminoácidos, existía el huevo. Barato, accesible, democrático.

Y versátil. Frito, cocido, escalfado, en tortilla, en revuelto, en mayonesa, en bizcocho, en flan. Solo o acompañado. Para desayuno, almuerzo o cena. Para el niño, para el anciano, para el enfermo, para el deportista. El huevo no discrimina. El huevo nutre.

¿Y su precio? Durante décadas, el huevo fue la proteína del pobre. Lo único que una familia humilde podía producir sin más capital que cuatro gallinas, un puñado de grano y un rincón del patio. Soberanía alimentaria en estado puro. Los huevos de la abuela, o de la tía, o de tu madre. —Es curioso, ahora que lo pienso, siempre fueron las mujeres jerarcas de la familia las que más huevos han tenido. Es algo histórico—

Durante generaciones, las familias rurales mantuvieron pequeños corrales. Cuatro, seis, diez gallinas que picoteaban en el huerto y producían huevos para casa. Transformando grano, gusanos y mierda en magníficos huevos. 

¡Esos sí que eran unos huevos magníficos, mayestáticos!

Los excedentes —y siempre había excedentes, porque una gallina sí que tiene huevos de sobra— se repartían entre hijos, nietos, vecinos, amigos… A cambio llegaban tomates, un bote de miel, ayuda para podar los frutales. Una economía paralela basada en la reciprocidad y el excedente.

«Queres kiwis? Póñoche metade kiwis metade caquis.»

Esa frase, señores, define qué es civilización.

Recuerdo ir a la aldea de niño, en las montañas más perdidas del Lugo más rural. Los hermanos nos peleábamos por la ventanilla del R8 para poder vomitar a gusto sin manchar la tapicería mientras mi padre trazaba las curvas de aquellas carreteras de tipo cuaternario.

La vuelta de la aldea era épica: había que estibar gallinas desplumadas, un conejo, un saco de patatas de cincuenta kilos, una garrafa de vino de verdad, de ese “sem química, da casa”, mantequilla, huevos, tomates, un jamón y un lacón. Los amortiguadores rogaban clemencia. Nosotros volvíamos ricos. Ha pasado medio siglo desde aquellos recuerdos, pero ese sistema —proveer a la familia desde la tierra— funcionaba todavía hasta hace nada.

Hasta que alguien decidió que eso era un problema. Alguien sin gallinas, sin huerto y, me juego lo que sea, sin huevos.

Encerrando los huevos y tirando la llave

Primero vino el registro obligatorio. Toda ave de corral, por modesta que fuera, debía inscribirse. 

Se inventó el DNI para las gallinas. Con foto de frente y de perfil de cada ejemplar.

Sin esos papeles no hay pienso. Sin pienso no hay gallinas y sin gallinas no hay huevos.

El argumento: control sanitario, trazabilidad, prevención de epizootias.

El resultado: cientos de ancianos que renunciaron a sus gallinas porque el papeleo les superaba o porque se negaban —con toda la razón y todo lo que les quedaba de huevos— a que el Estado controlase cuántos ponían sus cuatro ponedoras.

Después llegó el confinamiento por gripe aviar. Las gallinas que campaban libres desde hacía siglos debían encerrarse en estructuras cubiertas. La ironía es exquisita: el vector de transmisión son las aves silvestres, no los corrales domésticos. Pero resulta más fácil encerrar a la gallina de la abuela que al ánade real, que cruza fronteras sin pasaporte, sin registro y sin pedirle permiso a nadie.

El pato salvaje vuela libre. La gallina de la tía, confinada. El pato tiene huevos. La tía, ya no.

¿Cui bono?, o quién se lleva la tortilla

Cuando una regulación produce efectos contrarios a sus fines declarados, conviene preguntarse a quién beneficia. Y la respuesta, casi siempre, es: al que tiene menos huevos y más abogados.

El corral doméstico no compite con la industria.

Cuatro gallinas no amenazan a nadie. Pero representan algo intolerable: independencia.

La posibilidad de que un ciudadano produzca su alimento sin intermediarios, sin factura, sin IVA, sin que nadie lo sepa. Eso, para cierta mentalidad planificadora, para el funcionario de covachuela, es peor que la salmonela.

El resultado está a la vista: los huevos se han disparado de precio. Las familias que antes recibían una docena semanal de la abuela ahora compran en el súper. El dinero que circulaba en forma de trueque ahora pasa por caja y hacienda fagocita su parte. 

Todo legal, trazable, fiscalizable. Aumenta la demanda de huevos en el supermercado, y al mismo tiempo disminuye la producción al encerrar a las gallinas. 

¡Qué huevos tienen! 

Y carísimos.

Y aquí viene lo más bonito. La misma Unión Europea que obliga a un jubilado lucense a registrar sus seis gallinas autoriza importaciones de pollo marroquí con estándares que no pasarían el corte en la feria de Monterroso.

La gripe aviar justifica confinar a la gallina de tu tía, pero no impide que crucen la frontera contenedores de pollo criado en condiciones que aquí serían ilegales.

Las abuelas, esas peligrosas terroristas que durante décadas traficaron con proteína de alta calidad sin autorización sanitaria, ven hoy sus corrales vacíos. Mientras, en algún puerto europeo, desembarca pollo marroquí que jamás vio inspector español. Pero lleva sus papeles en regla.

Los papeles siempre están en regla si sabes maquillarlos bien. 

Los huevos son lo que falta.

La yema del huevo

Vuelvo al principio. La libertad de incumplir selectivamente no es capricho: es supervivencia psicológica frente a un entorno diseñado por burócratas que nunca tuvieron gallinas, nunca condujeron por una autopista vacía a las tres de la mañana, nunca necesitaron aparcar diez minutos para recoger a un niño enfermo.

Asumo las consecuencias. Si me pillan a 130, pago. Es el trato. Pero me niego a aceptar que el objetivo sea el cumplimiento del cien por cien, porque ese mundo no es más seguro ni más justo: es simplemente más asfixiante. Es un mundo sin márgenes, sin holguras, sin aire.

Un mundo, en definitiva, sin huevos.

Y para que quede claro hasta dónde hemos llegado:

hace sesenta años El Lute se comió dos años de cárcel por robar seis gallinas para dar de comer a su familia.

Hoy, si tienes cuatro gallinas en el corral de tu casa sin el puto registro REGA, te cae una sanción administrativa de hasta 3.000 euros.

Antes te metían en la trena por quitarle las gallinas al rico. Ahora te crujen por tener las tuyas propias.

Progreso, lo llaman.

Y mientras tanto, las aves silvestres siguen volando libres, portando sus virus de un continente a otro, estornudando donde les da la gana o les pica el pico, completamente ajenas al registro obligatorio que acabó con las gallinas de mi abuela.

Ellas sí tienen huevos. Volando libres.

¿Nosotros?, bueno… nosotros tenemos formularios.

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